Por último deseo aclarar que este sencillo estudio sólo pretende abrir una puerta más hacia la responsabilidad ética y moral que tenemos unos con otros, por eso me he apoyado
Capítulo 1 IDENTIDAD PERSONAL
1.3 El sujeto de la acción
1.3.1 Qué es lo que hace que el mal sea el mal
1.3.1.6 El mal actuante
En este apartado quiero introducir el cuestionamiento acerca de cómo evitar hacer el mal que, a veces, se origina en nuestro cuerpo, mente y espíritu; cómo obrar para que el mal deje de ser un mal actuante, un mal concreto, un mal que me afecta, te afecta y nos afecta. Los males que proceden de nosotros mismos tienen la ‘ventaja’ de ser susceptibles a una posible modificación, podemos influir de alguna manera en su disminución o desaparición, contrariamente a lo que sucede con los males producidos por la naturaleza que nos ahogan o nos queman inmisericordemente. Es preciso analizar la forma en que puede llevarse a cabo tal influencia.
Quizá sería una ayuda tener en cuenta ciertas apreciaciones de tres grandes filósofos: Aristóteles, Kant y Ricœur al respecto del mal que actúa en nosotros y a veces a pesar nuestro.
Según Aristóteles, la explicación de dos clases de mal nos sugiere la forma de contrarrestarlo, se refiere a la intemperancia y a la incontinencia; explica que la intemperancia es el desenfreno de las pasiones y la incontinencia es la debilidad o carencia de fuerza de voluntad ante el hacer un bien o rechazar un mal23. Tomando algunos elementos de la intemperancia y de la incontinencia, haré una comparación de estas dos clases de mal para señalar sus diferencias, algunas de las cuales son opuestas entre sí y otras son diferencias de grado.
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Friedrich Nietzsche, Genealogía de la Moral, p. 79.
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Veamos en el siguiente cuadro esta comparación:
En cuanto a la: Intemperancia Incontinencia Conciencia Impenitente Se arrepiente
Salud moral Incurable Curable
Durabilidad Radical (como el Sida) Esporádica (como la epilepsia) Continuidad Maldad continua Maldad no continua
Uso de la libertad Vicio por elección No entra la elección
Estado mental Convicción del desenfreno Obra contra razón sin convicción Posible cambio No admite cambio de conducta Admite cambio de conducta Voluntad Decidido al mal Impulsivo, no reflexivo
Creencia La maldad es un ‘bien’ Sabe que su acción mala es mala
donde se observa que el posible remedio al mal de un agente actuante se extrae de las características aristotélicas de la incontinencia.
La persona incontinente, al admitir un cambio de conducta, puede empezar a usar su reflexión y razonamiento para poder elegir correctamente el bien porque distingue la diferencia entre el bien y el mal, y es capaz de arrepentirse de las acciones que producen sufrimiento a sí mismo y a los demás, y puede convertirse en un ser humano ‘templado’, es decir, en un hombre que no muda de opinión bajo la influencia de la pasión, aunque puede cambiar de opinión porque sabe dominarse, es dueño de sí mismo y obedece a la razón; pues todo esto significa ser templado según Aristóteles24.
Con esto tenemos una idea de algunas de las especificaciones en la obra de Aristóteles (falleció en el año 322 a.C.) acerca de ciertos males que aún hoy son profundamente actuales.
También Kant nos legó su aportación a estos asuntos en muchos de sus escritos filosóficos como por ejemplo en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres en donde argumenta acerca de la autonomía de la voluntad como principio supremo de
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la moralidad y habla de la “heteronomía25 de la voluntad como origen de todos los principios ilegítimos de la moralidad”. Comenta que la buena voluntad es buena en sí misma y es buena sólo por el hecho de que pone en movimiento el querer, no por lo que realiza y esta buena voluntad es una condición sine qua non para obtener la felicidad.
Tenemos, pues, por un lado la potencia del alma llamada voluntad que es buena en sí misma y por otro la capacidad de aplicar la voluntad para realizar el bien o el mal, pero dicha capacidad de la voluntad necesita de la libertad para obrar el bien o para realizar el mal, aquí se muestra la capacidad de elección, extrañamente aséptica, que puede elegir sin tener en cuenta si lo elegido es un bien o es un mal. Y como la libertad debe presuponerse en todos los seres racionales, de ahí se deduce que los seres humanos racionales son libres para usar su voluntad según su intención y deseo. Y es entonces la intención racional y el deseo emocional los que motivan la acción de la voluntad, y como la voluntad trabaja bien según su capacidad volitiva, nos conviene poner nuestra atención en la intención y el deseo que son los motores de la voluntad para averiguar qué nos conviene hacer y qué debemos evitar.
La intención y el deseo son facultades del ser racional que se inclinan al bien o al mal dependiendo del objeto anhelado. ¿Cómo darse cuenta de que lo que se busca es bueno o malo?, aquí comienzan los dilemas, las dudas, las ignorancias, las trampas y los subterfugios. En general podemos decir que es bueno todo aquello que nos conduce a una integración del ser, a una plenitud de facultades creadoras de bienestar y prosperidad, a una comprensión cabal de los demás seres y a una colaboración social productiva y enriquecedora. De lo cual inferimos que es malo aquello que nos lleva a la
25 Heteronomía es el antónimo de autonomía. Heteronomía se define como la condición de la voluntad
que se rige por imperativos que están fuera de ella misma, según el Diccionario de la Real Academia Española.
negación parcial o total de lo que hemos tildado de bueno, y el mal actuante aparece como una deformidad de la intención o del deseo del ser racional.
Sería enriquecedor meditar los conceptos del siguiente párrafo en el que Kant hace una distinción entre los precios a pagar por nuestras apetencias, deseos e intenciones:
Lo que se refiere a las inclinaciones y necesidades del hombre tiene un precio comercial; lo que, sin suponer una necesidad, se conforma a cierto gusto, es decir, a una satisfacción producida por el simple juego, sin fin alguno, de nuestras facultades, tiene un precio de afecto; pero aquello que constituye la condición para que algo sea fin en sí mismo, eso no tiene meramente valor relativo o precio, sino un valor interno, esto es, dignidad26.
Valores de comercio, de afecto y de dignidad son valores que tienen su asiento en las apetencias humanas, en las inclinaciones personales y en la identidad profunda de la ipseidad del ser humano, respectivamente27. Podemos añadir, en consecuencia, que la dignidad personal puede ser una guía de nuestras apetencias, de nuestra libertad y de nuestra voluntad para que elijamos con mayor conciencia el bien verdadero que nos lleva a la felicidad.
Ahora veamos algunas afirmaciones que hace Ricœur acerca del mal que apoyan su visión de que el sufrimiento del otro es lo que constituye el mal28. Ya desde el título de su ensayo establece que el mal es un reto tanto para la filosofía como para la teología por la misma consistencia escurridiza de las acciones malas, porque el mal, en abstracto, no existe, lo que existe son las acciones calificadas como malas por su naturaleza pervertida.
26 Manuel Kant, Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, p. 53. 27
Ipseidad es la forma de identidad definida por Paul Ricœur como la fidelidad a sí mismo, como el respeto al yo interno que puede llamarse dignidad.
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El autor comienza con una reflexión inquietante al poner en el mismo nivel del discurso las siguientes proposiciones: Dios es todopoderoso, Dios es absolutamente bueno y el mal existe. Tenemos un efecto de contradicción muy fuerte que nos lanza a una paradoja sin solución y nos confirma en la creencia de que de lo bueno no puede derivarse lo malo, y que por lo tanto Dios no es el origen del mal, aunque quizá lo permite dado que nos dio una libertad que sin la opción del mal no sería tal libertad.
El mal moral (que se llama pecado en el lenguaje religioso) queda según Ricœur definido por aquella acción humana que se hace objeto de imputación, de acusación y de censura. Parafraseando al autor tenemos que la imputación es la asignación de la autoría de la acción a un sujeto, con la carga de responsabilidad correspondiente y donde dicha acción es susceptible de apreciación moral. La acusación de una acción proviene del reconocimiento de una violación al código ético o a la norma moral que está establecida en una comunidad. La censura designa el juicio de condenación en virtud del cual el autor de la acción es declarado culpable y merece ser castigado. Aquí ya tenemos el sufrimiento del castigo que incide sobre el autor de la acción considerada como mala. Es decir, no sólo existe el sufrimiento de la víctima de una acción depravada, sino que también el castigo infligido al autor de esa acción es motivo de sufrimiento para éste último. Aquí podríamos pensar en la comparación de ambos sufrimientos ¿son equiparables?, ¿puede una cadena perpetua compensar el asesinato de un ser humano? Entramos en el campo de lo incomparable…
De hecho realizar acciones malas, ya sea directa o indirectamente, es hacer un daño al otro y por tanto hacerlo sufrir. Combatir el mal podría considerarse, desde un punto de vista gnóstico, como la intención de liberar a todas las partículas de luz que se encuentran cautivas en la materia, y esta apreciación metafórica puede ser el aliciente que permita disminuir la tasa de acciones que producen tanto sufrimiento. Sin embargo,
no importando cual sea la motivación es relevante combatir el mal realizando el bien a través de pensamientos y acciones.
En este punto también estamos interesados en averiguar la relación que hay entre el sujeto agente y su propio cerebro para observar el funcionamiento de la ética en el ser humano. Queremos vislumbrar si hay alguna ingerencia del cerebro físico de la persona humana en sus características personales, en sus acciones y en sus relaciones con otras personas.
Después de observar al sujeto con predicados físicos y psíquicos, su capacidad de actuar y su intención, como un sujeto al que se le atribuye o imputa un hecho, vamos a preguntarnos si el cerebro tiene algo que ver con el modo de actuar del ser humano en el aspecto ético, ya que la ética no es material en el sentido que pueda verse y tocarse, pertenece a otro nivel.
Me apoyaré en el diálogo entre un neurobiólogo Jean-Pierre Changeux y un filósofo Paul Ricœur cuya siguiente pregunta es un detonador importante para lo que deseo analizar.
“¿No es nuestro propósito comprender mejor al prójimo para ayudarlo mejor? La intercomprehensión se ha vuelto para mí una de las operaciones fundadoras del avance normativo y ético”29.
Ésta es la afirmación de Jean-Pierre Changeux, distinguido investigador neurobiólogo, en diálogo con Paul Ricœur, experto hermeneuta y filósofo. La idea que propone Changeux se apoya en el conocimiento del cerebro humano para encontrar una base fisiológica de la conducta y, de ahí, partir a la búsqueda de la armonía entre los seres humanos. Y a la pregunta de Ricœur sobre qué podría añadir el conocimiento del cerebro a esta búsqueda de armonía, Changeux responde que además de comprender
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mejor a los demás, se podrá reconocer más fácilmente “al ‘otro’ como perteneciente a una misma humanidad”30. Por eso, no sólo comprensión es lo que se necesita, sino comprehensión, cum prehendere, ‘tomar con’, que es más abarcante.
Por otro lado la comprensión del otro nos lleva directamente a las cuestiones éticas de las interrelaciones humanas, de la intercomprehensión recíproca, valga la redundancia, y a la investigación de la identidad personal en sus dos modalidades idem e ipse31 que propone Paul Ricœur sobre todo en su obra Soi-même comme un autre; que nos conduce también a esa identidad que es interpelada por el otro, demandante de una respuesta, y a una adecuación de la educación ética desde el vientre materno hasta la senectud.
Este somero preámbulo me conduce a exponer las posibles bases biológicas de nuestras reglas de conducta abriendo paso a dos aspectos que considero vitales para el ser humano en relación consigo mismo y con el otro, a saber, el cerebro humano y las relaciones mutuas. ¿Por qué son importantes esas bases biológicas de la conducta?, ¿será acaso el cerebro humano un factor determinante en el aspecto ético del ser?, ¿habrá un componente corpóreo o neuronal en mí que intersecte a un componente similar del otro cuando entro en una interrelación humana?
Empezaré por explorar las bases biológicas del comportamiento, para darnos cuenta de que “el observador intenta establecer una correspondencia entre tres grandes dominios: las redes de neuronas, las actividades que circulan en esa red, y por último las conductas y comportamientos, [y también] los estados mentales internos y las estrategias de razonamiento”32. Esta correspondencia es interesante para el proyecto ético, puesto que la ética del individuo se proyecta a través de la conducta, de su estado
30Op. Cit., p. 108. 31
Ricœur define la identidad idem como el carácter de la persona y la identidad ipse como la fidelidad a sí mismo y a los demás. Ver Soi-même comme un autre, p. 12-14.
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mental y de su forma de razonar. Una vez realizada la exploración biológica, retomaré posteriormente, el tema de la identidad personal, de esa identidad que posee un cuerpo.