CAPITULO 4. FACTORES DE RIESGO Y PROTECTORES CON EVIDENCIA
4.7. DIFICULTAD EN LA CRIANZA Y TEMPERAMENTO PERCIBIDO
4.7.3. Ajuste padres-temperamento del bebé y percepciones maternas
Algunos autores como Brazelton y Cramer (1990), además de incidir en la importancia del temperamento, introducen también la percepción de la madre sobre los rasgos temperamentales y el carácter de su bebé. Este autor categoriza los estados del bebé según son percibidos por la madre incluso desde antes del nacimiento, como puede verse en la siguiente tabla:
Factores de Riesgo para el Diagnóstico de Trastorno Mental en Edad Escolar
70 Tabla 6 Estados Organizativos del Bebé según Brazelton
Estados del bebé
Estados Organizativos Intrauterinos Estados Organizativos al Nacimiento
Estado de alerta con actividad
Sueño profundo con poco o ningún movimiento. Estado intermedio de sueño con movimientos lentos o no, irregulares, bruscos y repentinos.
Sueño profundo sin movimiento.
Sueño superficial con ojos cerrados y algún movimiento de brazos y piernas. Despertar. Ojos cerrados y abiertos, con y sin movimiento.
Estado de alerta sin movimiento. Alerta activa con algún movimiento. Llanto
Autor: Brazelton (1990). Recuperado de Enríquez, Padilla y Montilla, 2008
Al igual que Brazelton, Bayo (2006), afirma que la percepción de la madre sobre el temperamento de su futuro hijo comienza en el embarazo, a través de la percepción de los ritmos y ciclos fetales. Esta percepción, por parte de la madre, de los movimientos del feto y sus ciclos de descanso y actividad daría lugar a una serie de procesos mentales; atribuciones, identificaciones, proyecciones, fantasías, preocupación, ansiedad, vinculación e interacción precoz.
Brazelton diseña, junto a su equipo, la Escala para la evaluación del comportamiento neonatal (Brazelton y Nugent, 1997) con el fin de objetivar las diferencias individuales en los bebés y poder orientar a los padres respecto a cómo se organiza el bebé, de forma similar a los programas que se mencionaban anteriormente. El objetivo sería aprender del bebé para poder respetar los estados organizativos del bebé (vigilia/sueño; explorar/investigar; hambre/saciedad) más que forzarlo. Consideran que a partir de las 72 horas de vida es posible determinar el temperamento del bebé tomando en consideración una serie de ítems (Estado de Alerta, Habituación a estímulos, calidad de los movimientos espontáneos, tono muscular y variaciones, orientación visual y auditiva, tiempo de latencia a las respuestas, solidez o labilidad de estados y respuesta al estrés).
De hecho, se ha demostrado que las diferencias individuales en el estilo de comportamiento aparecen en las primeras horas de vida del recién nacido normal (Medoff-
Cooper, 1995). Hay recién nacidos con llantos vivos e intensos difíciles de calmar y otros, sin embargo, con llantos más suaves y fáciles de calmar. A pesar de que muchos factores en el periodo perinatal como la exposición prenatal a drogas, la analgesia de la madre durante el parto y la duración de la gestación influyen sobre el comportamiento del bebé, siguen existiendo respuestas individuales (Worobey, 1986). A pesar de un limitado repertorio de comportamientos, el bebé ya muestra indicios de la habilidad de interaccionar con el ambiente y autorregularse. Los padres necesitan entender las diferencias específicas de su bebé para poder interaccionar exitosamente con él. Si la percepción parental falla o se distorsiona, aparece incomprensión acerca de las características temperamentales del neonato o discrepancias entre estas y los hábitos de crianza es más probable que falte el acoplamiento necesario para la armonía.
Una manifestación de esta falta de acoplamiento podrían ser las quejas sobre dificultades de sueño de los niños, un motivo de consulta frecuente en Pediatría y Salud Mental Infantil. Los bebés con umbrales sensoriales bajos son más tendentes a despertarse por la noche, y que esto puede resultar en ansiedad, enfado en la madre, que puede sentir que no es capaz o que no tiene el apoyo necesario debido a los problemas de sueño del niño. Pero, en este resultado, intervendría también la reacción de los padres al comportamiento del niño. Así, los bebés que demuestran ya desde el nacimiento una mayor capacidad de autorregulación (pe: pueden consolarse o tranquilizarse por sí solos con mayor facilidad) logran antes un control del sueño, su comportamiento resulta más ordenado y predecible, y, por lo tanto, más “fácil”. Estos bebés no suelen dar motivos para acudir a la consulta de pediatría.
Por el contrario, cuando esa capacidad de autorregulación es baja se correlaciona con menor capacidad de desarrollo en los campos cognitivo y social en el futuro (Martínez Rubio, 2004). Y es importante tener en cuenta también que las dificultades del bebé con relación al descanso nocturno influyen de forma muy importante en las relaciones de pareja. Cuando un bebé de temperamento impredecible, excitable, etc. Tiene unos padres transigentes, adaptables y comprensivos, parece que tampoco hay dificultades. El reto lo plantean los bebés “difíciles” cuya familia no comprende su comportamiento, o tienen ideas preconcebidas más rígidas o métodos de crianza inconsistentes. En opinión de Martínez Rubio (2004) los pediatras no suelen investigar las creencias o expectativas de los padres frente a las pautas de crianza o el comportamiento de sus bebés. Esta autora sostiene que ciertas cogniciones o reacciones como la
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ansiedad ante las demandas del bebé, dificultades para establecer límites y dudas acerca de su competencia como padres hacen más probable la queja sobre dificultades de sueño.
Por otra parte, el comportamiento del bebé influye en el modo en que es valorado por los padres, en los sentimientos de estos hacia su hijo y en el modo en que se van a relacionar con él. Con frecuencia los padres describen a sus bebes o hijos como buenos o difíciles de manejar. Esta percepción sobre el estilo de comportamiento del niño puede afectar tanto a los comportamientos de los padres como a la calidad de las interacciones, ambos aspectos considerablemente importantes en la vida de padres e hijos (Carey y McDevitt, 1978) Durante la infancia, la diferencia entre un niño “fácil” o “difícil” con frecuencia determina si sus actividades diarias trascurren armoniosamente o de forma confusa y si los hitos importantes como un patrón de sueño regular y horarios de comida se logran fácilmente o con una gran cantidad de energía y paciencia (Chess-Thomas, 1977). La forma en la que los padres llegan a construir una concepción de su hijo como “fácil” o “difícil” esta mediado, con más frecuencia, por el estilo de comportamiento que por comportamientos concretos.
Varios factores influyen en la cualidad de la reciprocidad entre los padres y el bebé nacido a término. La emocionalidad negativa en el recién nacido es notoria para los cuidadores e interfiere con las actividades cotidianas. Se ha demostrado que esta emocionalidad negativa se asocia significativamente con problemas de comportamiento posteriores (Pettit y Bates, 1984). Fish, Stifter, y Belsky (1991) examinan el efecto del llanto desde el nacimiento a los 5 meses de edad en la respuesta materna al bebe e informan que los infantes calificados como irritables experimentan menos interacciones sensibles de sus madres. En opinión de los propios autores sus hallazgos reflejan tanto causas como consecuencias de la emocionalidad negativa del bebé.
Esto se agudiza en el caso de los bebes prematuros y con poco peso al nacer ya que estos responden mucho menos a las interacciones por lo que su comportamiento resulta muy frustrante para los padres o cuidadores. Los bebes prematuros tienden a ser arrítmicos en las funciones corporales y difíciles de calmar, por lo que es frecuente que se les califique como de ánimo negativo. A pesar de que estos comportamientos podrían considerarse causas del sistema neurológico inmaduro más que diferencias individuales, la realidad es que los padres requieren ayuda para adaptarse a los patrones individuales de sus hijos. Aunque la mayoría de los bebés prematuros moderan sus difíciles sistemas de comportamiento en la segunda mitad del primer
año de vida (Medoff-Cooper, 1986), los efectos negativos de las dificultades de acoplamiento iniciales podrían perdurar.
Mientras los teóricos del temperamento defienden que el estilo de comportamiento juega un papel crítico en los comportamientos que un niño pequeño despliega durante las experiencias de separación, los teóricos del Apego han sido insistentes en su posición de que, a pesar de que las variaciones temperamentales podrían influir sobre ciertos elementos de las reacciones del niño a la situación extraña, estas variaciones no alteran la organización básico del apego entre madre y el niño. Mangelsdorf, Gunnar, Kestenbaum, Lang y Andreas (1990) defienden una interesante posición intermedia, según sus trabajos la seguridad en el apego puede predecirse por la interacción entre las características del bebé y la madre. El estilo maternal sería el factor decisivo en los infantes con alta tendencia al temperamento ansioso. Así la madre que es capaz de sintonizar y manejarse adecuadamente con un niño con llanto intenso de una forma calmada y paciente será capaz de establecer una relación de apego más positiva con el niño que una madre quien es intolerante con esos comportamientos. Por lo tanto, ambas variables, el temperamento del niño y la capacidad de ajustarse a él de la madre se pondrían en juego en el establecimiento de un patrón de apego seguro.