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Yo he visto el trabajo que Dios ha dado a los hijos de los hombres para

In document Renovación nº 49 Septiembre 2017 (página 75-77)

que se ocupen en él. Todo lo hizo

hermoso en su tiempo; y ha puesto

eternidad en el corazón de ellos, sin

que alcance el hombre a entender la

obra que ha hecho Dios desde el

principio hasta el fin.

R

espetemos pues la voluntad y la libertad del prójimo, amé- mosles con toda el alma, pres- témosles ayuda sin condiciones. Amigos míos del camino, no podemos ser tan cansinos en el trato con las per- sonas, intentando que se conviertan en cristianos aquellos que no lo son, exas- perando la paciencia de los que nos co- nocen y aun así no desean venir por nuestras iglesias. Si decimos que tene- mos libertad, permitámosle esa misma libertad a ellos. Que alguien se salve o no, no depende de nuestro machaqueo, depende de la obra del Espíritu Santo en la vida de las personas, no en ti o en mí.

Pensemos que quizá sea por ese erre que erre continuado por el que huyen de nuestra presencia, se alejan disimu- ladamente cada vez que les sacamos el tema de la salvación y de la iglesia. Es posible que no vean en nosotros ese ejemplo que tenemos que dar y que observen como se nos va la fuerza por la boca, no por el corazón. Somos mu- chos los que tenemos en la cabeza que la salvación o la condenación de al- guien está en nuestras manos, quitán- dole así toda la importancia a nuestro Señor, que es el que da las ganas y la necesidad de acercarse a él.

Por otro lado juzgamos. Decidimos quien es y quien no es salvo, cuando eso sólo es él quien lo sabe. Respete- mos pues la voluntad y la libertad del prójimo, amémosles con toda el alma, prestémosles ayuda sin condiciones, no como algunos que hacen favores obligando a los beneficiados a tener que asistir a la iglesia o aceptar al Señor por la fuerza, bajo presión, sim- plemente por la necesidad que tienen

de recibir ayuda. Cuántas veces se quejan de nuestra pesadez, aborre- ciendo lo que nos sale por la boca, co- rriendo, como sabemos, hacia otro lado en cuanto nos ven venir. No, esto no puede tener nada que ver con el versículo que dice que prediquemos la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo, 2 tim 4,2, tampoco con el que dice y seréis odiados por todos a causa de mi nombre, Mt 10,22, algo que nos gusta contar compungidos cuando al- guien, harto ya, nos manda a hacer pu- ñetas. No puede tener nada que ver, porque el Señor no puede estar con- forme en moler a nadie, ni en que se tomen trocitos de versículos para jus- tificarnos delante de él y de los hom- bres.

Así que descansemos de esa responsa- bilidad tan grande que nos hemos im- puesto de salvar a otros porque los consideramos perdidos y vivamos como Dios nos manda a nosotros, no a ellos.

Abandonemos todo el montaje que existe enfocado a esta causa, amigos, y dejemos de dar la matraca con nues- tro convencimiento de que depende de nosotros que esas personas entren a formar parte del reino de los cielos. Ni el sembrar las aceras con tratados, ni bloquear a nadie el paso en las aceras, ni fastidiar en el lugar de trabajo, ni a los vecinos. Pongamos nuestro tesón no en convertir a nadie al cristianismo sino en mejorarnos a nosotros mismos, en parecernos cada día más al Señor, en que cuando nos miren y vean como vivimos quieran amarle también, no a nosotros. Dejemos que él haga lo demás. La obra es del Señor y la liber- tad de elección pertenece a las perso- nas. R

NO ESTÁ EN TI

NI EN MÍ

PROTESTANTE DIGITAL

Isabel Pavón

Escritora y parte de la Junta de ADECE (Alianza de Escritores y Comunicadores Evangé- licos). Más artículos de la autora: sentircristiano.com

L

a elección de Judas por parte de Jesús de Nazaret es un mis- terio incomprensible para mu- chos. Abrirle las puertas del grupo de sus íntimos, compartir con él las es- trategias de su proyecto para Israel, confiarle la bolsa de los dineros parece un error que no cuadra con la inmensa perspicacia de la que Jesús hace gala tantas veces. ¿Cómo es posible que el nazareno se equivocara tanto con el Iscariote?

La propia pregunta traiciona una con- creta manera de entender a Jesús de Nazaret y la encarnación divina que él supone para los cristianos. Como si hubiera sido un hombre con superpo- deres, a quien no se podía engañar porque era capaz de ver el futuro, o de leer de forma sobrenatural el pensa- miento de la gente. No creo que el Maestro fuera así. Si era la verdadera y completa encarnación de un Dios que se vació a sí mismo —kenosys—

para convertirse en un hombre cual- quiera, ¿dónde quedan esos superpo- deres que algunos le atribuyen? La perspicacia, la inteligencia, la sensibi- lidad o el estar atento a la forma de ser de la gente para descubrir cómo son, sí son prerrogativas humanas. No la telepatía o la presciencia.

Pero además... ¿y si no se equivocó en la elección? ¿Y si cuando Dios puede escoger, escoge a los peores para que sus vidas transformadas por el amor hagan innecesarias las palabras del mensaje? ¿Y si la propia elección de esos discípulos precarios, inconscientes, tercos como mulas, fuera el principio de lo que significa el Reinado de Dios en la existencia humana? Hombres y mujeres por los que nadie hubiera apostado y que, bajo la influencia del nazareno, se convierten en el inicio del cristianismo.

Quizá hoy pase lo mismo... R

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