Son las 4.00 am abro mi libreta.
Hago el ejercicio de observarme como si yo fuera otra.
Yo. La que le cuesta abrir el ojo izquierdo del todo al despertarse, la que busca entre las sábanas las duras tapas del libro y huele su olor a humedad tres veces antes de dormir.
Yo, la que se menea mucho entre sábanas y gira en la cama en forma de espiral, dando saltos y patadas al aire, como si estuviera poseída de poesía o de metáforas huérfanas sin escribir.
Yo, que nunca ronco, porque no tengo a quien roncarle y no tiene nin- gún sentido roncar sin nadie, despertarse uno mismo con sus ronquidos, con su propio aire atragantado en las fosas nasales –roncar es cosa de hombres, decía mi papá cuándo nos quejábamos de sus ruidos nocturnos.
Nunca duermo sola, yo me acuesto con todos los párrafos al pie de pá- gina, me abrazo a un epílogo y me entrego a Morfeo por unos siete minutos solamente, que suelen ser una eternidad.
No sufro de insomnio, el insomnio me sufre a mí, en medio de la noche me sobresalto y caigo sobre él aplastándolo y dejándolo sin aire.
Evoco tu nombre, Julio, y cierro los ojos queriendo atrapar el aroma gastado de tu perfume y siento paz.
No sé por qué no te pregunté jamás cuál era el nombre de esa colonia favorita, quizás por pudor, las mujeres no preguntamos esas cosas sin mentir, sin decir que deseamos regalársela a un compañero de trabajo o al tío que cumple años.
Me duermo sin dormir, me abrazo a al libro, en donde me busco y siem- pre me encuentro perdida sin encontrarme...
Abro y leo lo primero que aparece ante mis ojos: “Sé que un día llegué a París, sé que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo lo que otros ven”.
Julio:
Son las 7.33 de la mañana, estoy en la cama aún, debo salir a comprar una libreta nueva ya que a esta le queda una sola hoja en blanco.
Anoche soñé que se me desprendió un diente, cayó debajo de la cama, para poder buscarlo mejor me desperté, porque sé que en sueños nunca he logrado encontrar nada, conoces mi manía, suelo pensar que si no logro en- contrar lo que se cayó en menos de un minuto algo fatal pasará, no a mí, sino a alguien que amo y cuyo nombre empieza con la letra del objeto perdido, me tranquiliza pensar que no conozco a nadie cuyo nombre comience con D.
Cuánto hace que no me metía debajo de la cama, hay un mundo oculto allá abajo.
Creo que la hija del portero se llama Dalmira, no sé si al pasar hoy por su lado al salir a hacer las compras le dejé un mensaje de advertencia.
Creo que para que no reconozca mi caligrafía cortaré letras de la revista y le dejaré una nota anónima.
La hija del portero.
8.00 am
Voy al baño, abro la boca y busco el diente, ahí está, hay sueños que no se atreven a pasarse de la raya.
Tenía tiempo que no acercaba tanto mi rostro al espejo.
Me miro... no voy a caer en el cliché de decirte que no me reconozco. Toco mi boca, con un dedo toco el borde de mi boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez mi boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano dibuja.
Abro la ducha, espero que el agua se caliente, me desnudo lentamente y me sumerjo en el vapor como queriendo desaparecer en el.
Son las 8.30 de la mañana. ¿Quieres azúcar o te lo beberás amargo?
Desde hace 22 años pongo dos tazas de café a la hora del desayuno, nuestro primer café se enfrió y eso fue un mal presagio, lo presentí al beberme el primer trago y tener deseo de escupirlo con fuerza, pero lo tragué.
Ese día tenías un abrigo azul cielo que aclaraban aún más tus ojos, por primera vez pude verlos con detenimiento ya que se te metió una pajita en el ojo y me acerqué a soplar, con miedo a tener mal aliento lo hice rápido y siempre pensé que ese día debí haberte besado.
Pero hablábamos de dinosaurios y nadie se besa al hablar de saurisquios y ornitisquios.
Podés creer Julio, son las 11 de la mañana, se acabaron las libretas de tapa dura en la librería del barrio.
Abro el periódico. Oye...
“Coincidiendo con el centenario del nacimiento de Cortázar, “El Lon- don” reabrió hoy sus puertas después de un año cerrado, para ofrecer café y medialunas a los centenares de transeúntes que cada día pasan por el cruce entre la calle Perú y la avenida de Mayo, en pleno corazón de la capital argentina.
Aunque Cortázar ya no se sentará en ella, “El London”, inaugurado en 1954, conserva una mesa con un cenicero en homenaje al escritor y en las
paredes, citas de sus obras homenajean al hombre que inmortalizó el estable- cimiento con su literatura universal.
La mesa y el asiento Cortázar están ubicados en una esquina del café, retirados y pegados a la ventana, de espaldas a la Casa Rosada que se levanta a pocos metros más allá, en la Plaza de Mayo, aunque los responsables del café afirman que no se sabe exactamente el lugar en el que estaban colocados en la época del escritor”
No puedo escribir ya que no tengo dónde hacerlo y se me amontonan las frases en el pecho, siento que el corazón se me acelera si no pongo urgente en un papel Querido Julio, dos puntos.
Me siento en un rincón de la habitación a recordar tu voz, pero me llega la voz del portero y me lo imagino recibiendo una llamada en la que le anun- cian que su hija sufrió un accidente que yo provoqué en sueños. Tu voz Julio, se me perdió otra vez.
Me llega la voz asmática y degenerada de mi profesor de literatura, de un mochilero que amé antes de conocer, de un vendedor de muebles, de un cura dando la extremaunción, me llega el sonido de los niños en el parque y no me llega tu voz Julio.
Debo salir a buscar otra libreta, pero no soporto la idea de salir a la calle a buscar otra libreta.
Oigo mis vísceras, la sangre recorriendo mis venas, el latido de mi co- razón acelerado por la ansiedad de no saber qué más tendré que oír.
Oigo mi respiración la que trato de controlar, la abdominal, la política- mente correcta.
Oigo el aire apagado justo antes de comenzar el ejercicio. La bachata que como una filtración gotea en la sala. La calle, los motores, las bocinas.
Las fichas de dominó.
El ronquido del vecino, que es mi amante y duerme siesta sin mí. La pelota en el parqueo.
El pincel que recrea la luna.
Pero tu voz Julio, tu voz se me escapa y necesito encontrarla para guar- darla en el frasco de tapa roja y ponerla en la mesa de noche junto al retrato de tu gato que me mira con sorna y burla.
5.15 pm
Necesito tener todo en orden pero, cuál es el orden, qué debe ir primero, el insomnio, tu perfume, el café London, el beso, los dinosaurios.
Beso, dinosaurio, diente, café. Café, beso, perfume...
Tu voz Julio se me escapó al abrir la ventana y debe estar deambulando por la ciudad, buscando a la Maga que busca una libreta o debe estar entrando al museo a observar el cuadro.
Porque tú sí eres de los que sale a la calle a meterse en un museo a observar el cuadro. Yo, yo no salgo a la calle, ni soy el cuadro. Se me acabó el alcohol.
Lorena Oliva. Actriz, directora, dramaturga, narradora oral y pedagoga teatral argentina.
Es autora de obras como La Odisea, Cuentos a la carta, Cyrano de Bergerac, petit format, Mujeres de Shakespeare y Secreto a voces, montajes que pertenecen actualmente a su re- pertorio. La obra teatral La Ley del silencio: Bullying, fue ganadora del Primer Lugar del Festival Internacional de Teatro Aficionado Emilio Aparicio y ha sido publicada en el 2019 por Editorial Loqueleo. Santillana.