El Nuevo Testamento continúa la protesta del Antiguo Testamento contra la estructura de existencia de tener. Su protesta es aún más radical que la anterior protesta judía. El Antiguo Testamento no fue producto de una clase pobre y oprimida, sino que surgió de dueños de rebaños nómadas y de campesinos independientes. Un milenio después, los fariseos, hombres ilustrados cuya obra literaria fue el Talmud, representaban a la clase media; había algunos muy pobres y otros muy ricos. Ambos grupos estaban imbuidos por el espíritu de justicia social, la protección del pobre y la ayuda a todos los indefensos, como las viudas y las minorías nacionales (gerim); pero la mayoría no condenaba la riqueza como un mal o como incompatible con el principio de ser. (Véase el libro The Pharisees, de Louis Finkelstein).
Los primeros cristianos, al contrario, principalmente eran un grupo de pobres despreciados por la sociedad, de oprimidos Y parias, quienes (como algunos profetas del Antiguo Testamento condenaban la riqueza y el poder y denunciaban inflexiblemente la riqueza y el poder secular sacerdotal como males absolutos (véase El dogma de Cristo). En realidad, como dijo Max Weber, el Sermón de la Montaña fue la proclama de una gran rebelión de esclavos. Característica de los cristianos primitivos era una plena solidaridad humana, a veces expresada en las ideas de un reparto comunal espontáneo de todos los bienes materiales. (A. F. Utz examina la propiedad comunal de los cristianos primitivos y los ejemplos de los griegos más antiguos, que probablemente conoció San Lucas).
Este espíritu revolucionario del cristianismo primitivo aparece con especial claridad en las partes más antiguas de los Evangelios, tal como fueron conocidas por las comunidades cristianas que aún no se separaban del judaísmo. (Las partes más antiguas de los Evangelios pueden reconstruirse por la fuente común de San Mateo y San Lucas, y fueron denominadas “Q” [del alemán Quelle, “fuente”] por los especialistas en la historia del Nuevo Testamento. La obra de Siegried Schulz es fundamental en este campo, y diferencia la antigua y la nueva tradición de la “Q[8]”).
En estas afirmaciones encontramos el postulado principal de que la gente debe librarse de la codicia y el deseo de posesión, y debe liberarse totalmente de la estructura de tener, y al contrario, que todas las normas éticas positivas están enraizadas en la ética de ser y compartir y en la solidaridad. Esta posición ética fundamental se aplica a nuestra relación con los demás hombres y con las cosas. La renuncia radical a los propios derechos (San Mateo 5:39-42; San Lucas 6:29 s.) y también el mandamiento de amar a nuestros enemigos (San Mateo 5:44-48; San Lucas 6:27 s., 32-36) subraya (aún más radicalmente que “el amor al prójimo” del Antiguo Testamento) el interés en los otros seres humanos, y pide la renuncia total del egoísmo “norma de ni siquiera juzgar al prójimo” (San Mateo 7:1-5 San Lucas
6:37 s., 41 s.) es una extensión del principio de olvidar nuestro ego y dedicarnos totalmente a la comprensión y al bienestar de los demás.
En relación con las cosas, también se pide una total renuncia a la estructura de tener. La comunidad más antigua insistía en la renuncia radical a la propiedad; condenaba la acumulación de la riqueza. «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompe, y donde ladrones minan y hurtan; mas hacéos, tesoros en el cielo, donde ni polilla ni orín corrompe, y donde ladrones no minan ni hurtan; porque donde estuviera vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón». (San Mateo 6:19- 21; San Lucas 12:33 s). Con el mismo espíritu Jesucristo dice: «Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios» (San Lucas 6:20; San Mateo 5:3). Desde luego, el cristianismo primitivo fue una comunidad de pobres que sufrían, mas tenían la convicción apocalíptica de que había llegado el momento de la desaparición total del orden existente, según el plan divino de salvación.
El concepto apocalíptico del “juicio final” fue una versión de la idea mesiánica, común en los círculos judíos de la época. La salvación y el juicio final serían precedidos de un periodo de caos y destrucción, tan terrible que los rabinos en el Talmud le pedían a Dios que los librara de vivir en el tiempo premesiánico. Lo nuevo del cristianismo era que Jesucristo y sus seguidores creían que el tiempo había llegado (o que se encontraba en un futuro cercano) y que ya se había iniciado con la aparición de Jesucristo.
En realidad, no podemos dejar de relacionar la situación de los primeros cristianos con lo que sucede en el mundo actual. Mucha gente, científicos más bien que religiosos (con excepción de los Testigos de Jehová), cree que nos aproximamos a la catástrofe final del mundo. Ésta es una visión sostenible científica y racionalmente. La situación de los cristianos primitivos era muy distinta. Vivían en una pequeña parte del Imperio Romano, por entonces en la cumbre de su poder y de su gloria. No había señales alarmantes de una catástrofe. Sin embargo, un pequeño grupo de judíos palestinos pobres estaba convencido de que este poderoso mundo pronto sería destruido. Por lo que respecta a la realidad, se equivocaron. Como resultado de que no reapareció Jesucristo, su muerte y resurrección se interpretaron en los Evangelios como el principio de una nueva era, y después de Constantino se intentó cambiar el papel mediador de Jesucristo por el de la Iglesia papal. Finalmente, para todo fin práctico, la Iglesia se convirtió en el sustituto (de hecho, pero no en teoría) de la nueva época.
Debemos tomar más en serio que la mayoría de la gente al cristianismo primitivo, para comprender el radicalismo casi increíble de este pequeño grupo, que pronunció su veredicto del mundo existente basado tan sólo en su convicción moral. Por otra parte, la mayoría de los judíos que no pertenecían exclusivamente a la parte más pobre y más oprimida de la población, pensaban de otra manera. Se negaron a creer
que había empezado la nueva época, y continuaron esperando al Mesías que llegaría cuando la humanidad (y no sólo los judíos) alcanzara el reino de la justicia, de la paz y del amor, y éste se realizara en un sentido histórico y no escatológico.
La fuente “Q” más joven se originó en una etapa posterior del desarrollo del cristianismo primitivo. Aquí también encontramos el mismo principio, y la historia de Satanás que tienta a Jesucristo lo expresa de manera muy sucinta. En esa historia se condena el afán de poseer cosas y la sed de poder, así como otras manifestaciones de la estructura de tener. A la primera tentación (transformar las piedras en pan, que simbólicamente expresa el deseo de cosas materiales) Jesucristo contesta: «No con sólo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios» (San Mateo 4:4; San Lucas 4:4). Después Satanás tienta a Jesucristo con la promesa de darle un poder completo sobre la naturaleza (cambiar la ley de la gravedad), y finalmente, le ofrece un poder sin límites, el dominio, de todos los reinos de la tierra; pero Jesucristo lo rechaza (San Mateo 4:5-10; San Lucas 4:5-12). (Rainer Funk me señaló el hecho de que las tentaciones se realizan en el desierto, con lo que se repite el tema del Éxodo).
Jesucristo y Satanás aparecen aquí como representantes de dos principios opuestos: Satanás representa el consumo material y el poder sobre la naturaleza y el Hombre. Jesús representa la actividad de ser, y la idea de que no tener es la premisa de ser. El mundo ha seguido los principios de Satanás, desde la época de los Evangelios. Sin embargo, ni aun la victoria de estos principios pudo eliminar el deseo de la realización plena de ser, expresado por Jesucristo y por otros muchos grandes maestros que vivieron antes y después de él.
El rigorismo ético de rechazar la orientación de tener y buscar la orientación de ser también se encuentra en las órdenes comunales judías, como la de los esenios y la orden en la que se originaron los rollos del Mar Muerto. A través de la historia del cristianismo, el rigor ético se continúa en las órdenes religiosas basadas en el voto de pobreza y en la renuncia a las propiedades.
Otra manifestación de los conceptos radicales del cristianismo primitivo se encuentra, en varios grados, en los escritos de los Padres de la Iglesia, que en este aspecto también están influidos por el pensamiento filosófico griego sobre la propiedad privada que se opone a la propiedad comunal. La falta de espacio no me permite examinar detalladamente estos escritos, y aun menos la literatura teológico y socióloga sobre este tema[9]. Con un grado de radicalismo diferente y con cierta tendencia a un punto de vista menos radical, la mayor parte de la Iglesia se convirtió en una institución poderosa; pero es innegable que los pensadores de la Iglesia primitiva condenaban radicalmente el lujo y la codicia, y despreciaban las riquezas.
San Justino escribió a mediados del siglo II: «Nosotros que amábamos la riqueza (los bienes muebles) y las posesiones (las tierras) sobre todas las cosas, hoy día
tenemos propiedades comunales y las compartimos con los necesitados». En una “Carta a Diogneto” (también del siglo II) hay un pasaje muy interesante que nos recuerda el pensamiento del Antiguo Testamento sobre los hombres sin hogar: «Cualquier país extraño es su patria [de los cristianos], y cualquier patria les es extraña». Tertuliano (siglo III) consideró que todo comercio era producto de la codicia, y negó que fuera necesario para la gente que no siente codicia. Declaró que el comercio encierra consigo el peligro de la idolatría. Llamó a la avaricia “la raíz de todo mal[10]”. Para San Basilio, como para los otros Padres de la Iglesia, el propósito de todos los bienes materiales era servir a la gente; esta cita es característica suya: «Al que se apodera del vestido de otra persona se le llama ladrón; pero el que no viste al pobre y puede hacerlo, ¿no merece el mismo nombre?» (citado por Utz). San Basilio hace hincapié en la comunidad original de los bienes, y algunos autores sostienen que tenía tendencias comunistas. Concluiré este breve bosquejo con la advertencia del Crisóstomo (siglo IV) de que no deben producirse ni consumirse bienes superfluos: No digas «yo uso lo mía, porque usas lo que no es tuyo; el uso egoísta, tolerante, convierte lo tuyo en algo ajeno; por eso lo llamo un bien ajeno, porque lo usas con un corazón endurecido, y declaras que es justo, que sólo vives de lo tuyo».
Podría continuar llenando muchas páginas con las opiniones de los Padres de la Iglesia acerca de lo inmoral de la propiedad privada y el uso egoísta de cualquier posesión. Sin Embargo, aun las pocas afirmaciones anteriores indican la continuidad del rechazo de la orientación de tener, como lo encontramos en los tiempos del Antiguo Testamento, en el cristianismo primitivo y en los siglos posteriores. Hasta Santo Tomás de Aquino, que luchó abiertamente con las sectas comunistas, concluyó que la institución de la propiedad privada sólo se justificaba cuando se dedicaba a satisfacer el bienestar de todos.
El budismo clásico insiste aún más vigorosamente que los Testamentos (Antiguo y Nuevo) en la gran importancia de renunciar al deseo de cualquier posesión, incluso al propio ego, al concepto de una sustancia duradera, y aun al deseo de la propia perfección[11].