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LA LUCHA ARMADA EN EL INTERIOR

1946 y 1947 son los años de máxima expresión del movimiento armado contra la dictadura. En la ciudad (Madrid y Barcelona) y sobre todo en el monte, este movimiento en el que se mezclaban un numeroso grupo de huidos por la represión y escasos cuadros políticos, estuvo dirigido, orientado y alimentado por hombres del Partido Comunista de España. La guerrilla va tejiendo durante estos dos años una tela de heroísmo y derrotas, convirtiendo a muchos en mártires y a unos pocos en traidores o en bandidos, pero siempre con el bordón de la derrota como constante. Porque la guerrilla hizo un círculo sobre sí misma, no tenía salida política y sin embargo para continuar luchando necesitaban creerse que eran la única alternativa política. Fueron un foco que incomodó considerablemente a la dictadura, que producía gastos y desasosiego en sus filas. Algo que mantenía vivas las características antipopulares que Franco dio a su régimen, pero al tiempo ese foco de lucha no hizo avanzar un ápice la unidad de las fuerzas democráticas, ni la conciencia de las masas hacia el hipotético derribo de la dictadura y no debilitó tampoco al sistema. Fue como una avispa en el coche; incómoda, molesta, que apurando mucho su agresividad podría provocar algún accidente en el conductor pero que en su propio golpe de aguijón está su muerte. Como veremos, las condiciones políticas internacionales y la incapacidad del grupo dirigente español convirtieron este retrato político en estrategia.

La línea política se basó en la lucha guerrillera porque era lo único a que podía agarrarse el PCE y lo que le distinguía de los demás grupos. Convirtió la guerrilla en su único horizonte político porque hizo de la lucha armada hasta un aspecto decisivo de sus señas de identidad. Guerrillero igual a comunista; y soledad y abandono igual a guerrillero y a comunista, y ahí, en ese círculo de conexiones que tan poco tenían que ver con un partido político sino con un grupo de fieles creyentes en mañanas esplendorosos, se abarcó, sin que nadie le pusiera coto, los terribles años que van de 1946 a 1951, con un saldo comúnmente admitido por comunistas y guardias civiles de 15.000 muertos del lado guerrillero. 15.000 activistas, entre los que cabe agrupar no sólo a militantes del partido, sino a colaboradores e incluso a militantes de otros grupos, es una cantidad que ningún partido puede derrochar sin pagar muy alto coste por ello.

Desde que Monzón cae en desgracia y es llamado a Toulouse por la dirección del partido, el máximo dirigente en el interior es Agustín Zoroa, que asume la responsabilidad tanto en el terreno político como en el militar, es decir, guerrillero. Aunque haga algunos viajes a Francia tomará como residencia habitual Madrid. Es un joven que aún no ha cumplido treinta años, pero que tiene su bagaje, pues ha sido comisario de brigada durante la guerra civil, cayendo herido en combate, y luego ha participado en el maquis francés hasta su llegada a España a finales de 1944.

Le auxilian en las tareas dirigentes, Eduardo Sánchez Biedma, que a pesar de su experiencia militar en la liberación de París, en España se ocupa exclusivamente de tareas de organización del partido, mientras Lucas Nuño lo hace en el movimiento guerrillero, en el que estaba bien bragado tras su actuación en los grupos soviéticos que operaban en la retaguardia alemana.

La febril actividad del año 46, expoliados por el aislamiento internacional de Franco, no terminará bien. El movimiento guerrillero que muestra audacia e iniciativa en diversos “golpes económicos” (atracos) y que cumple la finalidad obvia de crear inseguridad en ciudades, montes y caminos, recibe en octubre de 1946 un golpe definitivo que impidió que los jefes de grupos guerrilleros, que se reunían en Talavera, dieran un giro más político a sus actividades.

Una vez más serán las putas y los cabarets los que parecían echar el mal de ojo a aquella gente. En Lisboa fue detenido en un lujoso tugurio Emilio de Santiago, que no podía justificar ni su documentación ni sus ingresos. Había sido un activista en Madrid tanto por su destino en el Ministerio del Ejército, como por su participación en el atraco de Chamartín que trajo el saldo de dos pagadores muertos. Tras esto decidió que no estaba dispuesto a dejarse la piel en España y la dirección del partido en el interior no tuvo más remedio que expedirlo hacia Lisboa, antes de que la policía le pillara y contara todo lo que sabía del armamento facilitado a los guerrilleros desde el Ministerio del Ejército y de su episódica participación en el sangriento atraco. Para hacerlo rápido y sin riesgo, le mandaron en el Lusitania Express, cuyo maquinista trabajaba para el partido. Después de coger el cabo en Lisboa a la policía no le fue difícil ir sacando hilos hasta conseguir el ovillo. En Talavera de la Reina se iba a celebrar una reunión de responsables de la guerrilla; el lugar era la estación y el sitio un vagón de ferrocarril que les había facilitado el maquinista del Lusitania. Fue como cazar conejos, sólo que las víctimas eran avezados luchadores como Jesús Bayón, el asturiano que había sobrevivido a las torturas de 1943 y que había escapado de la cárcel al año siguiente, José Llerandi y Manuel Tavemero, dirigentes de la guerrilla en la zona Centro.

A finales de octubre la emboscada de Talavera, en la que hay supervivientes, alcanza en sus ramificaciones al aparato de propaganda de Madrid, que surte a las organizaciones de todo el país. Así van cayendo poco a poco de muchos en muchos. En noviembre apenas si quedará nada con entidad responsable. La moral también se vendrá abajo; el máximo responsable, Zoroa, no oculta a los detenidos que toda resistencia ya es inútil y que sólo cabe entregar armas, datos y bagajes. La colaboración policial del encargado de propaganda, Antonio del Rey, será la puntilla, y uno tras otro pasarán todos por el potro de la tortura. Sólo se salvará Antonio del Rey, que en gracia a su labor se le

borrará del expediente. Se mezclaba como siempre la sangre y el pus, la derrota con la fe, el heroísmo con la debilidad; héroes como las radiotelegrafistas Faustina y Alejandra, que se negaron a entregar las claves de sus comunicaciones con Toulouse, pese a las sugerencias de algunos dirigentes detenidos que si pasaron a la historia, no deben quedar en el olvido.

Sánchez Biedma, torturado por la policía hasta límites de hacer irreconocible su porte de hombre a lo Jorge Negrete, acepta llevar a la policía una cita con enlaces del exterior; aprovechó la salida para lanzarse a las ruedas del metro en la estación de Antón Martín un día de noviembre de 1946. Murió valientemente porque en ocasiones así lo más valiente es terminar antes de que la traición o la tortura acaben con uno. Pese a que los informes enviados desde la cárcel a la dirección del partido eran concluyentes, quizá el rechazo estaliniano del suicidio y la actitud lógicamente beligerante de los familiares, han llevado a considerar que la policía lo mató antes y luego lo echó al tren. Peregrina discusión. La policía lo mató, pero fue él quien escogió la forma de morir.

Agustín Zoroa, sacando fuerzas de flaqueza, tuvo un comportamiento ejemplar durante el juicio, lo que le valió el honor de ser expulsado de la sala por el mismo juez que le condenaría a muerte. Será fusilado un 29 de diciembre, junto a su compañero de armas Lucas Nuño, cuando ya acababa el año 47 y mientras Herrera Petere le dedicaba un poema de infrecuente belleza:

Nosotros hemos de haber la fuerza grave del hombre

que trabaja en el silencio de las cárceles, de noche, para ti, Zoroa, muerto.

Con la caída de Zoroa y su estado mayor, la organización de Madrid, donde se situaba la delegación de la dirección del partido, va a quedar en manos de unos personajes tan turbios como los tiempos que se vivían. Pedro Sanz Prades, el más famoso de los responsables tenía un vago barniz político; se hizo célebre con el apodo de “Paco el Catalán”. Era un pistolero frío, sin ningún interés por la política ni por los papeles que no fueran billetes de banco. Empezó a lo grande atracando a Huarte y Compañía y terminó haciéndolo a carniceros, minoristas de aceite, sospechosos de ganar unos miles con el estraperlo. Todo en él corría parejo con la época; contradictoria, brutal y gris al mismo tiempo, donde también todo era diferente a lo que parecía sin ser nada especial. Tan representativo de los tiempos el tal “Paco el Catalán” que ni se llamaba Paco, ni era catalán sino de Castellón, y con acento sudamericano; no era guapo ni feo, ni alto ni bajo, lo que histerizaba a la policía que no poseía señal alguna que lo hiciera identificable. Pero él sobrevivió a las grandes caídas y a los traidores que infectaban la organización, unos por miedo y otros por seguridad, y por tanto para superar el miedo y dar seguridad había que matar “traidores”, reales o supuestos, toda duda tenía que ser implacablemente castigada y la verdad es que había que ser muy ciego para no tener dudas a finales de 1946.

“Paco el Catalán” sigue cada vez más lejos, primero colocando bombas (Embajada Argentina...), luego asaltando cuarteles (escuela de automovilismo de Villaverde, Cuartel de Usera...) así hasta que ya no le queda refugio donde meterse y entonces se echará al monte con los contados supervivientes. Morirá tras ser detenido en enero de 1947. Con él caen los rescoldos de la nimbada delegación interior del Partido Comunista de España.

Los intentos de mantener la llama de la organización en el interior fracasan reiteradamente. A Luis Castillo, el primero de los enviados para sustituir a Zoroa, le detienen en Bilbao apenas entrado. Igual le ocurre al fotógrafo Luis de las Heras. Los cuadros directivos van cayendo en manos de la policía uno tras otro gracias a la actividad de dos responsables del partido que al ser detenidos han

cambiado de bando. Se trata de Tomás Planas “El Peque”, un aragonés que penetró en España en septiembre del 46 después de pasar una etapa en la Escuela guerrillera de Toulouse. Viene con la tarea de organizar las JSU pero las caídas le colocan a la cabeza del partido en Madrid, siendo detenido a comienzos de 1947 y dedicándose desde entonces al siniestro trabajo de la delación. Con él está Luis González “Carlitos” y Antonio Rodríguez “El Chato” responsables del partido que también trabajarán reiteradamente para la policía logrando por entonces los éxitos más fáciles. Sin ninguna espectacularidad, tan sencillamente como van llegando, la policía los deja moverse para conocer si traen alguna novedad y luego los detiene.

Es la etapa de oro de un policía que logrará su sucia leyenda, Roberto Conesa. A sus órdenes Planas, “Carlitos” y Rodríguez se divertirán a costa de la vida de muchos y de la dirección del PCE. Entre sus obras está el aniquilamiento de la partida guerrillera de los montes de Toledo que acosada decide trasladarse hacia Gredos haciendo parada en Madrid. Los acribillarán en una casa de la calle Moratín cedida por Planas. La impunidad y la osadía de estos personajes alcanzaba hasta a redactar Mundo Obrero que editará la policía bajo la dirección literaria de Roberto Conesa. Lo recuerda José Satue testigo y víctima de ese momento: “la policía parecía descojonarse redactando el Mundo Obrero. Me acuerdo de cómo me llamó la atención el que en alguno de aquellos números ‘clandestinos’, hechos en Madrid, se citaba por ejemplo a Shakespeare, lo que era inédito en la prensa del partido. Exactamente unos versos sacados creo del Enrique II que decían... ‘que el sol le niegue su luz y las mujeres su amor...’ todo eso enfocado contra el franquismo. El descojone a nuestra costa”. José Satue había entrado en España con Planas y tendrá entrevistas con el responsable de la imprenta del partido, que no era otro que el policía Conesa. Le detendrán en 1947 y pasará largo tiempo en la cárcel.

Los años que van del 47 hasta 1950 serán un calvario para la organización clandestina del PCE. Por lo que se puede decir que tanto en el terreno político como en el guerrillero el momento más alto de la actividad hay que situarlo, globalmente, en 1946 y parte del 47. Hay partidas en Andalucía Occidental y en la Oriental, donde Ramón Vía, que ha escapado de la prisión en mayo, lucha desesperadamente hasta que la policía lo liquida en una calle de Málaga. En Asturias las partidas son muy numerosas debido al enorme número de huidos de la represión; se calcula en cerca de dos mil las personas implicadas entonces en actividades guerrilleras, lo que obligó a Franco a concentrar en Asturias importantes efectivos militares: tabores de regulares y tropas de infantería, sin contar a la guardia civil y a la policía armada. Es una guerrilla de múltiples direcciones políticas aunque predominantemente comunista, y donde el PCE ha logrado eliminar la disidencia de Fernández Ladreda, el líder que estaba convencido de que en el exilio no sabían lo que pasaba dentro y a quien la policía descuartizó antes de fusilarle, mientras sus viejos compañeros de armas le llamaban “provocador”.

Las partidas guerrilleras de Galicia, junto a las de la zona levantina, se consolidarán como las más potentes y enraizadas del conjunto del movimiento armado. Sus dirigentes, procedentes de todos los partidos políticos, acabarían a las órdenes del comunista porque era el único que les echaba una mano y que quena luchar hasta el final. Uno tras otro fueron cayendo, Manuel Piñeiro (en 1947), Segundo Vilavoy (en enero de 1948), Manuel Ponte, que además de ser un astuto líder que se transformó de sastre —su genuina profesión— en implacable guerrillero, merecería pasar a la historia aunque sólo fuera por la aguda carta que dirigiría al embajador británico en Madrid el 5 de agosto de 1946: Nosotros no pedimos cosas imposibles, señor embajador. No pedimos que el Ejército inglés venga a implantar en España una democracia (...). No somos más que guerrilleros, hombres que hace diez años se tiraron al monte porque las palabras rendición y capitulación ante el fascismo, no cabían en sus cabezas. Morirá en combate en abril de 1947. Junto con Marrofer, caído en una emboscada cerca de Betanzos, serán mitos populares más que jefes guerrilleros o soldados. Con ellos termina la

gran época guerrillera en Galicia, sobrevivirán otros, pero ni tenían su espíritu ni podían tenerlo en aquella guerra cada vez más difícil. Gómez Gayoso, secretario general del partido en Galicia, y Seoane, morirán también a manos de los pelotones de fusilamiento. Fueron los últimos responsables políticos comunistas con capacidad para dar orientaciones a un movimiento que cada vez más se inclinaba a la supervivencia y por tanto al bandidismo.

La zona Centro estaba dominada por la figura de un jefe, Cecilio Martín Borja, fugado de la cárcel de Alcalá en 1943. Su apodo retrataba sus inclinaciones políticas y su pasión por el mando y la dureza: “Timoshenko”. Un hombre de ideas fijas, con la cabeza de piedra y una moral de hierro que le hacía gritar a sus subordinados después de haber sido diezmados en Tomelloso: Muchachos, estamos en el principio del fin; la victoria se acerca.

Murió baleado en una casa de Madrid adonde llegó huido con unos pocos de su diezmada partida, aquella que se enseñoreó en 1946 de La Mancha, de la Sierra de Alcaraz, de Cuenca, Ciudad Real y hasta Albacete. Lo acribillaron en un piso con señora en 1947; murió bravamente como había vivido, absolutamente convencido de que llegaba “el principio del fin”. “Timoshenko”, como tantos oíros, merecería un gran libro, sería así y todo un modesto homenaje, porque casi todos ellos son por encima de todo personajes humanamente fuera de lo común, en situaciones fuera de lo común, pero políticamente de interés escaso. Tienen vida por sí mismos, sin necesidad de adscribirlos a una estrategia política; mirarlos desde el prisma de la lucha política, de una táctica y una estrategia, inevitablemente empobrece sus figuras. Fueron los mandos de un ejército sin generales.

Vivieron el espejismo del cierre de la frontera francesa en marzo de 1946 después del fusilamiento de Cristino García y la nota tripartita (Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos) criticando el régimen de Franco, pero ni una cosa ni otra creaban un resquicio de esperanza para ellos. Sólo el PC se volcaba en ayudarles, mientras se separaba más y más de sus aliados y también de la realidad; por rechazar a los socialistas también se rechazaba la realidad, con lo que involuntariamente se les daba a éstos una razón que estaban muy lejos de poseer y de merecer.

Una vez más el aislamiento y la violencia de la pelea generan en los comunistas triunfalismo y autosatisfacción, únicas vitaminas para conservar la moral combatiente. Un aislamiento que se manifiesta en todas las facetas de su actividad clandestina, desde los contactos y los puntos de apoyo hasta en la vida cotidiana; José Luis Fernández Alver, uno de los veteranos del movimiento guerrillero en Francia y en España, cuenta cómo en un descanso de la sesión doble del cine La Flor, en la madrileña Glorieta de San Bernardo, se encontró a más de una docena de cuadros del movimiento clandestino. Cada uno por su cuenta habían ido allí al reclamo del calor, la distracción y la baratura de los programas de sesión continua. Había entonces una copla que decía: “Amigo, si vas al cine a pasar un rato, procura llevar manta, cuchara y plato”. El desfase entre lo que entonces se escribía y la realidad alcanzó sus cotas más altas y superó con creces las mentiras piadosas que pretendía justificar la invasión del Valle de Arán en octubre del 44.

Desde Toulouse primero y desde París luego, los órganos oficiales del partido les aportan un peculiar sustrato ideológico, un material de apoyo recogido en los escasos textos de Lenin sobre las guerrillas de 1905 y 1906, y novelas, novelas soviéticas publicadas por entregas: Vengadores de Paulenko, y la autobiografía del héroe de la gran guerra patria, P. K. Ignatov. Mientras, la médula espinal de la estrategia guerrillera la dan Enrique Líster y Juan Modesto, convertidos ahora en generales por correspondencia. Sus análisis son pobres impresiones sacadas de datos inexactos, cuando no falsos. Con el material que tienen en sus manos tampoco pueden alcanzar a programar batallas con soldados imaginarios, porque la realidad guerrillera está muy lejos y esta pareja son lo que queda de la espuma de una época ya irrepetible. Los guerrilleros del 46-47 apenas si tienen puntos de contacto con el mundo que se han construido en su imaginación Líster y Modesto, usufructuándolo ávidamente porque ya ni pueden ni saben dedicarse a otra cosa.

Balance y experiencia del movimiento guerrillero en estos últimos meses —escribe pomposamente Líster en la primavera del 46—. Seis meses de acciones y combates guerrilleros en España, es la réplica de Modesto, un año después, a las elucubraciones de Líster. Ambos interpretan un dúo en una partitura improvisada. Se turnan como competidores, siguiendo el pique que empezó en 1937 y que no terminará hasta su muerte, Modesto, simpático y vivalavirgen, y Líster, vanidoso y