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EL AMOR COMO ACTO EN LA CLINICA.

116 d) Discurso universitario

EL AMOR COMO ACTO EN LA CLINICA.

Capítulo 5

El amor como don activo y lo real

Llegados a esta instancia, buscaré precisar qué entiendo por amor como acto, y para esto propongo hacer un recorrido por los seminarios de Lacan, no sin antes tener en cuenta cómo habló de amor y de ciertas acciones en algunos de sus escritos

Por ejemplo en “El seminario sobre ‘La carta robada’” (Lacan, 2003b, p. 5) se refiere allí a la Verliebtheit es decir, el enamoramiento como un fenómeno sostenido en el narcisismo, articulando el amor fundamentalmente al registro imaginario; mientras en su texto “El estadio del espejo como formador de la función del yo (je) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica” (Lacan, 2003b, p.86), señala, lo siguiente:

“En este punto de juntura de la naturaleza con la cultura que la antropología escruta obstinadamente, solo el psicoanálisis reconoce ese nudo de

servidumbre imaginaria que el amor debe siempre volver a deshacer o cortar de tajo”.(Lacan, 2003b, p. 93)

Se puede leer que ahí ubica al amor en una relación diferente con respecto al registro imaginario, ya que habla de un nudo imaginario de servidumbre entre un sujeto y otro, y afirma que el amor debe volver a deshacer ese nudo, o cortarlo. Lo cual, en tanto apelación a un amor que produce un corte a ese imaginario, nos lleva a pensar cómo ya, en aquellos primeros momentos de su enseñanza, va articulando el amor con un corte a un anudamiento, que supone a otros registros como lo real y lo simbólico.

Para ir confirmando esto, tenemos que en un texto posterior denominado “Función y campo de la palabra y el lenguaje” (Lacan, 2003b, pp.253/54), apela a un tono irónico cuando afirma la existencia de personas que jamás se hubieran enamorado si no hubieran oído hablar de amor; con esto no se está burlando del amor, sino que está señalando todo lo que este sentimiento le debe al símbolo y a la palabra.

De modo que cuando se habla de amores perfectos, para qué negarlos; eso sí, no hay por qué pensar que esos amores se deben a la naturaleza, dado que más bien habría que atribuirlos a una concordancia intersubjetiva que

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“impone su armonía a la naturaleza desgarrada que la sostiene” (Lacan, 2003b, p. 253 - 254).

Es decir se trata de concordar entre sujetos, para lograr un cierta armonía simbólica, a punto tal que esta concordancia se imponga sobre lo real, o sea sobre esa “naturaleza desgarrada”.

a) La transferencia y el amor, entre lo simbólico y lo imaginario

Es en su seminario denominado “Los escritos técnicos de Freud. Libro 1”(Lacan, 1984a), donde considero que las relaciones del amor con los diferentes registros van a ser llevadas a la clínica con mayor precisión; para esto las diferentes funciones de la palabra generadoras de sentimientos en la experiencia analítica nos van a permitir abordar dichas relaciones.

Por ejemplo, cuando un paciente habla llega un momento en el cual súbitamente nota la presencia del analista, y entonces comienza a hablar de ese analista, dejando de hablar de él/ella, es decir que deja de hablar de su deseo en libre asociación.

Se trata del momento de las resistencias en un análisis, donde la palabra tiene allí la función mediadora, al fluir y engancharse al otro.

Con esto ya estoy diciendo que la palabra en análisis puede tener otra faceta a la recién mencionada, otro aspecto: el de revelación.

Y precisamente la revelación es el resorte último de lo que buscamos en la experiencia analítica. Revelación que cuando las resistencias en análisis se instalan, no se produce.

Por eso, en esos momentos donde la palabra no tiene función reveladora, la función de la misma más bien es de mediación sostenida por palabras vacías. De ahí que este autor hable de la palabra plena, cuando cumple con una función reveladora: “Palabra plena en la medida que realiza la verdad del sujeto”. (Lacan, 1984a, p.86)

Lo que da a leer como esa forma de palabra articula algo de una verdad con lo real.

En esta diferenciación entre dos funciones de la palabra, en análisis ya se va esbozando lo que en un futuro podríamos pensar como cierta lógica del acto; el cual podría “sacar” al sujeto de cierto amor obstaculizante, (entre los cuales podemos ubicar amores empapados de situaciones estragantes) donde aquella servidumbre imaginaria hace de las suyas y entonces se la podría cortar de tajo.

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Semejante corte no solo supone lo imaginario, sino que debería también incidir sobre lo real; pensando que “…Lo real es lo que resiste absolutamente a la simbolización.” (Lacan, 1984a,p. 86); de manera que no hay que pensar a la palabra plena como algo que recubriría totalmente a lo real.

Lo imaginario, lo simbólico y lo real son tres sistemas de referencia, sin los cuales la experiencia analítica se transforma en algo incomprensible:

“Todo el problema reside entonces en la articulación de lo imaginario y lo simbólico en la constitución de lo real.” (Lacan, 1984a,p. 121) lo que nos lleva a señalar que lo real es algo a constituir cuando hablamos de un sujeto en un análisis, y para hacerlo, como vine señalando es importante que ponga en funcionamiento a lo perdido (ese objeto) para que al hablar de –por ejemplo- la semana que en tanto ocurrida está perdida ( que el paciente crea que está hablando de su puro presente, no invalida lo que estamos diciendo) vaya construyendo su propia versión, su propia verdad en relación a eso imposible de nombrar, lo real, eso perdido para siempre aunque a veces el lenguaje y las palabras nos quieran ilusionar con alcanzarlo. Entonces los diferentes estatutos de palabra se van presentando como algo importante para que esto ocurra.

Es entonces en función de esta constitución de lo real a partir de ciertas palabras, que la clínica psicoanalítica nos viene a recordar cómo nuestra práctica está basada en la transferencia, (tal como señalé, en el apartado “a” del capítulo dos) la cual también es pensada en relación a los tres registros. Y no solo eso, sino que en la página 142 de dicho seminario, llega a afirmar que “... la transferencia es el amor...”.

Si la transferencia es el amor, y es en transferencia que podemos pensar en ciertos poderes de algunas palabras para que al constituirse un sujeto se vaya constituyendo un real, entonces el amor está en relación a esta constitución del sujeto y de lo real.

Recordemos que Freud no solamente habló del amor de transferencia como obstaculizante, sino también de transferencia sublimada, lo que invita a pensar sobre la importancia de ciertos amores sublimados, que necesitan de algunas palabras muy plenas, esas mismas que son dueñas de la función reveladora:

“La palabra plena es la que hace acto. Tras su emergencia uno de los sujetos ya no es el que era antes. Por ello, esta dimensión no puede ser eludida en la experiencia analítica.” (Lacan, 1984a, p. 168)

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Y la experiencia analítica es una experiencia que convoca a la palabra plena. “…finalmente ¿qué es la transferencia? La transferencia eficaz de la que hablamos, es simplemente, en su esencia, el acto de la palabra. Cada vez que un hombre habla a otro de manera auténtica y plena, hay transferencia, transferencia simbólica”, “algo sucede que cambia la naturaleza de los dos seres que están presentes”. (Lacan, 1984a, p. 170)

Aquí vuelve a aparecer la idea de un cambio a partir de cierto uso de la palabra en transferencia clínica, el cual afecta la naturaleza de esos dos seres presentes, cambios subjetivos que ubica entonces en relación a lo real cuando habla de naturaleza. Manera de ir anticipando, lo que en el capítulo seis, apartado “a”, llamaremos “metáfora del amor”.

Así, ya tenemos diferenciada a la transferencia en relación a lo imaginario de la transferencia en relación a lo simbólico. No queda en claro si sigue identificando a la transferencia con el amor, una vez que estableció esta diferenciación entre “transferencias”.

Entonces sigue preguntando sobre las relaciones existentes entre los vínculos de transferencia y las características positivas o negativas de la relación amorosa, dando un paso decisivo cuando señala: que hay que saber diferenciar al Eros como ese poder de vinculación entre sujetos que subyace a toda realidad, del amor pasión que más de una vez los pacientes lo presentan en un tono tan dramático que lo vuelve demoníaco.

Es en principio, este amor-pasión el que aparece articulado a la transferencia como obstáculo; fuertemente vinculado al registro imaginario. Pero hay que tener en cuenta también al amor en tanto Eros. Esto se confirma cuando en el capítulo denominado “Los dos narcisismos” señala:

“... o uno o lo otro: o el amor es lo que Freud describe, función imaginaria en su fundamento, o bien es el fundamento y la base del mundo. Así como hay dos narcisismos debe haber dos amores, Eros y Ágape”. (Lacan, 1984a, p. 194) Lo dicho, hay también dos amores, que hay que pensarlos en relación a diferentes registros. Para hacerlo, se hará necesario saber en principio que la posición del sujeto quedará definida por las relaciones simbólicas, las cuales se articulan con lo imaginario y con lo real, a veces de una forma en la cual difícilmente se pueda producir simbolización, y otras sí.

Mientras el Ideal del yo no se confunda con el yo ideal, se podrá mantener con el otro una relación sublimada, simbólica; pero cuando se confunden estas dos instancias y el Ideal del yo llega a situarse a nivel del yo ideal,

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entonces la regulación simbólica de la relación se dificulta, por ejemplo en esos momentos de enamoramiento, en los cuales “cuando se está enamorado se está loco”. E inclusive se puede escuchar como cuando el yo se cree tan ideal, son posibles momentos de locura donde el amor no se sabe por dónde anda, mientras que el estrago hace suyo el escenario de la transferencia.

Entonces vale remarcar la importancia de la ley simbólica que cuando interviene crea algo nuevo a partir de la creación de un compromiso entre dos sujetos diferentes entre sí que al dar cada uno su palabra da lugar a algo nuevo, por ejemplo, un pacto que da lugar a un espacio analítico, donde el paciente comienza a no ser el mismo a partir de ser parte de la creación de un nuevo espacio en su vida, en este caso, clínico. Indudablemente en estos casos recortar una palabra del campo del lenguaje crea cambios.

En la página 259 del texto mencionado, dice:

“No hay amor que funcionalmente pueda realizarse en comunidad humana sino es a través de un pacto que, cualquiera sea la forma que adopte, siempre tiende a aislarse en determinada función, a la vez en el interior del lenguaje y de su exterior. Es lo que se llama la función de lo sagrado: función que está más allá de la relación imaginaria.”

Es posible pensar entonces una forma de amor en relación a un pacto, lo que implicaría pensar al amor no solamente en relación al registro imaginario, sino también más allá de este registro; ahí donde un pacto que regula las relaciones entre humanos supone lo simbólico operando.

En estos momentos, Lacan se sirve de esta noción de pacto entre dos sujetos para llevarla al terreno de un tratamiento analítico, donde alguien, al consultar para poder encontrarse con otro que se disponga a atender dicha consulta, deberá acordar con quien se ofrezca a escucharlo, una serie de elementos (día, hora, lugar) que ya hablan de un pequeño pacto en el comienzo mismo de cualquier relación, inclusive de una relación clínica.

Así se van creando las condiciones para todo enamoramiento (Verliebtheit), y por lo tanto para la creación de alguna forma de amor. De manera que lo constituyente “es el acto de la palabra.” (Lacan, 1984a, p. 338)

Claro, cuando se habla de palabra, recortada del campo del lenguaje, no estamos hablando de la palabra en tanto concepto dentro del campo de la lingüística; un gesto sólo es tal, recortado del campo del lenguaje; por eso tiene en el contexto de un tratamiento analítico valor de palabra que habla de un sujeto. De forma que, para que la palabra funcione como tal, comienza a

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esbozarse la importancia de la respuesta de alguien que sanciona como gesto aquello que aparece en otro como un movimiento corporal.

En este contexto, un acto fallido puede pensarse como un acto que triunfa, ya que logra aproximarnos al deseo inconsciente de aquel que, al querer decir algo, termina diciendo más de lo que su voluntad quería señalar. Para esto es fundamental que haya una escucha, en principio de un “semejante” que sancione como triunfante lo que aparece como fallido, al intervenir produciendo en relación a una palabra en principio vacía, un cambio, transformándola en plena.

Esto permite ir afirmando la función de acción que una frase o una palabra, no cualesquiera, pueden llegar a tener, en tanto nos puede hablar plenamente de un sujeto que no se iguala con el yo.

Esta posible operatoria de algo que funcione como palabra plena recortada del campo del lenguaje en base a un pacto entre humanos nos permite ir ubicando al amor en estos momentos en una dimensión diferente a la narcisista; se trata de la dimensión de pacto simbólico en la cual el amor no busca la satisfacción, su objetivo es el ser.

De ahí que se pueda hablar de amor, donde existe una relación simbólica como tal. Y señala:

“Aprendan ahora a distinguir el amor como pasión imaginaria del don activo que constituye en el plano simbólico”. (Lacan, 1984a, p. 401)

Hay entonces una insistencia en distinguir el don del amor como pasión imaginaria; donde el amor, como don, aparece articulado al registro simbólico. Así, el amor pasión implica que se desea ser amado, capturando por ello al otro en una “trampa” narcisista, para lograrlo; sin embargo no hay que olvidar que el sujeto debe amar para que algo de esto pueda alcanzarse, y entonces allí el amar podría estar implicando “amar a un ser más allá de lo que parece ser”.

“El don activo del amor apunta hacia el otro, no en su especificidad, sino en

su ser.” (Lacan, 1984a, p. 401)

Es importante señalar entonces que este amor, en tanto don activo, va más allá de las imágenes narcisistas, más allá del cautiverio imaginario: apunta al ser del sujeto amado, a su singularidad.

Amor que en tanto don activo se puede expresar mediante gestos que tienen valor de palabra plena.

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Como se deja leer, claramente no se está diciendo que la idea del amor sea sinónimo de la pasión imaginaria, sino que al hablar de ese don activo por el

cual se busca la realización del ser del otro; se puede sospechar una manera de ir preparando el terreno para la fórmula de “dar lo que no se tiene”, como así también del acto, que produce un sujeto.

b) Primeras aproximaciones sobre el concepto de lo real que inciden

sobre el concepto de registro simbólico

Entonces, si se habla de realización (del otro, por ejemplo), lo real en tanto concepto pide ser precisado a la hora de pensar la clínica psicoanalítica; es que en estos momentos para Lacan en el seminario “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica” ”(Lacan, 1978), “… lo real carece de fisura”(Lacan, 1978, p. 151), y por lo tanto es pleno; pero tenemos un inconveniente: sólo podemos acceder a algo de ese real a través del registro de lo simbólico, ya que lo real “puro”, pleno, es inaprensible.

Si bien en esta formulación no se llega articular el amor en tanto don simbólico con lo real, sí nos permite ir pensando algo; ya que si el único medio para aprehender lo real es lo simbólico, entonces el amor, en tanto don

activo, puede llegar a constituirse como una apropiada vía para aprehender lo real, y no solamente al ser.

Entonces, el pacto simbólico puede ser una buena oportunidad para poder aprehender lo real y a su amigo, el deseo.

“Pueden apreciar que la acción eficaz del análisis consiste en que el sujeto llegue a reconocer y nombrar su deseo. Pero no se trata de reconocer algo que estaría allí, totalmente dado, listo para ser coaptado. Al nombrarlo, el sujeto

crea, hacer surgir, una nueva presencia en el mundo. Introduce la

presencia como tal, y al mismo tiempo cava la ausencia como tal. Únicamente en este nivel es concebible la acción de la interpretación”. (Lacan, 1978, p. 342) Presencia sobre fondo de ausencia, ausencia que da pie a un fondo de presencia; esta lógica que se corresponde con el registro simbólico amerita ser interrogada en sus relaciones con lo real.

Para esto el cuento de E. Poe “La carta robada” muestra, cómo solamente en la dimensión de la verdad (verdad cuya presencia supone una ausencia de mentira en ese instante) algo puede ser escondido u ocultado. En lo real, en

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cambio, nada puede esconderse, en lo real “puro” la idea de escondite es sencillamente delirante.

Eso sí, es un momento de teorización donde el hincapié está puesto en diferenciar claramente lo simbólico de lo imaginario. Entonces habla de la diferencia entre un otro, semejante a él, que simboliza con la letra “a”, del Otro, con letra “A”, que implica el campo del lenguaje, el cual supone el registro simbólico. Dicho esto, cuando Lacan habla del cruce del Rubicón como un acto de César, señala los efectos que sobre lo imaginario tiene un acto como el citado; que sólo es tal refiriéndolo al registro simbólico (hecho de una sucesión de presencias y ausencias). Mientras que en el registro de lo real no es posible hablar de ausencias; así pensado, lo real aparece como un real totalmente desarticulado de los otros dos registros, en tanto, no afectado por ellos.

Sin embargo, cuando habla del esquema “z”, llega a hablar de la simbolización de lo real, con lo cual se puede leer que si bien este autor no termina en estos tiempos de definir la transformación de lo real por lo simbólico que el acto supone, mediante tales afirmaciones va en vías de hacerlo.

Es un momento de su enseñanza en que claramente hay un esfuerzo por ir dándole precisión a la formulación de cada registro (simbólico, imaginario y real), lo que va a incidir a la hora de pensar tanto al amor como acto, como así también al estrago en la clínica.

c) El amor como don activo: una de las formas de responder al llamado o la invocación

Cuando en el seminario denominado “Las psicosis.” (Lacan, 1986) el tema principal pasa a ser las psicosis, nos encontramos con que el mismo trae con mucha fuerza al escenario de la clínica la necesidad de seguir precisando el registro, ya no solamente de lo simbólico y lo imaginario, sino de lo real.

Es que los fenómenos de las psicosis (tales como alucinaciones, o delirios) están cerrados a toda composición dialéctica, entonces esas “palabras” alucinadas ya no pueden acomodarse tranquilamente al registro de lo simbólico; lo que lleva a pensar que esas palabras tienen un estatuto