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A la altura de los demás Leonardo Damián Zeitune

In document 2020-S0S RELATOS GANADORES (página 127-131)

A mi padre, Héctor. Soy la cura eterna de mis heridas

Quien viera los mensajes y las imágenes que mi padre me manda, pensaría que el viejo sabe disfrutar la vida. Y sería ese un pensamiento acertado, incluso en este marzo de 2020 que nos encuentra en cuarentena, a causa de un inespe- rado virus llamado Corona.

La semana pasada me llegó una foto en la que sostenía una tapa de asado en una mano y una tira en la otra, el mensaje decía: Domingo de pandemia, asadito y chorizo de cerdo. El chorizo no lo vi, pero le creo, el viejo deja la mentira para cosas más serias.

Ayer me mandó una clásica. La típica botella de tinto en la mano dere- cha; el contenido, o lo que sostiene con la izquierda, se acopla según la oca- sión, en esta se trataba de una colita de cuadril. Se leía: Colita de cuadril y vino tinto. ¡Viva la chupa!!

Algunas de las fotos que me manda no las comparto ni con mi esposa, mucho menos él con la suya…

A pesar de que los años le brindaron un estilo de vida provechoso, mi padre supo conservar la humildad y seguir fiel a sus amigos y a su gente.

Ya pisa los 80 el viejo, y sufrió dos paros cardíacos. Sabe mejor que nadie que el tiempo es lo único que no vuelve y creo que fue su fe la moneda con la que pagó la fianza en ambas oportunidades.

Hoy, al igual que cada mañana, me levanté a las seis. Cuarentena o no, trato de llevar cierto orden en mi vida; al mismo le atribuyo lo logrado, in- cluso, en tiempos difíciles como este.

Después de apagar el despertador, fui directamente a ver el cronograma del día, que es provisional; durará lo que dure la restricción impuesta y su consecuente aislamiento.

Mientras se calentaba la pava, leí los mensajes en mi teléfono.

En el grupo hermanos, mi hermana nos comunicaba la preocupación de Carmen, la esposa de mi padre; había llamado para informarle que nuestro progenitor sale todos los días a la mañana a un comedor de ancianos para pre- parar viandas.

Mi hermana concluía el mensaje pidiéndonos por favor que uno de los dos lo llamáramos, y agregaba: Es un negligente, porque se va a terminar mu- riendo si no la corta.

La pandemia se lleva gente -pensé- ¿podrá también arrebatar los valores de las personas?

Le escribí a mi hermana que se quedara tranquila, que el viejo estaba haciendo mitzvot* y agregué un smile. Finalicé mi mensaje prometiendo que lo llamaría hoy mismo.

Luego del almuerzo, calculando la diferencia horaria entre Argentina e Israel, mientras comía un yogur de postre, marqué el número del móvil de mi padre.

A la tercera vez que sonó, atendió. ¿Ya te llamó Daniela a romper las bolas?, me contestó a mi pregunta sobre cómo estaba.

Le dije que esta situación era cosa seria, que no podía salir demasiado a la calle. Cuando le pregunté si se cuidaba me respondió con cierta ironía: Sí, a la tarde. Ambos reímos. Mi padre tomó la palabra (con ímpetu): Le estamos dando de comer a 150 viejitos. Cuánta empatía, me dije. Me describió lo que preparaban con tanto afán que desistí de mi misión de disuadir la suya, sin duda mucho más valiente. Aparte, continuó, a mí el Corona me pica y se muere.

Su ignorancia en ciertos temas era tan profunda como la bondad de su corazón.

La conversación duró pocos minutos, y mientras reflexionaba acerca de que si esta situación se prolongara más de lo esperado existía una posibilidad real de no volver a verlo, animé la charla con un chiste: ¿Sabés que el mejor barbijo es una bombacha, no? Se rio y se despidió alegando que tenía que seguir trabajando, no sin antes añadir: Sabes qué pasa hijo, hay que ponerse a

la altura de los demás y ayudar. No puede ser todo para uno mismo. Si no, no haría falta un virus, ya estaríamos muertos.

* Mitzvot (Religión judía). Una buena acción o acto meritorio.

Leonardo Damián Zeitune, nació en Buenos Aires el 16 de febrero de 1983. En el año 2007 emi-

gró a Israel, en donde reside actualmente con su esposa e hijas.

Escribir es una forma de reflejar sus experiencias y sentimientos, a la vez que un espacio anónimo en donde límites y ataduras quedan ausentes.

Una prolongada necesidad de expresarse en su lengua materna, lo llevó a formar parte del taller de escritura creativa que brinda el Instituto Cervantes de Tel Aviv a cargo de la escritora Andrea Bauab. Es la primera vez que publica uno de sus relatos.

Índice

Tiempo ausente, de Silvina Acosta

El tiempo es oro, de Miguel Ángel Acquesta La última turista de Cali, de Alberto Bejarano El apartamento de arriba, de Oleñka Carrasco Un tipo de hombre, de Yubany Checo

Todas las tardes íbamos a volar al río, de Araceli Cobos Reina La teoría del ego, de Evaly Contreras

Kadish, de Fanny Díaz

Anémona de balcón, de Luis José Glod Sánchez Desde el ático, de Javier Domínguez

Lotería del fin del mundo, de Luis Guillermo Franquiz Borrón, de Richard Jiménez

El llanto del pangolín, de Viviana Jiménez Una bolsa verde llena de viento Valery Katzuba Agorafobia, de Leonardo Laverde Botero

Insomnia, de Lorena Oliva

El sabor fugaz de la fresa, de Nuria Ortiz Toma de medidas, de José Luis Palacios Los zombies obsesivos, de Julio César Pérez Una pandemia de mosquitos, de Quim Ramos Cambio de turno, de Jairo Alfonso Ramos Jiménez Manuel, no salgas de casa, de Yaina Melissa Rodríguez

“We dream—it is good we are dreaming”, de Octavio Vinces A la altura de los demás, de Leonardo Damián Zeitune

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