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II. LAS ELECCIONES

2. Las elecciones de 1834

2.3. Actividad preelectoral La campaña

Como ya destacó Tomás Villarroya216

proceso irreversible. El tema de los fueros como instrumento de pacificación en la Primera Guerra Carlista ha sido estudiado, entre otros autores, por Rodríguez Garraza [Navarra…, pp. 231-240 y 294- 311] y Mina Apat [Fueros…, pp. 174-223].

, las elecciones de 1834 se prepararon y desenvolvieron sin apenas tensión política en el conjunto del país. Una situación que viene avalada por el escaso eco que los comicios tuvieron en la prensa de la época. No cabe duda de que al estar restringidas a un número tan limitado de electores, la mayor parte de la ciudadanía las vivió como algo

214 AGN, Actas de Diputación, lib. 39, 28 de junio de 1834.

215 AGN, Actas de Diputación, lib. 39, 29 de junio de 1834. En esta sesión, junto al oficio del virrey, se incluye también el enviado por el comisionado Regio.

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bastante ajeno217, y más teniendo en cuenta que, en esos momentos, había

otros dos focos de interés prioritarios para la población española, como eran: el desarrollo de la Guerra Carlista, que parecía enquistarse en el norte, y la propagación de un devastadora epidemia de cólera, que se extendía por casi toda la geografía española y —como hemos visto— resultó muy mortífera en Navarra, debido a la continua movilidad de las tropas que, procedentes de diversos puntos de la península, venían a combatir al viejo reino.

Además hay que añadir que en la primera convocatoria electoral todavía no habían quedado definidas con claridad las dos grandes tendencias que surgirán en el seno del liberalismo. Las que más delante, con sus diferentes matices, veremos organizadas en torno a los dos partidos —moderado y progresista— vertebradores de la vida política española, al menos durante las dos primeras décadas del reinado isabelino. Un panorama que reducía la posible adscripción de los candidatos a: los liberales, es decir, aquellos que pertenecían al “partido ministerial” —aunque es sabido que muchos de ellos no eran tan liberales—, y a los absolutistas o carlistas. Sin olvidar al sector de

los indiferentes, como los denominaba el Eco del Comercio, refiriéndose a

aquellos “que habían servido a todos los Gobiernos sin afectación política por ninguno, sin interés por los negocios públicos, sino por sus propios negocios”218; y entre los que cabría incluir a muchos de esos ministeriales. No

hubo, en ningún caso, publicación de candidaturas ni organización electoral, pues —como nos recuerda Natividad Araque219— los únicos interesados en

conocer a los candidatos eran quienes formaban el reducido grupo de los electores.

La actividad del Gobierno estuvo muy presente en todo el proceso electoral. Resulta muy ilustrativo a este respecto que, a través de una circular, el ministro del Interior solicitara a los gobernadores que velasen para que la elección fuese “completamente libre y exenta de toda coacción”, pero, al mismo tiempo, en clara contradicción con lo anterior, les pidiera que orientasen a los electores para que dieran su voto a “personas dotadas de un verdadero amor a su país, así como de la más franca decisión a favor de los derechos de la reina”, y estuviesen, además, animados de “principios conservadores”220

217 Así lo han constatado Margarita Caballero en el caso provincia de Soria [El sufragio…pp. 22-24] y E. Aguilar en el de Córdoba [Vida política…, pp. 30-33].

. Es decir, se trataba de alejar de las listas a cualquier

218 Eco del Comercio, 18 de junio de 1834.

219 Esta autora, no obstante, ha descubierto un primer conato de organización electoral en Asturias, donde los electores realizaron un acto público de apoyo a Argüelles, en el que le otorgaron los 12.000 reales necesarios para poder acceder al Estamento de Próceres, ARAQUE HONTANGAS, N.:

Las elecciones…, p. 47.

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posible candidato comprometido con los carlistas y también a los liberales más “exaltados”.

Dentro de su política de control de las elecciones, el Gobierno llegó a suprimir la publicación de los periódicos que consideraba contrarios al espíritu conservador del Estatuto, y ello a pesar de que existía la censura previa221. Una acción represiva que ayudó a favorecer aún más la escasez

informativa sobre las elecciones.

Fueron, pues, las autoridades gubernamentales las que capitalizaron la adhesión al Estatuto en el conjunto del país. Una situación, si cabe, más enfatizada en Navarra, donde una buena parte del territorio se encontraba bajo el control del pretendiente carlista, y la Diputación, a pesar de haber sido convenientemente expurgada, seguía manteniendo una posición contraria a las disposiciones electorales de la nueva ley.

En Navarra, no contamos con publicaciones periódicas de esa época para conocer con más detalle el grado de repercusión que tuvieron las elecciones de 1834, con la única excepción del Boletín Oficial de Pamplona222, creado —

como el resto de los Boletines provinciales— para hacer pública la información de las instituciones oficiales y, al mismo tiempo, exponer las “bondades” del Estatuto y del nuevo régimen y condenar la sublevación carlista. Con todo, en el Boletín pamplonés, al margen de la inclusión íntegra de la Ley electoral del 20 de mayo223, poco más puede obtenerse sobre estas

primeras elecciones isabelinas en Navarra.

En definitiva, nos inclinamos a pensar que, al igual que en el resto de España, las elecciones en este reino agonizante tuvieron una escasa repercusión entre la ciudadanía, a pesar de que se jugaba en ellas su transformación en provincia. Pesaban más —sin duda— los estragos que el cólera y la guerra estaban provocando en la región; a los que hemos aludido en el primer capítulo de este trabajo.

221 El Universal, La Nación, El Eco de la opinión y El Tiempo sufrieron la actividad represiva del gobierno, ARAQUE HONTANGAS, N.: Las elecciones…, p. 46. Una medida que La Revista Española atribuyó, el 21 de mayo de 1834, “a la arbitrariedad que los mismos censores pueden ejercer en el cargo de sus funciones”.

222 El Boletín Oficial de Pamplona (BOP) nació a principios de 1834, por Real Orden de 20 de abril de 1833, en la que se estipulaba la creación de Boletines en todas las capitales de provincia. Desapareció durante la mayor parte de 1836 y volvió a la circulación en noviembre de ese año, por Acuerdo de Diputación de 25 de octubre de 1836; un oficio dirigido desde esa Corporación al Ayuntamiento de Tudela, el 7 de noviembre, daba cuenta de que ya habían comenzado a redactarse los nuevos ejemplares [Archivo Municipal de Tudela (AMT), Cartas Históricas, 1836]; en 1847 cambió su denominación a Boletín Oficial de la Provincia de Navarra (BOPN); la información general sobre el Boletín navarro, en IMBULUZQUETA, G.: Periódicos navarros del siglo XIX, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1993, pp. 143-146.

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