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APLAZAMIENTO DE UN BAILE

In document Dali Salvador – Rostros Ocultos (página 72-83)

S EGUNDA P ARTE «NEMO»

III. APLAZAMIENTO DE UN BAILE

En este mundo traidor nada es verdad ni es mentira; todo es según el color del cristal con que se mira. CALDERÓN DE LA BARCA

En la habitación-estudió de Betka, en el Quai des Orfévres, el sol aparece tras los cristales de la ventana y se desvanece…

Betka se encuentra con el cuerpo inclinado hacia Verónica, que se halla con una rodilla en tierra. Las cabezas de las dos amigas se encuentran al mismo nivel. Los pies desnudos de Betka se apoyan sobre uno de los de Verónica, y los cuerpos de ambas se doblan hacia las sábanas abiertas del lecho; las dos mujeres miran emocionadamente a un niño de apenas dos años de edad que, con torpes movimientos de unas manecitas gordezuelas, intenta desabotonar la blusa de Verónica en busca de su pecho, que Betka parece desear ofrecerle. El afán de la criatura, cuyos esfuerzos son acogidos con carcajadas, llena de embeleso a las dos amigas.

Después de este juego de identificación maternal, que dura varios minutos, Betka se desabrocha la blusa con orgullosos movimientos y aproxima al rostro de su hijito un pecho pleno y redondo; las manos de la criatura se dirigen hacia él y cada uno de sus esfuerzos provoca nuevas risas y nuevas expresiones de delicia, como si la verdadera prueba de su maternidad se encerrase en la turbulenta avidez que nace en la criatura. Betka se aproxima más a ella y se inclina un poco más. El niño parece atemorizarse durante un momento por la sombra que repentinamente se extiende ante él; pero tan pronto como el pecho de la madre comienza a alimentarle, no vuelve a moverse. Continuando inclinándose para que la dulce redondez de la turgencia de su carne descanse más y más sobre el rostro de la criatura, Betka observa cómo el niño acepta la caricia con una voluptuosa inmovilidad, tan estática, que al verla, los ojos de las dos mujeres se llenan de lágrimas de ternura…, lágrimas que inmediatamente se truecan en lágrimas de alegría y de risa cuando el hijito de Betka se sofoca y reacciona repentinamente con los movimientos contradictorios de una criatura que estuviese ahogándose y comenzase a luchar con toda la energía de sus bracitos precozmente musculares.

El sol, surgiendo nuevamente de detrás de una nube, brilla directamente sobre aquella gloriosa carne que se torna tan deslumbradora, que toda la habitación semeja iluminada por su reflejo. Los pechos de Betka son largos, con puntas extremadamente prominentes, como los que solemos asociar imaginativamente con los de la decadencia romana, y su piel es tan brillante como la superficie de las estatuas bruñidas y está salpicada de pecas de subido color que parecen, engañosamente, las pecas de un musgo dorado que, como sucede en muchos casos, cubren el mármol de algunos fragmentos de escultura que han sido abandonados y expuestos a las inclemencias de la región de Pontine.

Una mosca acaba de posarse en la punta de uno de los pechos y ninguno de los movimientos de la criatura parece distraerle o forzarla a abandonar aquel punto, entumecido en cierto modo, que la lactancia ha distendido monstruosamente. Una serie completa de granulaciones satélites, de una cuarta parte del tamaño de la natural, rodea el núcleo central de succión, de protuberancias hinchadas y oscuras, que constituyen una especie de frontera circular en su torno. El chiquillo toca aquellos pezones suplementarios uno tras otro, y en ocasiones los aprieta fuertemente con un pequeño dedo índice y empuja a la totalidad de la carne con un movimiento rotatorio, como si intentase conseguir que todo ello girase como la esfera de un teléfono.

Ahora, las manos de la criatura se apoyan en el pecho de la madre, y la mosca que se encuentra detenida entre sus abiertos deditos le deja indiferente, puesto que el niño acaba de hundirse en un profundo sueño. Sin razones aparentes, las dos amigas han caído repentinamente

presas de la ansiedad, y Betka, enderezando la espalda, lanza un suspiro. La mosca se ha alejado volando y el sol ya no cae sobre el lecho, sino en el parquet del suelo, donde unas pequeñas masas de polvo purpúreo emergen de las rendijas.

Cécile Goudreau había conservado como recuerdo de la condesa Mihakowska un grotesco aparato ortopédico de fieltro blanco y aluminio dorado que había sido utilizado solamente durante un corto espacio de tiempo, con el fin de comprimir los tejidos en el lugar en que el pecho había sido extirpado. Aquel objeto, un poco siniestro, era utilizado actualmente como vaso, en el cual el brillo de algunas flores pintorescas aparecía de vez en cuando para adornar una suerte de altar provisional de muy mal gusto, compuesto de un icono polaco carcomido por los gusanos, y el retrato de la condesa, vestida con ropas de amazona, retrato muy hollywoodesco encerrado en un marco de piel de un color rojo tan agresivo, tan nuevo y tan bestial, que ni siquiera la luz agonizante de la lámpara de aceite que suavizaba el conjunto podía humanizar. Sin embargo, comoquiera que esta última no era regularmente cuidada, solía permanecer apagada por espacio de días y de semanas sin fin.

Desde la época de los sangrientos acontecimientos del 6 de febrero en la Plaza de la Concordia hasta el «equinoccio de septiembre» en que se llegó al pacto de Múnich, podría decirse que no sucedió nada o casi nada. Todo el mundo se hallaba absorto de cuerpo y alma en la tarea de obtener el mejor partido posible de su ínfima parte de felicidad. Acudir a un restaurante constituía un acontecimiento. No podían hacerse proyectos. La gente se levantaba tarde para hacer que las alas de la ambición se adormeciesen, y nadie se atrevía a acostarse hasta muy tarde, por miedo a despertar las del remordimiento. Ese cobarde sentimiento, esa impresión de permanecer inmóvil, de encogerse y dar la vuelta entre las sábanas de la irresponsabilidad, se hicieron más intensos y adquirieron un matiz de perverso placer a consecuencia de que se sabía que los históricos vecinos de España estaban sacrificándose mutuamente en una de las guerras civiles más cruentas que la Historia haya registrado. Todo era aceptado y convenido solamente por el placer de aplazar una decisión inmediata. Lo más importante consistía en poder añadir al vacío del día presente la nada del siguiente. La gente se engañaba, tomaba drogas, esperaba…

—Las cosas están muy mal ahora… ¡Si esta situación pudiera durar!…

Y no parecía sino que en aquellos momentos cruciales solamente hubiera un ser en todo el mundo que, sorbiendo con la energía de un vampiro, fuera capaz de tomar decisiones. Este ser era el gran paranoico de Berchstesgaden, Adolf Hitler.

Lo mismo que en la calma amenazadora que precede a la violencia de los elementos desencadenados, parecía que cada ser estaba paralizado y anestesiado, por decirlo así, por la trituradora inminencia de la guerra. Pero ese instante de tensión eléctrica que, antes del estallido de la gran tormenta, detiene el mayestático movimiento del roble milenario y el torpe picoteo del polluelo recién nacido por el corto intervalo de unos pocos segundos, ese instante duró por espacio de tres largos años, durante los cuales el corazón de París semejó hallarse muerto bajo las mandíbulas, peligrosamente próximas, de la bestia jadeante.

La gente se inmovilizaba en la semiconsciencia de la catástrofe que inevitablemente habría de producirse, y cada persona, bajo su aspecto de inercia, cristalizaba lentamente en las formas más apropiadas para resistir las feroces y decisivas represiones de la gran prueba. Cada individuo, en consecuencia, mientras se transformaba oscuramente en la silente profundidad de su letargo, estaba afinando su mecanismo peculiar de defensa y perfeccionando los ardides de insospechados sistemas de reacción, al mismo tiempo que, con toda la sobrehumana fortaleza de su ancestral instinto de supervivencia, con la avidez de un niño de pecho, extraía de su fondo los insondables recursos del gran germen de magia común que se halla enterrado en las profundidades de los orígenes de toda la biología.

Al apreciar el infierno de la inevitable realidad, cada ser, guiado por sus deseos regresivos de protección intrauterina, se encerraba en el paradisíaco capullo que la oruga de su prudencia había tejido con la dulcificante saliva de la amnesia. No más memoria: solamente la crisálida del dolor moral de lo que habría de sobrevivir nutrida por el hambre de las futuras ausencias, por el néctar de los ayunos y el fermento de los heroísmos cubiertos por las banderas inmateriales de estériles sacrificios, armada de la antena, infinitamente sensible, del martirio. Esta crisálida de la desventura comienza a agitarse, puesto que está dispuesta a rasgar los muros de seda de la prisión de su larga insensibilidad para presentarse, al fin, con la incomparable crueldad de sus metamorfosis en la hora y en el momento exacto que le será indicado por el primer disparo de cañón. Entonces, se verá a un ser innominado, a irnos seres innominados, levantarse con los cerebros oprimidos por unos cascos sonoros, con las sienes taladradas por el silbido de las ondas aéreas, con los cuerpos desnudos, que se tomarán amarillos por efecto de la fiebre, aguijoneados por profundos estigmas vegetales, hormigueantes de insectos y llenos hasta el borde por los jugos viscosos del rencor, que les inundarán y correrán a lo largo de una piel pintada con rayas de tigre

y manchas de pantera por la gangrena de las heridas y la lepra del camuflaje, con los hinchados vientres conducidos a la muerte por unos cordones umbilicales y eléctricos entremezclados con la ignominia de los intestinos desgarrados y con trozos de carne que se asarán con las ardientes caperuzas de acero de las torturas punitivas de los tanques.

¡Eso es el hombre!

Dorsos de plomo, órganos sexuales en celo, miedos de mica, corazones químicos de las televisiones de sangre, rostros ocultos y alas, siempre alas, el norte y el sur de nuestro ser.

Jamás ha sido tan oportuno como en este caso el sacar a colación la máxima daliniana de que «las ideas de los genios pueden ser ilustradas mejor por medio de las imágenes más vulgares». Y, de este modo, puede decirse, sin miedo a incurrir en banalidad, que así como la futura conflagración del mundo habría de hacer que las criaturas destinadas a componer las masas luchadoras semejarían las del mundo marciano de los insectos, y así como las batallas apocalípticas que se encendiesen en torno al gran incendio de la guerra serían comparables en su precisión y alucinante crueldad solamente a las del reino de los ortópteros articulados y al de los ápteros, del mismo modo, los protagonistas de esta novela, sujetos a las leyes ineludibles de la gran metamorfosis, serían consumidos a medida que se aproximasen a la etapa común de la Historia, vestidos y armados con sus nuevos atributos entomológicos, y elevados, por este mismo hecho, a la categoría de personajes épicos.

En este momento, pues, será fácil para el lector penetrar en la profunda realidad de cada uno de los protagonistas de esta novela y por medio de una sola mirada, imaginarlos por espacio de unos pocos segundos iluminados por una misma llama…

Verónica y Baba se presentan como un par de insectos de los que por su actitud orante llama el vulgo mantis religiosa, en los papeles de Isolda y Tristán, respectivamente, devorándose de modo mutuo; Solange de Cléda es una Cledonia Frustrata, con grandes alas blancas y un cuerpo mercurial; Betka es una polilla; D’Angerville, un escarabajo dorado; y Grandsailles, una gris mariposa nocturna en el centro de cuyo velludo cuerpo está señalada una cabeza de muerte. Estrellando el cielo sereno de esta novela, los seis protagonistas, bajo el signo de Tauro, perpetuarán el mito eterno del despertar de las Pléyades[7].

Cada uno de ellos conocerá los estragos de sus extrañas pasiones, y, en tanto que alcanza el estado de frenesí biológico que es característico de los insectos más feroces, la órbita de la vida de cada uno de ellos estará siempre tan distante de las otras como el frío centelleo de las constelaciones.

Solamente queda, en consecuencia, para el fiel cronista, la tarea de describir sus órbitas físicas con la objetividad de un entomólogo, y las conjunciones de sus destinos con la frialdad matemática de un astrónomo.

Durante tres años, en el Château de Lamotte no ocurrió nada digno de mención, excepto que la canonesa de Launay perdió el resto del cabello y que lo remplazó con una peluca pardorrojiza que daba lugar a dudas respecto a que la baratura hubiera influido en la elección. Por espacio de cierto tiempo, su cabello, que clareaba continuamente, había sido recogido sobre la nuca en un pequeño moño, labor que se realizaba a fuerza de ingenio y de economía capilar; más tarde, la castaña quedó reducida a las dimensiones de un diminuto capullo de seda, y el cabello que lo componía era tan delgado y tan fino, que semejaba sostenerse por milagro. Una tarde ventosa, cuando la canonesa estaba recogiendo la colada al pie de la higuera, una rama que golpeaba contra una vidriera le rozó la cabeza y le arrancó por completo la castaña. La mujer se sintió acometida por las tribulaciones y se arrastró llorosamente a cuatro patas con el fin de buscar la ensangrentada pelota de cabello gris entre la profusión de higos medio podridos que, habiendo caído del árbol, se extendían por el terreno con un bostezo que descubría sus rojas pulpas.

Fuera de este acontecimiento, Maître Girardin había conseguido con su paciencia de hormiga y su honradez triplicar las rentas de las posesiones de Grandsailles. En el dormitorio del conde, la calavera de Sainte Blondine continuaba ocupando el mismo lugar que anteriormente, y el violín situado a su lado lucía una nueva cuerda roja. Desde la noche en que Grandsailles realizó la operación de cambiar tal cuerda, una infinidad de delgadas hebras de seda roja que había arrancado de uno de sus extremos, permanecía aún en la habitación a pesar de todas las limpiezas. Aparecían por todas partes, en la tinta, adheridas a los extremos de las manecillas del reloj, y muy frecuentemente podía vérselas flotando a través de un rayo de sol.

En la cocina del castillo, el viejo criado, Prince, había envejecido exactamente tres años. Béatrice de Brantés poseía tres nuevos y grandes diamantes amarillos y había decorado su habitación con unas pantallas blancas inmensamente grandes pintadas con leche, que ya se había amarilleado. Dick d’Angerville había adquirido un gran reloj-calendario ejecutado por el famoso inventor Oudin y que estaba hecho completamente de cristal transparente… Y así sucesivamente.

confusa y neblinosa de todos aquellos seres, solamente se destacasen con agudeza los objetos… ¡Tres años! Un moño de color ceniciento perdido entre los higos podridos, finas hebras rojas de seda que flotaban en un rayo de sol, la dureza de algunas joyas nuevas, muchas penas escondidas, un reloj invisible y un flujo de leche a los pechos de una madre. ¡Tres años! No se los ve, pero, transparentes como las lágrimas, son suficientes, sin embargo, para dejar un amargo sabor que suaviza los rostros y los gestos de los amigos y los cubre con este tinte ligeramente dorado que no es todavía la pátina del sentimiento, pero que posee ya la liviana fuerza de la poesía.

Aquellos tres años que precedieron al de la guerra dejaron pocas huellas, especialmente en las vidas de los protagonistas, y aún el más atento de los cronistas de la vida parisiense de la época habría tropezado con dificultades para notar diferencias esenciales. Si, por arte mágica, hubiera sido posible esconderse y hurtarse a aquel lapso de tiempo, las observaciones que se hicieran al regreso podrían engañar y forzar a suponer que los tres años transcurridos no hubieran sido sino un solo día. Si bien es cierto que durante tal período las modas sufrieron algunos cambios sorprendentes, también es cierto que en aquel momento algunos estilos característicos de tres o cuatro años antes, que se habían arrinconado rápidamente, revivieron; de modo, que en tanto que vivían y eran consumidos por una actualidad que tenía todas las apariencias de una continua tensión y de una invención espiritual, los seres humanos no hicieron otra cosa que girar en tomo a las mismas elegancias, los mismos estilos literarios, las mismas pasiones ocultas, las mismas uniones descaradas, los mismos perfumes, los mismos olores de portería, las mismas disputas y reconciliaciones, las mismas habladurías. Las murmuraciones de París tenían en su favor ese algo permanente y sólidamente burgués, que aun cuando tenga unos cimientos tan ligeros, se puede contar con ello durante todo el resto de la vida.

El conde de Grandsailles estuvo enfermo de un prolongado ataque de ciática, que le obligó a rechazar la idea de la celebración del baile. Pero las gentes comenzaban a hablar por aquellos días del baile, como si se tratase de algo inminente. Fuera del período en que la enfermedad le tuvo confinado en el Château de Lamotte, el conde iba de modo casi continuo a Londres. Recientemente corrían muchas murmuraciones, salpicadas de extrañas reticencias, acerca de dos de sus efímeros amoríos, el más permanente y el menos oscuro de los cuales era el sostenido con la honorable Lady Chidester-Ames. Pero lo mismo si el conde se hallaba en su Château de Lamotte o en Londres, en brazos de su amante, Solange de Cléda continuó recibiendo todos los días flores de él, sin una sola interrupción durante el transcurso de aquellos tres años; y los jazmines reaparecieron periódicamente en su época, siempre en su envoltura, como una verdadera institución.

Durante los últimos años, Grandsailles había visto a Solange en cada una de sus breves estancias en París; pero jamás íntimamente. Comoquiera que siempre se encontraban hallándose en compañía de alguien, no habían tenido ninguno de esos tête-à-tête que transpusiera los límites de una conversación superficial. Solange, crecientemente cortejada y admirada, vivía rodeada de una constante multitud de admiradores suyos, quienes la proclamaban la mujer más elegante de París. El vizconde de Angerville, en su borroso papel de Pigmalión, había triunfado en la tarea de cincelar el ambiente del salón de Solange, en la calle de Babylone, que muy pronto alcanzó las alturas del refinamiento, del lujo y del ingenio. La casi continua presencia de Angerville podría haber llevado a la suposición de que en su pecho se encerraba una oculta pasión por Madame de Cléda, solamente contenida por su seguro conocimiento de los inalterables sentimientos de Solange respecto al conde. Mas a pesar de las dudas y aún de los temores que los rumores acerca

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