I I LOS TITULOS CRISTOLOGICOS
Y SU AMBIVALENCIA EN TIEMPOS DE JESUS
El Nuevo Testamento da a Jesús unos 55 nombres. El título de Mesías es el más frecuente, apareciendo unas 500 veces. Le siguen el de Señor o Kyrios (350 veces), el de Hijo del hombre (80 veces), Hijo de Dios o «el Hijo» (75 veces), Hijo de David (20 veces)7.
6 E. Brunner, Dogmatik II (1950) 292.
7 K. H. Schelkle, Theologie des Neuen Testaments. II. Gott war in Chris- tus (Düsseldorf 1973) 192. Para la problemática de los títulos mesiánicos,
cf. W. Kasper, Jesús, el Cristo (Salamanca 1976) 128-137; H. Küng, Ser cris-
tiano (Ed. Cristiandad, Madrid 51983) 397-402; J. Blank, Jesús de Nazaret. Historia y mensaje (Ed. Cristiandad, Madrid 1973) 90-99; J. I. González Faus, La humanidad nueva. Ensayo de cristología I, 239-366.
Los títulos cristológicos 141 ¿Expresó Jesús su pretensión o conciencia mesiánica reclaman- do para sí alguno de estos títulos? ¿O se trata en ellos, más bien, de la reflexión teológica de la comunidad posterior, que intentó formular así el significado de Jesús para ella?
La exégesis actual se inclina, en sus representantes más desta- cados, por la segunda hipótesis. Los títulos cristológicos serían el cauce en el que la comunidad expresó su vivencia de Jesús. Eso sí: no los empleó arbitrariamente. Si se valió de ellos es porque en la vida de Jesús debió de existir un proyecto de vida que orientaba hacia estos títulos.
¿Por qué inclinarse a pensar que Jesús no se apropió personal- mente estos títulos? Parece que encerraban en sí una notable ambi- valencia. Veamos algunos de ellos.
1. Jesús, el Mesías
Este título, que pasó a formar parte de su nombre, era, en tiempos de Jesús, susceptible de diversas interpretaciones. Los zelotas es- peraban un Mesías político, armado de poder para liberarlos de los romanos. Para los rabinos, el Mesías tenía que ser, ante todo, el maestro de la ley. Esta ambivalencia y pluralidad de significados puede explicar que Jesús nunca recurra a este título para expresar su pretensión. Son siempre otros los que se lo aplican, provocando con ello su inmediata reacción: «Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie» (Me 8,30).
Una concepción política del Mesías, armado de fuerza y poder, no era la más indicada para expresar la pretensión de servicio y obediencia de Jesús. Sólo después de su pasión y muerte quedó este título definitivamente cristianizado y purificado de acepciones zelotas poco aptas para expresar la misión de Jesús: liberar al hom- bre no del poder de los romanos, sino de la esclavitud del pecado, y no por medio de una revolución violenta, sino mediante el servi- cio humilde, el sufrimiento y la muerte.
2. Jesús, el Hijo del hombre
También el título «Hijo del hombre» era un término misterioso y ambivalente, válido para expresar la pretensión de Jesús, pero capaz también de ocultarla y oscurecerla. La gama de sus posibles significados iba desde significar simplemente «hombre» —signifi- cado con el que aparece 93 veces en Ezequiel— hasta designar al
«representante del reino escatológico de Dios» —con este significa- do lo encontramos en Dn 7,13— o cobrar rasgos individuales, como sucede en la apocalíptica tardía.
¿Qué habrían entendido los oyentes de Jesús si éste hubiera afirmado que sí que era el Hijo del hombre? ¿Les habría quedado con ello clara su pretensión? Incluso teólogos de signo más bien moderado tienden a negarlo8.
Por lo demás, Jesús siempre habla del Hijo del hombre en ter- cera persona, distinguiéndolo claramente de sí mismo. El hecho de que este título aparezca sólo en sus labios —lo contrario de lo que ocurría con el título «Mesías», que aparece siempre en labios de otros, que lo aplican a Jesús— parece indicar que desempeñó un papel importante en su vida. Desde luego, Jesús hace depender el futuro definitivo del hombre en el juicio ante el «Hijo del hombre», de la postura que se tome ante su persona: «Y yo os digo que, por todo el que se pronuncie por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se pronunciará ante los ángeles de Dios» (Le 12,8). Los sinópticos hablan de la figura del Hijo del hombre en tres contextos diferentes. Determinados textos hablan del actuar pre- sente del Hijo del hombre: el Hijo del hombre tiene poder para perdonar los pecados (Me 2,10); es Señor del sábado (Me 2,28). Un segundo grupo habla del sufrimiento del Hijo del hombre: Me 8,31; 9,31; 10,33. Son los anuncios de la pasión, reconocidos hoy por la exégesis como vaticinia ex eventu. Si Jesús hubiese ha- blado de su pasión con tal género de detalles, la conducta de los discípulos durante ella sería inexplicable.
El tercer grupo de textos, los más antiguos, se refiere a la veni- da futura del Hijo del hombre al final de los tiempos: «Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes, con gran fuerza y majestad...» (Me 13,26).
Walter Kasper escribe en su cristología: «Si bien no se puede hablar de una identificación personal de Jesús con el Hijo del hom- bre venidero, sí es posible hablar de una identificación funcio- nal» 9. Aun concediendo la posibilidad de tal identificación funcio-
nal de Jesús con la tercera acepción del término «Hijo del hombre», queda en pie para nosotros que este título, dadas sus diversas acepciones y la ambivalencia que lo caracteriza, no lograría expre- sar su pretensión.
8 Cf. W. Kasper, Jesús, el Cristo, 133. 5 Cf. op. cit., p. 134.
3. Jesús, Hijo de Dios
¿Reclamó Jesús para sí el título de «Hijo de Dios»? ¿Expresa por fin este título con la deseada nitidez su pretensión? En el antiguo Oriente se daba este título al rey; en el helenismo se aplicó a hom- bres especialmente dotados: héroes, filósofos, genios. El título «Hijo de Dios» no gozaba, por tanto, de un significado claro ni de una acepción única. ¿Fue quizás éste el motivo de que Jesús en los sinópticos nunca se denomine a sí mismo Hijo de Dios? En el mundo panteísta de aquel tiempo tal título no hubiese aclarado casi nada de su misión y pretensión. Fue la comunidad posterior la que expresó su fe en Jesús confiriéndole este título.
Lo observable en Jesús de Nazaret es su contacto personal y su relación familiar y confiada con Dios. No dice nunca «nuestro Padre». Distingue siempre entre «mi Padre» y «vuestro Padre» (Me 14,36; Le 6,36). Su forma personal de hablar con Dios em- pleando el «Abba'» da testimonio de esta relación de profunda in- timidad entre él y el Padre (Me 14,36). La palabra «Abba'» equi- vale a nuestro «papá». Para el pensamiento judío, incansable en su afirmar la trascendencia de Dios, era un signo de atrevimiento el empleo de esta invocación por parte de Jesús.
No podemos olvidar que hay un momento de ruptura entre Jesús y el mundo que le precede. Por eso, los títulos cristológicos, tomados de ese mundo anterior a él, no podían expresar adecuada- mente su pretensión. Hay en Jesús un «más» con respecto a todo lo anterior que no es sin más expresable en ningún título de nin- guna época. Los títulos hay que verlos desde la nueva configura- ción que les ha dado Jesús y no al contrario. Lo decisivo no son los títulos, sino él mismo, su persona, su vida, su anuncio del reino, sus milagros, su muerte y su resurrección.
A la pregunta «¿quién es Jesús de Nazaret?», responderá cada época de la historia con nuevos títulos y nuevos esfuerzos por tra- ducir los recibidos de la tradición cristiana. Ya en el Nuevo Testa- mento hay diversas cristologías, diversos conatos por definir lo in- definible, lo que últimamente permaneció «misterio» para la Iglesia primitiva y lo sigue permaneciendo para nosotros.
¿Cómo expresó, pues, Jesús su pretensión? Ante todo exigió una decisión del hombre: unir el amor a Dios con el amor al prójimo y hacer de este amor el centro de la vida. Bultmann dice que esta llamada a la decisión implica una cristología 10. Ella habla de una
pretensión inaudita por parte de Jesús, que se convierte a sí mismo en el «hermeneuta», en el intérprete y representante de Dios ante el hombre. Por eso, su actuación y predicación está transida de una nueva libertad que le permite relativizar todo un mundo de pre- ceptos, leyes, costumbres, ritos, jerarquías, instituciones sagradas. Pero Jesús no trae un «menos», sino un «má». Por eso radicaliza la entrega a Dios y al hermano necesitado apropiándose una auto- ridad que escandaliza al mundo judío. Viene a recordarnos a todos que ante Dios «lo urgente es curar» (Camus).
Frente a la urgencia de este actuar comprometido pasan a un segundo plano prescripciones rituales que sólo tocan la periferia del hombre. La relación del hombre con Dios se decide en el inte- rior, en el corazón. Lo que viene de fuera no mancha al hombre (Me 7,15; Mt 15,11). Con ello queda rota la distinción entre lo profano y lo sacral. La auténtica adoración de Dios no está ligada a ningún recinto sagrado, a ningún templo fabricado por manos humanas, sino que tiene por escenario el mundo y se realiza en la fuerza del Espíritu (Jn 4,23s).
El cumplir la voluntad de Dios, meta suprema de la actuación de Jesús, exige del hombre mucha más fantasía, riesgo e improvi- sación de lo previsto en la ley. Por eso, sin pretender destruir la ley, Jesús la interpreta con cánones nuevos y se atreve a cambiarla y, en ocasiones, a quebrantarla. Éste es el caso del ayuno. Frente al ascetismo del Bautista, Jesús da ocasión a que le llamen come- dor y bebedor. Los invitados a la boda no pueden ayunar mientras el novio está presente (Me 2,19). Con la venida de Jesús ha irrum- pido en la historia un tiempo de fiesta y alegría. Por eso lo típico de su predicación no será el anuncio del juicio, sino la proclamación de la buena nueva, la presencia del tiempo de gracia. Al personi- ficar la irrupción de lo escatológico en la historia, puede poner su autoridad por encima de la de Moisés. Él, que es más que Jonás y más que Salomón (Mt ll,41ss), puede decir: «Dichosos los ojos
Poder de relativizar 145 que ven lo que vosotros veis» (Le 10,23) y «feliz el que no se es- candalice de mí» (Mt 11,6).
De esta actitud de Jesús se beneficia, ante todo, el hombre. Él participa de su libertad contagiosa. Puede coger espigas en sábado (Me 2,23 par.) porque «el sábado ha sido instituido para el hom- bre y no el hombre para el sábado» {Me 2,27). Jesús mismo cura en sábado a hombres que podían haber esperado a que terminase el descanso sabático (Me 3,1-6; Le 13,10-17; 14,1-6).
Personalmente Jesús se encuentra con frecuencia «en malas compañías»: leprosos, enfermos de todo tipo, pecadores, margi- nados. Hombres, mujeres y niños encuentran acogida en él. Sus comidas con los pecadores son más que un gesto, socialmente re- volucionario. Encierran el significado profundo de que entra en comunión con ellos para otorgarles el perdón de Dios. Para la men- talidad judía, profundamente convencida de que sólo Dios podía perdonar pecados, es claro que, con esta pretensión, Jesús blasfema (Me 2,6). Para el «caído» de todos los tiempos, lo de Jesús es real- mente evangelio, buena nueva. A él es al que últimamente bene- ficiarán sus radicalizaciones (Mt 5,21-48).
Finalmente digamos que pocas palabras de Jesús reflejan tan profundamente su pretensión como su llamada al seguimiento. Su «seguidme» (Me 1,17) implica verdaderamente una cristología. Esto queda confirmado con el fin para el que los llamó: «para que estuvieran con él» (Me 3,14). No se trata de que los discípulos aprendan una determinada doctrina y marchen a establecerse por cuenta propia, sino que quedan ligados a su persona, permanecien- do discípulos ad vitam.
La muerte de Jesús no fue ni fatalidad ni casualidad. Su vida y su predicación la fueron preparando. Dijo «no» a lo que la so- ciedad de su tiempo y sus hermanos en religión tenían por sagrado o por cómodo. Al mismo tiempo predicó y vivió una nueva escala de valores revolucionaria e incómoda para demasiados de sus con- temporáneos. Relativizó y radicalizó. Su tiempo le pasó la factura. Pero Dios, en quien él había confiado en todo momento, le resu- citó de entre los muertos, confirmando así su pretensión.