El Maestro Eckhart pensaba que la vitalidad conduce a la alegría. El lector moderno quizá no le preste mucha atención a la palabra “alegría” y la lea como si Eckhart hubiese escrito “placer”. Sin embargo, distinguir entre alegría y placer es critico, especialmente en relación con la distinción entre los modos de ser y de tener. No es fácil apreciar la diferencia, ya que vivimos en un mundo de “placeres sin alegría”.
¿Qué es el placer? Esta palabra se usa de distintas maneras, pero considerando su uso en el pensamiento popular, parece conveniente definirlo así: la satisfacción de un deseo que no requiere actividad (en el sentido vital). Este placer puede ser muy intenso: el placer de tener éxito social, ganar más dinero, sacarse la lotería; el convencional placer sexual; de comer hasta hartarse; de ganar una carrera; el estado producido por las bebidas alcohólicas, el trance o las drogas heroicas; el placer que produce satisfacer el propio sadismo, la pasión de matar o de desmembrar lo que está vivo.
Desde luego, para hacerse ricos o famosos, los individuos deben mostrarse muy activos en el sentido de estar ocupados, pero no en el sentido de “nacer dentro de sí mismos”. Cuando han alcanzado su meta pueden sentirse “emocionados”, “intensamente satisfechos”, creer que han alcanzado la “cumbre”; pero ¿cuál cumbre? Quizá la de la excitación, de la satisfacción, un estado de trance o de orgía; pero pueden haber alcanzado esto impulsados por pasiones que, aunque humanas, sin embargo son patológicas, ya que no conducen a una solución intrínsecamente adecuada para la condición humana. Tales pasiones no producen mayor desarrollo y fortaleza, sino, al contrario, una invalidez humana. El placer del hedonismo radical, la satisfacción de nuevos deseos, los placeres de la sociedad contemporánea producen distintos grados de excitación, pero no alegría. De hecho, la falta de gozo obliga a buscar placeres siempre nuevos, cada vez más excitantes.
En este aspecto, la sociedad moderna se encuentra en la misma posición que los hebreos de hace tres mil años. Al hablarle al pueblo de Israel acerca del peor de sus pecados, Moisés le dijo: “Por cuanto no serviste a Jehová tu Dios con alegría y con gozo de corazón, por la abundancia de todas las cosas” (Deuteronomio 28:47). La alegría es concomitante de la actividad productiva. No es una “cumbre de la experiencia”, que culmina y termina de pronto, sino más bien una meseta, un sentimiento que acompaña la expresión productiva de nuestras facultades humanas esenciales. La alegría no es el éxtasis momentáneo, sino el resplandor que acompaña al ser.
El placer y la emoción conducen a la tristeza después de alcanzada la llamada cumbre; porque el estremecimiento se ha sentido, pero el recipiente no ha crecido. El
propio poder interior no aumentó. Se intentó terminar con el aburrimiento de la actividad improductiva y por un momento se unieron todas las energías, excepto la razón y el amor. El individuo intentó volverse sobrehumano, sin ser humano. Parece haber alcanzado el triunfo, pero éste va seguido de una profunda tristeza, porque nada ha cambiado dentro de él. El dicho “Después del coito el animal se siente triste” (“Post coitum animal triste est”) expresa el fenómeno del sexo sin amor, que es una “cumbre de la experiencia”, de la excitación intensa, y por consiguiente de la emoción y el placer, y necesariamente va seguido de una desilusión, porque termina. La alegría por el sexo sólo se siente cuando la intimidad física es al mismo tiempo la intimidad del amor.
Como es natural, la alegría debe desempeñar un papel importante en los sistemas religiosos y políticos que proclaman que ser constituye la meta de la vida. El budismo, aunque rechaza el placer, concibe un estado de Nirvana, que es un estado de felicidad, el cual se manifiesta en las descripciones y en los dibujos que representan la muerte de Buda. (Estoy en deuda con el finado D. T. Suzuki por señalarme esto en un famoso dibujo que representa la muerte de Buda).
El Antiguo Testamento y la posterior tradición judía, aunque condenan el placer que surge de la satisfacción de la codicia, consideran la alegría como el estado de ánimo que acompaña al hecho de ser. El Libro de los Salmos termina con un grupo de 15 salmos que son uno de los grandes himnos a la alegría, y los salmos dinámicos comienzan con temor y tristeza y terminan con alegría y júbilo[21]. El Sabbath es el día del gozo, y en el Tiempo Mesiánico la alegría será el estado de ánimo que prevalecerá. En la literatura profético abundan las expresiones de alegría, como este pasaje: «Entonces la virgen se holgará en la danza, los mozos y los viejos juntamente; y su llanto tornaré en gozo, y los consolaré, y los alegraré de su dolor» (jeremías 31:13) y «sacaréis aguas con gozo» (Isaías (2:3). Dios llama a Jerusalén: «ciudad de mi gozo» (jeremías 49:25).
Encontramos el mismo hincapié en el Talmud: «La alegría de un mitzvah (el cumplimiento de un deber religioso) es la única manera de encontrar al Espíritu Santo» (Berakoth 31, a). La alegría se considera tan fundamental que, según la ley del Talmud, el luto por un pariente cercano, cuya muerte haya ocurrido durante la semana, debe interrumpirse por la alegría del Sabbath.
El movimiento asideo (cuyo lema tomado de un verso de los salmos es: «Sirve a Dios con alegría») creó una forma de vivir en que la felicidad era uno de los elementos sobresalientes. La tristeza y la depresión se consideraban signos de error espiritual, si no de franco pecado.
En el desarrollo cristiano, hasta el nombre del Evangelio (buena nueva) muestra el lugar central del júbilo y la alegría. En el Nuevo Testamento, la dicha es el fruto de haber renunciado a tener, mientras que la tristeza es el estado de ánimo del que se
aferra a las posesiones. (Véase, por ejemplo, San Mateo 13:44 y 19:22). En muchas expresiones de Jesucristo, el gozo se concibe como concomitante de vivir en el modo de ser. En su última alocución a los apóstoles, Jesús les habló de la alegría en la forma final: «Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido» (San Juan 15:11).
Como se indicó antes, la alegría también desempeña un papel supremo en el pensamiento del Maestro Eckhart. Aquí en sus palabras se encuentra una de las expresiones más bellas y poéticas de la idea del poder creador de la risa y la alegría: «Cuando Dios le ríe al alma y el alma le responde con su risa a Dios, se engendran las personas de la Trinidad. Hablando en hipérbole, cuando el Padre le ríe al Hijo y el Hijo le responde riendo al Padre, esa risa causa placer, ese placer causa alegría, esa alegría engendra el amor y ese amor crea a las personas [de la Trinidad] de las cuales una es el Espíritu Santo» (Blakney, p. 245).
Spinoza otorga a la alegría un lugar supremo en su sistema antropológico-ético, cuando dice: «La alegría es la transición del hombre de una menor a una mayor perfección. La tristeza es la transición del hombre de una mayor a una menor perfección» (Ética, 3, defs. 2, 3, p. 155).
Las afirmaciones de Spinoza sólo se comprenden plenamente si las colocamos en el contexto de todo su sistema de pensamiento. Para no decaer, debemos tratar de acercarnos a “un modelo de la naturaleza humana”, esto es, debemos ser óptimamente libres, racionales, activos. Debemos llegar a ser lo que podemos ser. Esto debe entenderse como el bien que es potencialmente inherente a nuestra naturaleza. Spinoza entiende por “bueno” “aquello que sabemos ciertamente que es un medio para acercarnos más y más al modelo de la naturaleza humana que nos hemos propuesto”; y “por malo, en cambio, entiendo aquello que sabemos ciertamente que nos impide reproducir ese mismo modelo” (Ética, 4, Prefacio, p. 174). La alegría es el bien; la tristeza (tristitia) es el mal. La alegría es una virtud; la tristeza es un pecado.
La alegría, pues, es lo que sentimos en el proceso de acercamos más a la meta de ser nosotros mismos.