1. EN TODO TIEMPO AMA AL AMIGO
Somos seres sociales, y uno de los vínculos más notables que establecemos los humanos es la amistad. Se trata de un tipo de unión afectiva que nace de la empatía, es decir, de la capacidad de ponernos en el lugar del otro. Si bien todos necesitamos tener amigos, algunas personas tienen más y otras, menos. En la adolescencia podemos hacernos «amigos» de una persona solo porque nos gusta su hermana, pero a medida que vamos creciendo tenemos relaciones de amistad más profundas. Sin embargo, también hay quienes no pueden tener amigos. Es interesante apreciar que si bien hay amigos con los que sentimos compartir casi todo, muchas veces no tenemos un amigo con quien compartirlo todo, sino que cada uno es distinto y compartimos diferentes aspectos de nuestra vida. Están los amigos del trabajo, los del colegio, los del vecindario, y con cada uno hay códigos diferentes, propios del grupo.
Una verdadera amistad se fundamenta en poder ser uno mismo. El que no tiene máscaras se conecta con los mejores. La gente íntegra, sin máscaras, que no se avergüenza de ser quien es, es requerida por todo el mundo.
La amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad. Sir Francis Bacon
Según el grado de confianza, podemos enumerar cuatro categorías de relaciones:
a. Conocidos
Son los compañeros de trabajo, la gente que nos presentan y con quienes realizamos determinadas actividades. Intercambiamos frases, sonrisas y saludos. Esta categoría
puede incluir a los vecinos.
b. Compañeros de tarea
Son personas con quienes hacemos algo; hay un compromiso fundado en la tarea en común. Por ejemplo, son compañeros de tareas quienes trabajan en el mismo lugar o con un mismo objetivo. La relación dura lo que dura el trabajo o la meta, luego se disuelve.
c. Amigos
Con ellos compartimos más cosas y les contamos qué nos pasa. De los amigos esperamos mucho más que de los conocidos. Los amigos son pocos y raros de encontrar.
d. Familiares
Con ellos compartimos muchas cosas, nos conocemos bien, saben cómo somos y pensamos.
La manera en que se desarrolla la amistad tiene que ver con las características de quienes se sienten amigos. Los investigadores han descubierto que cuanto más nos vemos con alguien, más proximidad tenemos. El compartir cosas de manera cotidiana nos facilita generar una amistad. Por ejemplo, un compañero de trabajo puede convertirse en un amigo. Sin embargo, la cotidianidad no es imprescindible para la amistad. Un ejemplo de esto son los amigos del instituto: pasamos cinco años viéndonos todos los días. Una vez que terminamos los estudios en ese centro, dejamos de vernos con la misma frecuencia, pero hay un afecto que perdura más allá de las situaciones de proximidad. El tiempo pasó y seguimos siendo amigos.
La amistad es un grado de compromiso mayor que la cotidianidad, y un amigo tiene el deseo de ver al otro para compartir. ¿Por qué? Porque se identifica con el otro, ambos tienen mucho en común, o porque le atrae que tengan personalidades diferentes (por ejemplo, si uno es introvertido y el otro, extrovertido). Ese deseo de compartir tiene que ser mutuo para que la relación de amistad no decaiga.
Un amigo es alguien que lo sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere. Elbert Hubbard
2. AMISTAD Y GÉNERO
En la amistad lo que se pone en juego es la empatía, el deseo de compartir y de estar con el otro por una afinidad común. Cuando lo que está en juego no es el deseo de
compartir y estar con el otro, no se trata de una amistad. Por ejemplo:
• Hay mujeres que no pueden tener amigas mujeres
«Es que yo me llevo bien con los varones», dicen. Y solo tienen amigos varones. Esas relaciones no son de amistad, sino que pasan más por la seducción. Para este tipo de personas, las mujeres son una competencia. Lo que se pone en juego no es la empatía, sino el deseo de seducir.
• Hay varones que no tienen amigos varones
Tienen solo amigas y que no se conocen entre ellas para evitar que se pongan celosas. Aquí tampoco interviene la empatía, sino el deseo de seducir.
3. AMIGOS PARARRAYOS
El pararrayos es una barra de metal que se coloca en la parte más alta de un edificio, cuya finalidad es atraer los rayos para luego conducir la descarga a tierra a fin de evitar que el rayo cause daños. Se calcula que un rayo tiene una influencia de aproximadamente cincuenta metros a la redonda del lugar en que cae, y si es atraído por el pararrayos toda esa energía es absorbida por la barra de metal, la cual está conectada con un cable de bronce que descarga en tierra.
Al igual que la energía del rayo, nuestro malestar sale hacia algún lugar. ¡Es bueno tener un amigo pararrayos!
Estos cumplen dos funciones principales:
Contener
Si nuestro amigo atraviesa una situación difícil, no hablemos de más, permanezcamos tranquilos, ya que la ansiedad es contagiosa. Abracemos a nuestro amigo y escuchémoslo empáticamente. No le expliquemos nada y comportémonos con normalidad.
Permitir la catarsis
Un amigo pararrayos es una pieza fundamental para que el otro se sienta en confianza para hablar. Conectemos con nuestro amigo, preguntemos cosas como: «¿dónde estabas?», «¿qué te paso?», «¿cómo fue?», «¿qué sentiste?», etc. No lo reprimamos; por el contrario, ayudémoslo a verbalizar, a poner en palabras lo que siente.
En la amistad interviene el deseo de compartir y estar con el otro por una afinidad común. Valoremos y cuidemos a los amigos que la vida nos ha regalado, que, como alguien tan bien expresó, «son los hermanos que elegimos».
En todas las etapas de la vida necesitamos tener amigos. No hay «caretas ni demandas», sino un fluir desinteresado de uno hacia el otro. Los amigos se estiman, se
contienen y sintonizan. En la amistad se comparten los grandes sueños, las tristezas, las luchas y alegrías. Un amigo es la voz correcta que nos impulsa a mejorar, que cree en nosotros y nos acompaña en nuestro camino.
FORTALEZA 19