Por último deseo aclarar que este sencillo estudio sólo pretende abrir una puerta más hacia la responsabilidad ética y moral que tenemos unos con otros, por eso me he apoyado
Capítulo 1 IDENTIDAD PERSONAL
4. Gram Que implica acción padecida o recibida por alguien o algo.
2.4 El prójimo y el socio
2.4.3 Amor paterno-materno
Desde niños aprendemos que el amor del padre y de la madre es algo especial y diferente a otro tipo de manifestación del amor. Al hablar del amor, teólogos, filósofos y estudiosos del ser humano en general, están de acuerdo en señalar que el amor es esa inclinación del ánimo al bien verdadero y como el bien verdadero es lo más apetecible y deseable, el ánimo busca sin cesar ese bien auténtico para gozar de él.
Pero ¿qué es el ánimo del ser humano?, en este contexto usamos la palabra
ánimo como sinónimo de alma o espíritu, entonces hay algo en la persona humana
además de la carne y del cuerpo que se distingue precisamente por la diferencia de búsqueda; el ánimo busca el bien verdadero material y espiritual, y el cuerpo busca sólo el bien material que es el límite hasta dónde alcanza la percepción y la inclinación a las cosas concretas.
¿Qué consideramos como el bien verdadero?, consideramos como bien verdadero al bien radicalmente opuesto al bien falso y fraudulento, que en general, llamamos el mal. Ningún ser humano en sus cabales desea el mal para sí mismo, pero, a veces, confunde el bien verdadero con el bien falso (el mal) debido a varias causas imputables a las apetencias desordenadas del cuerpo; por ejemplo, el bien que es procrear se confunde con el mal que es la lujuria, el bien que es comer se confunde con el mal que es la gula, el bien que es el ahorro y cuidado de los bienes materiales se
confunde con el mal que es la avaricia, etcétera. La confusión se produce por la ignorancia, por la debilidad de la voluntad o por buscar el mal deliberadamente, en la mayoría de los casos.
Tenemos, entonces, que el amor nos inclina a buscar el bien verdadero que se caracteriza por buscar aquellas cosas, no escasas y no excesivas, que nos llevan al goce de ellas en plenitud y saciedad.
Desde este punto de vista el amor de los padres biológicos del ser humano, el amor paterno y materno es un amor que tiene una característica peculiar: es un amor que busca en primer lugar el bien verdadero para su prole, búsqueda que le proporciona el gozo más completo y total, y después, en segundo lugar, busca su propio bien. Y ¿qué es lo que hace que este amor sea tan especial y único?, precisamente el hecho de anteponer el bien ajeno al bien propio; el padre da de comer a su hijo antes de que él pruebe un bocado, la madre igualmente se deshace por dar a sus hijos todo lo que juzga conveniente para su crecimiento y desarrollo; por estas cualidades y muchas otras más, decimos que el amor de los padres de familia es desinteresado, completo, generoso, abundante, alegre, lleno de esperanza, cargado de posibilidades, atento a las necesidades, gozoso con los éxitos y comprensivo con los fracasos, tolerante con los experimentos filiales y abierto a las iniciativas. El amor de los procreadores es dilatado y regocijante, cuida los detalles y no coarta la creatividad de sus retoños. Por lo tanto, atención, solicitud, respeto, autonomía proporcional al crecimiento, libertad con aprendizaje y conciencia se dan en la armonía de un hogar integrado.
Por hogar integrado se entiende el hogar en el que los conflictos se resuelven con la razón y no con el capricho, hogar integrado es aquel en el que hay igualdad de trato y respeto a las diferencias, hogar integrado es aquel en el que mandato y obediencia se dan con tolerancia y comprensión, tanto de parte de los padres como de
parte de los hijos. Todo esto hace que el amor que se profesan unos a otros sea del más puro quilataje.
Cuando las cosas presentan otro aspecto, cuando en el hogar hay discrepancias difíciles de solventar o cuando la distancia entre padres e hijos es un abismo de incomprensión, intolerancia y abuso, entonces el amor va disminuyendo en proporción directa a las dificultades e incluso puede transformarse en odio mutuo.
Pero lo que me interesa destacar es el amor que busca el bien verdadero de los padres hacia los hijos, que conlleva un hogar armonioso y un esmerado cuidado de la prole. Reconociendo esta realidad, entonces al mandato de amor al prójimo que ancestralmente gravita sobre nuestras espaldas, podemos encontrarle formas sutiles y más efectivas de cumplimiento.
Lo que debemos hacer según el principio categórico kantiano es obrar de tal manera con todos los seres que nuestro obrar pueda erigirse como norma universal de conducta; también tenemos la famosa Regla de oro según la cual no debemos hacer a otro lo que no queremos que él nos haga a nosotros, por otro lado no debemos seguir la ley del Talión: ojo por ojo y diente por diente; y además sabemos que nos conviene amar al otro como nos amamos a nosotros mismos. Se arguye para apoyar todo esto que la humanidad forma un ser en el que todos somos hermanos y cada uno es la fraternidad encarnada y la posibilidad de abrazar con amor de hermano a todo el resto de los seres llamados humanos.
Si aceptamos la fraternidad entre hombres y mujeres, y el amor fraterno como una norma de conducta, como un necesario y difícil fin a acceder pero hermoso, y como una imagen del amor divino hacia la creación, entonces el amor fraterno es uno de los afectos más profundos, vitales, radicales y fructíferos de nuestro mundo. Sólo eso nos podría llevar a la paz perpetua preconizada por Kant, a la armonía entre cada ser
humano consigo mismo y con los demás, entre razas y países, entre continentes y naciones.
Sin embargo comenzamos hablando del amor paterno-materno como aquel amor que va más allá del amor que acabamos de plantear, como aquel amor que se olvida casi de sí mismo para darse al hijo, como aquel amor que rebasa los límites y atraviesa las fronteras de lo convencional, de las normas y las leyes.
De esta manera, el hecho de amar al otro como a mí mismo aún permite un grado más que el amor fraterno y es amar al otro como un padre que busca el bien verdadero primero para su hijo y luego para sí mismo; amar a familiares, amigos, vecinos, conocidos y desconocidos con afecto paterno-materno es darse a la tarea de cuidar, proteger y alentar al otro sin coartar su libertad, es guiar la voluntad débil y procurar en todo momento el bienestar del otro; es amar con el amor de un padre-madre que no espera nada y lo da todo.
Si cada uno de nosotros tendemos a ese tipo de amor será más fácil retornar al paraíso terrenal, al reino de la armonía y del gozo de vivir.
Hemos llegado al punto en el que el yo y el tú se aproximan y se convierten en hermanos en las condiciones que nuestro método reflexivo alcanza. Sin embargo, no siempre las relaciones humanas discurren por los cauces del amor incondicional. Necesitamos estudiar qué pasa con la debilidad de nuestra naturaleza humana, con nuestra falibilidad constitutiva. Por eso vamos a entrar a reflexionar sobre las instituciones justas como mediadoras de las relaciones interpersonales, y así, cerrar el ciclo de los tres componentes ricœurianos de su intencionalidad ética: vivir bien con y para el otro en instituciones justas.