• No se han encontrado resultados

¿Cuál es la argumentación de Lacan? Se basa enteramente en el análisis del obsesivo.72 La realidad del tiempo, en el intercam­ bio simbólico que rige la acción verbal que es un análisis, tiene el valor de ‘ ‘reválida del producto del trabajo’ ’ ,73 Si el trabajo ya no vale nada y si el sujeto en su alienación se esfuerza por demostrar al analista una buena voluntad que de poco le sirve porque encubre- una expectactiva diferente, ¿qué vale entonces el tiempo? El obsesivo, esclavo extraviado ante el peligro de la muerte, espera que muera el maestro y pospone su vida para más tarde. Tanto más considerando que ya está muerto de la muerte que desea para su maestro. A resguardo de su angustia, espera que éste muera para vivir él. Su trabajo de analizado no tiene valor, encerrado como está en la renuncia a su deseo que ese trabajo le-exige: ‘ ‘De ahí que

puede aceptar trabajar para el maestro y renunciar entre tanto al gozo; espera en la incertidumbre el momento en que aquél m uera.1*

El analista, por su parte, no espera. Cortando por lo sano toda seducción, rechazando el regalo envenenado, se sirve del tiempo para medir el valor del trabajo: ‘ ‘¿Cómo dudar entonces ese cierto

desdén que señaló el amo por el producto de semejante trabajo? L a r e s is te n c ia d e l s u je to p u e d e q u ed a r a b so lu ta m e n te desconcertada” ,75

Lacan acota que la técnica de las sesiones cortas induce en el varón el alumbramiento ‘ ‘de fantasmas de embarazo anal resuelto en

el sueño por cesárea” .76

¿Por qué no el análisis? Por una parte, el analista es el único juez de aquéllos. Sería cómico que la espera infructuosa del paciente, secre­ tamente cargada de odio y angustia, encontrara como respuesta por parte del analista la misma postergación de la interpretación, que en él encubriría un frenesí de trabajo en el que se mezclarían la renuncia al gozo y el problema de su castración. El analista tendría entonces un amo. Hay una modalidad de trabajo del analista en la que está implícita nada menos que el angustiante problema de su deseo. Freud lo salvó como pudo, negándose a que el Hombre de los lobos lo forzara a olvidar su deseo. Su ultimátum produjo un trabajo a expen­ sas de una transferencia no analizada. Queda por ver si el problema fue resuelto.

No parece ser así, pues el desencadenamiento de su psicosis 77 hace dudar seriamente que su estructura haya sido obsesiva. Del mismo modo, hay síntomas obsesivos que enmascaran estructuras mucho más narcisistas o psicóticas, y estados de dependencia que se manifiestan por transferencias psicóticas, para las cuales se requieren referencias analíticas diferentes de la dialéctica entre amo y esclavo. Pero la neutralidad analítica tiene sus límites. "Ese no-actuar tiene

un límite o no habría intervención; ¿y por qué hacerlo imposible en un punto determinado?”1*

¿Desde qué posición actúa el analista? La respuesta puede sorprender: el analista “ sigue siendo ante todo amo de la verdad cuyo progreso está en el discurso. Es él primordialmente quien, como

dijimos, marca la dialéctica. Y en este caso, es aprehendido como juez del valor de ese discurso’ ’ ,79 Desligado de su encuadre horario, el analista encuentra su encuadre afuera. Es un marco no realmente formal, variable, un continente diferentemente imperativo: la dialéc­ tica del tratamiento. El encuadre analítico es la dialéctica del análisis. ¿Dónde está la regla común que obedecen analista y analizado? En el trabajo emprendido; pero necesariamente esta dialéctica se va a nutrir de la transferencia y del vínculo simbólico, relación que ya no se mide en el tiempo. ¿En qué se mide entonces? En la transferencia.

El analista se convierte en amo: amo de la verdad. ¿Es lícita esta expresión? La verdad no tiene amo. Se domina el conocimiento, pero en la verdad.80 El analista no está casado con la verdad. Ella lo atrapa. A Freud lo domina su pasión por Diana. Nuevo Acteón, cae presa de los “ perros de sus pensamientos” . 81 El analista no es un amo; el discurso del amo es lo contrario del psicoanálisis. ¿Qué es lo que

impone este término? En el texto que mencioné, aparece claramente una doble referencia: la dialéctica del amo y el esclavo y el maestro de la tradición zen, mucho más que el maestro de la antigüedad.

No obstante, la asociación es sorprendente. ¿Qué tiene en co­ mún el analista con el maestro hegeliano? Es sorprendente si olvida­ mos lo que señala acertadamente Lacan en otro lugar, respecto de la formación de los analistas. El analista no se forma en el no saber, expresión cabal de la pasión por la ignorancia, sin un maestro o maestros. 83 El estilo del analista forma. El analista puede ser un maestro. ¿Pero qué maestro se puede considerar analista? Llama la atención que Lacan necesite producir este significante para fundar una práctica analítica. ¿El carácter instrumental del deseo no reem­ plaza el del inconsciente? ¿Y el deseo desesperado de tener discípulos no contradice el de analizar?

El maestro marca la puntuación. La escansión de la sesión, de hecho su suspensión, es una “puntuación de su progreso” . La

puntuación es el concepto de la acción analítica. Puntuación en un

texto asociativo potencialmente infinito, que le marca el sentido e incluso lo determina: por sí sola elimina una forma de ambigüedad que debe desaparecer. En ella encontraría el paciente refugio y todo tipo de escapatorias para eludir su verdad. Por último, la puntuación hace el texto simplemente leíble, quitándole su carácter oculto, oscuro, falsamente mágico y sagrado. Es la luz de la razón analítica.84 Sin embargo, no todo es tan sencillo. El idioma admite diversas puntuaciones que dan lugar a muchos registros diferentes. ¿Cómo especificar la puntuación? A menudo se trata de subrayar un signifi­ cante, de hacerlo comprender y resaltar. Además, la referencia al valor nulo —si cabe llamarlo así— del trabajo del obsesivo no hace pensar en una puntuación sino en una suspensión que se podría expresar diciendo “ eso no vale nada” . ¿Después de todo, por qué no decir esto? En especial si la puntuación debe ser modulada. ¿Por qué el acto debe reemplazar a la palabra? ¿La uniformidad de la suspen­ sión en las sesiones breves no reniega de la palabra y degrada el sentido de la interpretación? Que esta práctica tenga efectos, hoy en día no prueba nada: tan es así que no se define el trabajo terapéutico. Toda práctica tiene efectos, por poco dispuesto que uno esté a recibirlos. Y si el analizado se pone subjetivamente en posición de alumno o discípulo, es muy posible que esté dispuesto a soportar casi cualquier cosa. La violencia de la suspensión nutre su propio odio

ponzoñoso, que a la vez se autoalimenta del fantasma de un maestro cuya violencia aparece como omnipotencia.

El psicoanálisis ha llegado a ser un vínculo social que en ocasio­ nes impulsa a los analizados a soportar lo que juzgarían inaceptable de no mediar el peso de un discurso. Engendra sus propios devotos. Es en parte responsable del desarrollo de las terapias paralelas y físicas. Sólo reflexionando sobre las condiciones de su rigor y el valor de sus orientaciones, se podrá evitar que pierda el sentido de su propia práctica y termine encerrándose en un universo de maestros y discí­ pulos.

Para evaluar estas razones, a las que se suman motivos clínicos, orientaciones teóricas, vías de formación y actos de juicio,85 no podemos aislar aspectos seleccionados. Elección de técnica, elección de estilo, para el problema de la suspensión de la sesión: el deseo de

suspender. Deseo del analista 86 cuyo efecto es este acto. ¿Qué se

espera de él? Un efecto de iluminación por diversas vías. Satori que legitima la referencia a la técnica zen, cuya paternidad reconoce Lacan: este procedimiento “ converge en última instancia con la

técnica conocida con el nombre de zen y que se aplica como medio de revelación del sujeto en el ascetismo tradicional de ciertas escuelas del lejano oriente” ,87

Medio de revelación del sujeto a sí mismo y sobre todo a la verdad. Nada de “ científico” hay en esto, sino una técnica que arroja luz en la búsqueda del camino. Técnica que admite el golpe, la injuria, el sarcasmo o la respuesta enigmática.88 Su efecto es disuadir al discípulo de la búsqueda de la verdad como una cosa y dialectizar el vínculo entre las palabras y las cosas. Es en su principio simboliza­ ción; se basa en el asesinato de la verdad como cosa, o asesinato de la cosa. Revela al sujeto a la luz de la negación que da origen al significante. 89