MaRía RoSa Palazón MaYoRal
dar la delantera a lo bello necesitamos depurarnos, suprimir, pulirnos hasta adornarnos como una unidad que practica estos dones por amor a la virtud, es decir, por el bienestar colectivo y personal. Tal armonía pulimentada se ha simbolizado con Prometeo, Cristo y don Quijote, entre otros. Comparativamente con estos símbolos, cada ser humano falla más o menos, aunque el ejemplo de los magnánimos “es la ge- nialidad moral”; la voz interior cuyo saber inmediato es la intuición divina; su saber “es la divina fuerza creadora que tiene en su concepto la vitalidad”,1 que lleva la gracia que los incita a que actúen bajo el
impulso de “su propia divinidad”2 bajo la recóndita e inmediata vida
positiva, buena y bella.3 Se trata de la cúspide en que se cumple el saber
de sí y “el cambio” hacia un sí mismo4 que se sabe una “singularidad
en continuidad con lo universal”.5 Es el yo que domina su contrario;
es la pureza de un sentido colectivo perfecto que opera siempre bajo la máxima de que su acción puede elevarse a ley universal. El “ser allí del yo extendido hasta la dualidad [... es] igual a sí mismo, y tiene la certeza de sí mismo en su perfecta enajenación y en su perfecto contrario —es el Dios que se manifiesta entre quienes se saben como el puro saber”.6
Sólo los dioses realizan sin falta los deberes universales o ley del corazón. Este bien divino también lo posee en menor escala la huma- nidad; sin embargo, algunos lo truecan en una infatuación absurda que los arroja fuera de sí; se mueven por la pleonexía (Aristóteles): quie- ren todo para sí; humillan y oprimen muchas veces para resarcirse de alguna agresión que latigueó a sus caballos blancos y se adueñó de sus caballos negros. Hegel ilustra con las políticas de los sacerdotes fanáti- cos, y los déspotas orgiásticos y sus lacayos, quienes por las migajas de poder llegan a ser rastreros y corruptos: desvaríos que muestran cómo los dones de su propia individualidad les son ajenos, fortuitos. Bajo la
1 G. W. F. Hegel, Fenomenología del espíritu. Trad. de Wenceslao Roces y Ricardo Guerra, 14a. reimp. México, fce, 2003 (Sección Obras de Filosofía), p. 382.
2 Idem. 3 Idem. 4 Ibid., p. 391. 5 Idem. 6 Ibid., p. 392.
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égida de los caballos feos, el individuo proclama las leyes negativas de su corazón como los supuestos universales de la sociedad. Su fin es el reconocimiento público: locura de lo invertido que se resiste a que exista el otro valioso. Hegel contrasta, pues, la bondad o las leyes del corazón con los caballos feos que se pretenden universales: su yo, creen, es lo único importante; lo demás, nulo. Tal pérdida de facultades o demencia generalizada y furiosa iguala el orden público a los intereses pequeños, enanos de querer “ser reconocido”.7 Tales individuos son un
sí mismo vacío de sustancia ético-moral, una realidad abstracta alejada de la sociabilidad comunitaria; olvidan las medidas que benefician a la comunidad también lo hacen con su persona. La cultura bella es conexión; quien la lleve a término obtendrá el goce que le proporcio- na reconocer interiormente que su praxis manifiesta consistencia y existencia. La buena intención llega a realizarse sin la antinomia de cumplir el pseudo-deber político de moda, que el feo cambiará según cambie el viento del poder. El individuo de sensibilidad hipócrita es propenso a ser valido de las cimas poderosas. Es, pues, quien repite, no crea para los demás. Es quien se presenta como bueno e idealista, mientras esconde su contraposición entre lo universal y sus particula- res y minúsculos intereses: se disfraza con las ideologías y acciones universales, se las abroga como propias, con el objetivo de obtener sus metas pobres, mezquinas, intrascendentes y carentes de vida. Es pura negatividad (diferente a la negación). Esto es, se apropia de lo que predican las almas bellas en su optimismo transparente hasta que destruye los mejores ideales. El malo se derrumba en este trueque de conciencia desventurada y, al menos, temerosa, porque el mundo en crisis retorna a sí como un eco.8 Sobrevive asustado de que su gloria
se manche. Huye del contacto con la realidad inmediata, renunciado a ésta supuestamente en favor de la utopía que calza como disfraz. Los malos son individuos huecos que se disuelven en el aire, o su nombre queda en las listas del dominio sucio, como en los demagógicos libros de historia. El alma humana bella, contrariamente a la fea, es veraz antítesis de la hipocresía, positividad.
7 Ibid., p. 369. 8 Ibid., p. 383.
La praxis del ser absolutamente bueno, del Sumo Bien, no está a la altura de nuestra elección, aunque sí existen acciones de individuos que parecen endiosados. Si no somos absolutamente buenos, es fac- tible pulirnos, dejar salir la ley del corazón, es decir, la interioridad que distingue lo bueno de lo malo, salvo, quizá, los casos de extremo cálculo malvado o pérdida del don sensible o estético que llevamos en nuestra alma. Es factible que la maldad se enderece cuando se confiesa honestamente: cuando sigue su “ley” afectivo-intelectual, su “ser allí y su lenguaje enuncian su obrar futuro conforme al deber reconocido”.9
la autoconciencia, el otro y el placer
El actuar según el deber que dicta el alma bella armoniza la forma y el contenido: la simplicidad de esta conciencia abarca a los otros, contiene una multiplicidad en sí, que acaba extendiéndose hacia atrás, hacia los lados (porque sus acciones se yuxtaponen) y hacia delante, por las consecuencias que espera optimistamente. Cuando la singularidad se autodetermina conforme al deber que “ata y desata”10 expresa su
“majestad”.11 Contra Freud, Hegel afirma que en los casos de arrepen-
timiento honesto y recomposición anímica “las heridas del espíritu se curan sin dejar cicatriz”.12
Hegel acota que la ley del corazón tiene algo de desvarío y puede llegar a cierta infatuación, o excesiva satisfacción de sí mismo; pero es el “el modo inmediato en el ser para sí”13 que incluye lo universal
en el orden público. En el camino de nuestra depuración, llegamos a saber que hemos establecido un contrato social (segunda máxima kantia- na) que, desde nuestra alma, toma la forma de universalidad. Recono- cerse así es saber, adicionalmente, que hemos llegado a tal superación esencial que tratamos al otro como un fin y (no sólo) como un medio
9 Ibid., p. 386. 10 Ibid., p. 378. 11 Idem. 12 Ibid., p. 390. 13 Ibid., p. 217.
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(otra de las máximas deónticas kantianas). En ese instante, el sentido del alma es “ser para el otro”,14 ser de manera tan universal15 que deja
en el pasado la simple egolatría. Actúa para el otro por un espontáneo sentido del deber que tiene en la base una certeza racional y sentimen- tal, ambas juntas, con una praxis no contaminada por la bajeza. Esta buena conciencia tiene en sí misma su para sí y concibe su verdad en la certeza de sus reacciones.
El sujeto experimenta placer de ser una conciencia independiente en busca de la unidad con otras conciencias independientes, que se han superado en su singularidad hasta obtener la unidad de sí y del otro, la tendencia a la universalidad o el espíritu comunitario. Es decir, la persona interiormente bella actúa según la intuición de su parte buena y obtiene el gozo interior, el impulso de su propia dicha (en la Grecia antigua se definía a los dioses como bellos y felices).