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AMOR ETERNO

In document SUEÑOS Y REALIDADES (página 47-54)

“Más… ¿Lo que fue? ¡Jamás se recupera! ¿Y toda primavera que se esboza es un cadáver más que adquiere vida y es un capullo más que se deshoja!”

Alfonsina Storni

Han pasado cincuenta largos años y aún me cuesta creer que la vida me haya puesto en tales circunstancias, todavía duele darme cuenta que teniendo todos y cada uno de los elementos presentes frente a mí, no fui capaz de ver la realidad. Me faltó malicia, me faltó furia, me faltó premeditación. ¿Qué le iba a hacer? Me sobraba amor.

Ya no le veo caso seguir buscando culpables. Hoy, en mi lecho de muerte, he decidido bajar el riguroso dedo acusador y perdonar a todos los que, de una manera u otra, me hicieron tanto daño. ¡Ya no más rencor! A ti, mujer, también te perdono y logro hacerlo evocando también aquellos momentos en que fuiste buena para mí.

Cuando yo te conocí, eras la mujer más hermosa y maravillosa del mundo. Recuerdo perfectamente tu esbelta figura caminando y el sentimiento que tu mirada provocó en mi ser. Un vínculo se había creado entre nosotros. Hablar contigo fue el colmo de la redención, la bondad de tus palabras y el sonido de tu voz fueron suficientes para convencerme que serías por siempre el amor de mi vida. Poco más de un año de noviazgo esperé impaciente que fueras mi esposa. En ese tiempo fueron tantos los sueños que provocaste en mí, fue tanta la

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emoción que recorría mi persona sólo por estar contigo, por unirnos para no separarnos jamás.

Los primeros años de matrimonio fueron un sueño portentoso. Amaba la vida que compartíamos. Vivía solo para amarte. Deseaba que las horas en el trabajo volaran y así poder regresar a casa, nuestro hogar, estar a tu lado, admirar cada movimiento tuyo, reconocerme en la armonía de tu respiración, ahogarme en el sonido de tu risa. ¡Te veías tan contenta, mi amor! Y yo a tu lado no podía ser más feliz. Pero el universo me corrigió.

Entonces vino el primero de nuestros hijos, un varón al que le pusimos mi nombre. Él se parecía tanto a ti. Físicamente era tu reflejo y al igual que en ti, su cara se iluminaba ante cada una de sus sonrisas. Ustedes dos eran todo mi mundo. Me creía afortunado en todos los sentidos. Tenía un excelente trabajo, una esposa extraordinariamente bella y un hijo formidable. Me sentía pleno. No podía pedir nada más. Pero el universo me corrigió una vez más.

Un año después, en octubre llegué a casa para que me dieras otra sorpresa. Una niña se formaba dentro de ti, se llamaría igual que tú pero sería idéntica a mí. Al cargarla por primera vez entre mis brazos, no cabía de la felicidad. Aquella vez no podía equivocarme, era el hombre más dichoso del mundo. Así fuimos una familia de cuatro, el sueño de cualquier persona. Mis amigos envidiaban mi suerte.

Así fue por diez hermosos años. Tú, yo, los niños, paseos, reuniones, viajes ¡Qué nostalgia siento por aquellos tiempos! Ahora, solo quedan algunas fotografías desgastadas que me sirvieron para cotejar los recuerdos con lo que alguna vez supe de nosotros.

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Pero, así como no hay mal que dure mil años, tampoco hay bien que dure para siempre. En especial, considero que las cosas buenas nunca prevalecen, son víctimas de un destino caprichoso e inestable. Nadie tiene nunca todo. Eso me lo enseñaste tú.

No sabría decir si el cambio fue súbito o se fue dando a través de los años. En verdad, no lo recuerdo o no me di cuenta. Probablemente estaba tan cautivado por las cosas buenas que no detecté a tiempo las malas. Mis dos hijos me mantenían absorto con su cariño y tal vez sea ese el motivo por el cual no me percaté que ya no eras feliz. Tu sola presencia era razón sobrada para mi ventura. ¡Pero nosotros no éramos suficientes para ti! ¿Trataste de advertirme sobre tu desdicha y no te puse atención? ¿Cómo no pude darme cuenta si eras todo para mí?, ¿Por qué no insististe? Sé que podría haber hecho milagros por mantener tu sonrisa toda una vida. Pero fui un ciego y no reparé. Tus lindas palabras se convirtieron en gritos, tus sonrisas en llantos y tu infelicidad se tradujo en amargura. Tus enfados eran tan constantes como absurdos. Ya no eras capaz de abrir los ojos y ver las cosas buenas, vivías constantemente en un mundo venenoso, ajeno al nuestro. Por un lado, yo con los niños y, en otro completamente diferente, tú peleando contra ti misma y tu desconsuelo. Para entonces, yo me esforzaba por salvarte a ti del desamor. No lo logré. Pensar que podías aún dormir en la misma cama conmigo era una tontería de mi parte. Eso también se había acabado.

Una mañana, me diste una sorpresa más. Después de semanas de no hablarme lo pediste con un gesto casi impenetrable. Querías el divorcio. Te miré a los ojos y no podía entenderte. En tu mirada no había dolor, ni temor, si acaso algo en esos ojos era un rencor que nunca comprendí y que por más que con lágrimas intenté lavar o hacerte olvidar, no pude. El llanto de los niños tampoco

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te hizo cambiar de opinión. Nunca te había visto tan firme, parecía que habías borrado de tu memoria lo bueno que vivimos y las razones para permanecer. A pesar del divorcio que me habías pedido no te fuiste de casa. Lejos de sospechar cualquier acción de tu parte, agradecí al cielo porque creí que en esos días podríamos arreglar nuestras diferencias y hacerte cambiar de opinión. En eso también me equivoqué. Desde aquel momento, dejaste por completo de hablar conmigo. Solamente conversabas con los niños y cuando yo estaba ausente. Me mantenía tranquilo la idea de que, aunque evidentemente habías dejado de amarme, por lo menos seguías queriendo a nuestros hijos.

Vinieron las vacaciones de los niños y con ellas la mayor de mis pesadillas. Hiciste realidad mis temores. Aquel día, como todas las mañanas me fui a trabajar, recuerdo que tuve un día normal, sin novedad alguna, corrió como todos los demás. Trabajo, juntas, llamadas telefónicas, solución de problemas. Por la noche, salí hacia la casa a la misma hora de siempre, apenas un día más dentro de la rutina. Llegué a casa y no había nadie, supuse que habías llevado a los niños a visitar a tu madre. Debido a nuestra falta de comunicación, no tuve interés en esperarlos, para entonces ya estaba cansado de tus burlas e ironías, o peor, de tu indiferencia. Tomé un vaso de leche y me fui a dormir. Sin embargo, dentro de mi somnolencia y en los primeros minutos, cuando el sueño es tan ligero que uno sigue pensando en las cosas que ha hecho en el día o los pendientes del día siguiente, mi cerebro comenzó a analizar los hechos relacionados con tu ausencia. Era demasiado tarde para que estuvieras en casa de tu madre y era raro que lo niños no me hubieran dejado ni una nota.

Me levanté inmediatamente con miedo de que mis sospechas fueran verdad. Abrí el closet y no estaban las maletas, fui a los armarios de los niños y no encontré una sola prenda. ¡Te habías robado a los niños! La angustia me

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aniquiló en cuestión de segundos, aullaba del terror de no saber dónde encontrar a mis hijos, le pedía a Dios que todo fuera una mentira, un sueño. Me golpeaba contra las paredes intentando despertar, pero solo logré quedar inconsciente por unas horas. Desperté pasada la media noche, miré a mí alrededor y confirmé la realidad: habías dejado la casa. Nadie. Entre llanto y desesperación, comencé a llamar a todos los teléfonos de familiares y amigos, averiguar si alguien sabía algo de ustedes. Ninguno de nuestros amigos podía darme información de tu paradero. Los teléfonos de tus familiares, madre y hermanas, permanecían con la línea muerta. Era como si el circo se hubiera levantado e ido de la noche a la mañana. El show había terminado.

Pasaron días antes de que yo saliera de casa, esperaba ansioso y frustrado cualquier señal que me dijera dónde encontrarlos. Sin importarme mi trabajo, me senté junto al teléfono día y noche, esperando una llamada de los niños, diciéndome que estaban bien, que regresarían pronto. La llamada nunca llegó. Estuve solo con mi alma y mi desgracia por varios días hasta que mis hermanas llegaron a poner en orden la casa y a darme consejos para que yo siguiera adelante. Pero ellas no entendían que mi vida eran tú y mis hijos. Ya no tenía vida. Me encontraba día tras día, acompañado solamente por mi soledad.

Mi segunda alternativa fue ir y hacer guardia afuera de las casas de tus familiares. Todos los días del siguiente año, pasé horas enteras, sentado en el auto, fuera de casa de tu madre, de tus hermanas, de tus amigas. Nada. Era como si se los hubiera tragado la tierra. ¿Dónde los habías escondido? ¿Qué hiciste con ellos? ¿Cómo fuiste capaz de algo tan atroz?

La notificación de la demanda de divorcio, no se hizo esperar. Para entonces, ya había regresado al trabajo, siempre distraído, pensando en ti y en los niños. Mi apatía era extrema pero guardaba la esperanza, en un rincón de mi

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corazón, de verlos nuevamente. Con todo lo de la demanda, me di cuenta que no había vuelta atrás, sin embargo, ésta no fue el mayor de mis problemas, sino el abogado que contrataste. Con alevosía me dio largas para ver a mis hijos, distrayéndome para que yo no prestara la atención suficiente a la demanda, así dejé pasar plazos, términos para contestación y el juicio se fue en rebeldía. Tu abogado movió el juicio a su antojo. La buena fe que siempre tuve en las personas me hizo ciego y no vi que me estaba impidiendo ver a mis hijos, que en realidad me estaba jodiendo para perderlo todo.

Durante ese tiempo le escribía cada semana una carta a mis hijos, sin podérselas entregar. No sabía a dónde. Por más que le rogué al abogado que me dijera dónde estaban mis niños, no tuvo el corazón para darme aunque sea una pista. En este tenor, pasaron poco más de dos años en los que mi única relación contigo o mis hijos era tu estúpido abogado.

Mientras tanto, yo seguí religiosamente haciendo mis guardias fuera de casa de tus familiares, hasta que un día finalmente vi a mi hijo saliendo con uno de tus hermanos. Mi euforia fue tal que mientras iba caminando rápidamente a su encuentro, grité extasiado su nombre, él me miró y me dio rápidamente la espalda. Me quedé perplejo. Durante años esperé verlos, abrazarlos, escuchar sus voces; y en ese momento, no fui capaz de avanzar más. Me quedó claro que no deseaba verme. Susurré por última vez su nombre y me alejé de ahí. Su desprecio fue una puñalada en el corazón, nunca había sentido tanto dolor en mi vida. Años de búsqueda desperdiciados, horas, sentado en el auto esperando, para nada. ¿Qué hiciste para que mis hijos me odiaran así?

Pasaron otros dos años sin sentido, había dejado de buscarte a ti o a mis niños aunque con la esperanza de que ellos no me olvidaran. Todas las noches dormía con el sueño ligero, esperando alguna llamada de mis amados hijos,

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alguna señal que me indicara que los volvería a ver. Y en efecto, la llamada llegó, aunque no en la forma en que yo lo hubiera deseado. No era alguno de mis hijos, era una amiga tuya para advertirme la peor noticia que se le puede dar a un padre. Mi niña estaba muy grave en el hospital. Salí en ese mismo instante a buscarla.

Llegué lo más rápido que pude, ella tenía poco tiempo de salir del quirófano. Mi pequeña estaba dormida, le había sido extraído un tumor de la matriz. Mi hijo me miraba desde una esquina de la habitación con recelo. Nunca pude restablecer la relación con él. Tú solo te dignaste a dirigirme la palabra para decirme que agradeciera tu generosidad en avisarme antes de que nuestra niña muriera. La operación que había tenido lugar horas antes no había servido de nada, el cáncer estaba demasiado avanzado y no se había contenido en el tumor, la metástasis había comenzado.

Las semanas siguientes acudí a ver a mi hija todos los días, el escaso tiempo que me permitías estar con ella no era suficiente, después de tantos años de ausencia Yo solo quería llenarme de ella antes de que se fuera. Las quimioterapias, inútiles al fin y al cabo, habían hecho estragos en mi niña. Se veía extremadamente delgada, tenía la piel pegada a los huesos, una peluca y sus ojos hundidos transmitían tristeza. Ella sabía que no estaría mucho tiempo en este mundo. Los últimos días de mi hija fueron un drama para todos, pero en especial para mí. Por fin podía tocar sus pequeñas manos y Dios la arrebataba de mi lado una vez más, ésta vez para siempre.

En esos días que compartí con ella algunas palabras, me dijo: “Te quiero, papi”. Yo intenté hacerme el fuerte y no llorar. No pude evitarlo. Tenía sus manos entre las mías, Recuerdo el temblor de mi cuerpo. “No temas, papi. Llegará el momento en que nos volveremos a encontrar. Entonces, estaremos

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juntos para siempre.” Esa noche murió y una parte de mí se fue con ella. Todos estos años he sido un muerto en vida, desechando a diario la idea del suicidio.

Hoy, recuerdo todo esto y no me voy con miedo ni tristeza. Esperé muchos años este día. Me voy con la esperanza de que nuestras almas se unan y me voy tranquilo porque no estarás tú para evitarlo. Estaré con el amor de mi vida, el verdadero… Seremos solamente ella y yo.

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