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AL MODO Y MANERA DE LOS PROCESOS ESTALINISTAS

En noviembre de 1947 comienza la etapa de las depuraciones en el interior del partido. Hasta entonces había, como en todo partido, expulsiones individuales o incluso eliminaciones físicas a título de decisiones políticas, pero en 1947 se abre un período en el que se tiende a colectivizar la expulsión, a dar significado general a las depuraciones. No es casual que este proceso, que durará intermitentemente hasta 1956, coincida con una etapa en la que el PCE se encuentra aislado, en plena guerra fría y con una crisis como partido político que le llevará a agudizar sus “señas de identidad”, identificares con el estalinismo imperante. Es un período que se inicia con la expulsión de los comunistas de los Gobiernos occidentales y se cierra con la muerte de Stalin. El fenómeno estaliniano español y sus procesos políticos al uso permiten ampliar el período hasta 1956.

Los procesos políticos de los países socialistas coincidirán en el PCE con otro tipo de procesos, no menos bárbaros y amañados, aunque sus consecuencias no serán en ningún momento la pena de muerte, sino el ostracismo político y la redención por el trabajo. Las condenas significaban abandonar los privilegios inherentes a los altos funcionarios del aparato comunista, en países donde dicha categoría es algo digno de tener en cuenta y sumergirse en un mundo particularmente difícil como es el de las condiciones laborales a destajo de los trabajadores durante la etapa estaliniana. El agravante de estar fichado como expulsado o sancionado del partido, se traducía por una mayor rudeza en las ya de por sí difíciles condiciones. Los procesos, como ocurría en los países socialistas, llevaban aparejados el castigo a toda la familia, salvo denuncia expresa y pública del pariente que había “traicionado” a la causa. También era obligada la publicidad y la autodenuncia de los procesados.

Va a ser Moscú el lugar donde se inaugurarán los procesos del PCE con estas características de sanciones, inculpaciones y condenas públicas como autos de fe. Los ejecutores materiales en su papel de jueces en dicho proceso serán Vicente Uribe y Femando Claudín. Las víctimas, dirigentes del PCE en la URSS. Tres de ellos miembros del Comité Central: José Antonio Uribes, ex diputado por Valencia y responsable de la organización en la URSS; Segis Álvarez, ex miembro del Comité Nacional de las JSU, y Julio Mateu, valenciano, uno de los escasos líderes del sindicalismo agrario durante la República. Los otros tres depurados también estaban bien situados en el escalafón del aparato del PCE en Moscú: Luis Abollado, sevillano, afiliado a las Juventudes Comunistas desde 1931; José Juárez, que había estado en la URSS antes de la guerra civil y cuya responsabilidad durante

la contienda había sido la sección de cuadros del Comité Central y, por último, Ramón Barros, gallego, otro ex dirigente de las JSU.

¿Qué da a este proceso, conocido en la historiografía del PCE como el “complot del Lux”, su carácter de primero restándoselo al “caso Quiñones”, al de Monzón o al de Jesús Hernández y Enrique Castro Delgado? La fundamental, es que en esos casos citados se trata de diferencias políticas o personales que generan discusiones; un conflicto al que posteriormente se procedería a sanciones y depuraciones. Hay una divergencia política, hay elementos políticos de fondo, de matiz o respecto a apreciaciones de la capacidad de los dirigentes. Sin embargo, en los procesos políticos que se inauguran en 1947, en Moscú, no existirán diferencias sustanciales hasta que el proceso las fabrique y las magnifique, y por supuesto las extorsione, convirtiendo las biografías, a partir de un tendencioso análisis, en elementos de sospecha política y en causa primera de los comportamientos y las actitudes. De las biografías se extrajo más basura para condenar de la que soñó hallar Freud con su método sicoanalítico.

El proceso denominado “complot del Lux”, debe su nacimiento a la ofensiva que, en los comienzos de la guerra fría, lanza la derecha y muy especialmente el PSOE, contra el dúo dirigente Dolores-Antón, aprovechándose sobre todo de los testimonios vivos de Jesús Hernández y Enrique Castro Delgado, exiliados en México. Tanto Hernández como Castro podían tener razón, exagerar o mentir, pero lo que nadie podía dudar es de que se trataba de dos conocedores de primera mano del mundo comunista español desde sus comienzos, que habían sido testigos excepcionales de la borrascosa etapa del PCE en la URSS tras la pérdida de la guerra y el comienzo de la conflagración mundial. Los ataques de Hernández y Castro podían dirigirse al PC y su equipo dirigente, pero a quienes más afectaban era a Dolores y Antón, y les dolían en el terreno personal tanto más que en el político.

No es extraño que en el furor de la indignación, presionado el Buró Político por Dolores y Antón y curándose todos los demás en salud, se exigiera en una reunión del Buró en París, revisar las conductas durante los años 41 y 42 en Moscú; el período en el que Hernández y Castro conspiraban contra Dolores y Antón. Indignaba sobremanera a Pasionaria la huida de Castro Delgado de la URSS y creía ver en su fuga hacia México connivencias entre los españoles residentes en la URSS, que no habían actuado con la suficiente firmeza para impedirla. Había por tanto entre el núcleo de españoles en la URSS dos grados de responsabilidades no depuradas, la que procedía del pasado, por haber osado criticar a Dolores y a su compañero Antón, y la que se derivaba de supuestas complicidades en la marcha de Castro hacia México. De una y otra cosa la cabeza bien visible y malquista de Dolores y Antón, era el valenciano José Antonio Uribes. Pero ese hombre al que no ahorraban odios Pasionaria y otros, tenía una aureola de viejo militante y líder político de prestigio y había que “desenmascararle” a él y a los que se la habían fabricado.

Para abrir el dossier del Lux hubo que ir a Moscú y hacer un primer estudio sobre el terreno. La tarea se la encomienda el Buró Político a Santiago Carrillo, quien viajará a la URSS en el verano de 1947. A su vuelta informa, en el Buró Político, de sus entrevistas moscovitas dando lugar a la apertura de la fase “sumarial” del proceso político interno del “complot del Lux”. Se hacía referencia con ello al Hotel Lux, residencia en los primeros años 40 de los representantes extranjeros en la Komintern, y donde vivieron tanto Hernández como Castro Delgado, así como otros españoles adscritos a tareas burocráticas en la Internacional Comunista.

En 1947 los viajes a la URSS eran infrecuentes y Santiago aprovechó su estancia veraniega para luego dar una sonada conferencia en la “Casa de los Sindicatos” de París ante la plana mayor del partido, sobre el tema “los niños españoles en la URSS”. El comienzo de su alocución lo dice todo: Camaradas y amigos. El 12 de julio se festejó en Moscú, corazón y cerebro de la democracia mundial, el décimo aniversario de la llegada de los niños españoles a la Unión Soviética... Entre las numerosas

lindezas que pronunció Santiago hay una que convendrá recordar para aplicarla al caso del “complot del Lux” y las posteriores sanciones. Santiago además de exclamar: ¡Qué maravillosa reserva está siendo educada para la democracia española en la Unión Soviética!, advierte de que en la URSS el trabajo no es una carga para el hombre... es una cuestión de gloria y honra.

Conocido el informe de Carrillo sobre la situación del PCE en la URSS, deciden que sea Vicente Uribe quien vaya a depurar la organización, eliminando cualquier antigua concomitancia con Hernández o Castro Delgado. Le acompañará Femando Claudín, recién cooptado al Buró, para que asista al juicio político en su calidad de nuevo dirigente y para que conozca de primera mano la organización, sus miserias y flaquezas. Entre las misiones de Vicente Uribe y Claudín está la de destituir al responsable del PCE en la URSS y miembro del CC, José Antonio Uribes y encargar a Claudín de dicha tarea.94

El 25 de noviembre de 1947 se celebrará en Moscú la reunión-juicio por “el complot del Lux”, en presencia del pleno de la organización del partido. Presidieron por parte española, Uribe y Claudín, y dada la importancia del asunto, fue testigo de excepción Tatiana Ivanova, responsable del PC de la URSS para las relaciones con los PPCC de los países latinos.

La reunión-proceso durará tres días. La abrirá Vicente Uribe haciendo el informe fiscal con una exposición que no dejaba lugar a dudas: en la URSS hubo un traidor (Jesús Hernández) y ese traidor encontró ciertos cómplices (José Antonio Uribes, “Moncho”, Abollado...) que no supieron desenmascarar su plan de infamias [en el que] entraba el aniquilar física y políticamente a nuestro secretario general” (Dolores Ibárruri). Siguiendo la línea del discurso de Vicente Uribe, podría percibirse aquello de excusatio non petita, acusatio manifestó, porque a partir de aquí fue lanzando descripciones exculpatorias de la figura de Dolores: nuestra honra, orgullo del pueblo español que ha dado vida a figura tan gigantesca, y así subiendo por esa escalera de Jacob de los ditirambos en busca de lo sublime se alcanzó lo ridículo: Dolores no es sólo una gran oradora, que ya es mucho, Dolores es un gran cerebro político. Debía reconocer y así lo hacía, que se había tratado de una guerra sorda contra los camaradas Dolores y Antón, y aunque a Antón maldito el caso que le merecía a Uribe, Dolores sin embargo era persona limpia y cristalina.

Pasada la descripción del crimen, llegaba el momento de citar expresamente a los criminales, degenerados políticos, ... fieles a todo lo corrompido, a todo lo podrido (Hernández y Castro Delgado) amparados por un dirigente, José Antonio Uribes, y que contaron con la colaboración de ese cuarteto de Segis (Alvarez), Abollado, Moncho (Ramón Barros) y Juárez, ese cuarteto a quienes el partido les ha elevado de gentes inconscientes a ser algo decente en la vida, porque fuera del comunismo no hay nada decente en la vida.

Esa definición ecuménica con acentos de Vicynsky, el famoso juez-fiscal-verdugo del estalinismo, iba acompañada de una amenaza siniestra: Si las andanzas y manejos de Hernández se hubieran sabido, no hubiese podido llegar a México. Era una sentencia de muerte clara como el agua, que junto a la definición universal sobre el comunismo, la vida y la decencia, resumían un mundo, el de la degeneración estaliniana que había entrado, al galope, en su última etapa, abierta en 1948 y que duraría de manera sangrienta hasta la muerte del dictador. Los españoles por sus peculiares condiciones y su idiosincrasia la adelantaron un año.

Uno por uno los acusados fueron pasando por la piedra de pulir manejada por los dos maestros desbastadores, Uribe y Claudín. El resto de los reunidos, una vez conocidas las víctimas, daban algún toque personal o una minucia rastrera, y los reos quedaban vistos para la sentencia que en 1947, en noviembre, se reducía a dos: si no admitían la condena y su culpabilidad manifiesta, irían a campos de trabajo, vulgo, concentración, y si adjuraban de sus pecados pasados, por más supuestos que fueran, les condenarían al más infamante de los castigos: trabajar en una fábrica, dejando de ser funcionarios del partido. Curiosidad penal que aún hoy hace sonreír a los supervivientes de estas y otras purgas,

cuando señalan el carácter freudiano de que el Partido Comunista, en un país donde por principio reinaba la clase obrera, castigara a sus militantes a convertirse en obreros.

El principal acusado, José Antonio Uribes, antiguo diputado por Valencia y miembro del Comité Central, mantuvo una indiscutible dignidad frente a sus acusadores: aceptó la autocrítica —qué otra cosa podía hacer— pero añadió una defensa de su honestidad política y de su comportamiento desde que salió de España en 1939, citando valientemente las aberraciones con las que se halló a su llegada a la URSS, y de las que eran responsables, los dirigentes máximos del PCE. Su audacia obligó a Femando Claudín, en su papel de fiscal, a interrumpirle exigiéndole que no citara nombres ni organismos, pues por su boca salían los de quienes coincidían en sus apreciaciones críticas a Antón y Dolores, como Líster, Modesto, Cordón, Esteban Vega... y éstos en 1947 se habían convertido en intocables.

De poco le valió su alegato, pues como él había manifestado al comienzo de su intervención, el Buró Político va a juzgarme, si no me ha juzgado ya. Estaba juzgado y condenado, pero aún tendrá la osadía de mantener hasta después de conocer su sanción, en una reunión personal con la dirección del partido, que él, sobre Antón, seguía manteniendo sus dudas y exigió a Femando Claudín, según consta en un acta del 12 de marzo de 1948, cuatro meses después del juicio y la condena, que explicase por qué razón le señalaba como traidor, y por qué dejaba en el aire semejante duda.

José Antonio Uribes no era un novato en la política; a sus 36 años tenía experiencia y una vida dedicada a sus convicciones para que le trataran como un traidor o un ambicioso. Había empezado su lucha revolucionaria antes de la República, entre los escasísimos núcleos de estudiantes comunistas de la Universidad de Valencia donde hizo varios cursos de Medicina después de terminar Magisterio. Cuando le acusan de haber recibido un libro desde México de la “renegada” Margarita Nelken, con una frase expresamente dedicada, se revuelve contra sus fiscales: Yo os digo más: si revisáis en los archivos veréis que hay también una carta de ella dirigida a mi y una contestación mía... yo le envié las cosas que obraban en mi poder y que pertenecían a su hijo, que como sabéis había muerto en el frente. Ella entonces me escribió agradeciéndome el interés tomado, pero a la vez quejándose de que Dolores no le hubiese comunicado la muerte de su hijo. Todos estaban al tanto de que el hijo de la Nelken, Francisco de Asís, había muerto heroicamente en el Ejército soviético.

El penúltimo acto en el fallido intento de enterrar a José Antonio Uribes tuvo lugar el 18 de febrero de 1948, y por esas crueldades de la historia, sus seis acusadores, fiscales y jueces, Femando Claudín, Rebellón, Jacinto Barrios, Joaquín de Diego y Carmen Pinedo, no sólo verán defraudadas sus esperanzas de que Uribes lo admitiera todo, sino que serán expulsados del partido o marginados de él uno tras otro en años y circunstancias diferentes. En la búsqueda del argumento descalificador afirmaban que ganaba más dinero que nadie, en la URSS, con sus charlas, artículos y conferencias. Él, asumiendo su papel, responde que tiene capacidad y cultura suficiente para hacer traducciones y que sin embargo no se beneficiaba de ello como hacían otros, ni colaboraba en Radio Moscú, para que no pensasen que lo hacía por cobrar y que si buena parte de los niños españoles en la URSS se habían lanzado al robo, él no podía aceptar la responsabilidad de que existan delincuentes, no puedo cargar sobre mí esta responsabilidad, porque había que entender de qué modo vivían y lo que tuvieron que sufrir durante la guerra.

Al fin, después de varias reuniones, decidieron destituir a Uribes de toda responsabilidad política y mandarlo de profesor de español a un centro universitario moscovita. Los otros acusados tuvieron peor suerte: Segis Álvarez, dirigente histórico de la Juventud Comunista, Luis Abollado, Ramón Barros, Julio Mateu, a quien Vicente Uribe en su acta acusatoria denominó payaso, y José Juárez, fueron inhabilitados de sus cargos y responsabilidades en el partido. Les enviaron a trabajar a la fábrica de automóviles Stalin de Moscú, rebautizada Lijachov después de 1956. No serán rehabilitados formalmente nunca, aunque

José Antonio Uribes volverá a incorporarse al Comité Central en 1956, pasando a responsabilizarse de Radio España Independiente junto a Ramón Mendezona. Se dio carpetazo al asunto como si nunca hubiera existido.

Con este juicio se iniciaban los procesos en el PCE. La aparente exigüidad de las condenas no es tan inocua como parece, pues incorporarse a un taller o a una fábrica, tras haber sido funcionario del partido, no era precisamente algo envidiable; las condiciones laborales ya de por sí muy duras, se convertían en brutales y la indefensión y el sentimiento de que la vida de uno dependía de un hilo era algo por lo que pasaban en todo momento los sancionados. Ahora bien, en esto como en otras cosas, los tiempos fueron radicalizando las posiciones, y conforme fueron avanzando los meses, el PCE dejó de ser pionero en procesos políticos, endureciéndose el tono y las consecuencias de los castigos.

La depuración del plana mayor del PCE en Moscú, que no otra cosa será lo que se realice en el denominado “complot del Lux” en el 47-48, fue un toque de atención a los tiempos que corrían. Pasionaria temía en la figura de José Antonio Uribes una independencia de criterio que le había llevado a escribir en mayo del 46 en una carta de advertencia al dirigente valenciano: Vuelve a repetirse el mismo juego de Hernández; tú [Uribes] eres partidario de que los compañeros salgan de la Unión Soviética y yo [Dolores] me opongo a que vayan a Francia. Uribes había pasado a la categoría de sospechoso porque en el fondo no podía ocultar su pensamiento de que todo militante que se quedara en la URSS estaba perdido para la revolución, formulación que había hecho suya Hernández a comienzo de los cuarenta.