El asunto Antón se preparó, se coció y se dirigió entre un puñado de personas, ni siquiera como hemos visto, el pleno del Buró Político. Durante tres años de reuniones el tema apenas si se filtró fuera de los elegidos y de algunos rumores. A partir del verano de 1952 y en pleno proceso de Antón, Pasionaria sugiere al Buró Político que elabore un documento en el que se recojan las ideas más brillantes de su intervención en Moscú contra Antón y sus métodos. Es lo que en la historia del PCE se conocerá como la Carta a las organizaciones y militantes del partido, en la que se ataca los denominados métodos “de ordeno y mando", y en la que no se cita a nadie en particular y menos aún a Antón, que sigue siendo entonces miembro del Buró Político y del Comité Central. A esto se reducirá el conocimiento militante de la crisis de Antón.
Va a ser el tiempo el que introduzca en el caso Antón una corrección histórica. De ser un proceso modélico del estalinismo en el PCE se convertirá en lo contrario: una manifestación de antiestalinismo avant la lettre. Merece la pena que nos detengamos a explicar esta manipulación producto del tiempo y de la voluntad.
El proceso político a Antón se inicia a mediados de 1952, en el momento más duro de la violencia estalinista, cuando el aparato de represión que había construido la URSS en beneficio de Stalin y su grupo estaba dando los coletazos más bárbaros y donde el totalitarismo arrasaba todos los ámbitos políticos y sociales: donde nada ni nadie podía sentirse seguro. Es la época en que toma cuerpo el proceso a Slansky, del que sin forzar excesivamente la historia podríamos decir que era el Antón checoslovaco, aunque sería más exacto hablar de Antón como del Slansky español.
El proceso de Slansky y su grupo, montado por los soviéticos con el beneplácito de una parte de la dirección del PC checo, también se basa en conceptos que se aplicarán estrictamente al caso Antón: cacique, fraccionista, métodos antidemocráticos, responsable de las depuraciones de los mejores militantes del partido, y de ahí no fue difícil convertirlo en espía del imperialismo y organizador de un complot contra el partido y el Estado checo, es decir, un conjunto armónico de ideas, métodos y concepciones para destruir y liquidar el partido, como escribió Dolores refiriéndose a Antón en noviembre de 1953. Slansky, como Antón, era un estalinista brutal e implacable que había sometido al partido a las tensiones de su soberbia y su poder omnímodo, hasta que un día Slansky por unas razones y Antón por otras, fueron considerados por aquellos a quienes debían su poder, como piezas a
desmontar, como elementos a destruir.
El caso Slansky estaba en la conciencia de Dolores permanentemente mientras iba preparando la larga cuerda que envolvía a Antón. Rudolf Slansky fue detenido a finales de 1951, mientras ocupaba la secretaría general del Partido Comunista checoslovaco. Había dos razones de peso para que Pasionaria sintiera el caso Slansky como experiencia y como preocupación. Como experiencia, por todo lo que tenía de muestra de la inseguridad de un secretario general en ejercicio; si un secretario general del peso y el prestigio de Rudolf Slansky era un “traidor” nadie estaba seguro ya de nada. Como preocupación, por dos razones; la primera, y más importante, es que ella había impulsado las relaciones entre el PC español y el Partido Comunista checo con el fin de que, desde Praga, les ayudaran en la impresión de propaganda para el PCE, dadas las dificultades que habían surgido en Francia tras la ¿legalización. A tal fin se entrevistó con el número dos del PC checo, Bedrich Geminder, el miembro del Buró político español, Antonio Mije. La cita, el 23 de enero de 1951, hizo nacer grandes esperanzas en Dolores de crear en Checoslovaquia un gran centro político del PCE que sustituyera al de París.
La segunda razón de las preocupaciones de Dolores estaba íntimamente ligada a ésta; su secretaria, Irene Falcón, había sido la compañera de Geminder durante la estancia de éste en Moscú, como dirigente de la IC y seguían manteniendo unas relaciones personales estrechísimas, por lo que Pasionaria consideró oportuno que Irene acompañara a Mije en la entrevista de enero en Praga. La respuesta formal del PC checo, en boca de Geminder, fue la de que pasaría el asunto al secretario general de su partido, Slansky, en noviembre de aquel mismo año, para que resolviera favorablemente. Exactamente en ese mes de noviembre de 1951 Slansky, Geminder y otros, son detenidos por los servicios de información militar soviéticos y checoslovacos y acusados de conspiración contra el estado socialista. Los temores de Pasionaria pueden imaginarse. Hizo seguir puntualmente las informaciones reservadas que llegaban sobre el proceso Slansky a Jacinto Barrios, buen conocedor del ruso. La información que daba la agencia Tass sobre el caso, especial para líderes del PC de la URSS, que le llegaba a Dolores, acrecentó sus temores de que su nombre o el de su secretaria podían aparecer implicados en el asunto. Las primeras detenciones del caso Slansky habían empezado a finales de 1949, con los interrogatorios al viceministro de Economía checo Eugen Lóbl, y como se supo entonces, tanto Slansky como Geminder estaban ya condenados desde abril del 51, antes de juzgarlos. Fecha que coincidía con las gestiones personales de Pasionaria para crear un centro político del PCE en Praga.
No hubo referencia alguna a Dolores Ibárruri, ni a Irene Falcón, aunque ésta fue retirada de toda responsabilidad y esperó durante varios años ser detenida o sancionada en función de su relación personal, agravada por su condición de judía en una época de especial furor antisemita del estalinismo.133 El proceso Slansky se celebró en 1952 y Pasionaria pudo respirar tranquila al enterarse de que tanto Slansky como Geminder, fueron ejecutados, junto a otros nueve dirigentes y sus cenizas echadas en un vertedero para que no quedara ninguna señal de su paso por el mundo.134
Todo aquello que había servido a Slansky y a Antón para encumbrarles fue útil para desmontarles. El número de crímenes y errores que Slansky justificó, dándoles su espaldarazo político, no fueron mayores ni menores —salvadas las distancias entre vivir en el exilio y tener un aparato de Estado, que no es pequeña pero que tampoco impide la comparación—, que los crímenes y errores a los que Antón avaló, igual que los avaló Uribe, Carrillo, Mije y Claudín. Que Antón trataba mal a los militantes, nunca los trataría peor que Uribe que no permitía, ni siquiera, que sus subalternos tomaran el café con él. Que Antón había usado de su poder para conquistar a una bella muchacha en París; bastante peor era que Claudín tuviera derecho de pernada en Moscú basado en que él era miembro del Buró y sólo “comunista de la cintura para arriba”. Que le gustara el boato y la magnificencia, también es verdad, pero nunca tuvo cocinera ni secretario como Dolores y Uribe. Que
era vanidoso y soberbio; verdad, ¿pero no le había dicho Dolores que era la “revelación de nuestra guerra”, y Carrillo y Uribe y Claudín, cosas semejantes? Lo contrario sería considerarles a ellos mentirosos y a él un dechado de humildad.
Ahora bien, el proceso a Antón, iniciado en 1952 se resuelve al año siguiente, y ya Stalin ha muerto, en marzo. No le debía caber ninguna duda a Francisco Antón cuando al llegar a Polonia comentó: Tuve suerte que murió Stalin que si no en vez de venir aquí hubiera ido a Siberia, porque allí es donde iban los españoles hasta 1953. Pero en 1953 ya no se podía enviar a nadie a la URSS, porque todo estaba en proceso de cambio y nadie sabía quién iba a ganar y qué consecuencias podía tener.
Y así el caso Antón, a caballo del estalinismo y la desestalinización, se transforma de “ proceso estalinista” en “causa de la desestalinización”, por dos razones independientes de su voluntad y de su biografía, porque coincidió con los dos momentos y porque en el partido español más que en otros, se hizo evidente que los mismos que ejecutaron la política estalinista se convertirían a partir del XX Congreso del PCUS (1956) en adalides de la desestalinización. Había que encontrar al menos a uno a quien pudieran echar sobre sus espaldas los “métodos de ordeno y mando”, del partido español y ese candidato ideal era Francisco Antón, que además no podía hablar porque estaba en Varsovia y era suficientemente viejo combatiente y estaliniano para soportar impunemente su autocrítica de cosas de las que no era responsable sino en parte. Si había sido capaz de reconocerse un traidor, lo que evidentemente no era por qué no iba a ser el chivo expiatorio de los métodos estalinianos en el partido, lo que evidentemente sí compartió. Algo semejante a lo que harán con Vicente Uribe, dos años más tarde, con el “culto a la personalidad”.
Y así fue posible que el proceso a Antón, que es la versión española del caso Slansky, se transformó gracias al tiempo en el juicio a Beria y sus métodos criminales. Pasionaria empezó haciendo de Stalin y pasó a ser Kruschev. Mientras, el Buró Político en 1954 seguía sin saber lo que había ocurrido realmente con Antón; no digamos ya el Comité Central y la militancia de base. En el PCE quedará el caso Antón como un precedente histórico del XX Congreso del PC de la URSS que abrió la desestalinización; una vez más se producía una manipulación histórica que ningún implicado estaba dispuesto a desmontar; Antón el primero.
Lili Marcou en su trabajo sobre la Kominform escribe: La influencia monolítica del Kremlin y sus presiones para que no vuelva a repetirse un segundo caso Tito han contribuido en gran medida al drama a que asistiremos en el Este de 1948 a 1952. No obstante, representaron un papel decisivo los factores nacionales relacionados con las querellas de danés y de personas . No es difícil adaptar esta conclusión al caso de Antón en el PC español. Primero había una diferencia, personal o política, o ambas cosas a la vez, y luego se adaptaba la acusación al signo dominante del momento; fuese Tito o Rajk o Slansky. El PC español seleccionaba al enemigo, los adjetivos los importaban del conjunto del movimiento comunista. Se hizo con Monzón, y posteriormente con Comorera, sin embargo, en el caso Antón, tendrá una componente diferente, pues se gestó, se desarrolló y se ejecutó entre la cúpula dirigente, apenas un puñado de personas, sin que el resto supiera nada más que rumores, a no ser que, por esos haceres del arbitrismo, les alcanzaran las consecuencias. Esto fue lo que ocurrió con las organizaciones de Francia y México.
En el verano de 1953 fueron sancionados por el Buró Político los máximos responsables de la organización del PC en México, Felipe M. Arconada, hermano del escritor, y Esteban Vega, que se había trasladado a América por imperativos de Antón para poner un cierto orden en la relajada organización de México donde por las características del exilio, los comunistas estaban sujetos a diversas corrientes políticas, que Vega se encargó de sujetar con su brutal estilo. Para comprobación de que las sanciones a Vega y Felipe Arconada no significaban más que nuevos nombres, hay que añadir que el Buró Político los sustituyó por el gallego Santiago Álvarez, sin que apenas se notara mejora.