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LOS AMIGOS DE MADAME SOLANGE DE CLÉDA

In document Dali Salvador – Rostros Ocultos (página 34-58)

y sus labios eran jazmines,

II. LOS AMIGOS DE MADAME SOLANGE DE CLÉDA

Alrededor de las once y media de la mañana, Barbara Stevens, la rica esposa y heredera de John Cornelius Stevens, salió presurosamente del Hotel Ritz de París en compañía de su hija, Verónica. Recorrieron unos cincuenta pasos de distancia, y entraron en el establecimiento de modistería de Madame Schiaparelli. Cuando faltaban diez minutos para la una, la hija y la madre salieron del establecimiento de Madame Schiaparelli y regresaron al Hotel Ritz, donde tomaron una ensalada que les fue servida con la obsequiosidad y la ceremonia debidas.

Engulleron dos clases diferentes de vitaminas, con la ayuda de dos martinis, que les hicieron anhelar un tercero, además de un empenachado helado de chocolate; después de lo cual, sin esperar la llegada del café, se dirigieron nuevamente a la casa de la Schiaparelli, donde entraron y de donde salieron para acomodarse otra vez en el Ritz con el fin de tomar el té de las cinco.

Barbara Stevens había conseguido triunfar en su propósito de componer una expresión facial por cuya virtud hacía visible cuándo entraba en casa de Madame Schiaparelli, llegando procedente del Ritz; y otra con la cual indicaba al entrar en el Ritz que regresaba de casa de

Madame Schiaparelli. La primera de estas expresiones consistía en mantener la boca

constantemente semiabierta con una especie de desilusionada languidez, que era exactamente lo contrario de la boca abierta por la sorpresa; jamás contestaba a las preguntas que la vendedora le hacía; solía detener la enguantada mano perezosamente sobre los artículos que se le ofrecían, y secretamente, mientras fingía torpemente no mirar nada, se sentía asombrada de todo; el segundo de estos rostros, el que adoptaba para su regreso al Ritz, lo conseguía por medio de la boca cerrada, o más bien contraída, pues acostumbraba fruncir los labios con aire de aburrimiento expresivo de un disgusto de matiz tan frívolo, que solamente podía nacer de las tiránicas inquietudes que son características de las exigencias de la moda, las cuales siempre permanecen insatisfechas para una dama tan mixtificada como ella. Barbara Stevens había ordenado que se la despertase aquella mañana a las nueve y media, so pretexto de que tenía una cita con su peluquero a las seis y media, cita que le había arrancado a viva fuerza y que estaba fríamente decidida a romper. Como muchos seres débiles encadenados a su absoluto capricho, solamente se sentía libre cuando le era posible abolir arbitrariamente los cuidados y los obstáculos con que de modo intencionado había regado su camino durante el día anterior.

Por lo que a esto respecta, podría añadirse que cada una de sus pequeñas preocupaciones podría convertirse para Barbara Stevens en una preciosa fuente de distracción en el caso de que se encontrase ante la posibilidad de aburrirse. Y de este modo, cuando creía que el día que tenía ante sí estaba vacío, siempre encontraba algo con que llenarlo, si no abrumarlo. Y, por el contrario, cuando una mañana comenzaba prometedoramente cargada de excitantes acontecimientos, la señora Stevens comenzaba a aligerarse voluptuosamente de todas sus obligaciones, aunque si ha de hacérsele justicia, debe decirse que es cierto que lo hacía con una corrección, un rigor y una meticulosidad en la elección de excusas, que representaba un verdadero esfuerzo por parte de su secretaria, quien utilizaba diestramente todos los pretextos de la cortesía sin dejar de poner la mirada inequívocamente en la publicidad.

—La señora Barbara Stevens lamenta no poder asistir a la última prueba de su vestido, puesto que necesita tener los zapatos con los relojes de diamantes incrustados en los tacones para poder acudir a la tómbola benéfica de la Embajada inglesa.

O bien:

—La señora Barbara Stevens desea anular la comida que ha encargado en La Rué, a causa de la llegada del rey de Grecia.

O:

—La señora Barbara Stevens suplica a los señores Fernández que tengan la bondad de telefonearla mañana por la mañana, y lamenta mucho no poder asistir a su fiesta de esta tarde; pero ha de celebrar una conferencia con sus abogados sobre un asunto urgente.

O:

—La señora Barbara Stevens ruega que se le perdone el tener que aplazar su visita hasta su regreso de Versalles, el próximo viernes, y suplica que se le reserven los dos broches de turmalina rosa y el collar de esmeraldas que agradaron tanto al pintor Bérard.

—Sí, verdaderamente, sí —solía contestar el joyero, desde el otro extremo del hilo telefónico—. Supongo que se refiere al collar Renacimiento que tiene una centaura… Sí, sí; lo separaremos para ella.

Y, una vez que había colgado el receptor, se decía:

«¡Hum…! Versalles… Debe de ser la cena del Windsor… Veamos, veamos: ¿qué día se celebra esa cena…? El dieciséis, viernes… Pero en ese caso, la secretaria debe de estar equivocada. La señora Stevens no podrá hallarse de regreso antes del sábado por la mañana… Tendremos que esperar hasta el lunes, o telefonear de nuevo… No, no; esperaremos hasta el lunes por la mañana…».

Esta clase de pequeñas maquinaciones, infaliblemente puestas en movimiento, por medio de una conversación telefónica, en el cerebro, montado en platino, del joyero, eran una especialidad de la secretaria de Barbara Stevens.

Por su parte, la señorita Andrews poseía un cerebro muy pequeño que estaba amasado con literatura sensacionalista de periódicos diarios irregularmente salpicados de lúgubres cuadrados negros combinados con otros grises y sucios en los que había medio borradas unas palabras escritas a lápiz que componían la deficiente solución de un juego de palabras cruzadas. Esta mujer obtenía un placer casi salvaje cuando podía brillar ante los ojos de su señora al llegar por las mañanas para recibir sus órdenes o al hacer alarde servilmente de sus maquiavélicos recursos, que le permitían, con incomparable mediocridad, tejer ornamentadas filigranas de estupidez para vestir los deseos, demasiado desnudos e impulsivos, que Barbara Stevens abandonaba exactamente en el mismo lugar en que se cansaba de ellos.

—Tomando sobre mí la responsabilidad de anular su cita del viernes —decía la señorita Andrews jubilosamente satisfecha por su acierto—, he conseguido cuatro resultados diferentes. En primer lugar, el de añadir un margen de dos días para la decisión de Madame; segundo: informarlos de la cena de Madame en el Windsor de Versalles sin mencionarla; tercero: informar a Fernández de la elección de usted, pues el matrimonio va a ir mañana por la mañana a ver la misma joya, acerca de la cual les ha llamado la atención Cécile Goudreau. Lo más probable es que se interesen por esa joya. Y entonces les informarán de que la señora Barbara Stevens la ha separado para sí.

—Tengo la seguridad de que Madame Goudreau ha oído hablar de esa joya a Bérard, porque se dice que es una mujer que no tiene gusto en absoluto —la interrumpió Barbara un poquito acuciada por los celos.

—Y cuarto… —continuó la señorita Andrews triunfalmente.

—¿Qué quiere usted decir? ¿Cuarto…? —preguntó la señora Stevens sorprendida.

Había seguido vagamente las digresiones sociales de su secretaria mientras se ponía un vestido de encaje salpicado de grandes violetas de colores encendidos. Vestía esta prenda (que chocaba violenta y ofensivamente con la castidad de la habitación, decorada en oro y blanco por Jean Michel Frank) con el placer que le producía su satisfecho amor propio. En la intimidad de la estancia, por lo menos, y ante el único testigo secreto que era su secretaria, podía rendirse sin reservas a las inclinaciones naturales de su execrable gusto.

—Cuarto… La cuarta ventaja consiste en haber elegido el viernes —continuó la señorita Andrews con la precipitación propia de quien teme no poder llegar hasta el fin de su explicación —. El viernes, los Fernández comen en casa de Solange de Cléda, adonde la señora lamenta tanto no poder acudir a causa de que tendrá que ir al Windsor. Los Fernández no dejarán de hablar envidiosamente de las últimas extravagancias de usted; de modo que será exactamente como si usted estuviera presente…

—¿Quién contestó a la llamada telefónica a casa de Cartier? ¿Ese hombre pequeño y moreno que habla con acento español?

—Creo que sí. Se mostró muy simpático. Me dijo dos veces: «Diga a Madame que estoy completamente a su disposición».

—¿Completamente a su disposición? Sí: seguramente era ese hombre moreno. ¿Ha telefoneado usted a Monsieur Paul Valéry para invitarle a mi cena del día veinte?

La señorita Andrews se sumergió de nuevo en las profundidades de una explicación de las ventajas diplomáticas de su modo de telefonear, en tanto que Barbara Stevens, con la cabeza entre las manos, permanecía inclinada atentamente sobre su libro de citas e invitaciones, con los ojos cerrados e imaginándose con una precisión teatral digna del mejor escenógrafo todas y cada una de las reacciones y de las contracciones faciales que su nueva presencia en París produciría en el círculo de sus relaciones, informadas anticipadamente de sus recientes actividades por el celo ofuscador de su secretaria. Luego, estudió su papel con arreglo a cada una de las

circunstancias y, exigente, insatisfecha, se obligó a sí misma a recomenzar un centenar de veces los mismos movimientos, los mismos gestos, las mismas inflexiones de voz, a entrar, a salir, a volver a entrar, imaginativa e incansablemente hasta adquirir la perfección. ¡Era agotador! Y fue entonces, y no antes, cuando se aventuró a mostrarse satisfecha de sí y se convirtió en espectador.

Se vio a sí misma entrando en casa de Cartier, como la cumbre roja de todas las murmuraciones de la cena de Versalles; en casa de los Fernández, como el haz de las altas finanzas; y en casa de su zapatero, como si fuera, sencillamente, la duquesa de Kent. Era una cosa curiosa: aun cuando Barbara no tomase estos efectos completamente en serio, sin embargo, era cierto que obtenía de sus proveedores las adulaciones y lisonjas más vehementes, los silbidos más espontáneos para llamar a su automóvil, las inclinaciones más profundas de los porteros y de las gentes de sociedad; y todo esto contribuía a que se sintiese insegura de sí misma y a que se preguntase: «¿No seré demasiado superficial?».

—¡Basta, querida! —dijo implorantemente Barbara cortando la inagotable locuacidad de su secretaria—. Dígame: ¿qué nos reserva el destino para hoy?

¡Lo sabía bien! Y por medio de un tono de fatalidad, estaba sólo preparándose para reaccionar naturalmente.

—No hay nada —contestó un poco desconcertada la señorita Andrews—, excepto las pruebas y la visita del peluquero a las seis y media.

—¡Al fin —exclamó Barbara con un suspiro— un día de felicidad!

La señorita Andrews estaba ya en pie, con los pies juntos, con una rigidez casi militar, esperando la indicación de que se retirase; su rostro, ligeramente brillante y liliputiense, tenía exactamente la misma forma y el mismo rosado color que un dedo pulgar con un gran diente rojizo —es decir: un clavo pequeño— colocado en su centro.

—Puede usted retirarse. Muchas gracias. Mañana nos veremos.

En aquel momento, Verónica entró en la habitación y besó a su madre en la comisura de la boca. Rehuyendo el beso, Barbara suspiró de nuevo.

—Al fin —dijo—, vamos a poder pasar un día agradable las dos juntas; pero, de todos modos, tendré que ir a ver a ese condenado peluquero, en lugar de quedarme en nuestras habitaciones para despachar mi correspondencia.

Y, en realidad, despreciaba a su nuevo peluquero y el modo demasiado glacial que tenía de tratar a todo el mundo de la misma manera, y habría gustosamente evitado el tener que acudir a la cita convenida con aquel rebelde… «Un comunista, sin duda», pensó. Pero la espantable soledad del final del día la encadenaba desesperadamente a su compromiso. Después del peluquero… ¡nada! Miró furtiva y resentidamente al teléfono, que tembló ligeramente y produjo un ligero tintineo sin continuación, lo que hizo que el mortal silencio de la mañana latiese violentamente en el vacío corazón de Barbara. Se sintió débil y volvió el rostro con disgusto en otra dirección para no ver el lugar en que el receptor se encontraba como una langosta blanca, adormilada e inmóvil, estúpidamente atrapada por la horquilla e incapaz de acudir en auxilio de ella.

—¡Qué tranquilos —dijo Barbara— son los días sin llamadas telefónicas!

—¿Quién esperas que telefonee? Todo el mundo se ha ido hoy al campo —dijo Verónica. —¡Cómo! ¿Es fiesta hoy? —preguntó débilmente su madre.

—Es una media fiesta. Algunas tiendas están abiertas, pero todo el mundo se ha marchado. Y, por cierto, hoy proyectan una nueva película de Fred Astaire.

Verónica lanzó la sugerencia solamente por el placer de atormentar a su madre.

—¡Yo diría que no! ¡Por nada de este mundo! —exclamó disgustadamente Barbara mientras se levantaba para arrebatar su lima de uñas de manos de su hija.

—¡Yo diría que no! —dijo a su vez la joven imitando el tono de su madre—. Ya sabes que la manicura te ha prohibido que te toques las uñas.

Barbara se entregó ceñudamente y volvió a tumbarse en el canapé.

—Puedo Soportar que la manicura me ataque los nervios. Puedo soportar que la señorita Andrews me ataque los nervios. Puedo soportar que mi hija, Verónica, me ataque los nervios… ¡Pero no a Fred Astaire!… ¡Ya es bastante taconeo!… Puedo soportar que cualquier persona me ataque los nervios…, ¡pero no con los pies!

Un momento más tarde, el rostro de Barbara se cubría de temblores nerviosos apenas perceptibles. Estos temblores producían la misma impresión que si se viese correr a las arañitas grises del disgusto en todas direcciones, sobre la cuidada madreperla de su piel. Verónica acudió a sentarse junto a su madre; inmóvil y con la vista fija sobre ella, la joven se daba cuenta de que los ojos de la mujer se humedecían, y esperaba que comenzase a llorar de un momento a otro. Barbara Stevens tenía una gran facilidad para reflejar esas fugaces emociones que prestan encanto a ciertos rostros en los cuales el rocío de las lágrimas, grandes y fáciles, acrecienta y bruñe los matices del sentimiento al mismo tiempo que borra las huellas más ligeras de su polvo.

Barbara tenía cuarenta y tres años, pero su naricita con forma de cincel tenía dieciséis, y los azulados hoyuelos de su boca apenas tendrían doce.

¿Era verdaderamente hermosa Barbara? La impresión que producía era precisamente la contraria. Parecía haber sido hermosa hasta muy poco tiempo antes. Y esto era perfectamente cierto. Fea en la época de su infancia, pasable en la de su matrimonio, hermosa ayer y arrebatadora hoy, Barbara Stevens era uno de esos raros seres capaces, por la misma esencia de su naturaleza, de todas las transformaciones y todos los rejuvenecimientos tan ligeramente prometidos por los gabinetes de belleza. A causa de un innato sentido de la imitación, su rostro podía reproducir con engañosa precisión las expresiones más antagónicas de cualquier ser: del hombre, de la mujer y aún de los animales. Hundida en la mitología de las tiendas de modas, esta mujer gastaba sus facultades miméticas contaminándose a voluntad con las actitudes y las virtudes de las divinidades del día que más la habían impresionado; de este modo, en la carrera frenética de su despersonalización, Barbara Stevens derrochaba los tesoros de su energía en imitar a las mujeres más lindas de su época, en tanto que guardaba de sí misma lo que le era estrictamente necesario para permanecer viva. Todo lo que había en ella que fuese natural, no era perfecto: tenía las piernas cortas; la frente, estrecha; era regordeta sin exageración, y pasablemente rubia. ¡Qué contraste más tremendo presentaba junto a la exuberancia dorada, fluvial, podría decirse, de su hija!

Verónica era rubia, no solamente por virtud del dorado cabello que le caía en forma de cascada sobre los hombros, sino, también, por virtud de la esencia de la luz que emanaba de todo su cuerpo. Cuando se hallaba junto a su madre, parecía prestarle un poco de su color rubio; y cuando estaba a solas, hasta el moblaje que la rodeaba se tornaba rubio. A diferencia de Barbara, Verónica tenía la frente ancha y serena, redondeada, ligeramente meníngea; y piernas largas y esculturalmente formadas, que jamás se veían, pues quien se hallaba en presencia de la joven sólo podía mirar de modo constante a sus ojos, porque en su mirada no se veía absolutamente nada. Ajenos a las lágrimas y a los encogimientos, aquellos ojos eran fijos y secos como dos inmensos desiertos, y sus pupilas eran de un azul tan pálido, que se confundían y fundían con el blanco, y solamente en sus profundidades y en el horizonte de su translúcida vista era donde brillaban un rayo de luz de luna y un polvillo dorado. El defecto de Barbara, consistente en tener las piernas demasiado cortas, indudablemente, representaba un modo poco agradable de que la naturaleza se había valido para mantenerla más próxima a la tierra y, al mismo tiempo, de hacerla más humana. Contrariamente, Verónica no necesitaba tener las piernas largas de una diosa para elevar su corazón hasta un nivel superior. Era una de esas personas que pisotean los sentimientos humanos con los ligeros pies de un antílope. Barbara, como la mayoría de los seres débiles, era graciosamente inclinada al perdón y a la piedad, y solamente era cruel de modo inconsciente. Sin ser cruel, Verónica no era buena ni mala, como los dioses del antiguo Olimpo, y como todos los seres combativos pertenecientes a una clase escogida, era despiadada, vengativa y estaba sujeta a irreparables arrebatos de cólera. Era como la mantis religiosa, que devora a su amor a causa de una necesidad biológica del absoluto.

Barbara Stevens sintió que la inquisitiva mirada de su hija se posaba sobre ella. Pero se encontró sujeta a aquella mirada, cuya ponderable transparencia era como la de un pisapapeles de cristal que se apoyase sobre la levedad de sus sentimientos, escritos sobre el volandero papel de seda de su frivolidad. Se encontró sujeta a ella, principalmente porque podría necesitarla en el caso de que se le presentase una crisis nerviosa. Barbara no esperaba ningún consuelo de la inflexible mirada de Verónica; sin embargo, le agradaba saberse observada en tanto que lloraba, porque era el único modo de que podría conseguir compadecerse de sí misma. Mientras esperaba que esta escena se produjese, Barbara había recuperado su librito de anotaciones, que se colocó en el regazo; luego, apoyó los codos en el brazo del canapé, recostó la frente en las manos y, con los ojos completamente abiertos, se concentró, sin conseguir ver nada, en una página abierta al azar. Inmediatamente, vio que de la oscuridad de su imaginación surgía un sombrero, un sombrero de color azul metálico tan violento, que parecía rojo, y en realidad, si parecía rojo, se debía solamente a la circunstancia de que era rojo y no azul; pues la única cosa azul que tenía era el velo que lo cubría. Este sombrero relampagueó en su cerebro durante un momento con la celeridad de una chispa eléctrica que cambiase el azul en rojo tan rápidamente, que no pudiera

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