EL EMPERADOR JULIANO
2. Fundación de una iglesia pagana
La segunda línea en la política religiosa de Juliano consistió en el reforzamiento del paganismo, por vía legislativa y a través de epístolas, que no sin cierta razón han podido ser calificadas como verdaderas cartas pastorales. A esta categoría pertenecen sin duda las Epístolas 39 —a Arsacio, arcipreste de Galacia—, 44 —a un funcionario desconocido —, 45 —a Teodora, una sacerdotisa—, 47 —a Teodoro, arcipreste en Asia—, 48 — posiblemente al mismo—, 62 —a un destinatario anónimo—, en las que trata de la organización del clero pagano y su jerarquía, del amor al prójimo como primer mandamiento, de la vida de los sacerdotes, de la atención a los pobres por medio de albergues, hospitales, casas de huérfanos y, finalmente, de lo que podríamos llamar
liturgia pagana.
En todas ellas pretende implantar la disciplina de una iglesia pagana, paralela a la católica. Juliano había vivido en el seno del cristianismo el tiempo suficiente para conocer su doctrina y sobre todo el secreto de su vitalidad —la sólida organización, los vínculos de la caridad existentes entre los cristianos, el ejemplo de vida de muchos de sus sacerdotes— hasta el punto de que en algunas de esas cartas alude a esas cualidades no sin cierta admiración (Epístolas 84 y 89).
De ahí sus intentos en sendos himnos —Himno al rey sol. Himno a la madre de los
dioses— por dotar al paganismo de un cuerpo de doctrina coherente, la neoplatónica,
con el dios sol —Helios— como divinidad principal, usando elementos del culto al sol
invictus de su predecesor Aureliano, y de una organización firme: habría querido dividir
el imperio en círculos metropolitanos gobernados por un arcipreste, que velara por el clero y el culto, y también reservarse el nombramiento de esos altos funcionarios.
De hecho, en el corto espacio de tiempo que tuvo a su disposición, y en calidad de
pontifex maximus, confirió a su maestro Máximo la jerarquía suprema de la nueva iglesia
y nombró una serie de grandes sacerdotes provinciales: Teodoro en Asia, Crisancio y su mujer Melite en Lidia, Arsacio en Galacia, Seleuco probablemente en Cilicia.
En esos escritos, sobre todo en las cartas, interpela y estimula el celo religioso de esos responsables y les amenaza en el caso de que descuiden el cumplimiento de sus deberes. Quisiera poder alabar en ellos una actitud de proselitismo activo, una vida sobria y casta (Epístola 86). Les exigía también una conducta intachable, en contraste con lo que él consideraba hipocresía de los clérigos cristianos. El nuevo orden religioso instituía también un programa de beneficencia al pobre, para contrarrestar las actividades caritativas de los cristianos.
El aspecto peligroso de este celo es evidente: no dejaba lugar para la libertad religiosa individual, porque surgía de las mismas fuentes de los polemistas paganos anteriores y ya antes de su muerte había derivado a un dogmatismo intransigente, que le llevó a hacer la promesa —si volvía de la expedición al Oriente, donde murió— de extirpar por todos los medios una secta tan perjudicial para la salud moral del Imperio como el cristianismo.
Su rápida muerte no permitió que cuajara esta reinstauración de la religión estatal de alto cuño romano. Ni siquiera tiene sentido preguntarse qué posibilidades de éxito tenía este esfuerzo tan artificial. En efecto, ya hemos hecho alusión a la actitud escéptica y hasta hostil de algunas ciudades ante el emperador, pero puede decirse que, en general, la población del imperio tenía pocos puntos de contacto con él, un filósofo y un asceta cuya vida transcurría en un mundo exaltado y místico.
Sin embargo, no puede negársele a Juliano la agudeza de haber caído en la cuenta de que no bastaba con una mera reposición del culto tradicional para ganar los corazones del pueblo sencillo y de haber comprendido que la nostalgia sola no era suficiente para revitalizar una religión, que él tanto valoraba, sin tomar muchos de los elementos que atraían irresistiblemente a los hombres hacia el cristianismo. Su proyecto estaba hasta tal punto impregnado de esta idea que se ha podido afirmar que el suyo fue un intento de instaurar un paganismo cristiano.
CELSO, PORFIRIO, JULIANO: LAS DIVERSAS ESTRATEGIAS DE OPOSICIÓN AL EXCLUSIVISMO CRISTIANO
Este ataque masivo y frontal de Juliano al avance del cristianismo en la sociedad pagana constituye sin duda de por sí un capítulo en la historia del enfrentamiento que estamos describiendo y se nos presenta con rasgos específicos que vale la pena diferenciar con precisión, a fin de intentar distinguir lo innovador y lo tradicional de su polémica.
Lo primero que se debe poner de relieve es que, como es natural, al haber sido formulados tras tres siglos de conflicto, algunos de los argumentos de Juliano se encuentran ya en sus predecesores. En efecto, la opinión más extendida es que, aunque su obra contiene algunos elementos que van en la línea de Porfirio, el tono general del ataque empalma más bien con la Palabra de verdad de Celso.
Sin embargo, un examen atento revela que el Apóstata cambia su foco de atención y lo amplía hasta perseguir una meta que no habían tenido presente, o al menos no habían formulado de un modo articulado, los dos polemistas anteriores.
Además, aunque los argumentos sean en algún caso similares, las motivaciones ideológicas y sus líneas específicas de razonamiento revelan una evolución sustancial respecto a Celso y Porfirio porque, aunque el Contra los galileos sea un escrito polémico anticristiano «tradicional», su principal objetivo es una apologética de la tradicional cultura helenística. Que esto es así no se discute. Lo que hay que analizar y entender bien es la relación entre esta apología y la polémica anticristiana anterior.
Importa dejar bien sentado, en primer lugar, que la diferencia entre la crítica de Juliano y las anteriores radica ante todo en su personalidad, tanto por lo que respecta a su carácter, como a la trayectoria de su vida y a la función social que llegó a desempeñar en la historia. Él se consideraba a sí mismo, si no el predestinado profeta de una nueva religión, al menos el restaurador de la pagana, escogido por los dioses para poner fin con su autoridad imperial al avance irrefrenable de la Iglesia y sobre todo a la decadencia del culto pagano. Si a esta profunda convicción se añade la circunstancia de que estaba en su mano llevar a cabo semejante proyecto, no es exagerado concluir que este fenómeno presentaba en no pocos aspectos el carácter de una revolución, no sólo religiosa sino política.
Fuentes históricas de su tiempo tienen seguramente algo de razón cuando nos lo presentan, unas como un hombre de una sensibilidad que rayaba en lo patológico, del que no cabía esperar nada bueno, y otras como una persona superdotada para hacer frente a sus obligaciones públicas, compaginándolas con sus inclinaciones de filósofo. La verdad consistirá seguramente en una suma de todos esos rasgos, que las fuentes tienden a presentar, con pruebas irrefutables, desde una u otra perspectiva parcial, según sean favorables o adversas.
Además, Juliano es el único de los tres grandes críticos que no sólo se enfrenta al cristianismo, sino que lo ha vivido desde dentro, porque se ha educado en él, y por tanto, aunque conozca los argumentos de sus dos predecesores y los repita, aporta su propia
experiencia y está familiarizado con el modo de argumentar de sus rivales. El hecho es que, por primera y única vez, en su persona se une la oposición intelectual al poder supremo, lo cual le permite tomar medidas represivas contra los rivales e intentar llevarlas a cabo por todos los medios a su alcance.
Finalmente, la diferente constelación histórica en que se produce cada una de las etapas principales de esta polémica juega un papel importante en el modo de argumentar de los diferentes protagonistas.
La cuestión clara, que cada uno de los tres aborda a su manera, es cómo adoptar la táctica apropiada que permita descalificar, y si es posible poner fuera de combate, a un grupo que ya de por sí se presenta como exclusivo y se enfrenta al orden religioso establecido. Tanto Celso, como Porfirio o Juliano quieren acabar con ese exclusivismo cristiano, opuesto al pluralismo vigente en las religiones paganas, y descalificar a sus adeptos, marginándolos.
A finales del s. II, es decir, en tiempos de Celso, esa confrontación era
fundamentalmente social: los cristianos no participaban en el culto pagano, organizaban sus propias ceremonias, marcando así la diferencia. Los paganos les pagaban con la acusación de inmoralidad y de ser radicalmente «otros».
Pero ya entonces, consideraciones de tipo teológico y filosófico desempeñaron un papel decisivo, de modo que desde el principio el objetivo de los polemistas consistió en detectar esas diferencias y en intentar definir y controlar sus manifestaciones, para mejor combatirlas. Con este fin, los tres eligen fundamentalmente dos estrategias.