Lacan aceptó el reto que algunos consideraron imposible: ense ñar lo que enseña el inconsciente. Sin embargo, al final de su vida tuvo la impresión de haber fracasado. La inquietud por la formaliza- ción que demostró a partir de 1970 parecía ir a la par de los ideales de la ciencia oficial. En efecto, Lacan trató, con fines didácticos, de
transmitir una teoría sin contradicciones. Si en los primeros tiempos, nudos borromeos, cuadrípodas y agujeros hablaron de manera meta fórica el idioma del inconsciente, tan pronto como quedaron estable cidos en fórmulas llamadas maternas, se convirtieron en rótulos vacíos, útiles únicamente para aquel que buscara darse importancia usándolos.6 Con todo, la actitud de Lacan fue siempre más flexible que la de sus discípulos. “Todos saben —manifestó— que soy
alegre, hasta infantil, según dicen. ¡Me divierto!”1 Así, cuando
Chomsky le propuso una especie de modelo de lingüística conforme al espíritu de las ecuaciones de Newton,8 Lacan le respondió: ‘ 'yo soy
poeta” . Mientras él usó el materna como un “ ardid poético” , sus
discípulos, por el contrario, transformaron la matematización en un proyecto que debía ser tomado al pie de la letra. Así es que se llegó a buscar la fórmula axiomática de la psicosis, de la neurosis y de la perversión. La singularidad del discurso, asociada en psiquiatría con la presentación de casos, corrió el riesgo entonces de transformar el discurso del maestro en fuente de la práctica analítica. La transmisión del análisis quedó comprometida, ya que la principal preocupación pasó a ser que el discurso de los miembros guardara fidelidad a la escuela. Así, el lenguaje lacaniano se convirtió en ritual. Sólo Lacan tuvo la precaución de decir que no era lacaniano. Peroapartirde 1970 la creación, la invención y el juego cedieron paso a un formalismo quizá más cercano (en el nivel fantasmático) a los ideales de la ciencia, pero que fue el precio que hubo que pagar por tomar distancia de los ardides poéticos. Por lo demás, como lo señaló Freud, el poeta y el escritor se adelantan al psicoanálisis en el descubrimiento de la verdad.
En sus comienzos, sin embargo, la enseñanza lacaniana insistía en la necesidad de poner el acento en la división del sujeto. Evitar que el paciente reconozca la verdad de una división era, según se decía, anular la esencia del descubrimiento freudiano. La enseñanza del psicoanálisis sólo parecía posible si se hacía portadora del discurso histérico. Pero en determinado momento de la historia de la Escuela Freudiana, las construcciones lógicas prevalecieron sobre el discurso histérico. ‘ 'Soy psicótico, llegó a chancear Lacan, ya dije que para mí
las construcciones lógicas son psicóticas” .9 Este giro teórico se acompañó de una reorganización administrativa en la Escuela. Sus docentes establecieron vínculos preferenciales con el Departamento de Psicoanálisis de Vincennes. Los títulos a otorgar y las sanciones
que podían ser impuestas a los opositores aumentaron el poder de un grupo de analistas docentes. El lenguaje de la unidad quedó así reemplazado por el de la división.
Por desagradable que sea mencionar este problema, hoy en día es imposible de eludir. El reproche que los analistas hicieron a sus colegas docentes, en el sentido de que se convirtieron en “guardia
nes de las grandes fórmulas del Templo’ ’ tendía a señalar el carácter
místico de la fascinación que sentían por la matemática. Además, las disputas entre teóricos a menudo parecen ser contiendas teológicas, en las cuales los analistas terminan por olvidar que el psicoanálisis no es una lógica, sino una práctica. Cuando esta inhibición o distorsión de una práctica se asocia con un elitismo teórico, deja de ser obra exclusiva del psicoanálisis, como lo demuestra la historia de las ciencias.
En efecto, los grandes descubrimientos científicos se debieron la mayoría de las veces a que en un campo nuevo se introdujo una estructura formal proveniente de otro campo ya explorado. Galileo, por ejemplo, tomó de la matemática las ecuaciones que permitían explicar la gravitación de los cuerpos (conceptos que exigían medir
tiempo y espacio). Lavoisier, formado como economista, hizo el balance de las combinaciones químicas utilizando la balanza, y
fundó la química. Pero había tomado como modelo a Newton y en realidad trataba de encontrar en los fenómenos químicos algo equiva lente a la atracción de las masas. Esto lo llevó a ejercer toda su autoridad para oponerse a aquellos que pretendían seguir otros cami nos, la termología, la electrología, la óptica, etc. Hacer una elección implica entonces necesariamente rechazar otras alternativas.
Pero el psicoanálisis no es una ciencia que pueda utilizar los mismos formalismos matemáticos que las ciencias “ positivas” . Se sirve ante todo de los medios del razonamiento“ común” , los mismos que utilizan el historiador, el geógrafo, el policía, el jurista y muchos otros: diferenciar, clasificar, atribuir, reconocer, explicar en función de la causa, del carácter idéntico, del ordenamiento, etc. Se trata, en síntesis, de medios que hacen posible las interpretaciones. Asimis mo, en un campo como el analítico, una opción teórica más rígida que rigurosa puede hacer que se desestimen otras opciones, así como en el trabajo de Lavoisier la opción por la atracción de las masas inhibió otras posibilidades de investigación y excluyó la novedad.