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La alegría de amar Marcel Clement

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Academic year: 2021

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Marcel Clement

La alegría de amar

Resumen adaptado por

Alberto Zuñiga Croxato

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NOTA DEL EDITOR

Marcel Clement (1920-2005) es uno de los grandes escritores católicos de nuestro tiempo. Especialista en Doctrina Social de la Iglesia, ágil periodista, profundo filósofo, desde 1962 a 1998 fue director del diario católico L'Homme nouveau (“El Hombre nuevo”), al que le dio un impulso decisivo.

A través de su extenso magisterio, ha influido grandemente en varias generaciones de jóvenes católicos franceses y europeos comprometidos en puestos de responsabilidad en la sociedad y en la Iglesia.

Ponemos a disposición del público este precioso tratado suyo sobre el amor humano y el matrimonio. En una época marcada por la desconfianza, la falta de sentido y el relativismo, en la que se llama amor a cualquier cosa, y se ataca sistemáticamente al matrimonio y a la familia, este libro sigue constituyendo una gran ayuda para redescubrir la maravilla del matrimonio, fuente de felicidad y de esperanza para el mundo.

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ÍNDICE

LA ALEGRÍA DE ESCOGER...5

La sociedad en que vivimos...7

¿Conocerse primero, o amarse primero?...12

Dialogo sobre el arte de elegir...19

LA ALEGRÍA DE UNIRSE...30

Los hijos, principio de unidad...31

La fidelidad, escudo del amor...44

El sacramento, gracia de la unidad...55

LA ALEGRÍA DE CONOCERSE...61

Razón masculina e intuición femenina...64

LA ALEGRÍA DE COMPLETARSE...74

El orden natural de las jerarquías...74

La mujer es el corazón...95

LA ALEGRÍA DE AMARSE...102

Notas sobre el hastío conyugal...103

El espíritu es el que da vida...108

El amor es Alguien...113

Hacia las cumbres de la unidad...117

LA ALEGRÍA DE AMAR JUNTOS...122

La vocacion paternal...128

La maternidad, fuente de vida...141

Dos vocaciones: un sacrificio...146

LOS SOBREXCESOS DEL AMOR...151

Horizontes más vastos...152

Un amor sin partición...153

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Capítulo primero

LA ALEGRÍA DE ESCOGER

¡El Amor! He ahí lo que los humanos buscan con más empeño en este mundo. He ahí, también, lo más difícil de poseer.

Muchos que dedican mucho tiempo y esfuerzo a aprender un oficio, una profesión, estiman con respecto al amor, que no se requiere ningún aprendizaje. Piensan que amar es algo espontáneo y que basta con la ciencia infusa. Creen en la inspiración...

Y no andan muy equivocados…

Sin embargo, los músicos, para llegar a improvisar, ¿no deben, antes, someterse a una rigurosa disciplina?

¿Por qué los enamorados no habrían de parecerse en esto a los músicos? Por lo menos, profundizando y reflexionando en qué consiste el Amor.

«¡Nosotros nos amamos!»

«¡Nosotros nos amamos! ¿Qué nos puede suceder?» El que así habla es un joven de veinte años acompañado de su enamorada.

El padre de ésta se pasea de un lado para otro. Se le han agotado los argumentos. En el fondo de sí mismo, ya no sabe qué pensar. Ha expuesto las objeciones tradicionales: estos dos chicos son demasiado jóvenes; hace tan sólo seis meses que se conocen... Se encuentran ambos sin recursos, y el muchacho no se ganará la vida antes de dos años..., ¡eso, en el mejor de

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los casos! Pero, a todas sus observaciones, oye la misma contestación: «¡Nosotros nos queremos! ¿Qué nos puede pasar?»

He ahí, pues, el reto que lanzan al mundo los enamorados: «¿Qué nos puede suceder?»

¿De dónde nace este sentimiento de seguridad?

Tal sentimiento generalmente no es compartido por los padres, ni por ninguno de los que dicen tener experiencia de la vida. La palabra, la frase, que esas personas respetables tienen más a menudo en la punta de la lengua es más bien: «¡Ten mucho cuidado!», o bien: «¡Ándate con mucho tiento!»

En este diálogo de dos generaciones, los jóvenes suelen replicar a los mayores: «¡Cómo! ... ¿Qué puedes tú enseñarme respecto del amor? ¿Es que tú sientes lo que yo siento? ¿Tienes tú veinte años? ¡No! ¡Entonces! ¡No puedes saber! ...»

Así, lo que inspira este sentimiento de seguridad en los jóvenes, es, sin duda, la sensación de que están obrando bien por la sencilla razón de que están enamorados; y de esta manera piensan que nada les puede suceder; por la sencilla razón de que nada les ha sucedido aún.

Cada edad se distingue por algo

Cada edad se distingue por algo. Si la juventud se distingue por ser apasionada, no vayamos a exhortar a los jóvenes que sean pacientes, sumisos, que tengan calma... en el mismo momento en que patalean de impaciencia. No conseguiríamos más que se encabritasen aún más...

Digámosles, pues, a los jóvenes la verdad, Pero, toda la verdad, pues están en condiciones de comprenderla y aceptarla.

Si los jóvenes no nos escuchan o se niegan a hacerlo, podrá ser porque piensan –y con razón— que no queremos más que contradecirles y

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ponerles límites. Pero si los jóvenes se dan cuenta de que no pretendemos ahogar sus aspiraciones más íntimas… sino que simplemente tratamos de ayudarles para que puedan realizar más plenamente sus ideales, para que su entusiasmo no se marchite algún día, ¿por qué tendrán ellos de ponerse a la defensiva? ¿Por qué se negarán a escucharnos? Siempre serán libres para reflexionar en lo que les decimos, y luego tomar sus propias decisiones. Está es la intención con que se ha escrito este libro. Para ver con claridad, preciso será plantear el problema en toda su amplitud.

LA SOCIEDAD EN QUE VIVIMOS

Cuando el niño crece

El niño o la niña llegan a la adolescencia. Tiene doce, trece, catorce, quince años. Poco a poco, sus juegos infantiles le van interesando menos. Mira el mundo con ojos nuevos. El niño está orgulloso de comprobar que va alcanzando ya la estatura de un hombre; ella se emociona al verse cómo se va convirtiendo en una señorita. Las imaginaciones de ambos vuelan hacia nuevos horizontes, los propios de la juventud.

El desasosiego del amor ha brotado en su corazón. Todavía el adolescente incipiente es muy joven para atreverse a hablar de ello. Se burlarían de él si manifestase sus inquietudes y preguntas. Ideas confusas, imaginaciones locas, le solicitan. La educación familiar, la formación, religiosa, se esfuerzan, con más o menos eficacia, por dar respuesta y sentido a cada una de estas inquietudes.

Pero, al mismo tiempo, el jovencito, la jovencita, son atraídos con extraordinaria fuerza por los medios de difusión —cine, televisión, publicidad, internet—, quienes dominan, cada vez con más eficacia y seducción, su imaginación, formas de pensar y comportamientos.

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Pero los jóvenes no se dan cuenta de lo influenciables que son por estos medios; pues los padres, cuando dan un consejo, hacen sentir que les dan un consejo. Pero los principios y valores contenidos en la canción romántica o sensual, en las telenovelas, los programas de televisión o en las imágenes seductoras de la publicidad entran en el alma sin que el joven se dé apenas cuenta de ello, ¡no se dan a notar que están aconsejando y dando normas de vida! Y no, obstante, esas canciones sentimentales y películas translucen toda una concepción del amor y de la vida que entra con gran fuerza por los oídos, por los ojos, por la imaginación y la sensibilidad de los muchachos y de las muchachas.

La mayoría de las canciones, tan ampliamente difundidas por las emisoras de radio, están inspiradas en una concepción pagana y falsa del amor. Las intrigas de las telenovelas se limitan, lo más a menudo, a evocar conquistas sentimentales efímeras, rupturas matrimoniales y aventuras románticas muy alejadas del mundo real. Unas veces la coquetería de la mujer es puesta de relieve; otras, la fidelidad de la esposa es sometida a prueba. Podría uno pensar que es lo natural. Toda una serie de ilusiones y ensueños, disputas entre los enamorados o esposos, fugas de uno, desaparición del otro, embrollos, reajustes…

En una edad en que la imaginación cabalga a rienda suelta, los jóvenes no saben, a ciencia cierta, muchas veces en qué consiste el verdadero amor y en qué no, que es lo que es conforme al orden natural y a la naturaleza humana y qué es lo que no es propio. No tienen experiencia. Desean saber y comprender cuál el plan de Dios sobre el amor humano. Pero, ¿qué es lo que les dice sobre esto la televisión, la calle, los diarios, la publicidad?

¡Pues bien! En general, lo que vienen a decir del amor, implícitamente, es esto:

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1. El amor es, en primer lugar, una ocasión de goce sentimental. Basta, por ejemplo, que una melodía un poco tierna y soñadora, nostálgica y romántica, arrulle a dos enamorados que se contemplan… para que piensen que ya se aman. ¡He ahí el amor! Y cómo es una sensación tan fascinante, hay que prolongarla lo más posible.

2. El amor es, en segundo lugar, una ocasión de placer físico. No hay más que ver los anuncios comerciales cómo buscan llamar la atención en este sentido.

Piensa, sino, en la «chica modelo». Es una criatura ficticia, que no querrías a ningún precio que fuera la madre de tus hijos. No tiene corazón ni pudor. Aparentemente no tiene padres, no tiene hijos y no se vislumbra que pueda ser madre algún día. En ella todo lo que constituye la dignidad, la nobleza de la mujer cristiana ha desaparecido. Para nada nos habla del valor de la virginidad o de la fecundidad.

La publicidad llega incluso a exhibir en fragmentos aislados el cuerpo de esta joven, privada de alma. ¡Ahora son trozos de piernas, determinadas partes del cuerpo… lo que se exhibe!

La aspiración del joven a vivir la pureza de corazón, hasta entonces tan protegida por la gracia divina, es empañada, oscurecida, lenta y progresivamente por todo este ambiente de idolatría del sexo.

La juventud de hoy tiene que enfrentar muchas más dificultades que las generaciones pasadas para poder vivir el amor de verdad. La culpa la tiene la concepción consumista de la economía, el afán desmedido de lucro que justifica todos los medios para alcanzarlo, y por supuesto, la concepción pagana de la vida, de espaldas a Dios.

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En el secreto de las conciencias.

Los jóvenes, ellos y ellas, tienen ahora quince, dieciséis, diecisiete altos, y más. Han sido formados involuntaria e inconscientemente por todo lo que acabamos de evocar. Se les ha recordado, de cuando en cuando, algunas verdades cristianas sobre el matrimonio; pero esas verdades les parecen envueltas en un amargo perfume de sermón tradicional, ficticio e inútil. Las cosas de la moral no les llegan ya más que como “aguafiestas”, y ven en ellas, demasiado a menudo, afirmaciones vacías de sentido, formalistas y convencionales. Poco a poco van adquiriendo la convicción de que la moral no se «adapta» ya a nuestro tiempo, que no es «práctica» y que no tiene en cuenta los «hechos»... Lo que se lleva es todo aquello que sigue la corriente que marca la moda. Y esa corriente sabemos adónde arrastra.

Las relaciones entre los jóvenes

Incluso teniendo una intención más o menos lejana de matrimonio, las relaciones no persiguen, lo más a menudo, un fin lógico, que sería el de conocer a las personas, para luego comparar y poder escoger mejor. Lo que se busca, de hecho, demasiado a menudo, en las relaciones, sobre todo si se sale siempre con la misma persona, es la intimidad sentimental, satisfacer esa necesidad afectiva de sentirse amados que todos tenemos. Ahí no hay gran cosa que merezca el nombre de amor. De una y otra parte, es el egoísmo de la sensibilidad lo que se busca satisfacer; satisfacción que tiende a degradarse progresivamente.

Peor todavía si los encuentros tienen lugar estando los dos solos en ciertos sitios: en la oscuridad de un cine, en una playa, en una fiesta a media noche, donde corre el alcohol y se oye una música enervante... La elección de estas condiciones inclina imperiosamente a la intimidad física,

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más que a conocerse verdaderamente, antes de declararse su amor. No son las almas las que se encuentran, sino dos instintos que buscan satisfacerse.

El reverso de lo que se buscaba

Todas estas cuestiones no parecen importarles mucho a los jóvenes que todavía no se han casado. Pero si preocupan mucho en los meses que siguen a la boda. Pues, cuando el fuego del deseo se ha aplacado, son dos verdaderamente las almas que se vuelven a encontrar cara a cara: dos caracteres, dos actitudes frente a la vida, ¡dos egoísmos! Y cuando el espejismo de la atracción sensual se ha disipado —y la experiencia muestra que se disipa pronto—, los jóvenes esposos comienzan, sin atreverse a decir nada, a establecer comparaciones: «¡Ah, si yo me hubiese casado con éste! ... Era menos seductor, pero ¡mucho más generoso!... ¡Si yo hubiese sabido escoger aquélla! Era menos coqueta, más modesta..., pero ¡cuánto más femenina me parece hoy!...

¿Por qué a menudo son los más fogosos, los más ardientes en la época de enamorados, los que, al cabo de algunos años de matrimonio, encuentran el hogar triste, aburrido, monótono, y buscan todos los pretextos para evadirse de él? ¿No será porque confiaron que con sentir que ya se amaban lo sabían todo, y que dejándose llevar ciegamente por la atracción sexual estaban para siempre preservados de toda adversidad?

¿No será, en una palabra, porque creyeron que la razón no tenía nada que hacer en el dominio de los sentimientos? ¿Por qué pensaron que era imposible conciliar el punto de vista del corazón con el de la inteligencia? ¡Cómo si se tratara de dos enemigos irreconciliables! Tal vez creyeron que la juventud era la edad de las pasiones, que tiene que estar necesariamente en rebeldía contra la prudencia menos entusiasta de la madurez.

Tal es el lazo sutil, ciertamente, pero tan frecuente, en el cual los jóvenes, ellos y ellas, están expuestos a caer: creer que estarán tanto más enamorados cuanto menos atiendan a la razón...

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Ahora bien: ¡lo contrario es precisamente la verdad! La razón no es enemiga del amor. Fundamentar el amor en decisiones deliberadas, bien pensadas, no es aminorarlo, ni traicionarlo: es enriquecerlo, ensancharlo, imprimirle, no ya un impulso ciego y pasional, sino someterlo a otro impulso, razonable y voluntario. Es permitir que el amor permanezca intacto más allá del matrimonio, que se fortifique y siga siendo llama viva y ardiente: esa misma llama que alumbra y calienta el hogar.

¿CONOCERSE PRIMERO, O AMARSE PRIMERO?

El orden natural de las cosas, en las relaciones entre un chico y una chica lo primero es conocerse mutuamente antes que elegirse —es decir, comprometerse a ser novios—, y, en segundo lugar, amarse de verdad antes que manifestar los sentimientos amorosos. Ahora bien: por una singular subversión, los jóvenes se ven tentados a dejarse llevar por la atracción amorosa antes de haberse decidido a amarse de verdad... ¡incluso antes de conocerse!

Es bueno, es necesario, conocer bien a un muchacho, a una muchacha, antes de comprometerse...

Es bueno, es necesario, hasta donde razonablemente sea posible, conocer el carácter, las aptitudes, los gustos, las cualidades morales de aquel o de aquella con quien piensa uno compartir su vida y formar una familia...

¿Que es difícil? ¡Sin duda! ¿Que es doloroso? ¿Que exige dominio de sí mismo? ¡Por supuesto! Pero ¿no es más doloroso aún engañarse? ¿Ligar la vida a un desconocido, a una desconocida, sencillamente porque

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uno ha creído que su sonrisa, su mirada —o su fortuna o su clase social—, eran promesas suficientes de felicidad?

Algunos motivos para el matrimonio

De esta forma, hay muchachas que se casan con una silueta, con un automóvil o con una profesión de médico o ingeniero... Y cinco o diez años más tarde, en el fondo de sus corazones, cuando sufren por el egoísmo de sus esposos, y por todas las consecuencias, a veces «crucificantes» para ellas, de ese egoísmo, entonces se dan cuenta que los motivos que determinaron el matrimonio pronosticaban ya esas desgracias. No reflexionaron a su tiempo en el peligro que les amenazaba. ¡Pensaron que todos los hombres son más o menos egoístas! ¡Mientras que sólo unos cuantos son ricos, son guapos, tienen una carrera o están bien situados en la vida!

También hay jóvenes varones que se casan con una «línea», una cara bonita, una herencia en camino, o incluso una cultura excepcional... y que descubren, demasiado tarde, que en otras familias la esposa es más cariñosa, la comida sabe mejor, los niños están mejor atendidos, mejor

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educados, la casa es más limpia y acogedora, y que todos esos detalles no son sino el reflejo de un amor más profundo, de una abnegación más tierna.

Pensando en estos ejemplos es cómo se puede comprender verdaderamente el fin de las «relaciones» entre un joven y una joven. Ese fin no es simplemente el de establecer una intimidad sentimental y esperar cómodamente la edad o la hora de casarse.

Servirse de su juicio

El papel de las relaciones que preceden al matrimonio es, ante todo, dar la oportunidad para que los dos se conozcan, y se den cuenta si sus almas vibran al unísono. Por el contrario, el ansia por disfrutar cuanto antes de relaciones íntimas no pueden más que empañar las almas de los que tenían que aprovechar esta etapa para conocerse y aprender a sacrificarse por el bien del otro.

Más que nunca, los dos deben tratar de que Jesucristo more realmente en sus almas. Pues, ¿no es Él quien les va a dar la fuerza para reservarse enteramente hasta el día en que puedan entregarse del todo y para siempre, en la donación total que supone el amor matrimonial? ¿No es Él quien les ha de dar la luz para que se conozcan realmente y no se enturbie este conocimiento mutuo por la pasión? Si tuviéramos FE, fe viva, en que Dios sabe mejor que nosotros lo que conviene a nuestra verdadera felicidad, no haríamos nuestra propia voluntad sino la suya, y confiaríamos más en Él que en nosotros mismos.

La verdadera libertad, que procede de vivir la vida de la gracia, les motivará a evitar esos encuentros que, en vez de ser una oportunidad para conocerse y respetarse, tan sólo buscan saciar sus ansias de placer y de sentirse amados.

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Renovar las amistades

Por todos estos motivos, conviene, al principio, antes de ser novios, no circunscribirse demasiado pronto a salir con una sola persona, siempre la misma, sino multiplicar las salidas con distintas personas, en tanto se conserva frente a cada una de ellas la misma reserva, la misma discreción, la misma delicadeza. No se trata tanto de encontrar a toda costa «el enamorado» o «la enamorada», sino de procurar discernir, más allá de la atracción sexual, el alma y carácter de la persona, su educación, su vida moral, sus inquietudes intelectuales, sus gustos. Así, puede decirse, que respecto de estas amistades de la adolescencia la actitud a tener debe ser más a la defensiva que a la ofensiva. Pues hay siempre un juego, una especie de comedia que representan entre sí los jóvenes de uno y otro sexo que salen juntos. Solamente comparando y observando —dando antes unos pasos atrás—, a distintas personas, es como se pueden llegar a conocer los rasgos más originales de cada uno, su capacidad para amar de verdad, su abnegación, su inteligencia, su dominio propio, en definitiva, su alma cristiana.

¿De qué conversar?

¿De qué temas conviene conversar para conocerse? Puede interesar, sin duda, conversar sobre el clima, la política, los deportes, la moda de la próxima temporada, la música o el cine, pero estos diálogos poco aportan para conocerse en profundidad.

Lo que importa es conocer, no tanto los gustos, sino el alma. Si se habla de los acontecimientos del día, lo que importa es no tanto saber lo que ha pasado, sino cómo juzga cada uno estos acontecimientos. Si se habla de una película, lo que importa no es tanto hablar de su valor estético, sino de sus valores humanos y cristianos, de las resonancias

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mundanas o cristianas que suscita en cada uno. Si se conversa sobre los libros que cada uno ha leído, lo que importa es conocer las impresiones que suscitan en cada uno de ellos, y no tanto el demostrar estar día de las obras recién publicadas.

Lo que importa es el espíritu...

Podrían multiplicarse los ejemplos. Lo importante, no es tanto que los jóvenes se encuentren de tal forma y no de tal otra, sino el espíritu que anima tales encuentros. Ese espíritu debe estar lleno de prudencia cristiana, de conversaciones serias y profundas, de verdadero interés por conocerse, por comparar las ideas de cada uno tiene con respecto a los fines del matrimonio, de la familia y de la profesión, tanto en el aspecto espiritual, como moral y práctico.

Si está fuera su verdadera preocupación, no se dejarían llevar tan fácilmente por sus inclinaciones instintivas y emotivas, saliendo sólo con tal chico o tal chica porque nos atrae su figura. Pues lo que importa es saber por qué esa figura nos atrae tanto. ¡E importa determinar si ese «por qué» aporta una razón realmente valiosa para entablar una relación más íntima con vistas al matrimonio! ¡Sólo un examen de conciencia sincero y preciso puede ayudarnos a descubrir ese «por qué»!

Cuando las amistades sean lo suficientemente numerosas y se guarde la debida prudencia, poco a poco se irá iluminando el camino. Ayudándose de los padres, dándoles a conocer a éstos, los diferentes amigos, es como, sin que aún se trate de noviazgo, el joven o la joven va formando un juicio profundo y serio sobre cada persona. Cuando se ha pasado esta etapa, se puede ya sensatamente pensar en el matrimonio, pues el juicio crítico está bastante experimentado y la capacidad para elegir a la persona amada es más sólida y menos superficial.

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Porque se ha sabido renunciar a establecer una relación exclusiva con una determinada persona, puede uno entonces descubrir otras personas, las cuales pueden a veces llegar a considerarse mucho más valiosas con vistas al matrimonio.

Por esta razón, la búsqueda de la ternura, por sí misma, es un lazo peligroso. Sujeta prematuramente a la pareja durante dos, tres años... y los dos son incapaces de ver nada, de observar nada, de aprender nada, al mismo tiempo que son ¡demasiado jóvenes para casarse! Esos años de enamoramiento, de desbordamiento afectivo, sin ningún resultado positivo, son muy a menudo años perdidos, que impiden adquirir una saludable experiencia de la vida.

Cuando uno se enamora en realidad no ve al otro en su totalidad, sino que el otro funciona como una pantalla donde el enamorado proyecta sus aspectos idealizados.

La construcción del amor empieza cuando puedo ver al que tengo enfrente, cuando descubro al otro. Entonces puedo empezar a amar y no únicamente estar enamorado.

Pasado ese momento inicial del enamoramiento comienzan a salir a la luz las peores partes de los dos que se tenían ocultas. Este proceso no es fácil, pero es una de las cosas más hermosas para poder amar en verdad, para poder amar con los ojos abiertos. El amor se afianza cuando puedo ver al otro sin querer cambiarlo.

El papel del noviazgo

Dichas estas cosas, queda por determinar la diferencia que existe entre las relaciones de amistad y el noviazgo. Esa diferencia tiene muy a menudo tendencia a atenuarse, en la medida misma en que se olvida uno

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de su sentido y alcance. Las amistades de la juventud tienen por misión propia la de enseñarnos a conocer, con miras a elegir. Por tanto, en tanto se observa, se busca, e incluso cuando se despierta una atracción muy viva por una determinada persona, mientras ninguna decisión haya sido tomada, queda uno libre para seguir contraponer y discernir las cualidades de cada uno. Puede resultar de esta atracción el noviazgo, naturalmente. Ese suele ser su desenlace.

¿Cuál es el papel del noviazgo?

El de enseñarnos a conocer al otro, con miras a amarle. Este conocimiento no es del mismo orden que el precedente. Una decisión está tomada, aún revocable, sin duda, pero ya suficiente para que de una y otra parte, exista el compromiso, la promesa de un probable matrimonio. ¿Cuál será, de este hecho, la actitud de los novios?

¿Será la de esperar, con más o menos impaciencia, el matrimonio, suprimiendo en lo posible los obstáculos que contribuyen a demorarlo, y sin otro móvil verdadero que el de satisfacer una pasión, por otra parte, natural, pero que la razón está llamada a gobernar?

¿O bien será la de aprovechar, más bien, esa especie de «noviciado» del amor para tratar de conocer al otro más y más profundamente?

¡Es muy natural que los jóvenes durante el noviazgo no piensen más que en amarse! Obrando así, se creen ellos completamente extraordinarios y únicos en su género... ¡lo que resulta es encantador por su ingenuidad! Pero es mejor utilizar el noviazgo para conocerse mejor, para entusiasmarse por compartir los mismos ideales, para confiarse incluso los propios defectos, ¡y comenzar a perdonarlos! No se puede esperar a estar casados para siempre, para sorprender al otro con este descubrimiento tan doloroso.

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¡Cuánto más natural es que, durante el noviazgo, se tengan esta mutua confianza y se pidan ayuda mutua para tratar de perfeccionarse juntos bajo la mirada Dios!

DIALOGO SOBRE EL ARTE DE ELEGIR

Así, las amistades entre un joven y una joven tienen por finalidad enseñarles a conocerse para escogerse bien. Y serán estos motivos de su elección, cuando sean maduros, razonables y sólidos, los que podrán determinar el noviazgo.

Una objeción realista

— ¡Eh! ¡Cómo! —se nos dirá con un poco de indignación—. ¡Oyéndole a usted se saca la impresión de que la elección de la esposa o esposo se determina como se determina la elección de un teléfono celular o de un computador! ¿Se da usted exacta cuenta? Tal frialdad, semejante flema, ¿son realistas? ¿Corresponden a ese ardor que dice usted mismo ser la característica propia de la juventud? ¿Olvida usted a quiénes se dirige?

— ¡De ningún modo!... No veo ninguna contradicción entre la apreciación razonable de los motivos que uno tiene para casarse y el deseo de amor y felicidad que es la aspiración de todo corazón joven.

—Pero cuando se ama no se puede ser tan razonable. La cabeza no puede permanecer fría cuando el corazón arde. ¡Hay que ser realista..., y usted apenas lo es!

— ¿Entonces tú crees que basta con seguir las inclinaciones del corazón para decidirse a contraer matrimonio?

—Y... ¿por qué no? ¡Si se está seguro de amar!

—Y ¿cómo se puede estar seguro?... ¿Escuchando los latidos del propio corazón? ¿O examinando el grado de amor que puede uno sentir en su pecho? ¿O por las ansías que uno siente al esperar a la persona amada?

— ¿Usted se está burlando de mí?

— ¡Tal vez no! … ¡Todos están llamados a pasar por esa etapa! Pero, francamente, ¿son ésas señales suficientes para estar seguros de que se ama..., de que está uno dispuesto a todos los sacrificios por permanecer fiel a la persona amada? O bien: ¿no será preciso buscar algunas garantías suplementarias?

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— ¿Qué garantías, por ejemplo?

—Pues garantías que vengan de nuestra razón..., no solamente de nuestra sensibilidad...; garantías «objetivas», y no tan sólo «subjetivas».

— ¡Aquí tenemos al filósofo!

—Voy a explicarme. El sentimiento de amor que uno observa en sí mismo nos inclina a no querer otra prueba, porque ese sentimiento es agradable, y nuestro egoísmo nos ata sólidamente a lo que nos resulta agradable... Incluso somos llevados a rebelamos contra lo que —o los que — se arriesgan a estorbar, con sus consejos, esas satisfacciones sentimentales. Pero el hecho de que una persona suscite en nosotros tales satisfacciones, ¿es prueba definitiva de que debemos contraer matrimonio con ella?

— ¿No es, acaso, la prueba de que la amamos? ¡Eso es el amor! — ¡Ah! …

— ¿No lo cree usted? — ¡Francamente!.... ¡No! — ¿Por qué?

—Pues porque se puede amar así sucesivamente a decenas... ¡a centenares de personas! ¡Pensemos en los Don Juanes!... Basta con no desagradarse mutuamente, con verse a menudo, con soñar regularmente juntos y... ¡ya ardió el corazoncito: se ama! Y luego, siguiendo el mismo razonamiento, en cuanto se tiene la prueba de que es uno correspondido a su vez, el orgullo queda satisfecho..., se vuelven los ojos hacia otra parte..., se fija uno en otra persona atractiva... ¡Se acabó el amor con la anterior: ya no se ama más! ¿Eso es el amor?

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—Sí... ¡Hay otra cosa! Y es por esa razón que sería imprudente casarse simplemente sobre la fe de una tierna emoción, incluso fuerte y duradera.

Un «test» muy práctico

—Pero, entonces, ¿qué es lo que puede determinar el matrimonio? —Entre todos los que, o todas las que, pudiera uno amar así, posibles candidatos al matrimonio, hay que hacer una selección, pensando que no es en primer lugar un esposo lo que se escoge, sino que en primer lugar es un padre o una madre lo que uno está eligiendo para sus futuros hijos.

—Pero no; ¡eso no es lo primero!... ¡Los hijos vendrán después!... En primer lugar, es por mí mismo que yo me caso... Y si soy feliz..., ¡mis hijos lo serán también!

— ¡Ay!... ¡Tú complicas mi tarea!... Compréndeme bien... Cuando uno no está casado no ve el matrimonio como cuando se está casado. La idea que uno se forma del matrimonio antes de casarse es una idea demasiado simple... Los deseos vienen a empañar la imaginación..., ¡y se descuida el pensar en la vida real y concreta! El matrimonio no aporta solamente lo que se espera de él... ¡Aporta también todo lo que no se espera! No piensas, tal vez, más que en lo que hay de afectivo en el matrimonio... ¡Hay que pensar también en sus exigencias, en cuanto a molestias, preocupaciones, renuncias afectivas!...

— ¡Claro está!... ¡Y entonces!

—Entonces... no hay que olvidar que el efecto propio..., sería más exacto decir que el fin propio de la unión conyugal, no es sólo unir a los esposos sino dar vida..., y que, por consiguiente..., escoger una mujer, o un marido, es en ese mismo momento, por el hecho mismo, escoger una

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madre o un padre para los hijos... Y, como los hijos son uno de los dos fines principales al cual tiende la unión conyugal..., la primera cosa en la que hay que pensar cuando se quiere escoger un compañero o una compañera para toda la vida…, es que él será el padre o ella la madre de los hijos.

— ¡Ya veo! Pero ¿impide eso estar enamorado del que ha elegido por esposo o esposa?

—No…, pero ¡no basta estar enamorado para que la elección esté garantizada!

—Pero no se enamora uno sino porque uno se siente atraído por la persona amada, porque nos parece deseable... ¿Por qué nuestros sentimientos nos habrían de engañar?

—Me entran ganas de preguntarte, más bien: ¿por qué nuestros sentimientos no nos habrían de engañar?

—Pero... ¡eso se siente!

— ¡No! Lo que se siente es una emoción en el interior de sí mismo. Pero no se siente si el otro tiene las cualidades deseadas, espirituales, morales, interiores, para conducir a buen término, entre dos, la formidable empresa del matrimonio. Y por eso te he dicho que hacen falta otras garantías, garantías objetivas, garantías que vengan ¡no de la sensibilidad, sino de la razón!

— ¡Oh! ¡Ya veo dónde quiere venir a parar! Pero, explíqueme, pues, ¿por qué me es tan desagradable seguirle a usted y aceptar su punto de vista?

La ceguera del amor romántico

— ¿No es, acaso, porque nosotros somos todos víctimas del romanticismo que nos impregna tan profundamente? Hemos hecho del amor un dios, una omnipotencia, una providencia, una realidad inteligente, que puede conducirnos porque sabe mucho más que nosotros... ¡Quimera locura! Los griegos eran mucho más perspicaces al representarnos a Cupido, dios del amor pagano, con una venda sobre los ojos, un arco en una mano y una flecha en la otra.

—Entonces, según usted, es necesario que el amor no sea tan sólo sentimiento, sino que sea también razonable... ¿Y usted cree posible que puede ser lo uno y otro al mismo tiempo?

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—Yo voy más lejos: yo digo que un sentimiento que nace y que se desarrolla sin estar sometido a la razón, no resiste el tiempo; muere como ha nacido. Al contrario, un amor fundado sobre la razón, tiene todas las probabilidades de durar —a condición, evidentemente, que la razón esté, ella misma, alumbrada, y la voluntad consolidada por la gracia—, pues si nuestra razón no está alumbrada, poseída por Dios, inevitablemente será la sirvienta de nuestros instintos y de nuestro egoísmo, y siempre encontrará pretextos.

—Aceptemos, pues, su punto de vista. Si el amor debe ser así «razonable»..., sin dejar de ser apasionado, naturalmente..., ¿qué hacer para discernir bien mi elección? Supongamos que ¡mi corazón se incline hacia un lado... y mi razón hacia el otro! ¿Cómo poder conciliar ambas cosas?

—Inventas una hipótesis demasiado radical..., y que supone para salir de ella sacrificios tanto más dolorosos cuanto más graves hayan sido las imprudencias que motivaron tal situación. Si el corazón está ya «preso», en tanto la razón lo desaprueba, es que, interiormente, uno no es lógico consigo mismo. La única solución, entonces —si uno está seguro que el corazón está equivocado—, es pedir a Dios la fuerza para mortificarlo, evitando los encuentros, y apartando los pensamientos, por la gracia, hacia otros objetos.

— ¡Usted se despacha a su gusto!

—No...; simplemente no olvido que el matrimonio no nos compromete tan sólo para el viaje de novios..., sino para toda la vida... Si lo permites, escojamos otra hipótesis menos radical... Al azar de las relaciones, yendo de una a otra persona, uno se ve llevado a formar juicios... Esos juicios pueden, si son verdaderamente objetivos, bien sea inclinar tu corazón favorablemente, bien sea, por el contrario, dejarlo insensible.

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—-Pero, ¿no ha dicho usted que en las relaciones convenía permanecer interiormente a la defensiva?

— ¡Precisamente! ¡Es indispensable si se quiere que las inclinaciones espontáneas de nuestro corazón, que siguen a nuestros juicios, no conquisten prematuramente la adhesión de nuestra voluntad! Puede uno sentir en sí mismo crecer la estima hacia esa persona, sin decidirse por ello todavía interiormente a comprometerse con ella. Es entonces cuando hay que redoblar la prudencia. Nuestras inclinaciones son indicaciones. Tomémoslas como tales. No tomemos decisiones más que sobre bases de juicio suficientes.

—Pero usted habla siempre de «conocer» y de conocer «bien». ¿Qué hay que conocer, pues, en un muchacho o en una muchacha, cuando se trata, tarde o temprano, de escoger?

¿Cómo conocer al otro?

El mejor medio es, creo yo, en tanto observamos cómo vive, habla y obra ese muchacho o muchacha, discernir si tiene las cualidades del padre que querríamos para nuestros hijos, o de la madre que querríamos para ellos. Pues, en definitiva, eso es lo que tú vas a darles —a ellos, que aún no existen— en el momento de su matrimonio.

— ¿Y cuáles son las cualidades de un padre o de una madre de familia? ¿Aparecen ya en un muchacho o muchacha que apenas tienen la edad para casarse?

—Hay que ver el conjunto de lo que constituye y encuadra a la persona, las influencias a que ha estado sometida, lo que en su temperamento es estable, y no cambiará ya, o poco, y también lo que en su carácter puede cambiar... ¡para bien o para mal!... En fin; ¡despejar las líneas de fuerza! ¡Ver adónde conducen!... ¡Hacia arriba o hacia abajo!

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— ¡Va, usted demasiado aprisa! Ha enumerado usted varios puntos. El primero era, creo yo, las influencias a las que se ha visto sometida...

Los orígenes y el ambiente social

—Eso es. Para conocer a una persona, preciso es saber de dónde viene. No es suficiente, obsérvalo bien, pero es necesario. Más vale pensar de antemano en el tipo de familia en que se ha formado, para luego no tener sorpresas.

... Está también la social, la situación económica de la familia. Hay familias de renombre o de fortuna bien saneada. Y se olvida uno de mirar si a los padres y al joven mismo, no se les ha trastornado la cabeza con ese nombre o esa fortuna.

— ¿Es que hay que casarse necesariamente con alguien del mismo ambiente social?

—No se puede dar una contestación categórica. En general, parece bien que sea esa la mejor fórmula; pues de otro modo, hay más riesgos de choque entre las familias, entre las formas de pensar o de obrar de los esposos... No obstante, no es una regla absoluta. En todo eso, es preciso una gran prudencia y escuchar los consejos de quienes tienen más experiencia.

— ¿Y el nivel de estudios realizados: universitario, secundaria…? ¿Debe ser el mismo para los dos esposos?

—Ahí también se trata de casos particulares. Lo que importa es que haya una justa proporción de cultura entre ellos. No es necesario que una mujer comprenda todo lo que su marido hace. De otro modo, las futuras esposas de ingenieros se verían precisadas a estudiar matemáticas hasta el cálculo integral..., lo que no es indispensable para hacer a un hombre feliz y educar bien a los hijos.

Debe haber una justa proporción de cultura entre una mujer y su esposo. ¡Y por cultura no se entiende que hayan acabado o no una carrera universitaria!

El temperamento y el carácter

— ¿Discutimos su segundo punto?

— ¡Vamos allá!... Después de haber examinado las influencias de la familia y del ambiente social, fijémonos en la persona.

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En esa persona se puede observar su temperamento, su constitución física, su salud, las aptitudes resultantes, los talentos naturales, la vocación que esos talentos pueden implicar; en fin, todo lo que es dado y que normalmente no cambiará. Y, por otra parte, se puede observar también el carácter, la formación moral, los modos de pensar, los juicios, los gustos..., todas las cosas que, bajo diversas influencias, pueden evolucionar y perfeccionarse.

—Y en su opinión, ¿cuál es lo más importante?

—Pues, las dos cosas. Aquí, una vez más, no hay que oponer, sino componer. El problema consiste en saber si ese temperamento dado, ese carácter en formación, son, en efecto, lo que podemos desear para poder constituir una familia. Es preciso preguntarse si la alianza que vamos a establecer va a ser sólida y estable. No hay que temer en esto pedir el con-sejo de una persona que imparcial, de juicio recto y que nos ame. Ese es el papel precisamente de los padres, y que tan bien desempeñan cuando existe verdadero afecto y confianza con sus hijos.

—Y en conclusión, ¿qué lo que le parece más importante comprobar en el futuro cónyuge?

—Dos cosas: la generosidad y el equilibrio. — ¡Qué rara vez van juntas!

La generosidad

—La generosidad es la mejor respuesta que puede darse a la llamada del amor. ¡No se forman matrimonios felices con egoístas, mezquinos o con personas replegadas en sí mismas, con seres que sólo aspiran vivir bien y a una vida cómoda! Es sobre la generosidad dónde puede crecer el amor. Lo que importa, en esta gran empresa del matrimonio, es menos la

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forma de la nariz, la belleza de los ojos o la elegancia de la silueta; es menos el dinero, el auto o el ambiente social, que la calidad del corazón..., no tanto la calidad afectiva..., sino la capacidad de entrega y de abnegación de sí mismo. Casarse con alguien que no está entrenado a sacrificarse por los demás..., ¿no crees que es una grave imprudencia?

—Tal vez... Pero... Para encontrar al joven o a la joven que describe, es preciso que uno sea también generoso, abnegado, sacrificado, olvidado de sí mismo, para no dejarse engañar por las apariencias…

— ¡Así es!

—Creo que tiene usted razón... ¿Y el equilibrio? Ha dicho usted que había que comprobar el equilibrio de la persona.

El equilibrio

—Sí…; pues hoy el diablo hace a menudo creer a la gente generosa que no necesita ser equilibrada, y entonces la gente generosa causa miedo a los demás. Del mismo modo, persuade a la gente equilibrada que los excesos de la generosidad pueden llegar a comprometer o a destruir su equilibrio. Ahora bien; la vida no puede pasarse sin lo uno ni lo otro. Piensa, si quieres tener la prueba, en las mujeres de generaciones pasadas —también existen hoy día— que educaban a cuatro, seis y hasta diez hijos. Ellas no rehusaban nada a Dios. No vivían más que para sus esposos y para sus hijos. Y tenían más juicio y más voluntad que algunas de nuestras jóvenes de hoy. En ellas, como es normal, la generosidad había afianzado el equilibrio.

—Pero, ¿qué es, pues, ese equilibrio?

—Supone, en primer lugar, la humildad: que cada fracaso sea para nosotros una lección; cada consejo, una indicación; al mismo tiempo, que

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nuestro empeño sea el de desear hacer en todas las cosas la voluntad divina... Y la humildad acrecienta la sensatez. (Ya habrás observado que cuanto más orgulloso es el hombre, menos sensato es). ¡Cuando se pone en su verdadero lugar bajo la mirada de Dios se puede enjuiciar mejor a las personas, los acontecimientos, las circunstancias!...

— ¿Sabe usted en lo que estoy pensando? —No.

—Pues, que si se le escuchara a usted... ¡no se casaría uno nunca! —Y ¿por qué?

—Porque ese ideal es muy bello..., pero ¡pocos lo viven! —Veamos. ¿Quieres tú ser feliz?... ¿Ser feliz de verdad? —Sí.

Un medio eficaz.

Entonces... ¡Tienes que ser consecuente! ¡No hay más que un medio! Pide a la Virgen María que te haga crecer en ti la gracia divina; sé fiel a la llamada del amor de Cristo; procura desarrollar, con el auxilio de los sa-cramentos, una verdadera humildad de pensamiento y de corazón, ser generoso y equilibrado... La Providencia te pondrá en contacto con el ser querido..., ¡quien habrá comenzado a hacer otro tanto!... De esta forma, en el día de la boda, vuestros corazones irradiarán felicidad, porque esteréis dispuestos a sacrificaros el uno por el otro, a profundizar juntos durante toda una vida el misterio del amor, a renunciar a vuestros egoísmos, no sólo para dar la vida a vuestros hijos, sino para educarles íntegramente, como verdaderos cristianos en el amor de Dios. Porque en definitiva, los hijos son para ofrecérselos a Dios, quien nos los ha dado.

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Capítulo II

LA ALEGRÍA DE UNIRSE

Ellos se han comprometido.

Ante ellos, ahora, está el Amor, que es camino de la Unidad.

El gesto más espontáneo tal vez del amor, ¿no es el de dos brazos que se abrazan? Así, la madre que coge a su hijo; así, los esposos que expresan por este gesto de ternura su compromiso; así, los abrazos al momento de despedirse, están señalando corporalmente que no forman

más que uno.

¡El amor, camino de la unidad!

La unidad es también acuerdo de voluntades:

¿Qué mayor alegría para un padre de familia saber que sus hijos confían en él, que son dóciles a sus consejos y correcciones?

Y si alzamos aún más alto nuestras miradas, hasta Jesucristo, Dios hecho hombre, ¿cuál es el testamento que nos deja? Un testamento de amor y de unidad.

Pero no ruego sólo por éstos, sino por cuantos crean en mí por su palabra, para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has envido. Yo les he dado la gloria que tú me diste, a fin de que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean consumados en la unidad y conozca el mundo que tú me enviaste y amaste a éstos como me amaste a mí (Juan 17,20-23).

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¡El amor, camino de la unidad! Mírese de todos lados, siempre se encontrará esta aspiración universal. Incluso después de tantas divisiones, tantas separaciones, tantas rupturas dolorosas, siempre queda la nostalgia de la unidad no alcanzada.

LOS HIJOS, PRINCIPIO DE UNIDAD

Ante esta perspectiva de la ascensión de todos los hombres hacia la cima divina de la Unidad perfecta es cómo hay que considerar al matrimonio.

Demasiado a menudo, se limita uno a enumerar todas las faltas por evitar, y que hieren o matan el amor. Sin embargo, no es así como nosotros debemos orientar nuestra meditación sobre el matrimonio. Hay que considerarlo en una perspectiva mucho más amplia y exigente. Pues ¡todo lo que es verdaderamente bello, verdaderamente grande, es exigente! De otro modo... ¡no se querría!

Examinemos, pues, las cosas objetivamente. Nuestros novios han triunfado de las emboscadas que preceden siempre al matrimonio. Ahí les tenéis unidos de por vida, después de haberse prometido libre y alegremente amarse para el resto de sus días.

¿Adónde conduce el amor?

¿Hacia dónde van ellos a dirigirse ahora? ¿Qué sentido van ellos a dar a su vida en común? ¿Se plantearán siquiera la cuestión? ¿Hablarán de ella juntos?

¡Hay tantos que no lo hacen! Que sufren y buscan en las distracciones artificiales, en evasiones de todas clases, un calmante para el vacío que sienten interiormente...

Miremos las cosas con valentía, porque, en verdad, se precisa valor. Pues bajo la influencia del clima materialista de la sociedad contemporánea, demasiados jóvenes casados viven una vida que es un contrasentido a los fines de matrimonio.

¿Conduce el amor a la felicidad?

Hagan la pregunta a una pareja al azar: — ¿Por qué se casan ustedes?

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—Pues... porque nos queremos. Precisemos más nuestra pregunta:

— ¡Naturalmente! Lo creo. Pero, admitiendo que ustedes se aman y que por esa causa quieren casarse, ¿cuál es el fin, el propósito que ustedes persiguen al casarse?

Y para el noventa y cinco veces de ciento, la respuesta será:

—Nuestro propósito... está claro, que ¡ser felices! ¿Qué otra finalidad podríamos desear?

— ¡Evidentemente! Era de esperar. Pero si vuestro propósito es ser felices, pobrecitos de vosotros..., ¡no lo serán jamás!

— ¿Qué está usted tratando de decirnos?...

¿Qué es la felicidad?

—Reflexionemos un poco. Ser felices, ¿qué quiere decir? —Ser felices, es amarse... ¡Eso es todo!

Sigamos el razonamiento.

Nosotros nos casamos para ser felices. Se es feliz cuando se ama. Luego nos casamos para amarnos. ¡Y seremos felices porque nos amaremos!

¡Y ya está! ¡Es así se simple!

La falta de realismo salta a la vista: en todo esto nadie se pregunta por las dificultades de toda clase que llenan la vida del matrimonio. Siempre es el mismo postulado: «¡Nosotros nos amamos! ¿Qué nos puede pasar?»

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En qué consiste el amor en realidad

«¡Se es feliz cuando se ama!»

¿Pero qué es el amor realmente? ¿Realmente se aman? ¿Qué es lo que esto quiere decir realmente?

Hay una gran diferencia entre el amor y el estar enamorado.

El enamoramiento es un sentimiento, una atracción hacia una persona determinada del otro sexo. Y es algo involuntario. Un día, al ver una chica, te enamoraste, y no sabías exactamente por qué. Este sentimiento puede durar un tiempo y puede también desaparecer.

El amor es algo distinto. Es un acto de la voluntad. Yo me decido a amar a una persona. Y amar es buscar el verdadero bien de la otra persona. No es un sentimiento. El enamoramiento es el primer paso, pero no es todavía amor. Este sentimiento, no cabe duda, que me ayuda para decidirme a comprometerme, a amar a la otra persona, a decidirme a formar con ella una familia y compartir el resto nuestras vidas. Pero el sentimiento puede pasar, porque no depende totalmente de mí, mas el amor, no, porque depende totalmente de mí, de ser fiel al compromiso que hice un día de amar a esa persona de la que me enamoré.

¿Qué es entonces el amor? Comprometerse a buscar el bien verdadero de la otra persona. No es un sentimiento.

El enamoramiento es un sentimiento encantador, pero egoísta; se fundamenta en el atractivo físico o visual sobre todo. El verdadero amor es generoso, y no se apoya en lo que vemos, sino en lo que somos o pretendemos ser.

Entonces, ¿adónde conduce el amor en un matrimonio?

Pero seamos realistas. Veamos las cosas como son y como Dios las ha hecho.

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El amor entre los esposos conduce a la vida. Es la consecuencia natural del acto sexual.

Y no hay por qué disimular este realismo sano que da todo su sentido al amor esponsal. Está orientado hacia el nacimiento de ese ser humano que se desarrolla en el cuerpo de la mujer, porque Dios la ha moldeado hasta en la forma de sus huesos para ello, como una cuna perfecta.

Es lo que prometen los novios al casarse… dar vida a un ser humano, educarle en la vida cristiana. Es lo que la Iglesia bendice.

¿Entonces?... Si uno se casa para engendrar vida... ¿por qué decir solamente que uno se casa «para ser feliz»... como si esa expresión vaga fuera más bella que la realidad?

¿No será que, más o menos conscientemente, de que ya no desean dar vida, ya no se alegran de poder concebir una vida humana?

¿No será que el mundo nos sugiere que las satisfacciones sensuales son un fin en sí mismas, como si fuese el fin del matrimonio, y que sentimos vergüenza de confesar que las deseamos como tales... y que no deseamos del matrimonio, de hecho, más que por el placer que aporta el acto sexual, y no por las fatigas y las responsabilidades que implica tener un hijo?

¿No será que asumimos —claro está, sin formularlo explícitamente — que el fin de la sexualidad es para satisfacer nuestras ansías de placer, que la mujer es en la práctica y, ante todo, un instrumento de placer?

Pero nos equivocamos totalmente. Buscamos la felicidad en el placer, y allí nunca la podremos encontrar. Porque el placer es algo efímero, que dura tan solo unos segundos o minutos, que tiene su función, pero no es el fin de nuestra vida. La felicidad es algo mucho más profundo y duradero; es el gozo que brota del amar de verdad, de buscar el bien del otro y no de mí mismo.

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Lo que hiere el amor es el deseo de amar incompletamente

Porque no es el deseo de amar, y de amar completamente, lo que no se atreve uno a confesar; es el deseo de amar incompletamente. No es el deseo de perseguir los dos fines del matrimonio —unitivo y procreativo—, del que uno se avergüenza; es el fingir que se persigue esos fines, cuando en realidad no se quieren, por lo menos uno de ellos.

Ahí es donde reside el verdadero problema de muchos jóvenes, muchachos y muchachas. A ellos les avergüenza confesarlo abiertamente, pero de alguna se avergüenzan del egoísmo que significa un amor estéril, un amor sin fecundidad. Situación que no puede dar felicidad, donde el alma se asfixia, donde la vida moral desfallece miserablemente.

¿Qué hacer para salir de ahí? No existe más que una salida, y es la salida hacia la libertad interior, hacia la luz y, al mismo tiempo, hacia la verdadera libertad.

¿Qué hacer para amar?

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Hay que querer amar, no por la satisfacción que nos proporciona, sino para responder al plan universal de Dios. El plan universal de Dios, es la gloria de Dios.

A nuestros primeros padres, Dios les dio esta orden: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla» (Génesis 1,28).

Porque la gloria de Dios —que es el Amor— reclama adoradores, adoradores en espíritu y en verdad. La gloria de Dios-Amor pide almas de amor.

Los fines del matrimonio

Los fines esenciales o principales del matrimonio son:

- la procreación y educación de los hijos (fin procreativo), y - unir a los esposos en el amor (fin unitivo)

Los dos fines son esenciales.

Si el fin fuese sólo el amor (y éste reducido a pura sensibilidad o afectividad), podría justificarse en ese caso, por ejemplo:

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- el adulterio o el divorcio, siempre que un hombre sea infiel a su propia esposa por amor a otra;

- el concubinato, siempre que sea por amor;

Si sólo prima el amor, pierde el matrimonio aquello que lo constituye y distingue singularmente de todo otro tipo de sociedad.

Si sólo prima el amor, y no la procreación y educación de los hijos, se despoja el matrimonio del carácter privilegiado que tiene como anterior y superior a toda otra sociedad, incluso el Estado, tal como lo reconoce la misma ley natural.

Si sólo prima el amor, ¿en qué se diferencia el matrimonio de la simple sociedad amical, o de las sociedades filantrópicas?

Si sólo prima el amor entre los esposos, ¿por qué tendrían tanto que afanarse tanto por la educación de los hijos, y no liberarse de algo tan engorroso?

Los dos fines principales del matrimonio no se excluyen sino que son complementarios. Y ésta es una realidad tan inscrita en la naturaleza misma del matrimonio y explícita en la Ley de Dios, que Santo Tomás de Aquino enseña:

"No se ha de tener por pecado leve procurar la emisión seminal sin debido fin de generación y de crianza. Después del pecado de homicidio, que destruye la naturaleza humana ya formada, tal género de pecado parece seguirle por impedir la generación de ella" (Santo Tomás de Aquino, Suma Contra Gentiles, III, 122, BAC, t. II, p. 468).

Tampoco se puede considerar a la procreación como el único fin esencial del matrimonio, pues se seguirían las siguientes deplorables consecuencias:

- podrían disolverse los matrimonios que no pudieran tener hijos;

- podrían separarse los matrimonios con hijos mayores, cuando, por la edad, ya no pudieran tener más;

- podría justificarse la inseminación artificial: " tanto entre casados, no casados, como entre una mujer casada y un varón que no sea su marido.

- podría aceptarse la fecundación in vitro, que daría los llamados "hijos de probeta";

- y se aceptaría como una bendición la proliferación de los bancos de semen, donde se registran las características del donante (color de ojos,

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cabello, estatura, grupo sanguíneo, etc.), para que el esperma sea elegido en función del aspecto físico del marido y de la mujer por inseminar, asegurándosele, por otra parte, al donante, que su anonimato será escrupulosamente respetado.

El amor no «toma», sino «da»

El matrimonio, instituido por Dios en el orden natural, elevado por Cristo a la dignidad de sacramento, tiene como uno de sus fines esenciales la procreación, la conservación y la educación de esos pequeños, «cuyos ángeles, ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre» (Mat. 18,10).

¿No pide y manda el Señor a los esposos de todos los siglos: «¡Dejad que los niños vengan a mí!»? (Mat. 19,14).

¡Dejadles nacer!... ¡Dejadles conocerme!... ¡Enseñadles a amarme! ¡Qué verdadero resulta todo, entonces, en el amor humano! ¡Y qué lejos estamos de ese «sexo seguro», que despreciando la voluntad de Dios, se aparta de su vocación: dar hijos al mundo para El!...

Así, es la naturaleza misma, según el orden querido por el Creador, la que inclina al matrimonio.

Y para «dar», hay que renunciar a lo que se da

Si queremos dar la vida, hijos al mundo, cuidarlos y educarlos, es preciso, en cierto modo, renunciar a la nuestra. Para conseguirlo, si queremos vivir de acuerdo con nuestra dignidad de personas y, más aún, de cristianos, es indispensable que en nosotros la concupiscencia –la inclinación desordenada que tenemos por el placer— sea mortificada.

Esta mortificación es indispensable para poder amar de verdad en el matrimonio (en esto consiste la castidad, amar de verdad), y hacer que todas las inclinaciones instintivas permanezcan siempre sometidas a nuestra voluntad, a nuestra razón.

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Y ¿dónde encontraremos la energía espiritual para dominar nuestra concupiscencia, sino en la práctica confiada de la oración y de los sacramentos? ¿No ha sido instituida la Eucaristía para darnos la fortaleza sobrenatural que procede de la vida íntima de Dios? ¿No ha sido creada la absolución para devolver la salud a nuestra alma?

Aquí hay una armonía perfecta: una verdadera filosofía del amor, un uso razonable del matrimonio y una auténtica vida cristiana.

Los hijos, principio de unidad del matrimonio.

Nuestra naturaleza misma nos inclina hacia el matrimonio. Casarse y dar la vida, es todo uno: ¡es la alegría indecible que sienten los padres al saber que Dios les ha concedido un hijo!

¡Qué ciegos son los esposos que reducen su amor a amarse a sí mismos! ¡No piensan en esa otra alegría tan profunda, tan dulce, que pro-porciona la llegada de un nuevo hijo!

Mirad a esa joven mamá con el bebé en sus brazos. ¡Con qué dulzura lo abraza! ¡Y su esposo a su lado no comprende nada! Está un poco avergonzado de su emoción. ¡Creía que sabía todo en la vida, que había previsto todo! ¡No! No sabía aún lo que eso significaba ser padre. Cuando, al nacer, una enfermera vino a depositar el niño en sus brazos, ¡entró él en un mundo nuevo, desconocido!

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¡Ya está! Son dos en una sola carne. Un pequeño bebé los une.

Unión indisoluble de los esposos, es este niño, que será pronto bautizado, nacido como ellos para la vida eterna, para el Amor,

¡Qué pequeño es! ¡Con sus pequeños piececitos... con sus manitas... con sus deditos, con su linda carita!

— ¡Esto que ves, es de nosotros!

Ese nuevo pequeño ser que nosotros hemos soñado juntos y que acaba de nacer hace que nosotros, siendo tres, no seamos más que UNO.

«…Que sean uno, como nosotros somos uno; ellos y tú en mí, a fin de que su unidad sea perfecta.»

La misma vida divina fluye en estas tres vidas humanas. La misma vida del Hijo de Dios une más íntimamente que la naturaleza misma a esta familia de bautizados.

¿Y ahora?

Confiados, hacia el porvenir

Han de venir cuidados, preocupaciones, dificultades... ¡No va a ser cómodo!

¡Pero qué importa eso!

¿O somos unos jóvenes cristianos auténticos o somos unos replegados egoístas encubiertos, aprisionados en la cárcel del bienestar, de las pequeñas comodidades, de los pequeños placeres?

¿Seremos como esos tremendos egoístas que prefieren sus buenas comidas, sus bailes, su cine, sus fiestas, unas buenas vacaciones, antes que dar la vida a un hijo?

¿Seremos esos crasos egoístas que prefieren el auto, las joyas, el lujo, la vida cómoda, a dar la vida a un hijo?

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¿Qué es «dar la vida»?

La vida, pensémoslo bien, es la causa de nuestra existencia. Si nuestros padres no hubiesen tenido la generosidad de desearnos, no existiríamos.

Dar algo a alguien... dar un regalo a la mujer o un juguete a un niño, ¡ya es algo!

Dar pan a un hambriento, dar un vestido a un andrajoso, un albergue a un vagabundo, ¡es aún mucho más!

Pero, ¡dar la vida! Dejar a Dios crear a través nuestro: he ahí lo que depende a veces de nuestra sola voluntad de esposos.

¿Hemos pensado bien en ello? ¿Es verdaderamente ese poder increíble, este amor de donación tan excelso lo que algunos intentan desviar de su fin? ¿Es posible tal inconsciencia? ¿Puede semejante egoísmo asentar en dos jóvenes, cuya misma pasión instintiva refleja la orden explícita del Creador: Multiplicaos?

¿Nuestros muchachos y muchachas dirán aún que no se casan más que «para ser felices»?

¿Llamarán aún felicidad a la búsqueda egoísta del placer?

¿Es tal felicidad la que constituye verdaderamente la unidad de su matrimonio? No. La unidad de su matrimonio es haberse escogido, irrevocablemente, para amarse, a fin de que su amor produzca sus frutos naturales: los hijos, los cuales, sin el deseo de los esposos no habrían sido llamados a la vida.

Si ellos tienen ese claro objetivo, ¡qué fácil les será ser felices! Nadie ni nada les podrá quitar su alegría.

Las dificultades vendrán, ¡lo hemos dicho una y otra vez!... Pero se pondrán de acuerdo para vencerlas, para superarlas, con la ayuda de Dios.

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Es fácil. Basta con convertirse, renovarse interiormente, con estar dispuestos a morir a sí mismos, a la renuncia de sí mismos para llegar a la resurrección.

En vez de casarnos para «nuestra» felicidad, lo que inmediatamente falsea el sentido mismo del matrimonio, vamos, desde lo más profundo de nuestra intención, a decidir casarnos para realizar, en su plenitud, el plan divino.

He ahí la raíz espiritual de nuestro matrimonio, el principio de nuestra unidad conyugal, el fin primario de nuestro amor.

Tal es el pensamiento de Dios. No reduce nada, no destruye nada. ¡Al contrario! Ensancha todo. Cumple todo.

Una vez más, nuestro matrimonio no transcurrirá en una morada bien cerrada con llave, resguardada de los vientos, sustraída a la tempestad, ¡un pequeño matrimonio de dos cuerpos sin alma, voluntariamente estéril y disolvente!

En el fondo todo consiste en renovarse «no según la mentalidad de

este mundo, sino según Dios. No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12, 2). Renunciar a uno mismo, para vivir según Dios. La

conversión es un proceso de vida, que requiere una continua aceptación libre del cristiano.

Compañeros de eternidad...

Nuestro matrimonio será una carrera hacia Dios arrostrando tempestades... pero con el corazón desbordante de una alegría increíble: la alegría de recibir de Dios su vida íntima, la alegría de amarnos en su amor, ¡la alegría de transmitir la vida a unos hijos, de hacerles hijos de Dios por el bautismo, de ayudarles a crecer en naturaleza, en sabiduría y en gracia!

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Arrostrando la tempestad, pues haciendo la voluntad del Padre, nosotros tenemos las promesas del Hijo. Promesas tan alentadoras como seguras, porque proceden de su Corazón, a las familias que se consagran a ÉL.

Él bien conoce lo que es la tempestad; con una sola palabra podría calmarla. Tan sólo lo hace en el último momento, cuando ve que sus dis-cípulos llegan a perder la cabeza.

Sus discípulos, hoy, ¿no son también los esposos en esa gran singladura que es formar una familia?

El continúa velando sobre sus discípulos, aunque parezca que está dormido. Pero nosotros, ¿tenemos fe en Él?

¡El Pastor vela por sus ovejas! Acordémonos de su promesa de Resucitado: «Yo estaré con vosotros, todos los días, hasta el fin del

mundo…».

Y si hay que aceptar una cruz... ya sea la de nuestro egoísmo con todas sus consecuencias... o bien, la cruz de su Amor, que Él nos ayuda a llevar, y que está unida a la Resurrección... ¿Por qué no escoger la se-gunda?

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No es tan pesada, basta con que tengamos confianza y gustemos de la alegría del Salmo:

«Tu esposa será como parra fecunda en el interior de tu casa. Tus

hijos como renuevos de olivo en torno a tu mesa. Así será bendecido el hombre que teme al Señor» (Salmo 128,3-4).

LA FIDELIDAD, ESCUDO DEL AMOR

Los esposos, según se dice, están unidos por los lazos del matrimonio. Profundicemos en el significado de esta frase.

¿UNIDOS POR LOS LAZOS? ¿Qué son, pues, los lazos? ¿Cuerdas de trenza apretada, con las cuales se ata a los prisioneros a fin de impedirles que huyan? ¿Tiene el matrimonio alguna relación con el triste destino de dos presos forzados y encadenados uno al otro?

El problema es de importancia. Tanto más, cuanto que la expresión que acabamos de citar no es única en su género.

¿No se habla también del amor conyugal, de la vida conyugal? Esto es aún más inquietante. La palabra «conyugal» se forma a partir de la palabra latina que designa el yugo, esa pieza de madera que se fija sólidamente sobre la cabeza de los bueyes, para amarrarles por parejas... ¡Y la palabra «yugo» se ha hecho sinónima por excelencia de la imposición injusta, de la tiranía insoportable! ...

¿Es el matrimonio una imposición?

¿Por qué, pues, arrojar un velo de tristeza sobre el matrimonio, con estas imágenes que parecen hechas para suscitar la rebelión? ¿Por qué, pues, insistir tanto sobre aspectos que lejos de facilitar el amor, parecen formulados como para suscitar sospechas?

Puede uno hacerse la pregunta. Tanto más, cuanto que sabemos que los lazos del matrimonio son indisolubles y por tanto, hay menos esperanzas aún para los esposos de romper tales lazos, que para el forzado de obtener su indulto.

¿No existirá, más allá de las palabras, un significado más profundo, y del que hayamos perdido el sentido? ¿No habrá, incluso, más allá de las ideas, un secreto verdadero, y que sólo pueden penetrar aquéllos que han comenzado a descubrir que el amor es un misterio... cosa que no siempre se sospecha?

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Porque, en fin, hay que ser lógicos. Si el amor es el camino de la unidad, luego los que se casan quieren permanecer unidos. Ahora bien: el signo mismo de la unidad es el LAZO. La prueba es que, volviendo sobre una comparación ya utilizada, la unidad que quieren significar los que se abrazan, la expresan estrechando sus brazos, apretados, para retener, como por la fuerza a la persona amada.

Así, pues, el voto espontáneo del amor es «atar» al otro. Pero no es solamente eso. Es también «atarse» al otro.

Luego el matrimonio no es una imposición... sino que es una «adhesión».

Aquí, también, el lenguaje es elocuente. De aquellos que comienzan a amarse, ¿no se dice que se están ligando? Y cuando dos esposos se aman mucho, ¿no se dice que están apasionadamente ligados el uno al otro?

Pero este apego no es físico más que en su expresión corporal. En su origen, en su inspiración, es espiritual. La unidad del amor es la unidad de dos almas que comulgan en la misma Verdad, la unión de dos voluntades fundidas en el mismo deseo ardiente del Bien.

Por tanto, la unión de las voluntades, esa unión intima, permanente, indisoluble, es el voto mismo del amor. Los que se aman quieren espontáneamente, con un deseo profundo, unirse («atarse») uno al otro, y como si no estuvieran seguros de sí mismos, estar ligados uno al otro, en lazo que el anillo de los esposos simboliza sensiblemente durante toda su vida.

Esa unión de voluntades, definición misma del amor, ¿no es por excelencia la enseñanza de Cristo Jesús, quien, revelando a los hombres el misterio del amor divino, deja como presentir algo de ese misterio cuando afirma: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra» (Juan 4,34)? Y la pasión de amor de Cristo, ¿no será su pasión

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incomprensible de amor, de unidad total con la voluntad de su Padre, unidad tan entera, tan absoluta, que le hará, a pesar de todas las repugnancias inconcebibles de la naturaleza humana, ser obediente hasta la muerte y una muerte de cruz, una muerte de esclavo?

Los lazos que constriñen y los lazos de amor

Hay una enorme diferencia entre el forzado «remachado» a su cadena y los esposos unidos por los lazos indisolubles del matrimonio.

El forzado no es libre. Su voluntad es contraria a esa unidad que él soporta, a su pesar.

La adhesión del amor, por el contrario, es un acto de libertad. Resulta de la decisión deliberada y resuelta de unirse irrevocablemente con la persona amada. Así, no solamente los lazos, la adhesión, el yugo, no son contrarios al amor, sino que son, en cierto modo, la garantía del amor.

Pero esos lazos son espirituales. Y por eso no se pueden romper. Se puede, en efecto, romper una cuerda, quebrar una cadena. Pero no se puede hacer que una promesa dada no haya sido dada; ni hacer que un compromiso total y definitivo no haya sido ni total ni definitivo.

Se pueden despreciar los lazos del amor. Se puede envilecerlos. Se puede deshonrarlos. Pero jamás se puede romperlos. A veces cree uno que no existen, o que no existen más que en la imaginación, porque no se les ve materialmente. Pues es todo lo contrario. Precisamente porque el consentimiento en el matrimonio lo hacen de una vez para siempre, y porque es un consentimiento espiritual, dado por una inteligencia y una voluntad moralmente libres, es por lo que no puede romperse sin cometer una gran injusticia, y por lo que sólo la muerte de uno de los esposos marca el término del compromiso.

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