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INCIDENTES POSTERIORES

2. El tercer informe de Símaco

Muerto Graciano de modo violento, el 25 de agosto de 383, le sucedió su hermanastro Valentiniano II, un joven de doce años, que comenzó a gobernar en Milán bajo la tutela de su madre, la arriana Justina, enemiga acérrima de Ambrosio, y por tanto inclinada a favor de las pretensiones de los senadores paganos.

Los aires de la corte comenzaron a ser propicios a éstos, que pasaron a desempeñar los puestos de más influencia. Dos años más tarde, cuando se produjo el debate central que nos ocupa, los dos líderes paganos, Pretextato y Quinto Aurelio Símaco, detentaban los cargos de la praefectura praetorio Italiae y praefectura urbis respectivamente. Éste último, miembro destacado de una de las familias consulares más ilustres de la Urbe, fue una vez más comisionado para que presentara ante el nuevo emperador su petición de que fueran abolidas las leyes promulgadas por Graciano.

Mientras, en 382, éste se había negado a recibir a la delegación de senadores, ahora, por el contrario, Valentiniano II escucha con simpatía a Símaco, quien presenta sus argumentos, en nombre del senado, en su famoso informe tercero (Relatio tertia), en el que solicita abiertamente «la restauración de la religión que ha sido tanto tiempo

provechosa a la república» (Informe 3, 3).

Es significativo que en su texto se abstiene escrupulosamente de todo aquello que podría haber sido interpretado como un ataque al cristianismo y aboga ante todo por la tolerancia, según principios, como «cada uno tiene su costumbre, su religión», suus enim

cuique mos, suus ritus est (Informe 3, 8), o «a un misterio tan sublime (el de Dios) no se

puede acceder por un solo camino», uno itinere non potest perueniri ad tam grande

La totalidad del escrito de Símaco es un modelo de argumentación que abre un nuevo capítulo en el enfrentamiento de los dos mundos. Por eso vale la pena que nos detengamos en la descripción de su esquema.

Tras un breve preámbulo, dirigido a demostrar que también Graciano, si no hubiera estado mal aconsejado, habría retirado unas disposiciones que el senado desaconsejaba (§§ 1-2), se centra en cinco puntos:

1) La demolición del altar de la Victoria perjudicaba al estado y a los emperadores, quienes habían siempre sacado ventajas de la protección de esa divinidad; todos los emperadores anteriores, incluido Constancio II, habían mantenido la contribución estatal al culto romano (§§ 3-7).

2) La imposibilidad de llegar al misterio de la entidad divina por un solo camino impone al poder público la tolerancia de todas las creencias religiosas, especialmente de aquellas que tienden a asegurar la benevolencia de los dioses con respecto al Estado (§§ 8-10).

3) Las medidas económicas tomadas contra el culto pagano deben abolirse, porque las subvenciones que las vestales recibían del erario público no eran sino una modesta compensación por las grandes ventajas que el imperio recibía de sus oraciones; los privilegios tributarios de que gozan los templos no iban en detrimento del erario público y la prohibición de nombrar herederos a los servidores de los cultos paganos lesionaba el derecho de propiedad, que los emperadores tenían el deber de tutelar (§§ 11-14).

4) La tremenda carestía del año 383 había herido al estado por culpa de la impiedad de Graciano; jamás se habían visto antes catástrofes tan grandes (§§ 15-17).

5) La restauración del financiamiento público de los cultos ancestrales de Roma no comprometería a los emperadores cristianos en el plano de sus creencias personales; por el contrario, se verían favorecidos, en cuanto responsables del bien común del imperio (§§ 18-20).

Ahora, en el año 384, Símaco recibe no sólo la oportunidad de exponer su discurso ante el emperador mismo, rodeado de su consejo, sino que éste, con Pretextato a la cabeza, manifiesta su parecer de que se acceda a la petición del senado.

La exigencia de Símaco significaba de hecho que la antigua religión romana no debía ser simplemente una cuestión privada, sino de estado. Los paganos prometían ahora lo que los primeros apologetas cristianos habían repetido: aseguraban que ellos pedían a los dioses por el emperador, como los cristianos prometían pedir a Dios por las mismas intenciones:

«Que sean propicios a vuestra Clemencia los auxilios ocultos de todas las doctrinas y especialmente los de aquellas que en alguna ocasión han ayudado a vuestros mayores. Que os defiendan a vosotros y sean honradas por nosotros. Reclamamos aquella situación de los cultos que preservó el Imperio para el divino padre de vuestro Numen y que proporcionó al afortunado príncipe unos herederos legítimos» (Informe 3, 19).

Para fundamentar de un modo racional su invocación al respeto que se debe a los antepasados, ritus maiorum, Símaco esgrime un argumento que ya conocemos de los polemistas anteriores, sobre todo Juliano, y cuya actualidad en el debate cultural de nuestros días no puede pasar inadvertida.

Símaco opone el pluralismo exigido por los dioses y la incapacidad por parte de la razón humana de abarcar la esencia divina, a lo que él llama pretensión de absolutismo por parte de los cristianos:

«Lo cierto es que cada uno tiene sus propias costumbres, sus propios ritos: la inteligencia divina ha asignado a las ciudades cultos diversos para su protección; los Genios del destino se distribuyen entre los pueblos, como las almas entre los que nacen» (Informe 3, 8).

Por tanto, se impone el sincretismo, como una exigencia de derecho:

«Es justo considerar una y la misma cosa todo lo que los hombres veneran. Contemplamos los mismos astros, el cielo es común a todos, nos rodea el mismo mundo. ¿Qué importancia tiene con qué doctrina indague cada uno la verdad? No se puede llegar por un solo camino a un misterio tan grande» (Ibídem. 3, 10).

Este planteamiento, al convertir la inteligencia divina en los genios tutelares, de los que ya había hablado Tito Livio (Ab urbe condita XXI 62, 9), se adapta a la mentalidad romana, pero es evidente que se basa en el neoplatonismo, y se traduce en un eclecticismo religioso, que considera los diversos cultos dirigidos en definitiva a la misma divinidad.