Empecé este libro con un relato sobre mi hermana Jill con el propósito de ilustrar cómo una situación aparentemente desesperada puede transformarse cuando la consideramos desde el punto de vista del perdón radical.
Pocos días antes de llevarlo a imprenta, el destino me brindó la oportunidad de concluir el libro con una historia igualmente instructiva y abierta a la perspectiva del perdón radi- cal. A diferencia de la de Jill, ésta es conocida prácticamente en todo el mundo y al mis- mo tiempo está cargada de una profunda emoción. Me refiero por supuesto a la historia de la princesa Diana que operó su inesperado tránsito en la madrugada del sábado 31 de agosto de 1997.
El drama empezó para mí cuando mi amigo de toda la vida, Peter Jollyman, me despertó con una llamada telefónica desde Inglaterra. Para él era mediodía pero para mí en Atlanta era bastante temprano y aún no había leído ningún diario ni escuchado la radio. «¿Has oído lo del accidente?», me preguntó. «¿Qué accidente?», contesté, aún no del todo pero suficientemente despierto como para darme cuenta de que debía tratarse de un asunto muy serio para que llamara. «La princesa Diana murió anoche en un accidente de coche en París. Unos paparazzi la estaban persiguiendo. Su coche, fuera de control, dio vueltas de campana y se estrelló contra un pilar. Ella y Dodi murieron.»
Sentí una punzada de dolor atravesarme mientras le escuchaba contar los detalles lo me- jor que podía en aquel momento que no duró mucho. Intenté parecer convenientemente consternado, pero me sentía realmente ambivalente al respecto.
«Muchísimos seres habían muerto durante las últimas veinticuatro horas», pensé después de colgar, «¿por qué su muerte iba a ser más o menos trágica que la de cualquier otro? Era su hora, nada más». Claro, sentí tristeza por sus dos hijos. Acto seguido, bajé las es- caleras para ir a preparar el té y el desayuno.
Luego encendí la televisión y, a partir de aquel momento, empecé a dejarme llevar y a involucrarme con lo que iba a convertirse durante los días siguientes y hasta el de los fu- nerales del sábado por la mañana en una montaña rusa de emociones.
A medida que pasaban los días entendí que algo bastante extraordinario estaba pasando. Las reacciones a la muerte de la princesa Diana –y no solamente en Inglaterra sino en el mundo entero– eran fenomenales. Vi por televisión que mi país sufría de corazón, los ingleses lloraban y se mostraban desconsolados en público, algo que para nada suelen hacer, y yo asimismo sentía las mismas emociones y lloraba con ellos. Estaba consterna- do al darme cuenta de que yo también estaba sufriendo. De alguna manera, me conmovía muchísimo esa mujer que yo nunca había conocido ni en la que había pensado mucho, sobre todo desde que hacía trece años vivía en Estados Unidos. Me sorprendió sentir la pérdida tan profundamente.
Así que empecé a prestar atención y a preguntarme qué estaba ocurriendo en realidad. Algo pasaba y tenía un significado extraordinariamente profundo. Emprendí una búsque- da interior del mensaje y del significado que ahí había. Estaba claro que la muerte de Diana tenía sentido más allá de las circunstancias aparentes y tan dramáticas de lo suce-
dido. Algún propósito superior se estaba desplegando ahí afuera, pensé. El miércoles, de repente, lo entendí.
Estaba viendo escenas de Inglaterra y presenciaba un gran derroche de emociones por parte de gente sin la menor tendencia a mostrarlas y menos aun abiertamente. De repente, supe cuál había sido la misión espiritual de Diana.
El propósito cumbre de su encarnación había sido abrir el chakra corazón de Gran Breta- ña y, al hacerlo, acelerar mucho la evolución espiritual del pueblo británico, nada menos. En todo caso, no tenía la menor duda de que lo había conseguido.
Nadie que observara los acontecimientos de aquella semana pudo dudar de que ella sola había transformado el país, así como gran parte del mundo, a nivel del corazón.
Sólo un puñado de personas en el mundo son recordadas por haber conseguido tal efecto con la simple expresión de la energía de amor: Gandhi, Martin Luther King y Nelson Mandela, quizá; la Madre Teresa de Calcuta y Jesucristo, sin duda.
No es de extrañar, pues, que la reina de Inglaterra inclinara la cabeza ante el féretro de Diana, algo antes nunca visto.
Aunque la realización humana y el ejemplo espiritual de la Madre Teresa, cuya vida y labor para la mayoría de la gente la acercaron a la santidad en vida, no admita compara- ción es, sin embargo, curioso observar que su muerte no eclipsó la de Diana en ningún momento.
Aquellas dos mujeres, cuyas vidas conmovieron tan profundamente al mundo a través del amor auténtico murieron en un intervalo de pocos días como si esto tuviera un enorme significado espiritual.
A pesar de haber pasado dos guerras en un siglo, sufrido y soportado muchas pérdidas, los británicos vivieron esos tiempos con su legendario sentido del humor y su proverbial labio superior tenso pero en absoluto, y es honesto reconocerlo, con el corazón abierto. Esto tenía que esperar, no sólo el advenimiento de una princesa del pueblo sino su muerte divinamente planeada, aunque al menos para nosotros inoportuna y trágica.
Desde entonces, los comentaristas han intentado en vano explicar sus efectos sobre el mundo señalando nuestra fijación y voluntad en deificar celebridades que sólo conoce- mos por los medios de comunicación. Jonathan Alter en el Newsweek se acercó más que otros al citar lo que Richard Sennett en The Fall of Public Man (la caída del hombre pú- blico) llama la ideología de la intimidad y, según la cual, la gente busca significados per- sonales en situaciones impersonales. El pueblo no la conocía personalmente y, en este sentido, ésta es una situación impersonal. Aun así, Diana trascendió los límites impuestos por el tiempo y el espacio, y de alguna manera conmovió el corazón de todos de una for- ma profunda que no tiene fácil explicación.
La clave para entender su poder como ser humano radica en el arquetipo del sanador he- rido que nos enseña que nuestro poder reside en nuestras heridas, en el sentido de que es la herida en mí la que invoca al sanador en ti y la herida en ti la que invoca al sanador en mí.
Todos somos sanadores heridos pero no lo sabemos. Cuando mantenemos nuestras heri- das ocultas y enteramente en la intimidad nos apartamos de la sanación y la negamos, no sólo a nosotros mismos, sino también a incontables otros. El labio superior tenso es una manera terrible de retraer amor; atrofia el corazón y daña el alma.
Por su voluntad de compartir sus heridas más profundas con el mundo, la princesa Diana invocó al sanador presente en todos nosotros, abrió nuestros corazones y curó nuestras almas rotas.
El mundo entero fue testigo de que la gente recibía la señal de Diana y se abría, compar- tiendo su aflicción y su vulnerabilidad justo como ella había hecho. Dotó al pueblo de un lenguaje íntimo para expresar sentimientos abiertamente y con autenticidad. No recuerdo haber visto una sola expresión de emoción y sentimiento que no fuera auténtica, y en te- levisión hoy en día esto es realmente inusual.
A medida que fuimos todos emergiendo del dolor de la pérdida y ardía la mecha de la aflicción, la rabia y la proyección de culpa de nuestro insaciable apetito por la imagen de Diana y la curiosidad sobre su vida que la prensa y los paparazzi simplemente reflejaban para nosotros, empezamos a distinguir a través de las brumas y los velos la divina perfec- ción de todo aquello. Cuanto más contemplamos la misión que ella aceptó y la magnitud de su triunfo más dispuestos estamos a rendirnos ante esa perfección.
Hallamos un nuevo nivel de paz al ir más allá de las emociones y los sentimientos que antes nos habrían atado al mundo de la humanidad por siempre y retenido como rehenes del arquetipo de víctima, y progresamos en la aceptación del hecho que el acontecimiento tenía que desplegarse tal como lo hizo. La misión requería la forma en que Diana se crió, el matrimonio que se tornó muy desafortunado, el rechazo que sufrió por parte de las ins- tituciones reales, las críticas de la prensa, el acoso de los paparazzi, su dramática y vio- lenta muerte, todo, hasta el más mínimo detalle.
Ahora que Diana ha vuelto a casa tras haber cumplido su misión, las energías que mante- nían aquellas dinámicas empezaran a disiparse. No sólo ella queda libre de las mismas, también todas las personas involucradas en el drama que sabemos fue tan sólo una ilu- sión. El príncipe Carlos queda libre de volverse más cálido, menos distante y un padre más afectuoso con sus dos hijos, y no hay duda de que desea serlo.
La prensa dirá que ha cambiado debido a lo que pasó, pero él sabrá la verdad del asunto. Es probable que la reina se vuelva menos reservada, más abierta y no tan irrelevante. La monarquía misma trascenderá el culto de la personalidad y se convertirá en una institu- ción más fuerte y significativa, no en respuesta directa a lo que ocurrió sino a causa del cambio de energía al concluir la misión y completarse la transformación. Pero el hecho de que alguien abra el chakra de su corazón no garantiza que lo mantenga así. Es una cuestión de elección en cada momento. Lo mismo es cierto para la colectividad. Los bri- tánicos y otros pueblos del mundo se quedarán en la vibración de amor donde les catapul- tó la muerte de Diana y utilizarán ese poder para transformarse ellos mismos, su familia real, su sociedad, o se fijarán en la ilusión de lo que ocurrió condenando a Carlos, la fa- milia real en general, los gobernantes, la prensa y otras personas. Si se decantan por lo
último, será su elección y será perfecta a su manera, pero esto tendrá como efecto que el chakra del corazón colectivo se cierre de nuevo.
Este libro quizá tenga un papel que desempeñar en mantener abierto el chakra colectivo del corazón. Tal vez, la comprensión que has ganado al leerlo te permita mantener el en- foque no en la ilusión de lo que pasó en el túnel aquella noche en París, sino en la historia real de Diana de principio a fin y en la misión que la colmaba de sentido y trascendencia. Puede que los lectores de este libro reconozcan de veras y acepten que, de la misma ma- nera en que Jeff representó su papel para Jill en el relato incluido en la primera parte, Carlos cumplió perfectamente con su parte con respecto a Diana, como lo hicieron Cami- la Parker-Bowles y la reina. Quizá quede claro para los lectores que el drama convocó almas tan amorosas y valientes para que representaran su parte exactamente de la forma en que lo hicieron y, conviene subrayarlo, con un gran desgaste para cada una de ellas. El sacrificio de Carlos para la apertura del chakra del corazón de Inglaterra no fue menor que el de Diana; de hecho, en términos humanos ordinarios, puede que fuera mayor y le haya costado su corona, ¡ni más ni menos!
Quizá también resulte obvio que todo estaba acordado de antemano, antes de la encarna- ción en este mundo del alma de cada uno de los protagonistas, y que los paparazzi desempeñaron un papel esencial y amoroso en todo ello, al igual que las revistas que pa- gaban por conseguir fotografías indiscretas de Diana.
Los que sean capaces de reordenar las cosas según el perdón radical hasta reconocer que ahí no hubo víctima alguna serán como grandiosos faros de luz para los que en contraste elijan atender la ilusión, cerrar su corazón y perder la frecuencia del amor. Mi ferviente esperanza es que el lector que se sienta transformado por mi libro se convierta en un faro de amor, retomando el testigo que Diana dejó y ayudando a los demás a permanecer en esa vibración nueva y más elevada que su tránsito perfectamente secuenciado activó.