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LA ADVERSIDAD QUE MARCA

Como lo he mencionado en la teoría, la adversidad es una experiencia de riesgo para el desarrollo y el crecimiento, los niños y niñas participantes tienen cada uno, una situación de adversidad clara y ante ella todos los miembros de la familia tienen la oportunidad de obrar, pues estas situaciones de adversidad fueron en su momento una crisis para el equilibrio y el bienestar familiar, sin embargo, una vez sucede y se sobrevive a ella, se configura en una marca que acompaña la vida de las familias, los niños y las niñas. Respecto a las familias participantes, puede observarse que estas adversidades tienen una importancia para el investigador y otras diferentes para las familias, pues la crisis, el trauma, el dolor, etc. son invisibles o visibles de acuerdo a la experiencia de los padres y madres participantes. Aclarando un poco más esto, quiero mencionar que la noción de adversidad es subjetiva y quizá escape de las dinámicas culturales o familiares conocidas, pues los hechos adversos pueden volverse cotidianos a lo largo de la vida si son invisibilizados o “normalizados” en las dinámicas relacionales. Por ejemplo, una de las familias participantes hablaba de una experiencia de separación en la relación conyugal que afectó al niño de manera singular (como se puede ver en los relatos de Rodolfo, padre de Julio): los roles cambiaron, el espacio de vivienda, el campo relacional del niño, comenzaron a existir restricciones para salir, jugar y para relacionarse con su propia familia o contexto social. Esta es una situación

que en nuestra cultura podría ser percibida quizá como “no adversa”, pues es común que las separaciones generen esas dinámicas descritas previamente; también es visto que los niños sean prendas para el dolor o satisfacción de quien tiene la custodia en contra de quien no la tiene: no necesariamente en las familias participantes, pero si en las dinámicas relacionales de familias de una cultura como la nuestra.

Llama la atención que dentro de esos estándares de normalidad y cotidianidad y haciendo alusión a las experiencias adversas encontradas en los relatos de los padres: crecer desprovisto de los cuidados de mamá por pura negligencia (ver relatos de Toribio padre de Edinson) y verse criado por una nana durante los primeros 6 años de vida que luego fallece, es algo aún no percibido como adverso, difícil o doloroso por el padre del niño, pues quizá las situaciones de crianza de este padre y de su desarrollo, hayan sido similares sin poder observar las separaciones afectivas y duelo como una experiencia adversa. Mediante el análisis de los relatos de las familias y especialmente de la familia de Edinson pude entender de manera definitiva y concluir que la percepción de adversidad es verdaderamente subjetiva y que así el investigador tuviese unos conceptos desarrollados y aclarados, el padre del niño tiene otros diferentes basados en su propia experiencia relacional con el niño, Más allá de lo que enseña la cultura, obedece a dinámicas de vida propias de las personas participantes. Esta es una tendencia muy importante entre los relatos citados y que cobra una importancia característica en la presente investigación, pues también es claro que una situación adversa no percibida como tal por el padre, tiene implicaciones importantes para el desarrollo del niño: una de ellas es la configuración de nuevas situaciones adversas.

Hasta el momento está claro que la adversidad hace parte de una experiencia o un conjunto de experiencias específicas. Cuando los padres o madres del niño y niña no logran percibirla de manera clara, el proceso de resiliencia se lentifica y se vuelven a generar nuevas experiencias adversas. Por el contrario, en los casos en que las familias identifican esta adversidad claramente, desarrollan mecanismos propios o mediante otros apoyos para solucionarlo y transformar esa adversidad, esto es lo que potencia diferentes alternativas para que el niño vuelva a tomar el impulso adaptativo necesario de manera más dinámica. En las familias donde ocurre lo contrario, se atienden situaciones importantes de comportamiento, producto de la adversidad inicial (también dignas de atención), pero que hacen parte de otras situaciones que se generan en el proceso de

crecimiento en el niño, e invisibilizan las necesidades afectivas, de crianza, de duelo que no han sido resueltas y que podrán estar así durante mucho tiempo sin observarse cambios dinámicos. Estas situaciones adversas quedarían algo así como sedimentadas y la familia podría centrarse más bien en señalar comportamientos difíciles en el niño, como la hiperactividad o una conducta desafiante (como se observa en el caso de Edinson y Toribio), sin embargo, responsabilizar al niño de estos comportamientos sin observar la dinámica relacional, sin dinamizar las herramientas de crianza, los ambientes de aprendizaje, las competencias parentales, representaría una nueva forma de adversidad en la vida del niño y entorpecería las vías para el logro de una adaptación resiliente, no para siempre, pero incorporando un importante obstáculo. Este hallazgo presentado hasta el momento con el nombre de nuevas situaciones adversas es también una comprobación importante de la teoría de resiliencia de Cyrulnik (2001), pues refiere que los niños y niñas que crecen con ciertas dificultades comportamentales no es solo por un factor de vulnerabilidad, sino porque la sociedad organiza circuitos sociales que los mantienen en esta forma de comportamiento10. Vale la

pena aclarar, que justo en la presente investigación los padres y madres tienen una alta preocupación porque eso no suceda, y hacen un gran esfuerzo para que las capacidades del niño no sean entorpecidas por los riesgos sociales del contexto donde viven.

Otras circunstancias de adversidad en el relato de los padres y madres participantes es el desplazamiento forzado a partir de amenazas, riesgo de prostitución, muerte y trata de personas. Esta situación particular es reconocida por la familia y relatada de manera clara y contundente (en el caso de Mildrey y Fabián, padres de Zaira). Este sería justo otro ejemplo de adversidad repetida en nuestra realidad social, que a partir de la guerra, los conflictos de diferentes grupos armados, la negligencia de una protección “publica” o la coalición de poderes militares con ciertos fines, determinan para muchas familias que no deberían tener una implicación a ese nivel, la amenaza a sus vidas y por ende el desplazamiento para asegurar la propia sobrevivencia.

Mirando de manera global las situaciones adversas, podría mencionar que ninguna de ellas elimina por completo la vida de los niños y niñas participantes, pero si genera una marca importante, afectiva y social que determina las vidas de todos los sujetos implicados, sin embargo,

10Cuando la mayoría de un grupo de niños abandonados produce delincuentes, eso no quiere decir que la carencia afectiva lleve a la delincuencia. Cyrulnik (2001) sugiere más bien, que la sociedad al recitar que todo niño sin familia es problemático organiza circuitos sociales que los tejen en el sentido de la delincuencia. (cita tomada de la página 29 o 30)

el niño y la niña en medio de sus capacidades de respuesta se puede ver aún más desprovisto y menos preparado que los adultos, los padres y las madres que les acompañan en ese proceso adaptativo. La adversidad es una condición existente más allá de la capacidad de planificación de cualquier familia o sujeto, sucede como acontecimiento del que no se sabe la consecuencia ni se planea previamente, es un proceso propio de la vida como lo es la resiliencia.