2020-S0S
Convocatoria Concurso de relatos 2020-S0S
Desconcertados, abrumados, confundidos, aterrados, quienes convivimos con la literatura percibimos más que nunca un alud de referencias y señales. Cómo vibran nuestras cabecitas alocadas, cuantas emociones nos embargan. Llegó la hora de liberarnos, demos rienda suelta a lo que no nos atrevemos a decir en público, escribamos el relato del momento: duro, tierno, humorístico, sar-cástico, de ciencia ficción, de anticipación, de amor o desesperación…
Te esperamos.
17 de marzo de 2020
Veredicto
Con mucho gusto informamos que de los 144 relatos recibidos de diversas partes del mundo para participar en el concurso 2020-S0S, hemos escogido 24 de ellos con el fin de publi-carlos en un libro digital que próximamente pondremos a disposición de todos.
Queremos destacar asimismo que en los textos seleccionados encontramos no solo interés y verdadera preocupación por los momentos actuales de la humanidad, sino dife-rentes perspectivas, reflexiones profundas y mucha originalidad al momento de hacerlos ficción.
A continuación anunciamos los relatos escogidos:
Tiempo ausente, de Silvina Acosta
El tiempo es oro, de Miguel Ángel Acquesta La última turista de Cali, de Alberto Bejarano El apartamento de arriba, de Oleñka Carrasco Un tipo de hombre, de Yubany Checo
Todas las tardes íbamos a volar al río, de Araceli Cobos Reina La teoría del ego, de Evaly Contreras
Kadish, de Fanny Díaz
Anémona de balcón, de Luis José Glod Sánchez Desde el ático, de Javier Domínguez
Lotería del fin del mundo, de Luis Guillermo Franquiz Borrón, de Richard Jiménez
El llanto del pangolín, de Viviana Jiménez Una bolsa verde llena de viento Valery Katzuba Agorafobia, de Leonardo Laverde Botero Insomnia, de Lorena Oliva
El sabor fugaz de la fresa, de Nuria Ortiz Toma de medidas, de José Luis Palacios Los zombies obsesivos, de Julio César Pérez Una pandemia de mosquitos, de Quim Ramos Cambio de turno, de Jairo Alfonso Ramos Jiménez Manuel, no salgas de casa, de Yaina Melissa Rodríguez “We dream—it is good we are dreaming”, de Octavio Vinces A la altura de los demás, de Leonardo Damián Zeitune
El jurado: Silda Cordoliani, Blanca Strepponi y Juan Carlos Chirinos 30 de abril de 2020
Notas de edición
1. Los relatos han sido organizados por el orden alfabético de los apellidos de los autores. 2. Las fichas biográficas fueron hechas por los propios autores.
3. Algunos relatos están ilustrados con imágenes enviadas por los autores. Todas ellas son de sus respectivas autorías, a excepción de la que ilustra el relato “We dream—it is good we are dreaming”, cuya autora es Mónica DuBois.
Tiempo ausente
Silvina AcostaHabía cruzado el lobby del edificio, cuando los vio. Se apresuró para alcan-zarlos, pero le cerraron las puertas de tijera del ascensor en sus narices y sin
pestañar. No se preocupó por el desplante. Solo suspiró. No era la primera vez que la evadían. Ni los únicos en hacerlo. Era ya un modus vivendi. Decidió usar de nuevo las escaleras para esquivar cualquier contacto.
A cuestas con el peso del mercado, subió los escalones sin prisa. No la había realmente, y hacía mucho tiempo de ello. Ya había perdido su tiempo. A veces llegaba hasta el 13, último piso del edificio, para no tener que ir al departamento. Con cada paso, con cada escalón que subía, ella realmente sen-tía que bajaba. ¿Había tocado fondo?, se preguntaba. Ya nada volvería a ser como antes. Todo había cambiado.
Cabizbaja se percataba de los ruidos difusos y conversaciones lejanas que procedían de algunos departamentos, mientras emprendía la cuesta por la escalera y ascendía en sus pensamientos. Buscaba el silencio que estaba afuera pero no tenía adentro. Hilvanaba con cada escalón, una especie de monólogo curativo. Una suerte de cardio introspección en subida. Un total de 280 esca-lones para seguir detenida.
Hacía mucho tiempo que no salía realmente. Que no salía de sí misma, se repetía cuando había alcanzado el segundo piso. Uno que otro domingo, le tocaba abastecer la alacena. No le quedaba otra. Sin embargo, había terminado de asumir a la reclusión como una forma sin vida. “Estoy en modo avión: desconectada del mundo exterior, pero con suficiente tiempo para nada”, pensó cuando escuchó el ladrido de algún perro de algún vecino.
Su existencia se había resumido a la estrechez de un departamento mo-noambiente; a la agobiante relación con sus padres octogenarios; y al escape narcótico de Internet. Meses atrás nunca hubiera imaginado que a sus 50 años estaría en caída libre desenfrenada en momentos de crisis simultáneas. “No creo ser la única, pero ya no hay tiempo”, dijo cambiando la bolsa de mano ente el cuarto y quinto piso.
Su padre había heredado un diminuto departamento en pleno centro de la ciudad. En él habitaban ella y sus progenitores pensionados como podían desde hacía dos años. Tuvo que superar las fobias por los baños y el color rosa para poder convertir el “fucking rose-room” en su refugio antiaéreo. En ese espacio de 1,50 x 1,25 metros, huía de la habitual histeria materna, y el tiempo suspendido recobraba algo de sentido con una que otra llamada telefónica de largo aliento. También cuando deslizaba la puerta corrediza del baño, se su-mergía en agua para lavar sus angustias y refrescar sus pensamientos. Recu-peraba cierta normalidad y entusiasmo para aguantar la carga y fragilidad del momento.
Su rutina era demasiado previsible, como la de muchos. Al levantarse, y después de su habitual chequeo informativo por celular, constataba el humor familiar matutino para coordinar las tareas domésticas. La cocina requería mu-cha creatividad para asegurar una comida fornida con pocos ingredientes y sus padres no estaban siempre dispuestos a asumir la responsabilidad. Por cierto,
recordó que no había podido comprar la carne que le había pedido su padre cuando el departamento 602 le olió a bistec.
Sin empleo fijo, no alcanzaba a llegar al mes. Nunca había podido desencriptar la maraña de interconexiones casi incestuosas de la cultura labo-ral de su país de origen, y más en sus áreas de experticias. Privativas e impe-netrables eran las pocas opciones laborales, como también impredecibles y inconstantes las relaciones interpersonales. Prefería ni asomarse a la ventana. Ni siquiera saludar en caso de tropezarse con alguien en las escaleras. Recordó con nostalgia a sus amigos y conocidos en tierras lejanas, y también agitadas.
Había ya dejado de dar una mano, besos y abrazos tiempo atrás cuando comprendió, a pocos escasos meses de arribar como migrante repatriada, que no se las darían a ella y en ningún ámbito, en especial el consanguíneo y pro-fesional. Prefería la invisibilidad. Ya le habían advertido: “Son muy cerrados, poco empáticos y no saben de solidaridad”. Ella agregó en voz alta en el sép-timo piso: “Tóxicos. Muy tóxicos”. Más allá de las muchas puertas cerradas, estaban todos siempre muy ocupados en sobrevivir y mantener cercada cual-quier real posibilidad de acercamiento con propios y extraños.
Internet era su única distracción y en alguna ocasión podría redondearse escasos ingresos por traducciones en días de trabajos remotos. Por cierto, ese domingo estaba ansiosa por comenzar a ver “Tell me what you see”, un nuevo drama de la colección de dramas coreanos que gratis por streaming le entrete-nían sus noches y hasta madrugadas enteras. Jamás imaginó que unas series
televisivas del país asiático la ayudarían a desentenderse más aún del entorno afligido.
Después del insomnio, repasaba algunas noticias y los emails o mensa-jes de voz de WhatsApp que solo le respondían, y a destiempo, los más cerca-nos en afectos, pero no en geografía. La distancia afectiva la apaciguaba con conversaciones simultáneas por Zoom cada sábado con sus más allegados que también atravesaban complicaciones existenciales del momento. Sonrió, mientras seguía subiendo las escaleras, cuando recordó a su amigo Juancho que justamente 17 horas antes le había confiado virtualmente su reciente adic-ción por los videos tutoriales de origami, kusudama y kirigami.
A veces también revisaba muy por encima los posts y tuits de las redes sociales. Usualmente entraba en cólera casi de inmediato al leer en 140 carac-teres, los arrebatos descabellados y sin sentido común de la gente que se apro-vecha de cualquier circunstancia para viralizarse más.
Afuera del mundo virtual, quedaba poco que hacer. Por no decir nada. En la ciudad, cada vez más ausente e inmóvil, quedaban distantes parientes, supuestos amigos, y algunos conocidos, en su mayoría bastante venenosos que le devolvían indiferencia, desconfianza y soberbia demasiado contaminadas.
Extrañaba mucho aquellos domingos de viaje al Mercado Central con sus únicos verdaderos aliados, un ecologista desempleado y un dueño de una sexy shop que no solo comparten cama y vida, sino un Fiat 500 Dolce Vita. Era el momento de mayor socialización, al cual aspiraba ella en todo el mes y
con una cerveza helada en mano. Ahora, sin la “Dolce Vita”, se tenía que con-formar con compras nerviosas en los mercados más caros y cercanos a su do-micilio.
Ese domingo y a punto de llegar a destino en el piso 11, ya le costaba respirar y su cuerpo se resentía por el peso de la bolsa y los años. Volvió a pensar en su edad, su peor enemigo en el nuevo territorio de residencia. Labo-ralmente, era la excusa y el prejuicio para no ser contratada; sexualmente, el ostracismo por el mismo distanciamiento social que ya había admitido por su salud y bienestar mental.
Al llegar al departamento 109 ese domingo 26 de enero de 2020, le es-peraban sus padres más agitados que de costumbre. Se sacó los zapatos en la entrada; dejó la bolsa con los víveres y se encerró en el baño. Mientras se lavaba sus manos, escuchaba a su padre quejándose por la “huida” inesperada de WIFI y el Extra Noticioso a todo volumen.
“Las autoridades gubernamentales italianas anunciaron la cuarentena total del norte de Italia. Con esta medida de confinamiento social se busca prevenir la propagación del virus”, anunciaba el locutor del noticiero televiso.
–¿Cuarentena? ¡Imposible! –dijo la madre de origen italiano, agre-gando: –Espero que ese virus no llegue acá. ¿Te imaginas? ¡Lo que nos fal-taba! ¿Más encierro?
Silvina Acosta, nació el 29 de febrero de 1980 en Malmö, Suecia, de padre italiano, y madre
espa-ñola. Arquitecta de profesión egresada de la Universidad Nacional de Singapur, estudió ciencias náuticas en la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología. Escribe en sueco, inglés, español e italiano. La navegación es su pasión. Su velero Catalina 22, su hogar. Su mayor desafío: perseguir un tsunami.
El tiempo es oro
Miguel Ángel AcquestaEn 2018 hubo algo más de 120.000 vuelos comerciales que transportaron 12 millones de personas en todo el mundo, un año después los vuelos llegaron a 124.000 y los pasajeros diarios a 12.4 millones. El 60% de esos vuelos en virtud de los husos horarios que atraviesan implican cambio de horarios entre el punto de salida y el destino. Esos cambios pueden oscilar entre una y doce horas según los casos. Tomando como promedio seis horas por vuelo y el nú-mero de pasajeros se pierden 44.640.000 horas por día, lo que hace un total de 1 billón seiscientos veintinueve mil horas de vida humana al año. Si cada año de vida de una persona representa aproximadamente 8.640 horas, y tomando en cuenta el promedio de vida podría calcularse que las horas vida de un sujeto oscilan las 605.000, cuesta imaginar la cantidad de vidas que se pierden cada año en los vuelos comerciales. Y sin que nadie se dé cuenta, ni lo valore. Cada uno viaja, pierde un par de horas de su vida y cree que las recuperará al volver. Más allá de que no todos los pasajeros que viajan vuelven por la misma ruta y en las mismas condiciones horarias, es elemental que el tiempo de vida no es un objeto que uno deja en un lugar un día y lo pasa a buscar una semana
después y está allí esperándonos. Esas horas perdidas, se perdieron definitiva-mente, están en la inaccesible dimensión temporal de la existencia y no en el aeropuerto de vuelta.
Basados en la premisa económica histórica de que Time is money, una empresa subsidiaria de The Walt Disney Company radicada en las afueras de San Francisco, California, más precisamente en El Cerrito CA, en unión con un grupo de neurocientíficos del UCSF Health, vienen estudiando este tema desde 2016. El objetivo de este grupo de investigadores y médicos es desarro-llar un modelo que les permita apropiarse de esas horas de vida humana, para luego poder recuperarlas y darles utilidad económica o de otro tipo. Durante 2019 los progresos efectuados fueron precipitándose al extremo que, para mi-tad de ese año, ya habían logrado alargar la vida de pequeños organismos plu-ricelulares en un cien por ciento. Dichos avances como el mismo proyecto se mantenían en rigurosa reserva ya que existían sospechas de que otros grupos científicos en el mundo, especialmente en China, Francia e India, estaban tra-bajando en desarrollos similares, si bien en forma incipiente. En los últimos meses del año se hicieron ensayos con pacientes terminales de uno de los hos-pitales de la Universidad de San Francisco ubicado en las cercanías de Cole Valley, logrando extender su tiempo de vida de acuerdo al número de horas que se les suministraba. El grupo económico estaba diagramando una estrate-gia amplia de lanzamiento al mercado del producto para comienzos de 2020. Venderían módulos de horas de vida con financiación de las propias entidades
y a un precio relativamente bajo ya que, si bien tendría una demanda muy fuerte (¿quién no quiere vivir un poco más?), la producción anual de un billón y medio de horas sería muy difícil de colocar si los precios no resultaran ac-cesibles. De ese modo, no solo les quedaría un gran remanente de producción cada año, sino que dejarían insatisfecho un mercado muy grande para los com-petidores, en especial los chinos que a la corta o a la larga también llegarían a desarrollar el sistema y lo venderían a precios bajos según su modelo de ne-gocios. Todo parecía encaminarse a un éxito comercial sin precedentes, ba-sado en un descubrimiento científico que alteraría el campo de la medicina y que prometía algo parecido a la eternidad para quienes quisieran pagarla. No contaban con que uno de los colaboradores de T&M, tal era el nombre de la subsidiaria de Walt Disney Company, el brillante matemático Dr. Chong Lee, un coreano que había dirigido mayoritariamente el modelo matemático del proceso, y que era a la vez agente del gobierno chino, cooptado cuando era estudiante en el California Institute of Technology y que venía infiltrándose y pasando información de diversas empresas de Silicon Valley a los chinos desde esa época, veinte años atrás. Esta no fue la excepción, todo lo contrario, el gobierno chino sabía desde 2017 de los avances que venía produciendo este grupo de trabajo y tuvo la noticia anticipada de que en enero de 2020 sería lanzado al mercado el procedimiento. Los investigadores chinos no avanzaban tan rápidamente y no se preveía que lograran modelos similares al menos en un trienio. Ante tal situación, se desbalanceaba en favor de EEUU el delicado
equilibrio bélico-comercial que marcaba en ese momento el estado de la gue-rra comercial desde la asunción como presidente de Trump, en USA. El go-bierno chino, que no requería de procedimientos parlamentarios para llevar a cabo una acción de cualquier tipo dado su carácter dictatorial, ordenó el co-mienzo de una guerra química limitada. En uno de sus centros de armas quí-micas en la provincia de Wuhan simplemente echaron a correr un virus de laboratorio, denominado ARN monocatenario positivo. Al costo de más de 8000 muertos en la población de esa zona, tras diseminarlo por Europa y de allí al resto del mundo, lograron desencadenar una pandemia sin precedentes en el siglo XXI, ante la falta de vacunas y de medicamentos para su cura. Todo hace pensar que al menos por un año la situación se mantendrá igual cobrando miles de vidas en todos los países. Los mismos chinos cuentan ya con la va-cuna para este tipo de neumonía y esperan el momento apropiado para ponerla a la venta, luego de causar un medido daño a sus competidores. Mientras tanto, el grupo empresario estadounidense tuvo que posponer el lanzamiento de su plataforma de recuperación de horas perdidas ML, hasta mejor oportunidad ya que nadie compraría en estas circunstancias horas de una vida que no se sabía cuándo podía terminar abruptamente en manos del virus chino de diseño, cuyo origen se ocultaba bajo el nombre políticamente correcto de Covid 19. No es-taban sin embargo muy preocupados ya que cuando los chinos lanzaran la va-cuna ellos a su vez presentarían el ML y también harían un negocio multimi-llonario. La guerra comercial continuaría en un marco de un cierto equilibrio.
Mientras tanto la economía mundial se derrumbaba y los seres humanos mo-rían sin remedio por miles cada día.
一寸光阴,一寸金。
(Una pulgada de tiempo es una pulgada de oro.)
Miguel Ángel Acquesta. Nacido el 2 de junio de 1949 en Núñez, Capital Federal, Argentina.
Licenciado en Psicología por la UBA. Se destacó en la actividad forense, la docencia y la gestión universitaria. Publicó seis libros sobre Psicología del Desarrollo y Forense y nume-rosos artículos en revistas científicas. Publicó cinco cuentos. Ganó una beca del Fondo Na-cional de las Artes, en desarrollo; obtuvo algunas menciones y premios en concursos litera-rios en la categoría cuento. Perdió la mayoría de ellos lo cual no impide que continúe escri-biendo.
La última turista en Cali
Alberto BejaranoEmpezaban las pesadillas, la que parecía hasta hace una semana, una más, una ronda más del tour de la salsa, de la gozadera, del zaperoco, del tin tin deo, de la matraca, de la caldera, de la topa, del mamut, de baré, de la mala maña, todos los bares que intensamente había vivido durante una larga eterna se-mana… Cali, poblada apretadamente de seres sin nombre y turistas apurados, se tornaba ahora un acuario de sombras y desdichas, caras largas desde los balcones, parlantes sonando hacia dentro, pájaros liberados, pingüinos curio-sos y leones moribundos. El último turista, o mejor, la última, era una francesa de 38 años que había decidido quedarse sola en Cali, llevándole la contraria a su grupo de amigas. Ya se corría la voz que se confinaría a los extranjeros en sus hoteles y que pronto se expulsarían del país, pero Magalie B., o no lo creyó o pensó que encontraría una forma de escabullirse bien fuera hacia algún hos-tal del litoral o en alguna casa de algún conocido en el sur de la ciudad. Esos nuevos verbos, decía, no la asustarían: “confinar / expulsar / aislar / apartar / contagiar / expandir / contener / evacuar… expirar…”. Así era ella, decía estar más allá de todo impedimento, se sentía libre de ir por el mundo a su ritmo, a su medida, y desde que había aprendido español y se había hecho devota de la
santería y de la salsa, había soñado por más de diez años venir a Cali y pasar la mejor temporada de su vida. Había ahorrado con mucho esfuerzo una pe-queña fortuna para vivir un año sin apuros, dedicada solo a la noche y al baile. Justo había llegado de Marsella a Cali apenas una semana atrás, había logrado convidar a tres amigas a acompañarla durante diez días (noches) y luego se-guiría sola su deambular. Ahora estaba sola. En los noticieros anunciaban que a la noche los extranjeros debían irse del país. En el hotel colonial le dijeron que no podrían alojarla más y por más que ella intentó negociar, proponién-doles pagar por adelantado un mes o incluso más, no aceptaron. Divagó y di-vagó en su cabeza y salió a caminar por el bulevar del río; serían las tres de la tarde. Poca gente había. Pensó que no le sería tan difícil encontrar un hostal o una pensión más o menos caleta (una palabra de jerga local que le llamó la atención desde su llegada)… caminó por las calles laterales del centro y en todas partes le cerraron la puerta a sus ojos verdes, a su pelo rubio, a su falda corta descaderada, a sus largas piernas, a su piel casi albina, a su sonrisa des-bordante. El look que antes le abría todos los caminos ahora le pasaba factura. Así fue pasando la tarde y a punto estaba de iniciar el toque de queda para todos. Se le ocurrió ir al bar Mala Maña donde la había pasado bomba las noches anteriores, quizá si estuviera abierto, alguien la ayudaría. El local es-taba cerrado, pero sonaba música adentro. En su novela favorita, Los reyes del mambo tocan canciones de amor de Oscar Hijuelos, había prendido un mantra que recitó una y otra vez como una súplica a Iemanya, diosa del mar: “en el nombre del mambo, de la rumba y del cha cha chá”. Se animó a golpear y se paró la música, por una ventanita alguien le preguntó qué quería, ella solo
atinó a decir: “bailar”; como si fuera un santo y seña o una mágica contra santera, la puerta se abrió y al bajar las escaleras del sótano, vio a un hombre solo, muy mayor, como de cien años, bailando lentamente un bolero en la pista vacía. De lejos, le sirvió un trago de viche y brindaron en la distancia. Le señaló un cuarto al fondo de la barra, al que se accedía tras una mini puerta que hacía parte del espejo. Para ella los espejos siempre habían sido ventanas y las ventanas espejos. Le dijo que allí podría pasar la cuarentena, tenía co-mida no perecedera, un botellón de agua, diez canastas de cerveza y veinte botellas de viche curado. El viejo se despidió como un espectro más y ella se acercó al tocadiscos para poner el disco que había quedado suspendido cuando ella tocó la puerta. El tema era “Candela”* de la Orquesta La Conspiración: “Ay Candela si la tocas te quema…”. Lo bailó en la punta del pie acompasada alargadamente como en un bautizo de fuego.
Se sintió ya no la última turista sino la primera sonámbula.
* https://www.youtube.com/watch?v=3sGephFkons&list=PLozejCghwbDc5p0ht1ROConaAkPPXM7LR&in-dex=130&t=0s
Alberto Bejarano. Poeta, bailador de salsa, nómada y saltimbanqui. Vive entre Cali, Brasil y
El apartamento de arriba
Oleñka CarrascoDe un sobresalto en la cama me desperté el seis de abril. El grito y los golpes secos fueron quizás la causa. Tuve la sensación de que todas esas voces ator-mentadas, todo ese ruido de vidrios rotos, portazos innumerables, objetos con-tundentes saltando por los aires, todo ese barullo se había colado en los inters-ticios de madera falsa de mi cama y me había hecho saltar.
Eran las seis, era el día seis, solo puedo estar segura de la fecha, de la hora, el nombre de los días ya no significa nada, es como si viviéramos un ciclo mo-nótono y demasiado cotidiano desde que sale el sol hasta que se acuesta, casi como autómatas.
A las seis y cinco los gritos aumentaban, me restriego bruscamente los ojos, veo borroso, necesito mis anteojos, identifico en ese momento el lugar desde el que todo proviene, el techo. Hace años que abro los ojos y veo este mismo techo, pero desde el día en que nos encerraron sueño con abrir los ojos y estar a cielo raso, una fantasía extraña, ¿cuántas veces en la vida he dormido con-templando el cielo?
Seis y diez. No entiendo la lengua en la que discuten, pero, me levanto y re-corro mi apartamento guiada por esa pelea que vivo a ciegas. Ahora salen de la habitación, se escucha un aullido en el pasillo. Me pego a los muros y em-piezo a seguir ese recorrido macabro.
Seis y trece. Al llegar al salón caigo al suelo como el golpe de esa porcelana que viene de estrellarse, me arrastro a la cocina y todo parece explotar por los aires, imagino cubiertos, vasos. Observo, atentamente, el imán de mi pared en el que cuchillos de todos tamaños se exponen, orgullosos de ellos mismos y de la mano que los utiliza con esmero. Vuelvo en mí.
Mi cuerpo tiembla.
El techo sigue vibrando, los gritos aumentan.
Son apenas las seis y cuarto y siento que ya he vivido todo el día.
Recuerdo que no puedo acercarme a la puerta, que tendría que ponerme el atuendo de tocar el exterior, guantes, máscara, camiseta, zapatos, abrigo, no puedo tocar las paredes, ni el botón del ascensor. Renuncio a la idea de subir las escaleras, se sabe que en la planta de arriba todas las puertas pertenecen a personas que tosen.
Marco los dígitos del número de la policía en mi teléfono. No me lo llevo a la oreja completamente, lo sostengo apenas cuando pienso en que no lo he limpiado desde ayer con alcohol, como marcan las recomendaciones.
Abro la boca, me explico.
Son las 6 y diecisiete. Escucho al fondo de la línea como se comunican por radio. Los gritos aumentan.
–Sí, para entrar tendrá que marcar usted el código 0000 en la reja, pos-teriormente el código 1111 en la puerta de vidrio, al llegar al ascensor un nuevo código será necesario, el A2222B, vaya al décimo piso, es la puerta K, saliendo a la derecha la puerta más a la derecha de entre las diez del pasillo.
Respiro, me digo que nuestro edificio no está preparado para que al-guien venga a prestar ayuda con urgencia. Estamos encerrados y somos inac-cesibles. A razón de todos los botones que tendrían que tocar, estoy segura de que ningún organismo pondría en peligro la vida de sus valerosos funcionarios para intervenir en algo que parece ser una simple disputa familiar.
Seis y veinte
Me veo a mí misma, intentando esconderme del ruido, a sabiendas de que no puedo franquear el límite de mi puerta blindada.
Seis y veinticinco.
Me quedo rumiando en el pequeño muro al lado de mi puerta.
Seis y veintisiete.
Escucho cuatro golpes firmes. Llaman a la puerta. Diez minutos desde mi llamada. ¡Cuánta rapidez! Nuevamente, cuatro golpes, siento la vibración
de la puerta en el techo que llega a mi puerta, a mi pequeño muro en el que intento mantenerme en pie.
De un lado de la puerta, pasos de al menos cuatro o cinco funcionarios, los escucho ir y venir, escucho sus radios.
Del otro lado de la puerta, un silencio infame se ha instalado. Nadie responde, nadie abre. Me concentro, escucho como deslizan un objeto pesado desde la puerta hacia el pequeño pasillo, sigo el paso de procesión que me marcan desde el techo, nos detenemos en el baño, abren la llave del grifo, el agua corre, la siento caer aquí mismo, en mis manos.
Son las seis y treinta y cinco, vuelvo a la puerta y ya no escucho a nadie fuera. Menos de diez minutos y los funcionarios se han marchado.
Me acerco al sofá. Me sostengo difícilmente en pie.
A las seis y cuarenta, lo escucho a él, gritando una lengua que yo no com-prendo, la escucho a ella respondiendo, y escucho a otros tantos. Los portazos vuelven a comenzar, eso que parecen insultos en una lengua que yo no com-prendo recrudecen, la porcelana se quiebra, los gritos...
Son las seis y cuarenta y cinco.
Respiro sin hacer ruido, me quedo inmóvil, recorro con mis ojos el te-cho desde detrás de mi cabeza hasta llegar a la ventana. Me quedo quieta, a lo
lejos el sol se levanta, pero la ciudad parece inerte, su silueta va desapare-ciendo poco a poco, al mismo tiempo en el que se cierran mis párpados can-sados. Creo que hoy es lunes.
Oleñka Carrasco (1980) es una escritora, fotógrafa y artista nacida en Venezuela que vive y trabaja en París. Es la autora de: La Latitud de los Pasos (Madrid: Ediciones Casiopea, 2018) y junto a la poeta Julieta Valero de La Nostalgia es una Revuelta (Madrid: Ediciones Tigres de Papel, 2017). Sus trabajos fotográficos y artísticos: La ristra de nombres, El Cementerio de los vivos, Cartas de París y La multiplicidad de la Autofragmentación se han expuesto en España, Francia e Italia. Li-cenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela, Máster Europeo en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid, realiza estudios de Fotografía artística y Bellas Artes en París, Francia.
Un tipo de hombre
Yubany ChecoTengo días viendo el letrero: “Te amo Adela.” Le pregunto a la enfermera si sabe quién es Adela pero ella no sabe. Tampoco quién es el hombre que lo sostiene en alto. La entiendo. Hemos perdido la cuenta. En estos momentos un nombre no es el detalle más importante.
Puedo verlo desde aquí. Ahora está sentado en una silla plegable. De lejos tiene un parecido a mi papá y un recuerdo se me escurre por la memoria. La gota del suero también baja hasta metérsele por las venas al niño de la habitación 37. Lleno la planilla sin detenerme a leer. Papá llega con la toga sobre los hombros. Cara cansada que bien pude heredar de él. Me aferro a sus piernas. Él se deja caer sobre el sofá, cerca del mapamundi. Lo giro con la promesa de no abrir los ojos. Eso es trampa, según hemos definido las reglas de nuestro juego. Apunto con mi índice y escojo un país. Papá busca el país en el libro, el libro que tiene todas las respuestas. Me siento cerca y él empieza a leer hasta que me duermo.
Llevo semanas viendo las mismas noticias. Distanciamiento social, di-cen. El hombre sigue del otro lado de la calle. Le noto las barbas. Reviso mi
planilla. Recorro rápido los nombres. Mis ojos se detienen en Adela. Lo pro-nuncio lentamente para asegurarme. Por fin la conoceré.
La televisión en el pasillo repite las advertencias. La curva del virus sube, también el miedo de todos. La comida ahora es importante y por más el papel de baño. Los policías oran antes de hacer cumplir el toque de queda. El hombre camina de un lado a otro. Son más de las cinco. Lo sigo por unos segundos a través del cristal. No estará cansado, donde comerá, me pregunto.
Adela está en la sala de ventiladores. La policía le advierte al hombre que debe irse a su casa. Toque de queda. Imagino que le explica que su mujer está aquí. No quiere dejarla sola pero ya está sola. Apunta su índice varias veces en esta dirección y por alguna razón siento que me señala a mí. Corre y la policía le sale detrás. Miro afuera y el hombre ya no está.
Una vez papá me preguntó si me gustaría conocer esos países sobre los que me leía. No supe que responderle.
–Debes tener un buen trabajo –dijo.
Era mi primer día de vacaciones. Le pedí que me llevara a conocer su trabajo. Me senté en uno de los últimos bancos de aquel salón. Lo escuché hablar como nunca. Voz fuerte. Si no lo hubiese conocido diría que ese no era mi papá. Su tono de voz alto, por momentos bajaba para hacer algunas pausas. Quizás porque así quien lo escuchara tenía tiempo para pensar. Papá conven-cía, de eso no tengo dudas.
Me arreglo los guantes y la mascarilla antes de entrar a la sala. La última paciente de la línea es una señora. Sigue viva, me comenta la enfermera. Leo su nombre. Ella es la esposa del hombre que pasa todo el día del otro lado de la calle, agrega hasta que asegura la perilla del suero. Trato de no mostrarme sorprendido. Las fuerzas para sostener el lapicero se han ido. Adela lucha y yo bajo la mirada.
De repente me parece escuchar a papá en aquel salón. La voz retumba, su toga negra parece el atuendo de un espadachín. Pide la muerte de un hom-bre. Lo escuché tan claro que me hizo ruido en el corazón, un ruido que me retumba hasta hoy. Ese día el mapamundi dejó de girar.
Cómo se lo diré al hombre que espera afuera. Pienso que su letrero ahora debe decir: “Te espero Adela”. Y ella sigue con sus sibilancias y algo se me retuerce en el pecho. Tiene los ojos tragados por sus cuencas. Los pulmones, sus venas son las raíces de un árbol y la fiebre la acecha como una chismosa. Le aplico la misma dosis. Miro a través del cristal y el hombre está ahí con el letrero sobre las piernas. Quisiera decirle que ella no lo mira, que no lo lee, que ya no lo intente.
Papá se pasea frente al hombre que esta sentado en el primer banco. Es un tipo pequeño, regordete, que se encorvaba con cada palabra salida de la boca de papá como un látigo.
La respiración busca por donde salirle. Espero. Dentro de poco necesi-taré un ventilador. Salgo al pasillo y le pregunto a la enfermera por uno. No
se por qué siento que el hombre en el otro lado de la calle me mira. Talvez mira a cualquier lado y mi cerebro hace creer que es a mí. Por ejemplo, la enfermera puede tener la mirada fija en la luz del pasillo y no necesariamente me mira mientras espero su respuesta. Está cansada. Todos lo estamos. Mu-chas promesas y arengas. Y yo mismo me respondo antes que ella lo haga: “todos los ventiladores están ocupados”. Deberé esperar aunque eso sea sinó-nimo de muerte.
Salimos y nos montamos en el carro. Papá me pregunta qué me ha pa-recido su trabajo. Le digo que bien sin abundar en detalles. Quería preguntarle por el hombre que iba a morir, pero prefiero pegar mi rostro al cristal de la puerta y ver las luces. El carro va rápido, cortando los postes de la avenida. Luces y sombras se alternan. Yo con los ojos cerrados pienso en el tipo de hombre que quería ser.
–Hay hombres que no merecen vivir. Se han equivocado tantas veces, su vida es como jugar a la suerte, usan el regalo de Dios para hacer daño. –Eso dijo papá años después. Quizás era una forma de confesión antes de mo-rir, quizás esperaba que lo entendiera en ese justo momento. Una forma de advertencia. Pero no. Yo había cerrado mis oídos a ese episodio. Cualquier explicación no me haría cambiar de parecer.
El niño de la 37 no lo logró. Lo cubren. Entonces me debato entre jus-ticia divina y selección natural. Al menos tengo seguro el ventilador para Adela.
Quiero salir y decirle al hombre que su mujer lleva dos días mejorando. Pero a decir verdad tengo más días sin verlo parado en la otra acera. Hasta ahora me doy cuenta. Le pregunto a la enfermera. Me dicen que lo han re-cluido en la otra sala. Se pasaba el día afuera, sin mascarillas, comenta.
–No creo que lo logre –agrega ella. Entonces pienso en Adela. Y algo frío se desliza por mi espalda hasta llegarme a las zapatillas. Salgo al pasillo. En el fondo, donde las luces se pierden, dos colegas están en la habitación de descanso. Vuelvo a pensar que sería amor si dentro de unos días es Adela quien levanta en alto el letrero del otro lado de la acera.
Cruzo la calle, recojo el pedazo de cartón y se lo guardo.
Yubany Checo. Nací en Santiago de los Caballeros. Graduado de Ingeniería Telemática en la
Pon-tificia Universidad Católica Madre y Maestra, de electrónica en Hesston College y con maestría en administración de Sistemas de Información en el Steven Institute of Technology. He tomado cursos de escritura académica en la Universidad de Duke y talleres de escritura creativa en el Taller Lite-rario Narradores de Santo Domingo del cual es un miembro activo.
Todas las tardes íbamos a volar al río
Araceli Cobos ReinaSolo hacía tres días que habíamos ido al cine. Lo recuerdo con tanta claridad, a pesar de los años que han pasado, porque era la primera vez que íbamos todos juntos. Ludwig, Moritz y Emilio vivían cerca de los cines Cadillac. Yo podía ir en bicicleta, era cuestión de quince minutos, pero mamá no me dejó porque la película acababa a las siete de la tarde y como aún tenía once años, y a esas horas ya habría oscurecido, pensó que no estaría atento a los semáfo-ros. Vio el peligro que suelen ver las madres y los niños no, así es que fuimos en el metro, los dos juntos, con la condición de que me dejaría en la misma boca de salida para así yo cruzar la plaza Arabella y ya, en solitario, entrar con mis compañeros de Gymnasium a ver la película. Mamá solía dejarme coger todas las líneas de metro solo, pero únicamente las que ya conocía. Cada mar-tes y viernes iba a mis entrenamientos de balonmano. Tomaba la línea tres hasta Scheidplatz y allí me bajaba para coger la línea dos hasta el barrio de Milbertshofen. Puedo asegurar que este camino era bastante más largo, pero mamá sabía que lo tenía bien estudiado, como ella decía “bajo control”, por tanto no suponía ningún peligro para mí.
El viernes de esa misma semana, sin embargo, ya no pude ir al entrena-miento. El Gymnasium cerró y comenzó la cuarentena. El virus que había sur-gido en China, como nos había explicado Herr Baumann, nuestro profesor de biología, y que pensábamos que allí se quedaría, se iba extendiendo por el mundo entero. Las restricciones ya habían comenzado en febrero, después de las vacaciones de Carnaval. Al principio, solo obligaron a quedarse en casa a los niños que habían pasado esos días en Italia, más concretamente en Lom-bardía. Por suerte, yo había estado con papá en el Tirol, así es que pude seguir mis clases hasta ese viernes. Todos los alemanes del sur aprovechaban esos días festivos para ir a esquiar a los Alpes y enseguida corrió la noticia de que las estaciones de esquí estaban totalmente infectadas por el Covid 19, el Co-ronavirus, por esa razón algunos compañeros se habían quedado en casa ya desde entonces.
Nuestras caras eran de felicidad absoluta aquel viernes porque creíamos estar de vacaciones. Dos semanas antes de lo previsto estábamos libres de es-tudios, eso pensábamos, ingenuos de nosotros, con el añadido de que esos quince días de asueto se unirían a las dos semanas de Osterferien que teníamos en Baviera cada año. Estaba esperando esas vacaciones con mucha ilusión. Vería a mis amigos españoles de nuevo, y tendría mucho que contarles.
Pero al volver a casa, apenas hube dejado la cartera en el pasillo de la entrada, mamá me dijo que ese año no podríamos volar a España en Pascua. Yo, que ya había marcado en color rojo aquellos días en mi calendario, no
podía creer lo que me decía. Pero, al de un par de horas, papá llegó de la Uni-versidad y me explicó que los vuelos se habían cancelado, que la situación en España era de alto riesgo y que lo más conveniente era quedarse en casa. Como vi a mamá tan triste, intenté comprender y enseguida le expliqué que entendía que ella podría estar más triste que yo por no poder ir a ver al abuelo.
El caso es que nada, a partir de aquel día, sucedió como yo había ima-ginado. El fin de semana nos dejaron descansar, como no podría haber sido de otra manera, pero el lunes comenzaron a llegar correos electrónicos con tareas de este y de aquel profesor, con ejercicios de repaso, con entradas nuevas de latín, de inglés, de matemáticas… de todo, y aquello nos desbordó un poco. Pronto, mamá, que era muy organizada, estableció una rutina, y fue cuestión de dos días comprobar que una nueva máquina se había puesto en marcha. Papá, cada mañana después del desayuno, se metía en el cuarto de estudio para dar clases en línea a sus alumnos, mamá abandonó todos sus quehaceres y se convirtió en mi maestra de todas las asignaturas. Pacientemente leía los co-rreos y me organizaba las tareas diarias. A veces, discutíamos, cuando me en-traba la pereza, pero enseguida hacíamos las paces. Confeccionamos murales de la democracia en la antigua Grecia, de la Electra de Eurípides, de la repro-ducción de las ranas… ¡qué se yo!, de todo. A las dos comíamos los tres juntos y después salíamos a la calle, porque al contrario que en España, aquí el go-bierno no había decretado el confinamiento. Creo que esa fue la salvación de aquellas semanas. Lo mismo que mamá estableció el plan matutino, papá
confeccionó el plan de las tardes cuando ya estaba liberado de mis deberes. Los tres paseábamos por el Jardín Inglés, respetando la distancia entre las per-sonas de metro y medio tal y como se había establecido. Pero esto, al de dos días, dejó de parecernos interesante, así es que a papá se le ocurrió que podría-mos pasar las tardes en el Isar. Allí, al lado del río, respiraríapodría-mos aire fresco y nos daría el sol sin tener que preocuparnos por ir esquivando a las personas a nuestro paso. Papá conocía lugares secretos del río que casi nadie conocía. Así es que enseguida seguimos el patrón que habíamos diseñado y lo repetimos durante una semana. Atravesábamos el parque, cruzábamos el puente John Fitzgerald Kennedy, y después caminábamos por el sendero de arena que daba al rincón secreto. Era muy bonito aquel lugar. Había patos y cisnes y a mamá le encantaba verlos volar. A veces soltando un suspiro decía: “Ellos si son afortunados. Ellos si pueden volar donde quieran. Nosotros no tenemos alas”. Aquella obviedad tenía un sentido más bien trágico en aquellas circunstancias pero es que mamá podía ser tan trágica como divertida. Formaba parte de su personalidad.
Yo, aprovechando aquel paraje solitario, me volví un poco más salvaje. A comienzos de año, el huracán Sabine, había tumbado muchos árboles, árbo-les con grandes raíces incluso, que ahora descansaban muertos en el río, aún aferrándose a la tierra con algo de corteza, como si de abuelos enfermos se tratara que aún albergaran la esperanza de poder ponerse en pie después de una convalecencia. Aquel garabato de troncos me sirvió para construirme mi
propio lugar de descanso. Cogí maderos de aquí y de allá, ramas secas, ho-jas…, cuerdas… y pronto, con la ayuda de papá y la atenta mirada de mamá, logré acomodar una pequeña cabaña, muy rudimentaria pero de la que me sen-tía muy orgulloso. Allí pasé las tardes de aquella semana intentando leer mis comics de Tintín, y digo intentando porque a mamá siempre se le ocurría co-mentarme alguna cosa. Entonces, para escucharla, cerraba el comic y me ponía a trabajar un tronco de madera. Papá estaba haciéndome una espada y yo que-ría corresponderle haciéndole una a él. Y mientras nosotros intentábamos edu-car el trozo de madera, rebelde por naturaleza, mamá nos leía haikus de Matsúo Baso, o las aventuras de Simbad el Marino. Mamá se llevaba a todas partes, y siempre, montones de libros, a sabiendas de que solo le daría tiempo de leer un par de páginas de uno de todos aquellos. Pero esto le daba seguridad. A mamá los libros le daban seguridad. Los colocaba por todos los rincones de casa y se los llevaba a todas partes.
“Nido del águila: / amores que no alcanzan / los oleajes.” De este haiku aún me acuerdo. Y de este otro: “Es primavera: / la colina sin nombre/ entre la niebla.”. De los demás no me acuerdo, pero la recuerdo a ella leyéndolos. Mamá parecía muy joven siempre, más joven que las demás madres de mis amigos. Era pequeña y delgada y tenía un pelo muy largo que casi siempre llevaba suelto. Quizás por todo esto y porque aquellas tardes en el río llevaba camisetas blancas y pantalones vaqueros con alpargatas, me parecía más joven aún.
“A mí me gustaría hacer con vosotros el segundo viaje de Simbad”, nos decía. Y añadía: “Simbad se encuentra con un huevo de ruj. En algunas islas existe este pájaro. Es un gran pájaro. A las crías se las ceba con elefantes. ¡Imaginad!”.
El caso es que Simbad se quitaba su turbante, si mal no recuerdo. Lo retorcía hasta formar con él una cuerda, se liaba con él y se ataba fuertemente por la cintura sujetándose a las patas del ave. Así era capaz de volar.
No sé si era casualidad o mamá lo planeaba, pero todo, aquellas tardes, tenía que ver con aves y vuelos lejanos. A veces papá, que era mucho más pragmático, la interrumpía para hablar de nuevos datos sobre el coronavirus y mantenernos informados sobre los nuevos casos, los muertos, o incluso lo que estaba ocurriendo en Reino Unido o Estados Unidos. A mamá esto al enfa-daba porque no quería saber nada de estas cosas cuando estaba en el río. “Deja los datos para cuando estemos en casa cenando, por favor”, le decía algo enfadada.
Araceli Cobos Reina (Barakaldo, Vizcaya, 1976). Licenciada en Periodismo por la Universidad
del País Vasco (UPV/ EHU), Máster de Periodismo Grupo Correo. He trabajado para diferentes medios de comunicación españoles como el periódico El Mundo, El Diario Vasco o la Agencia EFE. Desde 2005 resido en Múnich, Alemania. En 2009 creo el blog de literatura Un libro abierto. Diploma de acreditación docente por el Instituto Cervantes.
La teoría del ego
Evaly ContrerasEspiando los livings del edificio de enfrente desde la ventana de la cocina, sentada yo sobre el lavarropas y vos sobre la mesada, fumando lentamente los últimos puchos que nos quedan, con la luz apagada y un silencio ambiental completamente inusual:
–Che, ¿será que a la gente le entusiasma en cierto grado la idea del fin del mundo?
Exhalo y te miro sin sorpresa, pero te complazco con un gesto de interés. La luz difusa de la noche te ilumina un solo ojo, en el que brilla una chispa casi imperceptible de excitación.
–¿Por qué decís?
–Como si sintieran un alivio morboso en la posibilidad de que el mundo termine antes que ellos. O con ellos. Podría ser mejor que la certeza de ser olvidado y reemplazado por alguna novedad; de que todo va a seguir su curso como si nada.
–¿Es más grande el ego de la gente que sus ganas de sobrevivir? ¿Eso pensás?
–Sí, puede ser. Como que la idea de una muerte colectiva es más lleva-dera que la de la muerte propia...
Vos seguís hablando, elaborando tus teorías inútiles con una soltura ad-mirable. Siempre fuiste vos el parlanchín. Yo, que casi siempre te sigo atenta, no puedo evitar dispersarme esta noche entre tus palabras y el humo. Estoy pensando en lo frágil y efímeros que suelen ser los momentos perfectos. Siem-pre vienen con un poquito de tensión, como una torre de jenga alta y simétrica que se puede derrumbar si la movemos mucho.
También estoy pensando en el futuro próximo: cuando el mundo no se acabe, cuando levanten la cuarentena y reanuden los vuelos, vos te vas a ir.
Vos te vas a ir y yo me voy a quedar.
Yo me voy a quedar y me voy a sentar sola en esta misma ventana, recordando los días de una pandemia, de un encierro forzado y un romance por elección; días de bailar borrachos en el living y charlar desnudos hasta tarde; vos te vas a ir y yo voy a estar poniendo mi vida en pausa constante-mente para poder ocuparme de recordar, recordarte así, íntimo y mío; y mien-tras pase el tiempo voy a tener que luchar para retener el sonido de tu carcajada suelta, la forma de tus dedos al sostener el cigarrillo, cómo te quitás el pelo de la cara cuando estás pensando qué decir - ah porque vos siempre tenés que decir algo-, el cuenquito que se te forma al comienzo de la nariz entre las dos cejas. Y cuando pierda esa lucha contra el tiempo voy a tener que usar la
imaginación para rellenar los huecos, y te voy a inventar mil matices si es necesario con tal de no soltarte.
¿Todo mal si quiero perpetuar el caos para poder tenerte aquí? Un po-quito sí tenés razón en tu teoría del ego. Pero no te lo voy a decir.
En cambio te arrincono con un beso y vos me pellizcás la panza: “qué hacés, ¡pará! ¡distanciamiento social!” y nos reímos como tontos.
Ya fue, que se acabe.
Evaly Contreras. Periodista y traductora residente en Buenos Aires; actualmente escribo y genero
contenido dentro y fuera del género literario para diferentes empresas y revistas a nivel internacio-nal, especialmente en las áreas de turismo, cultura y gastronomía.
Kadish
Fanny DíazPronto vendrán a buscarme. Me he estado preparando semanas para este mo-mento. Hace tanto que sueño con alejarme de mi casa por un rato, sentir el aire libre, estirarme hasta que el cuerpo se rebele. Quizás me lo permitan, solo por esta vez. Quizás me toque un agente compasivo. Quizás…
Ponerse la ropa de protección puede tomar horas cuando tienes que ha-cerlo solo, y al regreso hay que desinfectar cada pieza, bañarse, recordar dónde has tocado, reportarse. Salir de casa es una aventura que hace mucho ya casi nadie intenta. Solo los muchachos circulan sin miedo, dueños del mundo.
Cuentan que los más viejos y los enfermos de antes –preexistentes los llaman– han muerto. Las ciudades están en manos de los más jóvenes, inmu-nes a la enfermedad, por ahora; sin futuro. La gente entre 30 y 45 es en su mayoría resistente al virus, aunque no inmune; es solo cosa de tiempo que los toque. Los demás hemos sobrevivido; los fuertes, en todo caso. El Estado nos ha protegido hasta ahora, pero ha llegado el momento de tomar decisiones. Los mayores de 50 hemos sido elegidos para probar la vacuna. Aquellos que no puedan crear anticuerpos morirán en el intento. Nos llaman “voluntarios”. Técnicamente lo somos, no tenía sentido negarnos. Apenas la liga antivacunas ha seguido luchando, no sé con qué esperanza.
El ministro dice que es nuestra responsabilidad con los que vendrán, con nuestros nietos. No tengo hijos, ni mucho menos nietos, pensé, pero el ministro conoce la respuesta. No es un asunto biológico; abuelo es un concepto.
Después de esto quedará un mundo de fuertes. Un mundo perfecto en el que Darwin y Malthus habrían dado cualquier cosa por vivir.
Un agente me acompañará a la sesión y luego me devolverá a casa. El muchacho que viene a buscarme, al que he llamado agente por pura
costumbre, me aclara que ellos no son agentes sino acompañantes. Cada joven recibió un número de personas a las que custodiar. Les dieron cierta libertad para escoger. Cada acompañante deberá ser responsable de su grupo de volun-tarios como lo sería de su familia. Todos somos familia, somos uno, dice el ministro.
La ciudad luce lúgubre. La luz me pega en los ojos y entiendo que mis sueños de estar afuera son inútiles. Solo se ven los grupos antivacunas. Las manifestaciones nunca han sido suspendidas. Somos un país democrático.
Uno podría creer que un mundo en el que los menores de 30 estén a cargo de todo sería un mundo feliz. La idea me hace recordar un episodio de Star Trek en el que el capitán Kirk llega a un planeta habitado por niños. Los adultos habían muerto a causa de un virus.
Mientras vamos hacia el laboratorio necesito hacer preguntas, despejar dudas. Después de todo, quizás esta sea la última vez que hable con un ser humano.
He escuchado de cadáveres dejados en la calle, en países remotos. No en el nuestro, claro. Por alguna razón siempre parece que las cosas terribles suceden en otros lugares. Ese pensamiento reconforta.
Los voluntarios somos la última esperanza. Eso dicen las noticias. Eso dicen los muchachos. Por eso cada uno de ellos debe ser responsable. Abuelo es un concepto, dicen, una y otra vez. Morirán muchos, pero esta vez estamos preparados.
–¿Nos tirarán en fosas comunes? –pregunto.
–¿Qué clase de monstruos crees que somos? Todos recibirán una sepul-tura decente. En esta tierra hay espacio para todos. ¿Qué te da miedo? Quiero saberlo para hacer bien mi trabajo.
–Nunca nadie ha podido experimentar su propia muerte, leí por ahí. Una sola cosa me molesta de la muerte: que no haya nadie que diga kadish por mí. ¿Dirán kadish por nosotros?
–No entiendo, ¿qué importa si ya estuvieses muerta?
–Me preguntaste por un miedo y te respondo. No sé por qué, lo único que siempre me ha molestado de no haber tenido hijos es que no haya nadie que diga kadish por mí.
–Te escogí porque naciste el mismo día que mi madre. Estaba muy pe-queño cuando murió, en un atentado terrorista. Nunca pude decir kadish por ella. Te prometo que lo diré por ti. Pero no te preocupes, sé que sobrevivirás. Quiero creer que ella hubiera sobrevivido.
–No me importa mucho la vida, a decir verdad. Siempre pensé que mo-riría joven. Por eso nunca quise tener hijos. Todos estos años han sido lo que podríamos llamar un bonus track.
Reímos con la imagen. –¿Tienes hijos?
–No, no tengo. Mi novia y yo hemos planeado tener uno cuando todo esto pase.
–¿Pasará?
–Sí, claro… esto también pasará.
Entonces, efectivamente, todavía no sería abuela. La sensación de opor-tunidad me anima.
Al llegar al laboratorio todo está dispuesto para que cada voluntario vaya a su lugar lo más rápidamente posible y regrese a su casa sin tener con-tacto con nadie más, excepto con el acompañante. Todo es silencio. Todo está dicho. O casi todo.
Me pregunto en qué pensaría Sócrates momentos antes de tomar la ci-cuta, si pensó en algo. Siento las gotas correr por el cuerpo o lo imagino. Lo mismo da. No duele, claro. El Estado también se ha ocupado de eso. Creo que tengo que decir nuestra última oración para sentir que todavía soy yo. “No hay que rezar nada –dice la enfermera cuando me ve moviendo los labios–. Por lo menos no ahora. Sabremos el resultado en dos semanas”.
He escuchado que la muerte es rápida y casi indolora. Falta el aire y en pocas horas todo acaba. Muchos morirán, pero ahora no nos tomará despreve-nidos, han dicho. El acompañante y un equipo vendrán a casa y nos llevarán al lugar dispuesto para ello. No hay nada que temer. Después de todo, ya es-taremos muertos. ¿Qué más da? El Estado se ocupará de cada detalle.
Cierro los ojos. Ahora solo queda esperar. Que venga si quiere venir. Ya no importa nada. El hijo que nunca tuve dirá kadish por mí.
Fanny Díaz (Valle Guanape, Venezuela) es egresada de la Escuela de Filosofía de la Universidad
Central de Venezuela. En 1998 crea la webzine literaria fannydades.com, que más tarde se trans-forma en un blog personal, y en 2010 crea viejacasanueva.net para compartir su experiencia de vivir en Israel. Fue columnista de la revista Sambil de Caracas. Realizó estudios de ediciones en Holanda y ha trabajado en importantes instituciones venezolanas como coordinadora editorial. Desde 2010 vive en Israel.
Anémona de balcón
Luis José Glod SánchezA Maga y a Pi por la premisa y el temor.
Comparto con ustedes estás páginas sueltas que conseguí mientras recogía las pertenencias de una persona muy importante para mí. Transcribo lo que en-contré escrito de su puño y letra:
“…antes de entrar en cuarentena Rafael me regaló un bulbo de anémo-nas coronarias. Él dice que tener una planta me hará sentir mejor. Lo sembré, pero… yo no quiero sentirme mejor. Solo quiero dejar de sentir. Esta planta es otro peldaño suelto parami ansiedad. Ahora estoy diariamente detrás de un matero, regando mi esperanza en una supuesta tierra fértil, dando chance a que allí florezcan mis ganas de vivir. ¿Cuándo las perdí? ¿Dónde las encuentro? ¿Alguna vez las tuve? Necesito un árbol de tranquilidad creciendo en mi jar-dín de balcón.
Martes 31 de marzo
Otra vez escribo a oscuras. Las horas de electricidad son tan limitadas como mis impulsos creativos. La gente corre en la calle por miedo al virus. Todos llevan tapabocas, no saben que nuestros destinos no aceptan ningún tipo de protección. Si los astros sellaron tu camino, ni siquiera la vacuna va a dibujarte atajos. Podría asegurar que soy el único ser pensante que no le teme a la muerte. He jugado con ella tantas veces que ya me preparé lo suficiente para cuando pierda definitivamente. Las cuchillas de afeitar de papá, las pas-tillas rojas de la abuela, el lazo verde que colgaba del portón del edificio, en ninguno de esos intentos pude atravesar el suelo, siempre hubo alguien tomán-dome la mano para impedirlo.
Lunes 13 de abril
No he podido detener el ruido que hace mi cabeza rodando por todo el apartamento. Es muy difícil no pensar en la muerte cuando vives en un piso dieciocho. Mucho menos ahora que todo se resume en cifras millonarias de decesos. Yo quiero ser un número más. Los abismos se han convertido en una tentación. Mis pensamientos no dejan dormir ni a mi gato ni a mis vecinos. La oscuridad se carga de silencio y yo me atiborro de tantas cosas que se me hace imposible no hacer ruido. Mis tripas cantan un aria. Los huesos rechinan bajo las pocas palabras que digo para moverme. El escándalo de mi cuerpo apenas me permitió regar las plantas ¿Cómo Rafael pretende que me aferre a la vida si ni siquiera puedo hacer florecer un bulbo de anémonas?
Viernes 24 de abril
Hoy tuve todas las ganas del mundo de no hacer nada. De morirme, específicamente. Mientras levantaba mi torso de la cama repetía a modo de mantra: Voy a atraer la muerte, y si no llega, la haré venir por mis propios medios. Rafa se mantiene presente con mensajes, pero yo lo aparto, creo que esta cuarentena produjo que me brotaran espinas. Las anemonas siguen su-cumbidas bajo la tierra. No hay ni siquiera una muestra de esperanza en el matero.
Martes 05 de mayo. Miércoles 06 de mayo
Los miércoles huelen a tierra mojada. Tienen el mismo sabor que queda en la lengua después de lamer una piedra. Anoche quería escribir, pero mis manos temblaban tanto que no fue posible organizar mis pensamientos. El maldito matero estaba ahí saludándome, solo para recordarme que aún no tenía anemonas.
En plena madrugada recobré la consciencia con el pijama embarrado, ascendiendo a mi apartamento en un maldito aparato que parece una caja fuerte. El vigilante del edificio me tomaba por el brazo del mismo modo que me devolvían a la cama en los centros mentales, cubriendo el límite superior entre el bíceps y el codo. Yo lo llamo la zona de crisis, la que pertenece a médicos y enfermeras. Me dio un vaso con agua para sumergirse en una pre-gunta inocente –¿Eres sonámbula? –. Sonreí por primera vez en días, quizá en meses. Esa pregunta era más bien una palabra de aliento. Ni siquiera Rafa la hubiese hecho. El señor vigilante no me creía loca, solo veía mis impulsos de destrucción como un trastorno del sueño. Tampoco venía a darme una pastilla.
Lunes 15 de junio
Este podría ser el diario de una persona que no cambió el mundo. Pero yo no escribo todos los días así que deja de ser un diario. Esto solo son los escritos de una loca depresiva cansada de escuchar a sus vecinas lamentar las
muertes por la peste. ¿Por qué mierdas dicen que cuando morimos nos encon-tramos con otras personas en el cielo? ¡Estúpidas! ¡Malditas! ¡Come mierda! La muerte debe ser oscura, no debe tener nada, debe ser como deshabitarte.
Sábado 22 de agosto
Desde hace meses olvidé por completo las plantas, ni yo me había ba-ñado ¿con que ánimos iba a regar un montón de tierra? El vecino del 1804 se murió por el virus. Yo ni siquiera tengo tos, aún me mantengo sana. No sé para que sigo escribiendo esto. Ya no me río ni de mis intentos fallidos por parecerme a Anna Frank. Entendí que solo coincidimos en ser mujeres y en la convicción de escribir mierda. Pero esto no lo va a publicar nadie, no tengo quince años ni hago metáforas tan maravillosas. Todo lo contrario, escribo como una maldita porquería.
Domingo 13 de septiembre
Soñé de nuevo con Navarro. No soporto este tipo de pesadillas. Ni si-quiera durmiendo encuentro razones para vivir. Quiero salir corriendo sobre nubesque me permitan el abismo. Una caída libre infinita. Eso quiero. Pero si me lo propongo todo va a terminar como la última vez que quise hacer algo bueno por mi cabeza: sorprendida por el vigilante que me creía sonámbula mientras cavaba mi propia tumba en el jardín del edificio. Ese día pensaba
descubrir por qué las anémonas no querían florecer. Sentí la necesidad enterrarme, como esos bulbos. Esperando que alguien me regara, que al-guien todos los días pensara en mí, en mi encierro, y pasara para regalarme unas lágrimas, al menos a llorar sobre mí, dándome el puesto que merezco en la sociedad: una tumba.
Martes 15 de septiembre
Los martes me siento mejor. Hoy me arriesgaré a subir a la azotea. Desde hace cuatro días que no tomo medicación, ya no podemos salir de casa. La vecina del 1702 murió ayer, hoy la del 1404. Yo sigo sola en el 1801. Voy a subir contra todo pronóstico, sin permiso, sin tapabocas, desprotegida. Hay un caos en mi jardín de balcón. El abono está esparcido por el piso y las pare-des, así deben ser las tumbas. Hasta mi gato escapó, no lo he escuchado en días. El matero con los bulbos en el suelo. Y yo sola maldita sea. Fingiendo que me siento mejor, porque no me siento bien una mierda. Ni siquiera me siento. Rafael me dijo que todo el mundo le teme a la muerte, eso puede ser verdad, pero yo no soy parte del mundo. Espero que por fin nadie pueda oponerse”.
Todo el mundo dentro de sus casas cumplía con la cuarentena. Protegiéndose y protegiendo a los otros. Temiéndole a los estragos del virus. Esta vez nada pudo oponerse.
Vuelvo a asegurar que nadie, nunca, dejará de temer a la muerte. Quizá Magdalena descubrió su miedo demasiado tarde, cuando ya no había manera de construir un freno en el aire. Fui a su apartamento para recoger las pertene-cías y el gato aún no había vuelto, al parecer los animales presienten la muerte. El tiempo de la peste se llevó a mi amiga, ahora es una flor de pétalos blancos y corazón negro que crece en mi jardín de balcón.
Luis José Glod Sánchez (San Cristóbal - Venezuela, 1994). Escritor y realizador escénico. Autor
de los libros; Sobre El Ojo Azul (Premio Nacional de Poesía Juan Páez Ávila, 2018) y Fábula Tropical (Ganador del III Concurso de Poesía Joven Descubriendo Poetas, 2019). Finalista del III Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas. Guionista de los cortometrajes Centena-rio (2015), Turpial (2016) y Nuestra Carne (en post-producción). Ha trabajado en diversas produc-ciones teatrales como actor y director a nivel nacional e internacional.
Desde el ático
Javier DomínguezLiliana escuchó el ruido del riachuelo entre los árboles y se acercó a él. Salió de la arboleda y se puso de rodillas frente a la corriente. Destapó la cantim-plora y la sumergió en el agua; cuando dejaron de brotar las burbujas la sacó y tomó un trago largo y lento. Volvió a sumergirla en el río y luego se sentó a la sombra de un árbol. Miró algunos pájaros en las copas. Éstos volaban de uno a otro, tomaban alguna ramita y regresaban a su lugar original. «Seguro están haciendo un nido». Recordó cuando ella y Ezequiel hacían cosas así, como esas aves, en la época en la que existían los propósitos, cuando las aspi-raciones superaban, o al menos eran distintas, a la de sobrevivir otro día.
Miró una sombra moverse entre los árboles en la otra orilla del río. Se quedó quieta, alerta, volvió a ver la sombra. Un venado caminaba y olisqueaba la corteza de los árboles. El animal se movía con tranquilidad a unos treinta metros. Nunca había visto uno tan de cerca. El animal la vio y siguió su camino como si nada, la reconocía como parte del paisaje.
A Ezequiel le habría gustado mucho ver a un venado así de cerca. Aún en las circunstancias que les tocó vivir, él sabía encontrar el goce en los
pequeños detalles como ese, incluso en la ciudad se deleitaba en los detalles nimios.
Se preguntó por la hora. Miró el sol. Estimó que eran como las dos de la tarde. Sería bueno regresar. La búsqueda no tuvo resultados, ya probaría mañana. Ezequiel no podía estar lejos. Si no lo encontraba vivo, al menos as-piraba hallar su cuerpo y enterrarlo al pie de un árbol tal y como él le dijo alguna vez.
Se levantó y decidió lavarse la cara antes de seguir. Mientras se enju-gaba el rostro, el reflejo del sol del agua le hizo pensar de nuevo en la hora. “Como las dos de la tarde”. En la ciudad siempre había relojes cerca, incluso, se podía conocer la hora exacta en otras partes del mundo.
La ciudad, ambos disfrutaban caminar por los bulevares, sentarse a to-mar un café. a esa hora en particular, a Ezequiel le gustaba toto-mar uno. A esa hora, se dio su primera cita. Un sábado, en un café cerca de su casa. A las dos de la tarde conversaron por primera vez sobre cosas distintas al trabajo. Con una luz como la de ahora brillando sobre sus cabezas, se tomaron un café, comieron dulces y al final de la tarde, tomaron una bebida fría. Entre las cosas de las que hablaron conversaron sobre el disfrute de las actividades al aire libre, de ahí vino la idea de él de subir juntos el cerro. Liliana aceptó. Se vieron al día siguiente. En esa oportunidad, él tomó su mano por primera vez para ayudarla a remontar una cuesta. A Liliana le gustó sentir su mano cálida y envolvente. Después vino la seguidilla de sucesos que los llevaría a ser pareja,
a mudarse juntos, a casarse. Innumerables paseos por cafés, fines de semana acampando en el bosque, la playa, la montaña. Ella leía sus poemas en voz alta cuando se quedaban en la casa de campo de los padres de Ezequiel, allí no había TV ni Internet.
En esa casa decidieron refugiarse después de la mutación del virus. Nunca se supo de dónde provino con exactitud, si fue creado en un laboratorio o si fue un proceso natural. Al principio incluso la tasa de mortalidad era baja, la principal preocupación estuvo en su alta tasa de contagio. No había un tra-tamiento y el problema que preocupaba a algunos científicos era que el virus mutara y se convirtiera en algo más peligroso.
Cuando empezó la pandemia, la única solución a mano consistió en evi-tar el contagio. Entonces vino la cuarentena. Incluso divertida al principio. Ambos podían trabajar desde la casa, así que no hubo muchos cambios, ex-cepto por el café. El paquete de un kilogramo que tenían en la alacena solía durar entre diez y doce días. Cuando se instalaron los dos en la casa, apenas rendía cuatro. Aumentaron las compras, nada excepcional, pero después de dos meses de cuarentena, empezó a hacerse más difícil reponer el café porque se hizo escaso ya que los trabajadores no podían ir a las plantas procesadoras, el tráfico marino y aéreo prácticamente se había detenido. La tasa de contagio disminuía a veces y luego repuntaba. No se llegaba a un tratamiento definitivo. La cuarentena se extendió mucho más de lo que se esperaba y entonces el virus mutó. El primer caso afectado por la mutación del virus ocurrió en
Italia y desde ahí se propagó con rapidez. Luego vino España, Francia, Ale-mania. A pesar de todas las medidas aislamiento, se propagó a América.
A Ezequiel y a Liliana les preocupó el asunto, pero él se mostraba esta-ble, eso la tranquilizaba. El nuevo virus no solo causaba los mismos síntomas del anterior, sino que pasada cierta etapa causaba en el infectado una especie de estado rabioso, éste perdía el conocimiento y agredía a quien no estuviese infectado. De alguna forma, los infectados podían reconocerse entre sí y no se agredían, pero atacaban a quien no lo fuera, no dio tiempo de saber cómo era que reconocían a sus semejantes. La infección se salió de control antes de eso. El ejército salió a la calle, pero no pudo hacer gran cosa. El virus marchaba a una rapidez inesperada.
El primer servicio en caer fue el de la internet, luego el resto de las telecomunicaciones. Cuando cayó el servicio eléctrico la civilización pareció borrarse. Ya no se sabía sobre el avance de la enfermedad. Se escuchaban a lo lejos disparos ocasionales, tal vez alguna persona infectada y muerta a quemarropa.
Ezequiel le propuso a Liliana irse a la casa de campo, allá estarían más seguros, ya en la ciudad no solo había que temer al virus y los infectados, sino también al resto de las personas. Ya casi no se conseguían alimentos y la gente podía matar por una lata de atún. En el campo podrían cultivar un huerto, qui-zás, hasta criar gallinas. Liliana estuvo de acuerdo y se marcharon. La gasolina que quedaba en el auto se consumió por completo en el viaje de ida. El auto
se apagó a unos quinientos metros de la casa y ahí se quedó. La maleza del bosque lo cubrió rápidamente y a las semanas se convirtió en un bulto verde a un lado del camino.
Lo limpiaron una vez, pensando que les serviría para regresar a la ciu-dad algún día, pero cuando se dedicaron a sembrar las plantas del huerto y a convertir el ático de la casa en un refugio, comprendieron que ya no valía la pena engañarse creyendo en una temporalidad que no cesaba de prolongarse. Los enlatados que se trajeron de la ciudad fueron todos al ático que convirtie-ron en un último escondite en caso de una emergencia.
Pasaron las semanas y el huerto dio sus primeros frutos, ajíes. Lo de las gallinas no se dio, pero Ezequiel había aprendido con los Boys Scout a hacer trampas para conejos y así tenían carne para comer. Al principio, los conejos cayeron de vez en cuando, pero luego se hizo frecuente, tal vez porque no había mucha gente alrededor y la población de conejos aumentó. Ezequiel li-diaba luego con las presas, a Liliana le desagradaba todo el proceso posterior de despellejar, limpiar, sacar las entrañas de los animales, cocinarlos. Él se ocupaba de todo eso.
Lograron reactivar el aljibe en el patio y así obtenían agua limpia. En las tardes, cuando el ajetreo de las actividades terminaba, se sentaban en el porche en el frente de la casa y miraban el sol ponerse entre las montañas. En ese momento, ambos extrañaban el café. Reían recordando conversaciones en antiguos cafés cuyos ventanales –seguramente, ahora rotos– permitían ver la