La perplejidad y la desaparición de la representación son dos actos que no pueden separarse desde el discurso filosófico, de hecho, no se pueden
7 Th. W. Adorno, Minima moralia. Trad. de Joaquín Chamorro. Madrid, Taurus, 1999, p. 47.
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contemplar desde ningún metadiscurso, como lo intuía Wittgenstein. El traslado que late en la sentencia de Adorno es, finalmente, el paso de la aporía socrática del saber que no se sabe nada, al saberse nada, el último estado de la autoconciencia moderna, el de la desaparición de sí misma en la figura absoluta de su aparición histórica acabada. Así, se anuncia que la querella entre los antiguos y los modernos, llega, realmente, a su fin en el relato de la Fenomenología del espíritu. No así en la Ilustración.
Kant, insisto, desparece el estatuto ontológico que tiene para los antiguos la noción de representación; a cambio, sostiene la existencia de síntesis a priori como formas lingüísticas, de hecho, en su última manifestación como formas autoconscientes del propio lenguaje.8 Esto
se observa ya desde la Crítica de la razón pura, cuando ante el enlace imposible de romper entre el “yo soy” y “el yo pienso”, Kant le da al juicio la función objetiva de mostrar la síntesis de relación: “Nunca me ha satisfecho la definición que los lógicos dan del juicio en general como la representación de una relación entre dos conceptos […] haré notar solamente que su definición no determina en qué consiste esa relación”.9 Así, frente al infranqueable decurso del pensamiento car-
tesiano, Kant no representa, una vez más, al mundo destruido por la duda metódica desde la subjetividad trascendental o divina, ni se queda, como puede ser la otra interpretación del cartesianismo, atrapado en el juego especulativo del pensamiento que se piensa a sí mismo. No,
8 Esta cita puede ejemplificar la complejidad de la idea de representación que tiene Kant: “El principio supremo de la posibilidad de toda intuición con relación a la sensibilidad era según la Estética trascendental el de que toda diversidad de la intuición está sometida a las condiciones formales de espacio y tiempo. El principio supremo de esta misma posibilidad con relación al entendimiento es el de que toda la diversidad de la intuición está sometida a las condiciones de la unidad originariamente sintética de la apercepción. Obedeciendo al primero de estos principios están todas las diversas representaciones de la intuiciones, en tanto que se nos dan, y al segundo, en tanto que sea posible reunirlas en una sola conciencia. Sin esto nada puede pensarse ni conocerse, porque las representaciones dadas, como no tienen por común a todas el acto de la apercepción yo pienso, no podrán reunirse en una misma conciencia”. (I. Kant., Crítica de la razón pura. Trad. de José del Perojo y José Rovira Armengol. Buenos Aires, Losada, 2003, pp. 278-279.)
él enlaza de forma trascendental al yo con el fenómeno pensado y así puede introducir en el sistema la única forma de apercepción trascen- dental, el lenguaje:
La diversidad dada en una intuición sensible está sujeta necesaria- mente a la unidad primitiva de la apercepción, pues sólo por ésta es posible la unidad de la intuición. Pero el acto del entendimiento por el cual la diversidad de las representaciones dadas (sean intuiciones o conceptos) se somete a una apercepción en general, es la función lógica de los juicios.10
¿Cuál es este acto del entendimiento que somete a toda la diversi- dad de las representaciones? El lenguaje, a eso se refiere Kant cuando habla de un acto, una función del logos que se cristaliza en el juicio. Desde esta perspectiva es que deben entenderse las radicales y meta- físicas afirmaciones de Kant sobre la objetividad trascendental de la lógica: “El juicio es […] el conocimiento mediato de un objeto, por consiguiente, la representación de una representación del objeto”11 y, al
referirse a la división de todos los conceptos originalmente puros de la síntesis, no duda en decir que todos se deducen de un principio común: “la facultad de juzgar, que es lo mismo que la facultad de pensar”.12
Si develamos el argumento, tendremos entonces el último momento de la modernidad: lenguaje y pensamiento son una misma sustancia; así se concibe, como sabemos, la fenomenología del espíritu, en la fusión que hacen, gracias al pleno desarrollo de la razón y la libertad, el pensamiento y el lenguaje.
¿Pero por qué este postulado kantiano no integra de forma defini- tiva al pensamiento antiguo en el saber absoluto de la modernidad; qué impide aun la concepción de toda la historia como pensamiento y lenguaje; incluso, qué detiene a Kant para desarrollar, como lo hicieran Leibniz, Spinoza o Hume, el tratado del mundo como el tratado de una ficción que llamamos mundo? Una sola cosa, al señalar que el yo debe
10 Ibid., pp. 282-283. 11 Ibid., 239. 12 Ibid., p. 247.
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acompañar a todo pensamiento, Kant hace de su filosofía del lenguaje una antropología a través lenguaje, con ello, se impide él mismo la especulación dialéctica, el acto mítico del espíritu que, acabado, narra su historia.