Referencias y elaboraciones sobre el estrago
a) Metáfora paterna y tres tiempos lógicos
Para poder llegar a precisar las tres operaciones constitutivas de la falta de objeto, se hace necesario a mi entender dar lugar a lo que Lacan desarrolló con clara insistencia entre los seminarios de “La relación de objeto”, y el seminario 5, denominado “Las formaciones del inconsciente” ( Lacan 1999), y me estoy refiriendo a los tres tiempos lógicos de Edipo y castración, donde las operaciones de constitución de la falta de objeto juegan un papel primordial. El 5 es un seminario en el cual se fortalece su lectura de lo simbólico, a partir de la lógica de las denominadas formaciones de lo inconsciente, entre ellas la agudeza; la cual aparece con un papel destacado en el mismo. No se trata solamente de lo simbólico, sino de cómo mediante éste se afecta lo real. Es en esta vía que aparece la introducción de los tres tiempos lógicos en que se articulan los complejos de Edipo y castración, donde la sexuación generada por la lógica del significante, nos habla en estos momentos no sólo del significante del nombre del padre, sino también de ese significante del deseo llamado falo, ese mismo que aparece como fundamental en la lógica del don de amor, y también en la lógica del estrago, según estoy precisando.
Aquí, la función paterna comienza a ser interrogada de una manera más precisa, comenzando por distinguir y diferenciar a “la normalidad del padre en cuestión” de “su posición normal en la familia” (Lacan, 1999, p.173). Retomando entonces las tres operaciones en relación a la constitución del objeto que falta: frustración, privación y castración
En estos momentos de la enseñanza, el padre es una metáfora, y es una metáfora que se sitúa en lo inconsciente. Ahora, si bien esto habla del padre en relación a lo simbólico, esto no es sin relación a lo real; a tal punto que esta metáfora implica establecer en lo real una relación que ya es simbólica (padre – falo – niño – madre). Relación que viene a sustituir a aquella triáda imaginaria entre niño – falo – madre. Y en la cual podemos ubicar a la primera simbolización –la de la madre– que instituye una primera subjetivación. Se trata de ese nivel esencial en el cual la madre es ese ser primordial que puede estar o no estar.
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Allí se va haciendo posible, por parte del chico, la ubicación de una falta en la madre, falta que comienza a desear o, mejor dicho: su deseo es deseo de deseo de la madre, dado que hay en ella un deseo de otra cosa que se hace presente cuando no está, luego de estar.
Ahora, eso que falta en ella, supone –teóricamente– algo que está “detrás” de ella, y para que esto suceda tiene que estar operando el orden simbólico que supone la instalación del falo como objeto imaginario.
En relación a esto es que podemos hablar de tres tiempos lógicos en los cuales cada quién y cada cual puede ir articulando los complejos de Edipo y castración. Y si en el primer tiempo lógico es la identificación del chico con ese falo imaginario que le falta a la madre lo que lo caracteriza, tenemos que en el segundo tiempo lógico, esa madre habla de las palabras de una terceridad como siendo no igualables.
Con esto, lo que se le transmite al chico es que hay significantes que sustituyen a los suyos, y al hacerlo producen la ley de prohibición del incesto. Estoy hablando de ese significante del nombre del padre que va apareciendo de manera escalonada en esta temporalidad lógica, y que en este segundo tiempo marca a la madre del niño como estando privada de falo, de manera que la barra de la castración recae en este tiempo sobre este Otro primordial, no sobre el niño. Este punto es nodal en la clínica, pues:
“Esta privación el sujeto la asume o no la asume, la acepta o la rechaza. Este punto es esencial. Se encontrarán con esto en todas las encrucijadas”. (Lacan, 1999, p. 191)
Sabemos que una encrucijada supone esa instancia donde dos o más caminos posibles se presentan; cada uno de ellos se ofrecen al hablante como oportunidades para encontrar placer, bienestar, o felicidad supuestamente, pero sucede que si ese ser elige alguno de ellos, tiene que renunciar a los otros proveedores supuestos de placer, sin garantías muchas veces en relación a que el camino elegido sea el que provea de esa tan mentada felicidad.
Encrucijadas entonces en cada vida, que cada analizante se encarga suficientemente de poner en juego en transferencia clínica, bajo el rostro de un conflicto (el cual se puede expresar con preguntas tales como: ¿con quién me quedo?, ¿a quién amo?, ¿en cuál lugar quiero vivir?, etc). Esto supone entonces remitirnos en principio a la aceptación o no de la privación de un falo simbólico, en relación a un Otro primordial en lo real.
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En el tercer tiempo, aparece la función de un padre donador, ya no sólo que prohíbe y privador; produciendo la posibilidad de una salida exogámica para un sujeto en la vía de constituirse como sexuado, dejando atrás estas identificaciones al falo materno. Lo que equivale a que cuando alguien ha decidido decidirse, y realiza tal toma de posición, los placeres que se pierden al ir en búsqueda del elegido, hablan de un pérdida de goce producto de la operación de castración. Lo que supone operando al nombre del padre en toda su potencia, dejando atrás cualquier situación de estrago posible.
Pero, esto habilita a preguntar por la relación del estrago con las otras dos operaciones. ¿Habrá un estrago en relación a la privación y otro en relación a la frustración?.
En principio vale recordar que la operación de privación es sobre la madre, es decir sobre ese Otro primordial, donde en lo real aparece privada de ese órgano por el padre; y esto supone que el falo ya está actuando como elemento que “debería estar”, y no está en lo real; es decir, está operando lo simbólico como para poder decir que esa madre está privada de falo en lo real.
Momento fuerte en la constitución de la sexualidad femenina, donde a partir de ahí se va en búsqueda del padre; y dijimos que a ese padre omnipotente se lo ama; es decir que este amor así nacido, supone haberse generado a partir de las operaciones de frustración y privación.
Y es aquí, donde podemos escuchar a veces que esta posición inconsciente algunas mujeres la mantienen, aun cuando en lo visible se enamoren y tengan luego hijos con hombres “exogámicos”, cuando en realidad en el inconsciente de estas mujeres ese hijo está muy dirigido al padre. Punto que nos hace llegar a esa formulación que dice sobre un hijo como alguien que no aparece como metáfora de amor por su hombre, sino más bien en relación al falo que el padre no termina de darle, es decir, un hijo o una hija como metonimia (desplazamiento, según Freud) de ese falo.
Y esto se acentúa si se tienen hijos desde una identificación a esa madre, que aún no fue privada de falo; así hablaba una paciente que repentinamente e insistentemente tenía entre sus labios esta frase organizada por su lengua, y ninguna otra (es decir, jamás hablaba de tener un hijo, ni de enamorarse de alguien, ni de generaciones posteriores, ni de generaciones anteriores; solamente hablar de ser… ella:
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- ¿Y querés tener un hijo?
¿Cómo?, ¿si quiero tener un hijo?, no entiendo, ¿qué me querés decir? …
- Se te está preguntando si querés tener un hijo.
¿No te estoy diciendo que yo quiero ser madre?.
- Por algo las frases son diferentes. Vos decís que querés ser madre, ¿te parece lo mismo que decir “quiero tener un hijo con”?.
Y…no, pero no te entiendo bien …(silencio), se supone que una es madre por que tiene hijos …
- Sí, pero la cuestión es desde dónde se quiere tener un hijo…(cuando alguien insiste tanto en ser … madre, solo está haciendo referencia a sí misma; La pregunta va desnudando sus dificultades para otorgarle lugares a los otros, sean estos partenaires o seres en una nueva generación).
Ahhhhhh!, y desde qué lugar lo quiero… ¿lo quiero?, claro yo estaba hablando de que yo quiero yo … (silencio), estoy confundida …
- “Vos querés vos” dejemos por hoy en esa frase.
Volviendo al texto de Freud (Freud, 1996 i) con el cual venimos dialogando desde el capítulo anterior, podemos decir que el padre del Psicoanálisis va a terminar aquel texto con formulaciones demoledoras a la hora de pensar el futuro en aquellos tiempos.
Pues si una mujer se queda anhelando que el padre le dé “eso”, la hostilidad hacia la madre estará garantizada, es decir, quedaran potenciada una relación de estrago entre madre e hija, con instantes altamente angustiantes, que denomino momentos estrago. Además lo sabemos por experiencia clínica, ese desplazamiento hecho hacia el padre, en tanto tiene fallas a la hora de hablar de sustitución, deja potencialmente al sujeto en posición de desplazarse hacia la madre para seguir reclamándole. Por eso, lo vuelvo a preguntar, ¿en estos casos podemos hablar de una madre privada de falo?
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b) Tres operaciones constitutivas y su relación con el don
Y para poder precisar esto ha llegado el momento de abordar a estas tres operaciones constitutivas de la falta de objeto que Lacan nos propuso considerar en el seminario cuatro para poder operar en la práctica clínica con el sujeto en relación a eso perdido, y que por lo tanto deberá registrar como faltante para siempre, a la hora de poder construir su propia vía deseante.
En el seminario llamado la relación de objeto, este analista va a sostener una
serie de operaciones que cada ser hablante podría realizar para ir inscribiendo la falta de objeto que se perdió para siempre; es decir, se trata de ir inscribiendo lo perdido como faltante, de manera de evitar por ejemplo, quedarse navegando en aguas imaginarias a la hora de relacionarse con otro. Y para esto el establecimiento de las tres operaciones denominadas: frustración, privación y castración, se presentan no solo como fundamentales sino además como fundantes.
Esto es, se trata, en las operaciones nombradas, de producir tres formas de falta de objeto.
Así, la primera operación, que es fundamental en esos primeros tiempos de relación madre hijo, es la denominada operación de frustración, la cual implica un “daño imaginario del objeto real”( Lacan, 1994, p. 61)
Esto implica que cuando se habla de daño imaginario del objeto, está diciéndose que no es un daño real. Así, la madre puede dañar imaginariamente el pecho que es del niño, no de ella, pues en los primeros movimientos subjetivos, al no haber cortes claros entre su cuerpo y el cuerpo de la madre, el pecho no es en sí ni de uno ni del otro; por lo tanto, es un objeto que “también” le pertenece al niño; y si la madre no se lo da o se lo retira, entonces está produciendo un daño imaginario, no real.
Y si la frustración es una operación que debe ponerse a la cuenta del registro imaginario, el agente de la misma, que es la madre, debe ubicarse en un primer momento en lo simbólico.
Luego de realizada esta operación donde un objeto real queda dañado imaginariamente, la madre pasa de lo simbólico a lo real. A partir de lo cual se convierte potencialmente en un ser omnipotente, pues está en posición de dar o no dar aquello que el niño demanda. Tiempos tempranos que pueden ser potencialmente estragantes.
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Si llega a dar cierto objeto, entonces puede producir dos clases de satisfacciones: una, la que habla de “necesidad” y la otra, localizable en relación a lo simbólico, ya que al estar en posición potencial de no dar lo que dio, ese objeto dado adquiere un valor de don de amor por parte de la madre. Y el amor sigue haciendo de las suyas.
Claro, como no siempre el objeto es dado cada vez que el niño demanda, esto debería ir dando lugar a lo siguiente: que el niño vaya advirtiendo que lo amado no es él, sino cierta imagen.
Cabe agregar la importancia, en esos momentos vitales de la percepción por parte del niño no sólo de que no es él el falo, sino que la madre es deseante (este es un punto decisivo), haciendo esto mella en él. En este punto está descubriendo que la madre está privada de falo.
Tenemos entonces un nuevo tiempo en el cual, mediante la privación real de un falo simbólico, se inicia una dialéctica que llevará a la castración simbólica del falo en tanto imaginario. Ahora bien, para esto deberá haber un cuarto término que recibirá a todos, vinculándolo a una relación simbólica cuando se trata de falta de objeto: el padre.
Este padre entonces, en tanto cuarto término, será el que permitirá que esa falta de objeto instaurada mediante las operaciones de frustración y privación, se vaya transformando en una falta de objeto, en relación a la castración. Operación que supone una dialéctica simbólica, en la cual tanto se recibe como también se puede dar, dentro del marco de una ley que regula estas acciones.
Retomando lo precisado en los tiempos tempranos, cuando se habló de frustración, subrayo que no se está hablando de privación en lo real; ya que en verdad en la frustración el objeto en juego, dañado imaginariamente, es un objeto que uno espera de alguien del que se supone que está en condiciones de dar. De ahí que no se trata tanto del objeto en la frustración, sino más bien que queda resaltado en importancia el amor de aquél que puede hacer de ese objeto un don, precisamente don de su amor. Así:
“Nos encontramos aquí en el origen de la dialéctica de la frustración, porque todavía está al margen de lo simbólico. Este momento inicial es a cada instante, fugaz. En efecto, el don sólo aparece al principio con cierta gratuidad. Viene del otro. Lo que hay detrás del otro, o sea toda la cadena donde se encuentra la razón del don, no se percibe todavía, y sólo más adelante el sujeto puede advertir que el don es mucho más completo de lo que
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al principio parecía, que está interesada toda la cadena simbólica humana.” (Lacan, 1994, p. 102 - 103)
Como se puede apreciar, el don que supone la operación de frustración es apenas algo percibido en su importancia cuando se está en plena fugacidad del mismo. Es que para que una madre pase de agente simbólico a ser real, se supone todo un encadenamiento simbólico en ella que permite que el don se produzca. Ese mismo don que cuando se produce, hace que el objeto pase a segundo plano.
Entonces, como para introducirse en la dialéctica simbólica que da lugar potencialmente al don se supone una fase fálica en pleno desarrollo, el caso de la Joven homosexual le sirve a Lacan para introducir la siguiente idea: se puede amar a alguien, es más, en verdad se lo ama no por lo que tiene, sino por lo que le falta. Es que la simbólica del don y la maduración genital están íntimamente relacionadas.
Siguiendo a Freud, la niña se introduce en la simbólica del don en cuanto que no posee el falo (imaginario), y en la medida en que desea tenerlo, esta niña entra en el Edipo falicizando las situaciones. Y el niño sale del Edipo haciendo don de lo que imaginariamente tiene, pues la salida del Edipo supone que el falo simbólico no es pertenencia de alguien en especial. Nadie lo posee; y en tanto valor que circula, se lo tiene y se lo pierde a medida de cada existencia.
Cuando se dice “lo que no se tiene” ya no solamente se está hablando de un objeto imaginario, sino que al decir “no se lo tiene” se supone la posibilidad de existencia, y esto ya habla del registro simbólico operando.
“Y en una dialéctica simbólica lo que no se tiene existe tanto como todo lo demás. Simplemente está marcado por el signo menos.” (Lacan, 1994, p. 125) Es decir que al Edipo, mientras la niña entra con un menos, el niño entra con un más. Ahora, en tanto la castración es simbólica, de este objeto imaginario (el falo), la salida, para la niña es de un no tenerlo, mientras que para un niño es de tenerlo a ese objeto imaginario; cuando en verdad nadie lo tiene como propiedad privada y exclusiva, ya que es un símbolo que circula como valor.
Es en este registro simbólico donde algo puede adquirir el valor de un don de amor, cuando al amar a alguien lo que se recibe de él o ella mediante una acción, simboliza eso que en verdad nadie tiene, el falo, salvo como símbolo
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del amor de ese alguien que hace ocupar a su amado ese lugar, ese valor, en su deseo. De ahí que se llega a decir:
“Lo que se ama en el amor es, en efecto, lo que está más allá del sujeto, literalmente lo que no se tiene.” (Lacan, 1994, p. 130).
Ya estamos aproximándonos a articular eso que “no se tiene” con el falo simbólico; lógica del don de amor que ya no solamente queda referida a la operación de frustración, donde el Otro materno funciona como agente simbólico; sino que además va develándose por qué ese agente es simbólico, en tanto lo simbólico le permite a este ser hablante, si se sitúa convenientemente como un Otro materno, transmitir el orden de una ley que va más allá de sus caprichos, o más allá de su ley imaginaria. Así, llega a afirmar:
“Esta necesidad de centrar el amor no en el objeto, sino en lo que el objeto no tiene, nos sitúa precisamente en el corazón de la relación amorosa y el don”. (Lacan, 1994, p. 131)
Es que retroactivamente, en la privación que habla de una madre privada del falo en lo real, se comienza a perfilar que esta madre no era la dueña o artífice de esta ley; sino que al convocar mediante su discurso las palabras de una terceridad en la cual coloca la posesión del falo, hace mucho más perceptible esa función paterna que opera más allá de ella; lo que va apareciendo entonces es que la madre “no lo tiene”, y entonces todo aquello que venía dando en tanto don, no en tanto papilla asfixiante, estaba sostenido no en su capricho, sino en una ley simbólica que está más allá de ella, y al estarlo así, ella no tiene aquello que hace a la ley.
Cuestión que en situaciones de estrago aparece muy obstaculizada.
Ahora bien, de acuerdo a esta ley simbólica si bien, para la constitución de la falta de objeto la operación de privación es fundante, no es suficiente para hablar de la universalización de la falta; es entonces la operación de