En uno de los Estados Americanos existe una ley por la que es ilegal que un marido bese a su esposa en domingo. Evidentemente, nadie le hace el menor caso, porque no hay modo de forzar a cum- plirla y sólo implica a las partes concernidas. Pero son muy dife- rentes las leyes que implican grandes intereses comerciales. Un beso no es un bien manufacturable pero sí lo son los sueros y las plantas de radio... y ahí está el problema. Al puro de corazón, lo que significa que no es egoísta es altruista y no está comercialmen- te mentalizado, le resultará sin duda una curiosa ironía el que el tratamiento ele determinadas enfermedades supuestamente incura- bles sea ilegal salvo para aquellos que no las pueden curar. Esto, evidentemente, está destinado a "proteger al público". Pero el hom- bre lógico podrá preguntarse ¿proteger al público de qué o de quién? Suponemos que de las personas que fraudulentamente afir- man que curan lo que saben perfectamente que son incapaces de curar, y que simplemente comercian con la inocencia y la ignoran- cia. Esa ley tiene sus ventajas, pero también sus desventajas. Pero resultaría más convincente si las medidas adoptadas por la profe- sión médica, que tanto hizo para que las leyes se decretaran, 1) sirvieran para proteger las vidas de aquellos a quienes dicen prote- ger, y 2) si estas medidas no fueran de naturaleza tan lucrativa. Las operaciones de cáncer son mucho más costosas para el paciente que unas cuantas hierbas relativamente inocentes vendidas por los char- latanes (algunas de las cuales se sabe que sientan bien), y una plan- ta de radio es costosa para los compradores y muy provechosa para los vendedores, como lo es el propio radio. Ya hemos visto que muchos doctores, de las escuelas tanto alopática como homeopáti- ca, han advertido a sus colegas contra los insatisfactorios resultados obtenidos por la cirugía y el radio, pero no han producido un efecto
apreciable, pues se sigue proponiendo el radio o la cirugía como los tratamientos "correctos" para la malignidad.
No obstante, a veces los doctores se encuentran en un apuro, y se conocen casos en los que han acudido a la heterodoxia cuando se trataba de salvar a un familiar. El Dr. W. H. Roberts (homeópata) escribió que un cirujano alopático del R.A.M.C. fue a verle en rela- ción con su hermana, de 47 años, que tenía un tumor en el pecho del que no podía ser tratada (tal como aconsejaba un prominente cirujano de Dublín) por tener una enfermedad cardíaca. El cirujano añadió: "No sé nada de homeopatía... pero está usted en libertad de probar sus remedios." El resultado fina} fue que el Dr. R. la curó. No hubo recurrencia y vivió 17 años más, muriendo finalmente de una enfermedad tipo gripal. (Véase Health Through Homeopathy, julio de 1944). La literatura homeopática relata muchas de las curas de cáncer, algunas más rápidas que otras, y se esté de acuerdo o no con los métodos homeopáticos, al menos el paciente evita el riesgo de tener que sufrir los efectos secundarios tan frecuentemente aso- ciados con el tratamiento de radio, cirugía o ambos. Pero por fortu- na algunos doctores se sienten ahora tan decepcionados por los resultados pasajeros y dolorosos de esos tratamientos que están deseando probar otros métodos en beneficio de sus pacientes. Y a esos doctores me dirijo, así como a los pacientes, pues tengo muy buenas razones para creer que podrían beneficiarse mucho del tra- tamiento descrito en este libro. Al fin y al cabo, las cosas no han llegado al punto en que un doctor cualificado se vea obligado a emplear el método preciso que los Poderes Médicos anuncien co- mo el "mejor" (aunque en el último capítulo dirá algo sobre la au- tocracia médica). Tampoco obliga la ley al ciudadano a ser operado o quemado con radio en contra de su voluntad. Pero tal como han señalado el Dr. Beddow Bayly y otros médicos de diversas escue- las, ¿cómo se va a exigir al público otros medios de tratamiento a menos que sepa que dichos tratamientos existen? Cuando la profe- sión médica aboga por ciertas medidas, como cuando abogaba por la sangría para toda enfermedad imaginable, se hace poca mención de sus numerosos fracasos y de los frecuentes resultados fatales, y sólo cuando el público se entera de éstos al oír las amargas expe-
riencias de las víctimas hay una demanda de algo mejor. Hay oca- siones en las que un dolor admite la superioridad de un tratamiento pero se abstiene de utilizarlo, como atestigua la confesión de un cierto doctor con relación a la bioquímica, sobre la que dijo ante un juez de primera instancia "La bioquímica es el método más actual y lógico de tratar la enfermedad ... Pero los doctores como somos excesivamente conservadores y nos adherimos al viejo método hasta que las circunstancias nos obligan a abandonarlo" (obviamen- te por la demanda del público) "adoptando un sistema de medica- ción más nuevo y mejor". (Citado por J. T. Heselton en Health
Thyself, julio de 1937.)
A la vista de todo esto, nos vemos obligados a repetir las pre- guntas planteadas por C. Fraser Mackenzie, CI.E.: "¿Está destinada la profesión médica al beneficio de la nación, o los ciudad,)nos al beneficio de los doctores." La respuesta, sigue diciendo, " es a fa- vor de la nación, siempre que los doctores sean generosamente tratados"... Totalmente de acuerdo y yo soy el último en desear que los doctores no sean tratados justamente, incluso aunque en última instancia me vea obligado a curarme con mis propios métodos. Pero tal como están las cosas por el momento, parece como si el paciente existiera en beneficio de los doctores. Cabría preguntarse, ciertamente, por el número de pacientes que han muerto mientras los doctores se preocupaban por la etiqueta médica.
No hemos de detenernos por ello, sin embargo. La cuestión es cómo enfrentarnos al problema del paciente que ha dejado de creer en los métodos ortodoxos y está dispuesto a probar la terapia de la orina. ¿Debe prescindir o no de los servicios del doctor? Desde casi todos los puntos de vista considero que no debe prescindir de los servicios de su consejero médico. No hay razón práctica por la que el descubrimiento, o mejor el redescubrimiento, de la terapia de la orina debe "privar al médico de su pan" , aunque es un asunto que afecta totalmente a cada doctor individualmente. Este libro le pone en posesión de los hechos, y si, tras solicitárselo un paciente, se negara a supervisar un ayuno de orina, no se me puede condenar a mí por ello. No es la primera vez que un paciente sugiere a su mé- dico el tratamiento particular que desea intentar, y si de él obtiene
resultados espectacularmente beneficiosos, tanto mejor para la fa- ma del doctor.
Por otra parte, un doctor puede servir de amortiguador de las interferencias bien intencionadas, pero obstructivas y fatigosas, de los parientes ansiosos, pero a menudo ignorantes y llenos de pre- juicios, que no sólo tienen miedo de lo peor, sino también de las formalidades y la publicidad.
He de dar, no obstante, una nota de advertencia. Si a pesar de mis afirmaciones un doctor cree que puede combinar el ayuno de orina con los medicamentos el resultado será un fracaso. Ya hemos visto que la terapia de orina es una cura de la naturaleza en el sen- tido más literal del término, y emplear al mismo tiempo medidas que son contrarias a la naturaleza no sólo sería totalmente ilógico, sino incluso peligroso. Sé esto por experiencia, no porque yo haya interferido el trabajo de la naturaleza, sino porque lo han hecho otros en cuanto me he vuelto de espaldas. Por tanto, creo sincera- mente que se debe seguir esta advertencia. Pero siempre que se siga, vuelvo a repetir que la supervisión de un doctor es deseable desde muchos puntos de vista. El doctor no tiene que sentir ningún remordimiento ni una rebaja de su dignidad sólo porque esta tera- pia sea el resultado de los experimentos de un profano. Cualquier médico que conozca la historia de la medicina sabe también la gran contribución que han tenido los profanos. Incluso el adulado Pas- teur, quien hizo "más que nadie por la comercialización de la me- dicina" era un químico, no un médico. También debo mencionar la hidroterapia, y el hecho de que los doctores no piensan que rebaje necesariamente su dignidad el asociarse con un establecimiento hidropático. Por tanto, soy lo bastante optimista para pensar que en un tiempo no muy lejano habrá establecimientos en los que los pacientes sean tratados con la terapia de la orina, en los que haya un grupo de enfermeras para cuidarles y darles los masajes de ori- na. (¿Por qué va a estar la gente destinada a morir de gangrena y otras dolencias supuestamente incurables cuando es posible la sal- vación?) La terapia de la orina no impedirá nunca el trabajo de profesionales. Pensemos en el caso de las instalaciones sanitarias, que tal como señala Are Waerland fue introducida por profanos
"frente a las dentelladas de la hostilidad apasionada de la profesión médica, que veía amenazados sus intereses"; pero las instalaciones sanitarias no son contrarias a la creación de trabajo, y hoy en día los doctores están a su favor con la misma pasión que en otro tiem- po estuvieron en su contra. En realidad, todas las reformas y cam- bios amenazan intereses, pero al final los asuntos se ajustan. Pero una vez dicho todo esto, ¿es justo que los intereses creados interfie- ran en el bienestar físico de la gente? Si pudiera pensar honesta- mente que los diversos aparatos, creadores de beneficios económi- cos, que están hoy en el mercado fueran realmente un medio de mantener la salud en lugar de meros paliativos, con frecuencia en- gañosos, sería el primero en alabarlos ¿Pero, qué interés voy a te- ner en desprestigiarlos, puesto que no tengo nada que vender? La gran ventaja de la terapia de la orina es que no cuesta nada y la pueden utilizar por igual pobres y ricos. Un gran número de perso- nas sin dinero se están tratando ahora con esta terapia en sus pro- pias casas, con la amable asistencia de parientes que les dan las frotaciones, y el tratamiento no les cuesta una peseta. Por otra par- te, las clínicas en las que se practicase la terapia de orina supervi- sada por doctores serían muy útiles para aquellos que pudieran permitirse pagar tales instituciones.