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EL PECADO Y EL PERDÓN

In document _Tener o Ser_ - Erich Fromm (página 95-100)

En el concepto clásico del pensamiento teológico cristiano y judío, el pecado esencialmente se identifica con la desobediencia a la voluntad de Dios. Esto es obvio en la fuente comúnmente sostenida del primer pecado: la desobediencia de Adán. En la tradición judía, este acto no se considera un pecado “original” que heredan todos los descendientes de Adán, como en la tradición cristiana, sino que sólo es el primer pecado, que no necesariamente mancha a los descendientes de Adán.

Sin embargo, el elemento común es la idea de que la desobediencia a los mandamientos de Dios es pecado, sean cuales fueren éstos. Ello no es sorprendente si consideramos que la imagen de Dios en esa parte de la historia bíblica es de una autoridad estricta, modelada sobre el papel de un rey de reyes oriental. Además, no es sorprendente si consideramos que la Iglesia, casi desde sus comienzos, se adaptó a un orden social (entonces era el feudalismo y hoy día es el capitalismo) que exigía para funcionar la obediencia estricta de los individuos a las leyes, sirvieran éstas o no a sus verdaderos intereses. Cuán opresivas o cuán liberales son las leyes y cuáles son los medios para su cumplimiento son cosas de poca importancia en relación con el problema capital: la gente debe aprender a temer a la autoridad, y no sólo a los policías que “hacen cumplir la ley” con sus armas. Este temor no basta para salvaguardar el funcionamiento adecuado del Estado; el ciudadano debe internalizar este temor, y transformar la obediencia en una categoría moral y religiosa: el pecado.

La gente no sólo respeta por miedo la ley, sino también porque se siente culpable si desobedece. Este sentimiento de culpa puede quedar superado por el perdón que sólo la misma autoridad puede otorgar. Las condiciones para este perdón son: el arrepentimiento del pecador, su castigo, y al aceptar el castigo someterse de nuevo. La secuencia es: pecado (desobediencia) → sentimiento de culpa → nueva sumisión (el castigo) → el perdón, lo que es un círculo vicioso, ya que la desobediencia produce un aumento de la obediencia. Sólo unos cuantos no se dejan intimidar. Prometeo es su héroe.

A pesar del cruel castigo que le aplicó Zeus, Prometeo no se sometió, ni se sintió culpable. Él sabía que quitarles el fuego a los dioses y dárselos a los humanos era un acto de compasión; él desobedeció, pero no pecó. Como muchos otros héroes del amor (mártires) de la especie humana, rompió la ecuación entre desobediencia y pecado.

Sin embargo, la sociedad no está formada por héroes. Como las mesas sólo fueron servidas para una minoría, y la mayoría había de servir a los fines de la minoría y sentirse satisfecha con lo que le dejaban, hubo de cultivar la idea de que la desobediencia es pecado. El Estado y la Iglesia la cultivaron, y trabajaron juntos, porque ambos debían proteger sus jerarquías. El Estado necesitaba de la religión para tener una ideología que fundiera la desobediencia y el pecado; la Iglesia necesitaba creyentes a los que el Estado hubiera disciplinado, en la virtud de la obediencia.

Ambos aprovecharon la institución de la familia, cuya función era educar a los hijos en la obediencia desde el primer momento en que mostraran voluntad propia (generalmente, por lo menos, desde el inicio del control de esfínter). La voluntad propia del niño debía quedar doblegada para prepararlo para su ulterior funcionamiento adecuado como ciudadano.

El pecado en el sentido secular y teológico tradicional es un concepto de la estructura autoritaria, y ésta pertenece al modo de existencia de tener. Nuestro centro humano no se apoya en nosotros, sino en la autoridad a la que nos sometemos. No llegamos al bienestar con nuestra actividad productiva, sino con la obediencia pasiva y la consiguiente aprobación de la autoridad. Tenemos un jefe (secular o espiritual, rey o reina o Dios) al que le tenemos fe; tenemos seguridad… mientras no somos… nadie. Que la sumisión no es necesariamente consciente como tal, que puede ser leve o profunda, que la estructura psíquica y social no necesita ser total sino sólo parcialmente autoritaria, no debe cegarnos ante el hecho de que vivimos en el modo de tener en la medida en que internalizamos la estructura autoritaria de la sociedad.

Alfons Auer ha hecho hincapié muy sucintamente en que el concepto de autoridad, de desobediencia y de pecado de Santo Tomás de Aquino es humanista; o sea, el pecado no consiste en desobedecer a la autoridad irracional, sino en ir contra el bienestar humano[22]. Así, Santo Tomás de Aquino afirmó: «A Dios no podemos ofenderlo, a menos que actuemos contra nuestro propio bienestar» (S. c. gent. 3, 122). Para apreciar esta posición, debemos considerar que para Santo Tomás de Aquino el bien humano (bonum humanum) no está arbitrariamente determinado por deseos puramente subjetivos, ni por deseos instintivamente dados (“naturales” en el sentido estoico), ni por la voluntad arbitraria de Dios. Está determinado por nuestra comprensión racional de la naturaleza humana y de las normas que, basadas en esta naturaleza, fomentan nuestro desarrollo y bienestar óptimos. (Debe advertirse que como hijo obediente de la Iglesia y partidario del orden social existente opuesto a las sectas revolucionarias, Santo Tomás de Aquino no podía ser un representante puro de la ética no autoritaria su uso de la palabra “desobediencia” para ambos tipos de desobediencia sirvió para ocultar la contradicción implícita en su posición).

Aunque el pecado como desobediencia forma parte de la estructura autoritaria, de la estructura de tener, posee un significado totalmente distinto en la estructura no autoritaria, que está enraizada en el modo de ser. Este otro sentido también está implícito en la historia bíblica de la Caída, y puede comprenderse mediante una interpretación distinta de esa historia. Dios puso al Hombre en el jardín del Edén y le advirtió que no comiera del Árbol de la Vida ni del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Considerando que no era bueno que el Hombre estuviera solo. Dios creó a la Mujer. Hombre y Mujer debían llegar a ser una sola persona. Ambos estaban desnudos, y “no se sentían avergonzados”. Esta afirmación generalmente se interpreta

en relación con las convencionales costumbres sexuales, según las que, naturalmente, un hombre y una mujer deben sentirse avergonzados si están descubiertos sus órganos genitales; pero esto no es todo lo que el texto tiene que, decir. En un nivel más profundo, esta afirmación podría implicar que, aunque el Hombre y la Mujer se enfrentaban totalmente, no se sentían ni podían sentirse avergonzados, porque no se consideraban extraños, diferentes, sino sólo “uno”.

Esta situación prehumana cambió radicalmente después de la Caída, cuando hombre y mujer se volvieron plenamente humanos, o sea, dotados de razón, con conciencia del bien y del mal, conscientes de que cada uno era distinto y de que su unicidad original estaba rota y que se habían vuelto extraños uno del otro. Estaban juntos, sin embargo se sentían separados y distantes. Sentían la vergüenza más profunda: la de enfrentarse a un prójimo estando “desnudo”, y simultáneamente experimentaron un alejamiento mutuo, un abismo indescriptible que separa a uno de otro. “Se hicieron delantales”, y así trataron de evitar el pleno encuentro humano, la desnudez en que se veían; pero la vergüenza, y también la culpa, no pueden eliminarse con el ocultamiento. Ellos no se amaban; quizá se deseaban físicamente, pero la unión física no remedia el alejamiento humano. Que no se amaban lo indican sus actitudes: Eva no trató de proteger a Adán, y él evitó el castigo denunciándola como la culpable, y no la defendió.

¿Qué pecado cometieron? Enfrentarse uno al otro como seres humanos separados, aislados, egoístas, incapaces de superar su separación con la unión amorosa. Este pecado está enraizado en nuestra existencia humana. Separados de la armonía original con la naturaleza, la característica del animal cuya vida está determinada por los instintos innatos, dotados de razón y conciencia de nosotros mismos, no podemos dejar de sentir nuestra separación de cualquier otro ser humano. En la teología católica este estado de existencia, de completa separación y alejamiento, sin la redención del amor, es la definición del “infierno”. Es insoportable para nosotros. Debemos superar de algún modo la separación absoluta: mediante la sumisión o mediante el dominio, o tratando de acallar la razón y la conciencia. Sin embargo, estos caminos sólo ofrecen un éxito momentáneo, y bloquean el camino de una verdadera solución.

Sólo hay una vía para salvarnos de este infierno: dejar la prisión de nuestro egocentrismo, salir y unirnos con el mundo. Si la separación egocéntrico es el pecado capital, entonces éste se expía mediante el amor. La palabra misma “atonement” [expiación] expresa este concepto, porque su etimología se deriva de “atonement[23]”. que en inglés antiguo significa “unión”). Como el pecado de la separación no es un acto de desobediencia, no necesita ser perdonado, sino remediado; y el amor, no la aceptación del castigo, es el elemento curativo.

expresado por algunos Padres de la Iglesia, que siguieron el concepto no autoritario de pecado que tenía Jesucristo, y me sugirió los siguientes ejemplos (tomados de Henri de Lubac): Orígenes dijo: «Donde hay pecado hay diversidad; pero donde reina la virtud hay singularidad, hay unidad». Máximo el Confesor dijo que por el pecado de Adán la especie humana “que debía ser un todo armonioso, sin conflictos entre lo tuyo y lo mío, se transformó en una nube de polvo de individuos”. Pensamientos similares relativos a la ruptura de la unidad original en Adán, también pueden encontrarse en las ideas de San Agustín y, como ha indicado el profesor Auer, en las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino. De Lubac dijo resumiendo: «Como obra de “restitución” (Wiederherstellung), el hecho de la salvación parece necesario como recuperación de la unidad perdida, como restauración de la sobrenatural unidad con Dios y al mismo tiempo la unidad de los hombres entre sí» (véase también “El concepto de pecado y arrepentimiento” en Seréis como dioses, donde examino todo el problema del pecado).

En resumen, en el modo de tener, y por ello en la estructura autoritaria, el pecado es la desobediencia, y se supera con el arrepentimiento → «el castigo» → una sumisión renovada. En el modo de ser, en la estructura no autoritaria, el pecado es un alejamiento sin solución, pero se supera con el pleno desarrollo de la razón y el amor, y con la unión.

Desde luego, la historia de la Caída puede interpretarse de ambas maneras, porque la historia misma es una mezcla de elementos autoritarios y liberadores; pero en sí mismos los conceptos de pecado como desobediencia y alienación, respectivamente, son diametralmente opuestos.

La historia de la Torre de Babel en el Antiguo Testamento parece contener la misma idea. La especie humana había alcanzado allí la unión, simbolizada por el hecho de que toda la humanidad tenía un solo idioma. Por su ambición de poder, por su codicia de tener la gran torre, el pueblo perdió su unidad y se dispersó. En este sentido, la historia de la torre es una segunda “Caída”: el pecado de la humanidad histórica. La historia se complica porque Dios siente miedo de la unidad del pueblo y del poder que le daría esto. «Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un lenguaje: y han comenzado a obrar, y nada les retraerá ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos y confundamos allí sus lenguas, para que ninguno entienda el habla de su compañero» (Génesis 11:6-7). Desde luego, la misma dificultad ya existía en la historia de la Caída: Dios siente miedo del poder que el hombre y la mujer ejercerían si comieran el fruto de ambos árboles.

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