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Alicia Castillo*

In document Introducción. Arturo Argueta Villamar (página 69-86)

Introducción

Un atributo de la humanidad en el reciente cambio de siglo es la ca- pacidad para transferir información en la escala planetaria. No es sólo la existencia de la Internet, sino también la multiplicación de opciones en los medios masivos de comunicación y el aumento de las capacida- des de movimiento de personas por todo el orbe, lo que hace pensar que la comunicación entre los grupos humanos es cada vez mayor. Sin embargo, el avance tecnológico en las comunicaciones no ha signifi- cado necesariamente que esta conexión planetaria conlleve beneficios para los distintos grupos humanos y que la información que se gene- ra sea compartida de forma equitativa entre todos los miembros de la especie. Las diferencias socioculturales entre las naciones y entre grupos al interior de éstas, así como la dominación económica y po- lítica de algunos países, impide el acceso a la información y por ende, las posibilidades de utilizarla. También existen problemas serios en el manejo de información, cuya consecuencia es que a pesar de que existan los conocimientos requeridos para la solución de innumerables

1 Agradecimientos. Es importante agradecer a todas las personas que durante varios años nos han compartido sus visiones a través de numerosas entrevistas reali- zadas en la Comunidad Indígena de Nuevo San Juan Parangaricutiro, Michoacán y los ejidos de la región costera de Jalisco. Asimismo, se agradece el apoyo financiero de los proyectos PAPIIT-UNAM IN304308 y Conacyt 50955.

* Investigadora, Centro de Investigaciones en Ecosistemas, UNAM, Campus Morelia.

problemas, éstos no se dan por fallas y debilidades en los sistemas de producción y uso del conocimiento.

Después de la segunda guerra mundial, como parte de los pro- gramas de reconstrucción de los países devastados, de los programas de apoyo en países considerados subdesarrollados, fue necesario tra- bajar en la transferencia de recursos, tecnología y conocimientos. Los fracasos en muchos programas propiciaron el análisis de esos obstácu- los para que los conocimientos generados y la información existente se utilicen en la resolución de los múltiples problemas que aquejan a las sociedades humanas (Beal et al., 1986).

La investigación científica constituye una actividad humana cuya mecánica de pensamiento genera conocimientos para entender el Universo donde existimos, así como para resolver los problemas a los que nos enfrentamos como sociedades. Sin embargo, incluso en los países industrializados y con mayor poder económico, se reconoce una incapacidad para incorporar mecanismos dentro de los sistemas cien- tíficos que permitan el uso eficiente del conocimiento. Los resultados de investigaciones costosas han sido y continúan siendo subutilizados. La falta de entendimiento sobre cómo y en qué forma debe presentarse la información a usuarios potenciales, ha impedido que conocimientos disponibles sean aplicados en la resolución de problemas. Un aspecto crucial es que mientras no haya comunicación continua e interactiva entre aquellos sectores que generan conocimiento y sus usuarios, no es posible utilizar dicho conocimiento. En los estudios sociales de la ciencia, el análisis de estos problemas comienza a tener auge y se tra- baja en áreas como la investigación en desarrollo agrícola y la difusión de innovaciones, para entender cómo el conocimiento es generado, verificado, transformado, trasferido, recibido y utilizado (Havelock en Beal et al., 1986; Van den Ban y Hawkins, 1996; Rogers, 2003). Los análisis en la investigación agrícola han sido enfáticos sobre la impor- tancia de implicar a los usuarios en los procesos de generación de co- nocimientos, si se busca que el conocimiento sea útil en la resolución de problemas (Chambers et al., 1993; Scoones y Thompson, 1994).

En relación con la problemática ambiental, el papel de las ins- tituciones de investigación científica es tema de debate al aceptar la relevancia de contar con la mejor información posible para la toma

de decisiones, y discutir al mismo tiempo la pertinencia de lo que se investiga en ciencias ambientales; asimismo, reconocer múltiples de- ficiencias en las capacidades institucionales e individuales de los cien- tíficos para comunicarse y trabajar con sectores sociales no científicos (Toledo y Castillo, 1999; Castillo, 2000 a, b). En este contexto, el ob- jetivo central del presente capítulo es examinar la interacción entre la ciencia (sus instituciones, actores y productos) y sectores no científi- cos de la sociedad, particularmente el de los campesinos, porque ellos constituyen una porción en la toma de decisiones relacionadas con el manejo de tierras y ecosistemas.

El papel de la ciencia en la problemática ambiental

En las dos últimas décadas, instituciones de investigación y socieda- des científicas alrededor del mundo, así como grupos particulares e inclusive investigadores renombrados en las múltiples disciplinas rela- cionadas con la problemática ambiental, han llamado la atención sobre la importancia de tomar en cuenta los resultados de la investigación para la toma de decisiones (Ehrlich, 1989; 1997; Endter-Wada et al., 1998). Asimismo, se ha destacado la necesidad de organizar las agen- das de investigación con la participación de los posibles usuarios de la información para solucionar problemas particulares (Costanza, 1993; Funtowicz y Ravetz, 1991).

La ecología es una disciplina de las ciencias naturales, de la que se ha esperado una contribución importante para la resolución de la problemática ambiental. Esta ciencia remonta sus orígenes al siglo XIX, cuando se pasó de la colecta de información sobre la historia na- tural de las especies, al entendimiento de las interacciones entre éstas y su ambiente circundante (Begon et al., 1986). En 1913 y 1915 se crean las Sociedades Británica de Ecología y la Americana Ecológica (de los Estados Unidos) respectivamente. Desde sus inicios, estas sociedades crearon las que hasta hoy en día se consideran las principales revistas científicas de la disciplina: el Journal of Ecology, de la sociedad británica (1913) y la revista Ecology, de la sociedad estadounidense (1920). Es en estos medios de comunicación donde se validan gran parte de los

resultados de investigación en la disciplina, y donde se determinan los temas que se consideran relevantes, además de dictar los tipos de pre- guntas que se abordan en una gran proporción de instituciones cien- tíficas alrededor del mundo y las formas de conducir la investigación ecológica. Es el caso, por ejemplo, de la investigación ecológica que se realiza en la región de Latinoamérica (Toledo y Castillo, 1999) y sobre la cual se discute más adelante.

Desde sus inicios, dichas sociedades científicas reconocieron la importancia de relacionar los estudios en ecología con sus aplicacio- nes prácticas, principalmente alrededor de las actividades productivas como la agricultura, la ganadería y el manejo de recursos naturales (agua, suelos y recursos forestales). En distintos tiempos, ambas so- ciedades crearon revistas sobre lo que llamaron ecología aplicada. En el caso de la revista británica The Journal of Applied Ecology (1964) se manifiesta reconocer que “la ecología es ampliamente utilizada en si- tuaciones de interés económico y social para la humanidad y que éste es el contenido de la ecología aplicada, la cual constituye el propósito de la nueva revista” (Bunting y Wynne-Edwards, 1964: 1). En esta editorial se resalta, asimismo, que la distinción entre la ecología básica y la aplicada se hace solamente por razones de conveniencia y no de mérito o estatus científico. Se señala que la ecología aplicada intenta brindar recomendaciones para la acción y se espera que los trabajos que se reciban en la revista sean de corte experimental y cuantitativo, para asegurar el rigor de las prácticas y recomendaciones brindadas.

En 1996, cuando la revista cumple 30 años, los nuevos editores se dieron a la tarea de examinar qué tanto la información publicada en la revista influía en las prácticas de manejo y en la formulación de políticas ambientales. Después de una revisión detallada de una mues- tra representativa de artículos, los editores identificaron que, aunque la proporción de artículos que se incluían eran explícitamente objetivos aplicados de las investigaciones y con el tiempo aumentaba esta pro- porción, la mayoría de éstos carecían de indicadores sobre aplicaciones prácticas de las investigaciones y no proveían de recomendaciones cla- ras para el manejo (Pienkowsky y Watkinson, 1996). La publicación de este autoanálisis constituyó un paso importante en el cuestionamiento sobre el papel desempeñado por la ecología aplicada en la solución de

problemas relacionados con el manejo de recursos naturales. Ante tal situación, la reacción de la revista ha sido continuar en la revisión de lo que se recibe de los investigadores y lo que finalmente se publica. En 1999, volvieron a realizar un análisis de los artículos publicados en ese año y se concluyó que de 84 artículos publicados, todos contenían in- formación “de valor directo” para el manejo ambiental y que 46% de los artículos daban recomendaciones explícitas para el manejo (Ormerod et

al., 1999: 847). Otra conclusión de este análisis afirma que la mayoría de

los trabajos evaluaban los impactos de las actividades humanas sobre los ecosistemas pero muy pocos sobre los efectos de los organismos en los humanos. Además, se resaltó que casi ninguno de los estudios utilizaba los análisis de los impactos antropogénicos para el desarrollo de teoría ecológica, lo que mostraba que esa área debía desarrollarse. La reflexión final refuerza el valor de la ecología aplicada e invita a los investigadores a producir información aplicada para la solución de problemas. En una editorial más reciente, Freckleton et al. (2005) identifican un incremen- to en el número de artículos publicados en la revista y el aumento en su impacto desde el punto de vista científico. No obstante, reconocen tam- bién la gran importancia de que la información producida pueda llegar a audiencias específicas, particularmente las relacionadas con el manejo de ecosistemas y recursos naturales, los responsables de la formulación e implantación de políticas públicas, así como el público en general. La revista promueve actualmente la difusión de artículos considerados como clave, en medios masivos impresos de habla inglesa.

Por otro lado, es importante también reseñar los trabajos realiza- dos por la Sociedad de Ecólogos de los Estados Unidos. Al reconocer el aumento vertiginoso de los problemas ambientales, particularmente los ecológicos relacionados con la destrucción de los hábitats, la pérdi- da de biodiversidad, la erosión de suelos, la contaminación de acuíferos y cuerpos de agua, por señalar algunos, esta sociedad solicitó a una co- misión formada por una larga lista de ecólogos renombrados, trabajar en una propuesta que priorizara los temas y preguntas de investigación en ecología y que sirvieran de guía tanto para el avance de la disci- plina, como para disminuir el deterioro de los ecosistemas y permitir que éstos mantuvieran sus capacidades para sustentar las necesidades de la población humana. Como resultado del trabajo de este grupo de

expertos, en 1991 se publicó la Iniciativa para una biosfera Sustentable (Lubchenco et al., 1991). Este documento de 41 páginas, establece que para lograr sus metas, es necesario: 1) generar información ecológica básica, 2) comunicar el conocimiento obtenido a los ciudadanos y 3) incorporar el conocimiento a las políticas y la toma de decisiones en el manejo de ecosistemas y recursos naturales. A pesar de esta interesante propuesta, el documento solamente ocupa sus últimas cuatro páginas para abordar los asuntos relacionados con la comunicación y el valor educativo de la ciencia ecológica y la importante tarea de establecer conexiones con la toma de decisiones sobre manejo. Se describe que para que el conocimiento ecológico sea comprensible a los ciudadanos y a los tomadores de decisiones, éste debe estar en formatos accesibles y ser necesaria la construcción de nuevas estructuras institucionales para lograr estas tareas. El grupo de ecólogos acepta que es primordial crear programas de posgrado interdisciplinarios que impliquen otros temas indispensables para el entendimiento de la biosfera. Aunque este re- porte se considera un parteaguas en la investigación ecológica realizada en los países industrializados anglosajones, es clara su debilidad para proveer propuestas que conecten la investigación ecológica con la toma de decisiones. Cabe reconocer, no obstante, que la sociedad científi- ca ha continuado publicando reportes muy interesantes sobre tópicos específicos como el manejo de ecosistemas (Christensen et al., 1996; Mangel et al., 1996). Además, un informe donde se destaca nuevamen- te la importancia de que los conocimientos generados en ecología sean útiles para el manejo, conservación y restauración de los ecosistemas. En este documento se subraya la necesidad de que los ecólogos y sus instituciones formen alianzas mediante las cuales la información eco- lógica nutra la toma de decisiones pero también sea capaz de recibir propuestas para un cambio dentro de la propia ciencia, para permitirle participar en la construcción de soluciones (Palmer et al., 2004).

En relación con el desarrollo de la ciencia ecológica en otras regiones, cabe señalar que esta ciencia vio su origen hasta mediados del siglo XX en la región latinoamericana, y su desarrollo ha sido con- siderablemente más lento, por lo que las comunidades de ecólogos son pequeñas a pesar de que en esta región se encuentran varios países contemplados como los de la mayor diversidad biológica, entre és-

tos: México, Colombia y Brasil (Toledo y Castillo, 1999). En México, hacia finales de la década de 1990, se estimaban menos de 500 in- vestigadores dedicados a la ecología, la mayoría distribuidos en cinco instituciones. Un análisis sobre qué proporción de sus trabajos eran de carácter aplicado, reflejó que eran aproximadamente 50% de éstos, lo cual es un buen indicio de la contribución de esta ciencia hacia la bús- queda de estrategias sustentables de manejo de ecosistemas y recursos naturales (Castillo y Toledo, 2000).

La comunicación de la ciencia ambiental (socio-ecológica) La generación, diseminación y uso del conocimiento son procesos con- siderados como cruciales para el desarrollo de las sociedades humanas (Beal et al., 1986). La investigación científica es una importante fuente de obtención de conocimiento para la solución de problemas. Sin em- bargo, una seria dificultad que ha enfrentado desde sus orígenes es que gran parte de su producción se acumula en bibliotecas y en los circuitos de comunicación de las propias instituciones científicas, por lo que no es compartido ni utilizado por sectores no académicos de la sociedad. Retomando el caso de la ecología como ejemplo, se estimaba que en la década de 1980, existían alrededor de 17,000 ecólogos en todo el mun- do y que la producción científica era de 10,000 artículos de ecología por año y 25,000 artículos más, donde la ecología era un tema secundario (Golley, 1991). Para épocas más recientes, Hochberg (2003) señala que en la década de 1993 a 2003, el número de revistas de ecología había au- mentado 10% y que todas ellas contenían muchas más páginas. Lo an- terior da cuenta de la enorme cantidad de información que se produce y, como ya se ha mencionado, la preocupación es la utilización pobre que se hace de ésta. Es necesario reforzar los mecanismos que promuevan y faciliten el uso del conocimiento científico para la solución de los múl- tiples problemas que afectan a las sociedades. No saber sobre el tipo de información que se requiere ni cómo esta información debe presentarse a los diferentes posibles usuarios, ha resultado en una escasa utilización del conocimiento científico. Se identifica la necesidad de indagar so- bre la naturaleza del conocimiento científico y cómo este conocimiento

puede transformarse y adaptarse a distintos usuarios y evaluar las nece- sidades que éstos tienen con respecto a información científica.

Una revisión de la literatura sobre la diseminación y utilización de conocimiento (NCDDR, 1996) señala entre las posibles causas el enfoque unidireccional, de arriba hacia abajo, que se ha utilizado. En éste se espera que la investigación proporcione resultados que sean tras- feridos hacia los usuarios para que los aprovechen. La noción del cono- cimiento como “una cosa” que puede ser movida de un lugar a otro para su uso es ampliamente criticada. La revisión concluye que la utilización de conocimiento para la solución de problemas es un proceso complejo, transaccional y fuertemente determinado por los conocimientos pre- existentes, las creencias y experiencias de los usuarios potenciales.

Una de las áreas donde se han desarrollado numerosos traba- jos es el campo de la investigación y extensionismo agrícolas. A par- tir del análisis y crítica a experiencias unidireccionales para difundir innovaciones en la agricultura, donde la llamada revolución verde es un ejemplo ampliamente examinado, se propuso la construcción de modelos de trabajo en múltiples direcciones entre aquellos implicados en la investigación, los extensionistas o responsables de la disemina- ción de información y los agricultores. Se planeó trabajar con un enfoque de sistemas de información en el cual las agendas de investigación se priorizaran con respecto a los problemas de los agricultores, donde los extensionistas tuvieran un papel de educadores y agentes de cambio, y no sólo de transmisores entre los sectores investigación y productores. La comunicación, entendida como el proceso a través del cual los indi- viduos o grupos humanos comparten significados, se identifica como la principal herramienta de los sistemas de información (Röling, 1990).

Otro aspecto relevante en el análisis de los procesos de genera- ción, comunicación y utilización del conocimiento es que éstos ocurren en espacios socio-culturales determinados y consecuentemente, está sujeto a procesos de interpretación. Se acepta que la idea de realidad no existe separada de los procesos subjetivos de los actores sociales y, por ende, está sujeta a la existencia de posibles conflictos cognitivos entre las múltiples realidades (Adams et al., 2003). En los procesos de generación, comunicación y utilización de conocimiento, cabe pre- guntarse cuáles interpretaciones o modelos de realidad de los distintos

actores (investigadores, extensionistas, agricultores, políticos, empre- sarios) prevalecen y bajo qué condiciones ocurre esto (Long y Long, 1992). En este sentido, se proponen como espacios para la construc- ción social del conocimiento los encuentros entre los distintos actores y debe reconocerse que las diferencias de poder entre éstos desempe- ñan un papel crucial en los procesos de comunicación y utilización de conocimiento (Leevwis et al., 1990). Se aconseja el desarrollo de pers- pectivas de investigación con enfoques orientados hacia los actores para lograr entendimientos profundos en las interacciones entre éstos, así como para diseñar mejores estrategias de intervención social, como es la participación de las instituciones de investigación en la solución de problemas ambientales.

De acuerdo con las ideas revisadas hasta aquí, a continuación se presenta brevemente un estudio de caso realizado en la Comunidad de Nuevo San Juan Parangaricutiro, Michoacán en el cual se analiza una interacción de trabajo colaborativo entre un grupo de investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la co- munidad (ver Velásquez, A. G. Bocco y A. Torres (compiladores). Las

lecciones de San Juan en el manejo de recursos naturales). Después de éste,

se describen algunos de los trabajos llevados a cabo y en proceso, en la región costa sur de Jalisco.

Comunicación entre científicos y una comunidad indígena forestal

La comunidad indígena de Nuevo San Juan Parangaricutiro es reco- nocida nacional e internacionalmente por el manejo sustentable que hacen de sus bosques. Además de la sólida organización que tienen como comunidad indígena, en la actualidad poseen una empresa fo- restal comunitaria que da trabajo permanente a alrededor de 900 per- sonas, genera más de 200 empleos indirectos y más de 8,000 personas dependen de una u otra forma de su existencia (Velázquez et al., 2001). En 1994, debido al Tratado de Libre Comercio de América del Norte, la empresa se vio en la necesidad de diversificar sus opciones producti-

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