El arte de amar, ya lo hemos dicho, no es un arte de sentir. Es un arte de consentir. La alegría de amar juntos no se reduce a un arte de sentir juntos. Es un aprendizaje de consentir juntos.
Un parecido con los alpinistas
Los esposos que trepan por las etapas de la vida se parecen un poco a los alpinistas que escalan una montaña. Cuanto más suben, más dominan el valle, con sus tejados y su campanario. Los detalles se van fundiendo unos en otros. Sólo queda el trazado general del pueblo. Luego, cuando se alcanza la cima, es una renovación completa de las perspectivas. Al descubrir la otra vertiente, la realidad por entero colma entonces sus miradas y toda el alma.
Lo mismo sucede con los novios. Al comienzo de su amor, no piensan más que en hacer el camino juntos. Poco les importa el camino que emprenden, con tal que ese camino puedan recorrerlo los dos juntos. Están en el valle; no piensan aún que el camino es ascendente, que será preciso esfuerzos para perseverar en él, ni que las primeras cumbres revelarán paisajes nuevos.
Los jóvenes esposos tienen un entusiasmo intacto al comenzar la ascensión. A veces se sienten tan alegres que no andan: corren. Ven y saben que no podrán sostener siempre ese ritmo. Sin embargo, cuando se
detienen todo sofocados, dándose la mano, es para reírse juntos y reemprender la marcha con más ardor y brío.
Pero las horas pasan —los días, los meses—. La implacable ley de la naturaleza impone finalmente su razón sobre ese encantador atolondramiento. Poco a poco el ritmo de la marcha se hace más lento, más a medida del esfuerzo. Se siente uno orgulloso, porque, volviéndose, el pueblo parece lejano, muy abajo.
Siguen estando locos uno del otro. Pero van dándose cada vez más cuenta de que el camino es duro, lleno de asperezas y empinado. Alcanzan la primera cumbre, consiguen la primera conquista de su amor.
Es el primer hijo.
Descubren un nuevo paisaje
Ha sido preciso ya sacrificar por él mucho. La salud de la futura mamá se ha comprobado que es frágil. Ha tenido que renunciar a ciertas distracciones, a ciertos trabajos. El joven esposo se ha sometido de buen grado a las nuevas condiciones de vida. Le ha ayudado más a ella: Se ha levantado más temprano; ha preparado él mismo el café matinal; se ha quedado con ella durante las tardes libres. Cuando la encontraba más deprimida, o más intranquila, ha sabido él mostrarle, con frases muy senci- llas que le venían del corazón, que ella no era para él ni menos encantadora, ni menos bonita. Le ha dicho que la amaba más aún, por ese fruto de amor que ella iba a darle, y que estaba alimentándose de ella.
Llegó el hijo. De un solo golpe, un nuevo panorama se ha extendido ante los ojos de ambos. Desde esa primera cumbre contemplan un paisaje más vasto. Comprenden mejor lo que serán las penas y los cuidados del mañana. Pero enriquecidos con ese maravilloso hijo, que es de ellos, se sienten más fuertes, más resueltos.
Ya no es la espléndida ligereza de dos adolescentes que se casan. Ella parece más madura y profunda. Sin revelar aún nada de lo que su embarazo le ha permitido comprender, sin mencionar tampoco lo que su parto le ha permitido aprender, ahí la tenéis que experimenta un cambio, sin embargo. Sola, con su hijo, le acerca a sí, le mira y presiente, aún muy imperfectamente, que su vida no tiene ya solamente las dos dimensiones del amor de los esposos entre sí, sino que ha descubierto su tercera dimensión: el amor de los padres para con sus hijos. Ya la joven mujer se ha metamorfoseado súbitamente en madre.
Las reticencias de un esposo
En cuanto a él, no comprende tan aprisa. Es feliz. Está orgulloso. Cuando haya recobrado su aplomo, hará las adaptaciones necesarias para equilibrar el presupuesto familiar alterado por el nacimiento del bebé.
Si no lo pensó de antemano, se arriesga a ser sobrepasado durante algún tiempo por los acontecimientos. Menos intuitivo que su mujer, no reacciona inmediatamente como ella, por una especie de adaptación de lo más profundo de su ser. Trata de comprender. Reflexiona sobre la nueva situación. Ayer era él cabeza de un matrimonio. Hoy es cabeza de familia. Y la satisfacción que experimenta con ello no está exenta de reflexiones un tanto melancólicas, un poco egoístas.
Los días pasan. La vida «normal» se reanuda. Ya no es la misma. El esposo no reina ya sin coparticipación sobre el corazón de su mujer. Sufre por ello, y nada se atreve a decir. Ella tiene que ocuparse del bebé cada vez que él la necesita. Ella traslada de mejor gana su pensamiento hacia el hijo que hacia los asuntos de su esposo. Presta, imperceptiblemente, menos interés a lo que él dice. Ha llegado él incluso a preguntarse si es que ella le amaba aún... Unos celos que no se confiesa en ningún momento le entontecen y le mortifican.
Una noche, como bromeando, le descubre un poco su corazón. Dice: — ¡Tú me amas menos desde que nació el pequeño!
Ella le mira seriamente. Luego, pasando sus brazos alrededor de su cuello, y mirándole a los ojos, le murmura:
— ¡Estás loco! ¡Te quiero mucho más...!
A él le falta poco para replicar: «Entonces, ¿por qué no te ocupas ya de mí...?» Pero se contiene a tiempo y dice:
Titubea; luego, no conteniéndose más, añade amargamente: —... pero ¡desde que ha nacido el bebé te fijas menos en mí!... Ella lo adivina todo en un instante.
— ¿Te habrás vuelto al mismo tiempo tonto e idiota?
— ¡No! ¡Justamente! Y es por eso que me daba cuenta que... —Que ¿qué?
—Que tú ya no eras la misma... ¡No piensas más que en el niño!
¡Ya lo soltó! Luchó cuanto pudo, pues sabía que iba a decir una tontería. Ahora se pregunta qué va a responder ella.
Si fuese honrado consigo mismo, se habría dado cuenta que de que estaba obrando mal. Primero, al considerar con ojo crítico lo que él debería haber admirado en su mujer: su transformación en una verdadera «mamá». Luego, al reprocharla su papel de madre, como si tuviese que ser menos maternal, menos para su hijo. En fin, por hacerla creer falsamente que ella no puede tener un corazón lo bastante grande para amar, a la vez, a su hijo y a su esposo; cuando es él quien no ha aceptado la coparticipación.
Las reticencias de una esposa
Tal es la historia del matrimonio donde la mujer es verdaderamente mujer y el hombre varón y «egocéntrico». Es lo más frecuente. Pero puede suceder, ¡ay!, que la mujer sea ella misma vulnerada por el egoísmo, que no sepa darse a su bebé. Que solamente se «preste» a él, no pensando más que en reponerse. Que no espere más que el momento de volver a lo de antes, a sus mundanidades, a sus coqueterías junto a su marido, para reanudar con él su «felicidad conyugal». Así, jóvenes mamás traicionan, sin darse cuenta, más o menos gravemente, su nuevo deber de estado. Y sin llegar hasta sentir pesar por el nacimiento del niño, se apresuran a despachar los cuidados que le conciernen, para volver a las futilidades que hasta entonces habían sustentado su existencia de joven mujer.
Esto es lo que se produce a veces, aun entre esposos cristianos, cuando fundan su matrimonio sobre la idea falsa de que el amor conyugal es lo principal del matrimonio.
Los hijos, deseados sin duda, y hasta aceptados, no figuran, sin embargo, más que como fin secundario. Los esposos, entonces, tratan de permanecer esposos antes que ser padres. No es preciso insistir en que tal actitud es contraría al orden natural.
El orden natural exige una metamorfosis
Pues el orden natural es bien fácil de descubrir. Exige que los esposos no hagan de la alegría de amarse el fin de su amor, sino más bien la escuela de la alegría de amar juntos. Con el primer hijo, luego con los que le sigan, aparece claramente que el amor conyugal es, no un fin en sí, sino un camino que desemboca en la inmensidad del amor paternal y maternal, como el río desemboca en el océano.
He ahí lo que los esposos que reciben de Dios su primer hijo deben aprender y comprender. He ahí lo que ese hijo ha venido a enseñarles con su sola presencia de pequeño hambriento de amor. La hora de la última metamorfosis ha sonado: el marido se hace padre, y la esposa se hace madre. Su consentimiento mutuo no admite reserva.
He ahí, sobre todo, lo que, desde el día no sólo del primer nacimiento, sino desde el día de su noviazgo y de su matrimonio, los esposos deben aceptar. Se unen para amarse conjuntamente y para decidir, de «común corazón» el sacrificarse juntos. No para sacrificar un poco de su tiempo, un poco de su comodidad, un poco de su vida conyugal, por sus hijos.
¡Sino para sacrificarse totalmente! Su inteligencia y su voluntad; su tiempo y sus gustos; sus ocios, a veces, y a menudo, su intimidad: todas esas cosas, en lo sucesivo, son debidas a los hijos.
Se nos dirá: «Pero ¿y su amor conyugal?»
Ese amor consistirá principalmente en sacrificarse, no ya uno por el otro, sino uno con el otro juntos y con la ayuda de Dios, por sus hijos.
Se nos harán objeciones
«¡Es dura esa ley!»
Menos dura que las consecuencias inevitables de la repulsa, más o menos total, de la misma, por uno u otro o por ambos esposos.
Ya no es el tiempo para los jóvenes cristianos de hacer medias concesiones, sacrificios a medias, medias verdades y medias mentiras, para edificar, como se ve hoy día, una sociedad minada por el divorcio, el alcoholismo y la delincuencia juvenil.
La juventud, dicen, es la edad del heroísmo. Es cierto:
¿Qué diremos, entonces, de un joven papá que tratara de desviar hacia sí, aunque fuera ligeramente, la atención de su mujer, cuando es ya toda maternidad, es decir, totalmente dada a su hijo?
¿Tal hombre, cabeza de familia? ¿Que se aparta del sacrificio en lugar de conducir a él? ¡Vamos! Todo lo más, es un adolescente detenido en su desarrollo. Además, muestra que es incapaz de ser un esposo; pues el esposo verdadero es aquel que, consciente de su paternidad, conduce a su mujer consigo hacia la doble inmolación de sus dos vidas a Dios, y para beneficio inmediato de los hijos que Dios les da.
¡Qué cabeza de familia para una mujer, que es verdaderamente ma- dre, es ese esposo que, lejos de conducirla por los caminos del verdadero amor, le atrae hacia los caminos de la traición y del egoísmo, le arranca, más o menos abiertamente, a sus hijos, si es que no le aparta de tenerlos!
¡Qué esposa para un hombre que comprende sus deberes de cabeza de familia es aquella que se «presta» a sus hijos, pero no se da verdaderamente a ellos, porque no vive más que para sus placeres, sus distracciones, sus salidas; en fin, para ella misma!
¡Qué esposos son aquellos que no viven en la alegría del amor divino, para darse a sus hijos, sino que se repliegan sobre una intimidad sin «finalidad»!
Por el contrario, ¡qué confianza, qué estimación mutua, qué profunda felicidad la de dos esposos cuando los esposos orientan la comunión de sus vidas hacia las renuncias que fundan la paternidad y la maternidad! Estas vocaciones, aunque se vivan a la par, cada una conserva su fisonomía propia.
LA VOCACION PATERNAL
La fisonomía del Padre no aparece ya casi en nuestra sociedad. El sentido y el ejercicio de la paternidad, de una manera exacta, se han perdido de vista.
La maternidad, sin embargo, sigue siendo objeto de admiración. Todos reconocen el valor de una mamá que se sacrifica todo el día por sus hijos.
Garantizar el presupuesto familiar y servir de policía
La paternidad, en cambio, no se presenta generalmente ante nuestros ojos más que como una caricatura. Se piensa, lo más a menudo, en el papel biológico del padre; papel indispensable, pero episódico. El aspecto espiritual de la paternidad parece surrealismo. El padre, comúnmente, sé nos presenta sobre todo como el que gana el dinero de la familia y garantiza su seguridad material. A veces, cuando la madre tiene dificultades con la educación de sus hijos, ésta amenaza:
— ¡Vais a ver cuando vuelva papá!,
¡El padre, entonces, llega hasta hacer el papel de policía auxiliar, o del puesto de socorro!... En una palabra, representa ya el poder del dinero, ya el poder de la fuerza física.
No es, que digamos, un papel brillante.
Demasiado a menudo, sucede todo como si, cuando los hijos son pequeños, la madre estuviera sola desempeñando la tarea educativa. El
padre, ausente de casa, durante la mayor parte del día, se encarga de los papeles secundarios, de los papeles de acompañamiento. Y en cuanto los hijos crecen, en cuanto se transforman por la adolescencia, tienen como primer deseo el escapar de la autoridad —inexistente— del padre. Este se da muy pronto cuenta que nada puede, o poca cosa ya. Sus hijos son presos de las ideas y costumbres de moda, que cambian cada año. Ya no le queda entonces más que elegir entre dos soluciones, igualmente malas:
Ejercer una autoridad pesada, negativa, sembradora de prohibiciones y negativas, que incita, tarde o temprano a la rebelión, abierta o encubierta; o
Adoptar una debilidad sonriente, agradable y cómplice, que sugiere a los hijos que son comprendidos..., pero no dirigidos.
Si en un gran número de familias, se llega hoy a tales dilemas, es en parte debido a la fuerza de las Influencias extrafamiliares que se ejercen sobre los hijos: ambiente escolar, televisión, cine, lecturas, amigos, etc... Pero es también y en primer lugar por razón de la carencia del ejercicio de una verdadera paternidad espiritual, que la paternidad física reclama necesariamente.
Paternidades «a remolques»
El padre, hoy, no conoce ya su misión. Ya esté más preocupado por vivir como esposo que como padre, o ya lo esté por sus pasiones más que por sus deberes, ¡ofrece inconscientemente el espectáculo de una de esas «paternidades a remolque», tan frecuentes! 99#
¡Paternidad a remolque! Se casó, no para tener hijos, no para dar la vida, sino para satisfacer sus pasiones, sin tener en consideración el fin que la naturaleza persigue a través de tales inclinaciones. Cuando vino al mundo el hijo, un hijo que no fue deseado, que no fue —en el sentido fuerte, activo de la palabra—esperado, fue aceptado, a veces soportado. He aquí a un hombre que de pronto se vio padre, sin haber jamás reflexionado en ello. ¿Cómo no iba la paternidad a tomarle por sorpresa?
¡Paternidad a remolque! El niño crece..., viene otro... ¡luego otro aún! La principal preocupación del padre es ésta: salvar su propia tranquilidad. El no dirige a sus hijos: la idea no se le ocurrió jamás; y, por otra parte, no sabría cómo obrar. Eterno adolescente, está demasiado sujeto a sus apetitos para llegar a ser un verdadero «papá». Se limita a unir sus reprimendas a las que distribuye su esposa; a gritar, para impedir que sus hijos le molesten; a castigarles, si han tenido malas notas; a reprocharles, si co-
metieron cualquier tontería... Por lo demás, vive ante ellos sin preocuparse lo más mínimo por darles ejemplo, y no se da cuenta que se condena él mismo varias veces al día al reprocharles lo que él mismo hace, frecuente- mente ante sus propios ojos.
¡Paternidad a remolque! Es también el padre que haciendo dejación total de su papel, se limita a mantener una armonía de vida familiar superficial, dando la razón a todo el mundo, sin saber a ciencia cierta lo que hay que permitir a un hijo, lo que hay que prohibirle; ¡ni cómo permitirle, ni cómo prohibirle!
En tales actitudes, ni que decir tiene, no hay nada de cristiano. No hay nada, tampoco, que sea digno de un hombre. Ni el enervamiento, ni la pasividad, bastan para constituir el arte de ser padre. Forzoso nos es, pues, buscar un verdadero modelo de paternidad.
El padre del hijo pródigo
Cuando se evoca la parábola del hijo pródigo, la atención se «centra» en el-personaje de los dos hijos. Pero el Padre, aunque no aparezca sino
discretamente, y tal vez por esa misma causa, también merece ser estudiado.
«Un hombre tenía dos hijos, y dijo el más joven de ellos al padre: Padre, dame la parte de hacienda que me corresponde. Les dividió la hacienda, y pasados pocos días, el más joven, reuniéndolo todo, partió a una tierra lejana, y allí disipó toda su hacienda viviendo disolutamente.
«Después de haberlo gastado todo, sobrevino una fuerte hambre en aquella tierra, y comenzó a sentir necesidad. Fue y se puso a servir a un ciudadano de aquella tierra, que le mandó a sus campos a apacentar puercos. Deseaba llenar su estómago de las algarrobas que comían los
puercos, y no le era dado. Volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, se vino a, su padre.
Cómo se expresa el amor paternal
«Cuando aún estaba lejos, le vio el padre, y compadecido, corrió hacia él y se arrojó a su cuello y le cubrió de besos. Le dijo el hijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: Pronto, traed la túnica más rica y vestídsela; poned un anillo en su mano y unas sandalias en sus pies, y traed un becerro bien cebado y matadle, y comamos y alegrémonos, porque este mi hijo, que había muerto, ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado. Y se pusieron a celebrar la fiesta.
«El hijo mayor se hallaba en el campo, y cuando, de vuelta, se acercaba a la casa, oyó la música y los coros; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha mandado matar un becerro cebado, porque le ha recobrado sano. Él se enojó y no quería entrar; pero su padre salió y le llamó. El respondió y dijo a su padre: Hace ya tantos años que te sirvo sin jamás haber traspasado tus mandamientos, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos; y al venir este hijo tuyo que ha consumido su fortuna con meretrices, le matas un becerro cebado.
«Él le dijo: Hijo, tú estás siempre conmigo, y todos mis bienes son tuyos; mas era preciso hacer fiesta y alegrarse, porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, se habla perdido y ha sido hallado» (Lucas 15, 11-32).
Examinemos, ahora, a través de toda esta historia, cómo se expresa el amor paternal.
El padre ante la tentación del hijo
En primer lugar, ese padre ve que a su hijo le asedian las tentaciones.