La mente no ha de ser cambiada por el lugar ni por el tiempo; la mente es su propio lugar, y por sí misma
puede hacer del Infierno un Cielo, y del Cielo un Infierno. JOHN MILTON
El hombre tiene necesidades tanto físicas como emocionales. Aunque pasa la mayor parte de su
tiempo, de su vida, luchando por las primeras, éstas son las más fáciles de satisfacer. El hombre sólo requiere de una pequeña cantidad de alimento, y la mayoría de nosotros comemos demasiado; un techo para protegerse de los elementos naturales, y no las grandes residencias en las que vivimos; la ropa
necesaria para el invierno; en algunas partes del mundo muchos siguen cubriéndose con una simple hoja y, naturalmente, agua. Todo lo demás es un lujo, aceptable, por supuesto, por comodidad, pero no
necesario para la supervivencia. En la actualidad dos terceras partes del mundo dan testimonio de esto. Pero el hombre también tiene otras necesidades: las emocionales. Éstas también son pocas, pero igual de importantes que los requerimientos físicos; sin
embargo, no son tan sencillas de satisfacer. Si no se satisfacen, pueden ser tan devastadoras como el hambre física, tan incómodas como la falta de techo, tan nulificantes como la sed, etcétera. La frustración, el aislamiento y la angustia que provocan las
necesidades emocionales insatisfechas pueden al igual que la privación física, causar la muerte o cierto grado de muerte en vida, como neurosis y sicosis.
EL AMOR
Aun así, consciente de esto, el hombre sigue
dedicando una pequeñísima parte de su tiempo a las actividades que lo llevarían a satisfacer sus
necesidades emocionales y al proceso de ayudar a otros hacia la misma satisfacción. Ciertamente,
pocas personas considerarían sus necesidades emocionales lo suficientemente importantes para justificar una cantidad de tiempo igual a la que se dedica a ganar el salario con el cual se satisfacen sus necesidades físicas.
Por otra parte están las necesidades sicológicas básicas del hombre: requiere ser visto, reconocido, apreciado, oído, acariciado, complacido
sexualmente. Debe concedérsele la libertad para elegir su propio camino, crecer a su propio ritmo y cometer sus propios errores; es decir, para
aprender. Necesita aceptarse a sí mismo y a otros seres humanos y, a su vez, ser aceptado por ellos. Desea ser un ”yo” al igual que un ”nosotros”.
Lucha por crecer y convertirse en el individuo único que es.
Si el amor no reconoce estas necesidades, es falso. Si cualquiera de ellas no se satisface, el individuo nunca podrá realizarse totalmente y
permanecerá oculto, en parte, aun de él mismo. Es algo muy semejante al árbol del que ciertas ramas no han recibido los rayos del sol, y mientras que el resto del árbol crece, las partes que han sido
privadas de la luz solar nunca se desarrollarán en una forma normal.
Por ejemplo, el presidente de un banco puede ser altamente eficiente, inteligente, aceptado,
respetado, un miembro que aporta valores a la comunidad: sería como un fuerte árbol en
crecimiento. Pero su esposa sabe que en cuanto a sus hábitos alimenticios tiene los gustos limitados de un niño, y en su vida sexual también es tan impotente como un niño. Quizá en alguna fase de su crecimiento emocional tuvo una fuerte
EL AMOR RECONOCE LAS NECESIDADES
hizo. Como debía seguir creciendo hizo a un lado
aquella necesidad, desde el punto de vista sicológico, y sus hábitos alimenticios y sexuales quedaron a un nivel infantil, mientras que el resto de su personalidad avanzó hacia la madurez. Naturalmente, ésta es una sobresimplificación de la dinámica implicada, que es mucho más compleja y sutil.
La idea primordial que deseo señalar con esto es que el hombre sufre cuando sus necesidades emocionales o sicológicas no son satisfechas.
Como ya señalé, el hombre tiene la necesidad de ser visto, oído y acariciado, y el amor reconoce estas necesidades. En la actualidad los individuos parecen estar demasiado ocupados para detenerse y mirar o escuchar a nadie, ni siquiera, en ocasiones, a su propia familia. A esto le llamo el síndrome del ”hombre invisible”: está ante uno todos los días,
durante las comidas, en la sala, hasta en la cama. Uno sabe que está ahí, pero no lo ve.
Si amas a alguien, lo observarás cuidadosamente y sabrás que está cambiando todos los días a través de un hermoso proceso gradual, del cual seguramente te perderás si no aprendes a observar. ¿Cuándo fue la última vez que miraste la cara de tu esposa o marido, la de tu hijo, la de tu madre? Y para el caso, ¿qué
tanto tiempo hace que te miraste tú mismo
profundamente, no mientras te rasurabas o te lavabas o te ponías el maquillaje, sino durante un momento de paz, sólo mirándote?
Durante muchos años el hombre negro en Estados Unidos ha experimentado este sentimiento de ”ser invisible”, al grado que se ha llamado a sí mismo el ”hombre invisible”. Los existencialistas han
desarrollado toda una teoría alrededor de la idea de la futilidad de la lucha personal del hombre por lograr reconocimiento, de su búsqueda de afirmación en su existencia real y del significado de
EL AMOR
esa existencia. El que ama reconoce la necesidad que tienen otros de ser vistos. ¡Míralos!
Es igualmente importante la necesidad de ser escuchado. Suelo referirme a esta carencia como síndrome de ”fiesta coctel”. Hay muchedumbres charlando alegremente ante el otro, intercambiando lo que se ha denominado ”trivialidades”. Se habla mucho, pero se oye o escucha poco. Se podría decir que meramente se emite aire para formar una
vibración. La vibración no se vuelve un sonido sino hasta que es recibida por el oído y las vibraciones son traducidas e interpretadas en símbolos por el cerebro. El cerebro juega un papel poco importante en la
”fiesta coctel” común, a excepción del de órgano listo a ser entumecido.
Aun cuando una persona escucha a otra, a menudo escucha precisamente lo que desea oír. Tiene la capacidad de elegir o filtrar lo que le resulta incómodo.