bi). Vive en Cádiz. También es articulista habitual en Lupa Protestante.
siervo Job, es el Todopoderoso quien le describe lo justo y temeroso que era. Ante esta presentación divina de nuestro protagonista Satán cuestiona que esta fidelidad sea en balde. Este ser maligno sostendrá que es a causa de la mano protectora divina que Job es un hombre recto. Dios dará entonces su permiso para que el desastre más terrible caiga sobre su hijo Job. Pero ¿es así como un buen padre actúa para enseñar algo a uno de sus mejores hi- jos?
Llegó el momento no sólo de leer este libro sino de estudiarlo de tal forma que llegó a ser uno de los libros de las Escrituras al que más tiempo le dediqué. Entonces apareció otra posibilidad de abordarlo. Curiosamente fue de la mano de autores conservadores de donde surgió la alternativa, ellos sen- cillamente se limitaban a apuntarla pero personalmente me proveyó la cla- ve: ¿Y si en vez de tratarse de hechos exactos estamos ante la reflexión de un creyente a la luz de una serie de experiencias desconcertantes? ¿Y si en vez de considerar el libro desde esta idea inflexible de inspiración se trata de la consideración del autor, a
la luz de la revelación que se tenía en- tonces, del por qué a los buenos cre- yentes les pasan cosas terribles? En definitiva, el autor habría abordado la cuestión del dolor, y en concreto del sufrimiento de los hijos de Dios, no como resultado de una revelación divina directa sino desde una perspec- tiva más humana, él, su fe y la realidad. No se trataría, por ello, que Dios le estaba hablando directamente sino todo lo contrario, él lo estaba haciendo a Dios. No sería que el autor tuvo una visión de lo que en los cielos sucedía, sino que como no podía acceder a ellos meditó, pensó y el resultado fue este libro.
En el comentario de Matthew Henry traducido y adaptado al castellano por Francisco Lacueva (1999) se dice: El Diablo tanto mayor enemigo de Job cuanto más eminente era la piedad de este, pidió y obtuvo permiso para ator- mentarle. Es posible y aún probable, que la dramatización que el autor hace aquí de la conversación entre Dios y Satanás sea parabólica, como la de Miqueas en 1 Reyes 22:19 ss., pero no desdeña en forma alguna la credi-
bilidad del libro de Job (p. 505).[1] José María Martínez apunta que “nada nos impide admitir que el Espíritu Santo inspirador de la Sagrada Escritura, pudiera inducir al autor a usar una pa- rábola para darnos el gran mensaje contenido en Job. Cristo mismo hizo uso de esta forma de ilustración” (1975. p. 20) [2].
Así, y siguiendo la idea de una revela- ción progresiva, esta imagen parabólica de Dios sería superada por la que Cristo presentó en el Nuevo Testamento. Para Jesús su Padre no era alguien quien ante una petición de uno de sus hijos era capaz de darle una serpiente en vez de pan. El contraste es tremendo ya que ante las peticiones de Job Dios habría hecho esto precisamente, lo ha- bría puesto en las manos de la Serpiente. Pero además ¿qué padre humano es el que para enseñarle algo a su hijo es capaz de dar el visto bueno para que sus nietos mueran? ¿Qué padre sería aquel que para hacer que uno de sus hijos confíe más en él dejara que este viviera en la más absoluta miseria, su- frimiento y enfermedad? ¿Qué perfil de paternidad aparecería si un proge- nitor, bajo el argumento de amar a su hijo, no tuviera ningún problema para que los sirvientes de éste fueran asesi- nados? La respuesta es clara, se trataría de un psicópata.
No es este el caso de que no entendamos los caminos de Dios y sus designios ya que si tomamos este libro desde la literalidad de su prólogo los mismos son claros. La imagen de Dios resultante es terrible y si un hombre, un padre, actuara así no se trataría de un enfermo mental sino de un enfermo moral. Sin embargo, si consideramos este prólogo como un relato parabólico todo lo de- más se resuelve. Para saber cómo es nuestro Padre celestial la respuesta sería muy sencilla, vayamos a Jesús y escuchemos su voz.
Una de las cuestiones que más llama la atención es que el literalismo bíblico hace esto mismo con otro libro al que es del todo imposible, aunque parezca increíble, tomar lo que dice tal y como aparece. Se trata de uno de los libros más impresionantes de todas las Es- crituras, Eclesiastés. En él se dice, por ejemplo, lo siguiente:
–“No hay para el ser humano más felicidad que comer, beber y disfrutar de su trabajo, pues he descubierto que también esto es un don de Dios.” 2:24
–“Nadie sabe si el aliento vital de los seres humanos sube arriba y el de los animales cae bajo tierra. Por eso, he descubierto que para el ser humano no hay más felicidad que disfrutar de sus obras, porque esa es su recompensa. Pues nadie lo traerá a ver lo que sucederá después de él.”3:21,22.
–“Esta es la felicidad que yo he en- contrado: que conviene comer, beber y disfrutar de todos los afanes y fa- tigas bajo el sol, durante los contados días de vida que Dios da al ser hu- mano, porque esa es su recompensa.” 5:17.
–“Y he descubierto que la mujer es más amarga que la muerte: es, en efecto, una trampa, su corazón un lazo y sus brazos una cadena.”7:26. –“Porque los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada, ni esperan recompensa, pues se olvida su memoria.”9:5.
Podría seguir con los ejemplos pero estos son más que suficientes. Todos están de acuerdo de que se trata de una serie de reflexiones del autor del libro desde un profundo espíritu de pesimismo y desde un determinado conocimiento de la vida de ultratumba. Pero si tomamos todas estas declara- ciones tal cual tendríamos la negación frontal de doctrinas esenciales de la fe cristiana. La solución es que se trata del pensamiento de este autor a la luz de sus experiencias vitales pero que no son revelaciones divinas.
Si consideramos a Job como una especie
de parábola, cuyo núcleo es la expe- riencia real de un hombre llamado Job, aquella creyente, madre de dos hijos y tantos otros cristianos, dejarían de temer a este Dios que les pide mucho más de lo que ellos podrían soportar. De esta forma mucho sin sentido, temor y frustración se deshace y los cielos vuelven a brillar ante un Padre celestial, que como dijo el propio Jesús, sólo Él, y únicamente Él, es digno de llamarse Bueno.
¿Quién de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos se las dará también a quienes se las pidan! (Jesús). R [1] Henry, M. (1999). Comentario Bíblico
de Matthew Henry. Traducido y adaptado al castellano por Francisco Lacueva. Terrasa (Barcelona): Clie.
[2] Martínez, J. M. (1989). Job, la fe en conflicto. Tercera edición. Terrassa (Bar- celona): Clie.
¿Un Dios locuaz?
El lector de la Biblia atento percibe enseguida que en la época de los per- sonajes bíblicos Dios hablaba directa- mente con ellos de la misma manera que nosotros conversamos. Por ejem- plo, según el autor de Génesis, Dios había hablado a Abraham diciéndole: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré” (Génesis 12:1). A Moisés, mientras pastoreaba las ovejas en el monte, le llama desde una zarza ar- diente: “¡Moisés, Moisés… Yo soy el Dios de tu padre…” (Éxodo 3). A Josué le notifica la muerte de Moisés y le comisiona como líder en su lugar: “Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo el pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel…” (Josué 1). Y así, a los reyes, a los profetas... Las frases típicas en la Biblia son: “Habló Dios a…”, “Le dijo Dios…”, etc. En el Nuevo Testamento, salvo dos veces que se oye la voz divina desde el cielo (Lucas 3:22; 9:35), es el Espíritu Santo el que “dice” o “habla” a alguien (He- chos 10:19; 11:12); o bien es Jesús re-
sucitado (Hechos 9:5); incluso un Ángel de Dios (Lucas 1:26 sig.; Hechos 10:3).
Ahora bien, ¿cómo hemos de entender este “diálogo” –incluso la voz del cielo– entre Dios y los humanos? “¿Es razonable, comprensible y teológica- mente admisible –se pregunta Máximo García– que Dios mantenga diálogos más o menos coloquiales con los hu- manos?”.[1] El teólogo católico Andrés Torres Queiruga dice que “la revelación es real no porque Dios tenga que `entrar en el mundo´, irrumpiendo en sus me- canismos, físicos o psicológicos, para hacer sentir una voz milagrosa; es real porque él está ya siempre `hablando´ en el gesto activo e infinitamente ex- presivo de su presencia creadora y salvadora.[2]
Pero, independientemente de la manera en que haya hablado Dios a los seres humanos, el lector de la Biblia atento percibe también que Dios hoy ya no se comunica así.
¿Un Dios silente?
Desde la época de los últimos escritos canónicos (del Nuevo Testamento), ni Dios, ni Jesús, ni el Espíritu Santo, ni los Ángeles nos hablan ni nos dicen nada (a la manera “locuaz” de los relatos bíblicos). Silencio total durante dos milenios. Ante este notorio silencio se dice que hoy Dios nos habla por medio de “su Palabra”, la Biblia. ¡Abrupto cambio de medio de co- municación que dura ya dos mil años! ¡Con lo inequívoca que era aquella manera directa de dar órdenes y man- damientos! Si Dios nos habla hoy por medio de la Biblia, como se dice, y solo por medio de la Biblia, entonces se ha quedado algo obsoleto, pues la Biblia es un conjunto de libros escritos en un paradigma social, político y re- ligioso (precientífico y mítico) muy diferente al nuestro. La Biblia, por eso mismo, no tiene respuestas para muchas preguntas que se formula el hombre del siglo XXI. ¿Cómo entender este silencio milenario de Dios, particular- mente en momentos tan cruciales por los que han pasado los pueblos y las personas, incluida la misma Iglesia