INCIDENTES POSTERIORES
1. El Altar de la Victoria y su simbolismo
El destino de ese altar, en el que los senadores quemaban incienso y oraban anualmente por la prosperidad del imperio, prestaban sus juramentos y prometían sumisión a cada nuevo emperador, se había convertido a lo largo de los tiempos en uno de los más vivos y simbólicos puntos de enlace entre el estado y la religión romana y, en los últimos decenios, en espejo fiel y significativo de los cambios de la política religiosa oficial.
El culto a la diosa Victoria estaba presente en Roma desde antiguo. Ya en 294 a. C. se le construyó un templo en el Palatino, como narra el historiador Tito Livio en su Ab urbe
condita (X 33, 9). Diversos tiranos y emperadores como Sila, César y Augusto la
proclamaron protectora del pueblo romano y organizaron grandes juegos en su honor. Una estatua de la diosa en la curia romana fue colocada en el año 29 a. C.
Pero cuando el cristianismo comenzó a gozar de aceptación y pasó a ser protegido por los emperadores, el papel de esta divinidad y su culto público cayeron en entredicho. Todo había comenzado cuando Constancio II entró en Roma en 357 y en el discurso que dirigió al senado ordenó que se retirara de la curia ese altar que Augusto en persona había consagrado cuatro siglos antes y desde entonces había simbolizado la estrecha unión entre el imperio romano y la religión tradicional (Amiano Marcelino, Res gestae XVI 10, 13).
Esta medida, compatible con el hecho de que el mismo emperador mantuviera los privilegios de las vírgenes sagradas, los cargos sacerdotales de los patricios y las subvenciones a los cultos paganos, no levantó ningún eco de protesta (Símaco, Informe 3, 7). Tanto es así, que el altar fue restaurado sin grandes alardes, seguramente por el emperador Juliano.
Los sucesores de éste, Jovino (363-364) y Valentiniano I (364-375), siguieron una política de tolerancia. Y, al amparo de ella, en 367-368, Pretextato, como praefectus
urbi, restauró el Pórtico con las doce estatuas doradas de los dioses del Olimpo, Porticus deorum consentium, en el mismo foro romano, procediendo así a la última dedicación de
un monumento religioso por parte de un magistrado de la que tenemos conocimiento en la ciudad de Roma.
Cuando, en 375, Graciano sucedió a su padre Valentiniano I, todo hacía suponer que su política seguiría los pasos de los emperadores anteriores, porque su tutor era Ausonio, cuyas inclinaciones hacia los ideales del paganismo eran conocidas. Pero, sobre el nuevo emperador se hizo notar la influencia de otro gran personaje de su tiempo, S. Ambrosio, quien había sido elevado a la sede de Milán un año antes.
En la pugna desencadenada entre paganos y cristianos por obtener el favor imperial en este momento, hay que decir en primer lugar —para expresarlo con palabras afines a nuestra mentalidad— que nos encontramos ante el enfrentamiento de dos totalitarismos, que reclamaban para sí el derecho a gozar de toda la tutela del poder político, a cambio de garantizar en contrapartida el bienestar público, es decir, el favor de los poderes celestiales. Estamos por tanto ante mentalidades intolerantes con sus adversarios y opuestas sin matices a cualquier pluralismo religioso.
No obstante, en aras de la verdad, hay que añadir que esta vez ambas partes se trataron de igual a igual y se comportaron con una gran dignidad, en contraste con los hechos sangrientos que habían caracterizado la historia de las persecuciones y con las recientes controversias sangrientas que se habían registrado, durante el breve intervalo que supuso el imperio de Juliano, en algunas ciudades del imperio, como Alejandría o Aretusa.
Aquí los contendientes de uno y otro bando eran altos funcionarios de la Iglesia y del Estado, exponentes de la misma capa social aristocrática, que presentan sus argumentos no sólo de modo bellamente literario, envuelto en las estrictas leyes de la retórica, sino en un tono de alta estima por la parte opuesta. No deja de ser una ironía de la historia que precisamente Símaco, el adversario más distinguido del arzobispo de Milán, hubiera sido quien recomendó a S. Agustín (Confesiones V 13, 23) que acudiera a escuchar los discursos de Ambrosio.
Pues bien, a impulsos de este último, el emperador Graciano renunció en 379 al título de Pontifex maximus, a la vez que proclamaba al cristiano Teodosio como emperador de Oriente. En el mismo año, desaparecieron los bustos del emperador situados en los lugares habituales en las fiestas de Isis, llamadas nauigium Isidis.
Todas estas medidas fueron creando una situación que se agudizó cuando en 382, el mismo Graciano suspendió los fondos con los que se mantenían hasta entonces los cultos
públicos, al tiempo que removía de nuevo de la curia el altar de la Victoria. Con esta medida asestaba un golpe definitivo a la religión primitiva, al desligarla del estado y privarla de todos sus privilegios.
Fue éste el acto que los líderes paganos interpretaron como una traición, no sólo a la religión sino a toda la tradición romana. La reacción del senado fue inmediata. Una legación encabezada por Símaco partió para Milán con la misión de solicitar del emperador la revocación de tales leyes, que por cierto no han llegado hasta nosotros en su texto original. La misión acabó en un fracaso porque Graciano, impresionado al parecer por un escrito que el papa Dámaso le hizo llegar a través de Ambrosio, en el que los senadores cristianos se distanciaban de sus colegas paganos, no los recibió (Cf. SÍMACO Informe 3, 1. 20. AMBROSIO, Epístola 17, 10).
A esta derrota siguieron sucesos políticos y militares que fueron tenidos por desventuras públicas —muerte del usurpador Magno Máximo, carestía de víveres, incursiones bárbaras en diferentes provincias del imperio— e interpretados como consecuencias de la política «impía» de Graciano.