EPISTEMOLOGÍAS, TEORÍAS, MÉTODOS Y CONTEXTOS.
ANTROPOLOGÍA DE LA ALIMENTACIÓN: ENSAYOS METODOLÓGICOS.
2.2.3 Análisis antropológico de políticas alimentarias
El análisis antropológico de las políticas alimentarias es la propuesta metodológica de esta investigación. Tanto la etnografía del discurso como la propia etnografía institucional han permitido descubrir este campo no recogido por las preocupaciones teóricas de la antropología contemporánea.
Justifica este análisis, la necesidad de incorporar al punto de vista antropológico en la construcción, sistematización, seguimiento y evaluación de los procesos políticos que condicionan a la alimentación humana. Esta incorporación permitirá complementar las actuales perspectivas de análisis que validan a los indicadores económicos y nutricionales como referencia fundamental.
El concepto de sistema alimentario antes enunciado permite visualizar los factores políticos que inciden en los procesos de transformación alimentaria, particularmente los casos en que estos procesos conducen la aparición de ‘problemas alimentarios’. A esta investigación le interesa desentrañar aquellos factores que fundamentan tanto a la creación y el surgimiento de estos problemas, como a las distintas formas de concebirlos y tratarlos. La naturaleza de los prejuicios y de los etnocentrismos involucrados en los procesos de intervención alimentaria, nos permitirá entender la
forma en que los problemas alimentarios son concebidos a partir de la consideración de ‘dos contextos de conocimiento local’: la institucionalidad occidental y las comunidades mapuche que reciben los beneficios de programas alimentarios.
Simultáneamente, nos interesa destacar los efectos ya conocidos de la aplicación de políticas agrícolas, educativas y de salud en el proceso de desintegración de los sistemas alimentarios indígenas. La intervención alimentaria es un fenómeno antropológico en tanto identifica en su dinámica conceptos tales como ‘alimentación de otros’, ‘alimentación mínima para la sobre vivencia humana’ y en último término, al referir la concepción cultural de alimentación. Esta aproximación reforzaría la definición operativa propuesta el 2002, para su análisis exploratorio en el contexto interétnico chileno - mapuche, que la concibe como proceso empírico de intromisión ideológica y accional, a partir del cual se sostiene y controla el sistema de relaciones interétnicas en competencia desigual en dos dimensiones intrínsicamente vinculadas con la reproducción cultural: la cotidianeidad íntima y colectiva, y la extensión del modelo de desarrollo occidental (N. Carrasco, 2002).
Hemos podido avanzar esta propuesta de análisis antropológico de problemas alimentarios identificando diversas concepciones del fenómeno en el propio seno de la sociedad occidental contemporánea. Todas estas concepciones tienen en común estar definidas por un componente político expresado a través de la manera en que se identifican los problemas, se discuten sus posibles soluciones y se implementan las acciones reparativas. Para este análisis antropológico de las políticas alimentarias, el ‘presente etnográfico’ no es sólo la multiplicidad de ‘conocimientos locales’ sino su interrelación expresada en las actuales formas de intervención alimentaria.
Entendemos que los problemas alimentarios son concebidos tanto desde el sentido común como desde el conocimiento especializado de las ciencias nutricionales y de las políticas públicas. El sentido común se los explica a partir de lo que el conocimiento especializado socializa, y por ende, sigue la matriz ideológica que estos conocimientos reproducen. Para este sentido común quienes ‘no comen’ o ‘comen’ mal son quienes
‘no tienen’, y viven en esta condición por razones tales como la ignorancia o la mala suerte.
El pensamiento sociopolítico tiene igualmente su propia versión de los problemas alimentarios. En su versión marxista los entiende como un resultado de los ricos sobre los pobres, o en otras palabras, de las estrategias de distribución desigual de los recursos. La contradicción entre la existencia de problemas alimentarios y el modelo de justicia social se expresa a través de la materialización de los programas alimentarios, que son una respuesta adoptada por el propio sistema político para enfrentar las deficiencias de su propia estructura. Desde el punto de vista antropológico consideramos prudente agregar nuevos elementos capaces de complementar a estas visiones: la política involucrada en los procesos de intervención alimentaria es intrínsecamente una ética que valora a los otros y a sus realidades desde un punto de vista determinado. En este sentido, hacemos un llamamiento a entender los problemas alimentarios como la configuración de una estructura que somete a la población afectada a nuevas condiciones biológicas (des nutridos o mal nutridos) y nuevas condiciones sociales (dependientes, ayudados o subsidiados en la dimensión más básica del ser humano).
Un precedente de esta propuesta ha comentado el aspecto de la reproducción de la asistencia alimentaria a través de estrategias propias del modelo de desarrollo, tales como la transferencia tecnológica y la propia educación formal. Lo que el discurso del desarrollo estipula como soluciones para combatir los problemas de hambre y escasez son luego la causa de su propia perpetuidad. Tal y como plantea Esteva, “se sigue aplicando como remedio lo que causa el problema y así se le agudiza en vez de dejarlo atrás”. Este autor concluye en lo que puede parecer un extremo para las circunstancias políticas e institucionales que ejecutan este tipo de programas: detener la ayuda y el desarrollo permitirá enfrentar los desafíos actuales, dado que no es desarrollo lo que falta en aquellos contextos en donde se extienden los problemas alimentarios sino por el contrario, el desarrollo - en cualquiera de sus formas conocidas - es la causa principal de lo que denomina hambre moderna (1988: 109 -10).
Los problemas alimentarios contemporáneos anteriormente definidos, encuentran en la visión de Esteva un argumento global, de tipo estructural, económico, político e ideológico. Desde su punto de vista, no son los problemas alimentarios un efecto causado por la falta de desarrollo sino una contra - producción del mismo, o sea, el éxito de sus estrategias agudizando los problemas que ha identificado y al mismo tiempo creando problemas nuevos. Comparto con Esteva su intención de extender la discusión respecto de argumentos y problemas aparentemente ocultos hacia contextos públicos, abiertos a recoger la impresión de todos los involucrados. Esta sería una oportuna nueva preocupación para la etnografía que recoge el desafío contemporáneo de “describir y presentar lo encubierto y lo implícito a través de un lenguaje analítico explícito” (Thomas, 1997:15).
Esteva ha propuesto examinar los orígenes y características del mito del desarrollo y el hambre, para lo cual elabora, desde el enfoque decontruccionista, una lectura arqueológica de su construcción y extensión histórica, al final de la cual, según su interpretación, aparece la más moderna de las trampas: los desarrollos alternativos, las alternativas de desarrollo (1988:111). Nuestro interés es complementario a este, y parte de entender a las políticas alimentarias como expresión de un esquema dispuesto para lograr fines explícitos e implícitos definiendo el curso de toda la humanidad: el mismo desarrollo.
Una de las metas más universales del proyecto desarrollista es la alimentación, formulada bajo un supuesto de escasez e insuficiencia que considera insatisfactoria la condición alimentaria de aquellos pueblos que no consumían lo que el modelo de desarrollo entendía como requerimientos mínimos. El trasfondo evolucionista impregnó toda esta primera fase de incorporación de la alimentación como meta del desarrollo, que interpretó tras la segunda guerra mundial, que las sociedades subdesarrolladas nunca habían cumplido las normas de requerimientos mínimos precisamente por no ser / estar desarrolladas. Desde estos albores, el discurso del desarrollo aparece intrínsecamente adherido al conocimiento nutricional – o viceversa. El hambre es comprendida como efecto del desequilibrio entre las necesidades de la población y sus capacidades para satisfacerla, y sólo la superación de este desequilibrio permitiría el fin
de las ayudas alimentarias. Según Esteva, se podría demostrar cómo esta ayuda alimentaria en tanto fórmula del desarrollo, constituye un mecanismo contra productivo, que se sustenta en fenómenos tales como: la internacionalización del capital, la mentalidad patrimonial y predatoria de las clases dirigentes de los nuevos estados nacionales, la interferencia gubernamental sobre el funcionamiento del mercado, entre otros (1988:113).
Todos estos fundamentos de la intervención alimentaria se asientan en el supuesto de escasez y en el carácter puramente económico de las necesidades definidas por una relación mecánica y totalizante entre medios y fines. El carácter lapidario y definitivo de estos supuestos llega a instalarse de manera definitiva en el aparato político y administrativo nacional e internacional. Esta valoración institucionalizada de la escasez proyecta a su vez importantes contenidos hacia las sociedades que reproducen el feed back desarrollo – subdesarrollo. Las sociedades subdesarrolladas que sufren escasez están condenadas a vivir permanentemente lo que llega a formar parte de su condición: serán calificadas como sociedades que sufren escasez por no sobre explotar sus recursos naturales y producir para fines de mercado. Como antes destacábamos, el enfoque nutricional convencional que respalda la creación y práctica de políticas institucionales hacia las comunidades mapuche de Chile resalta precisamente este aspecto, calificando a la alimentación mapuche como deficiente dada la poca productividad de los comuneros, y el uso poco provechoso de la tierra en tanto recurso.
La modernidad y el desarrollo califican a las sociedades de acuerdo a su ritmo productivo, estimando como limitaciones a todos aquellos usos no extractivos y maximizantes de la naturaleza y los recursos naturales. A partir de esta premisa evalúa a las sociedades tradicionales e indígenas – evidentemente “subdesarrolladas” -, como conformistas, cuya actitud llega a ser un severo “obstáculo al desarrollo” (ob.cit., 1985:115). La situación de escasez que causa la malnutrición de los mapuche de comunidades proviene así de una condición predeterminada por la forma en que han sido envueltos en el sistema de la modernidad y el desarrollo. Ha sido el estado el que ha permitido e impulsado que los pueblos indígenas del país ingresen en esta lógica que les controla y les perpetúa en su condición de escasez, a través de todas aquellas
intervenciones responsables del desmontaje sociocultural, que como resultado ha dejado al pueblo mapuche en la precariedad económica y cultural que observamos hoy. Mantenemos al respecto la idea inicial en cuanto a que la alimentación constituye un ámbito receptor de todas las circunstancias políticas que han rodeado la historia del pueblo mapuche. La relación supuestamente equilibrada que habría de existir entre necesidades y capacidades permanecerá estando controlada por el estado mientras no se adecuen las estrategias a un contexto que en muchos casos prefiere calcular de acuerdo a su propio ritmo productivo. El “cálculo de necesidades” convencional debiera necesariamente abrirse – desde el punto de vista metodológico - a la traducción y a la búsqueda de compatibilidad.
La intervención alimentario-nutricional se orienta mundialmente por un fin único: aplicar estrategias de suplementación alimentaria y de subsidio a los precios de los alimentos en poblaciones diagnosticadas como carentes de consumo de alimentos básicos. Órganos transnacionales como la OMS y la UNICEF mantienen entre sus componentes de acción a la alimentación y nutrición. Su misión consiste en atender a estas componentes a fin de aliviar los efectos de las crisis económicas, vale decir, aplicar estrategias paliativas ante la escasez provocada por un mismo promotor: los países desarrollados, líderes de todo el proceso de transformación económica y alimentaria. En este plano, podemos entender que todas las instituciones de ayuda alimentaria estarían reproduciendo un objetivo saneador del propio sistema del que muchas veces reniegan. Desde nuestro punto de vista, estas instituciones cumplen una misión de control, una especie de contraparte que a través de un aparato pre o trans gubernamental vigila los impactos de las diferentes implementaciones del desarrollo. Desde esta perspectiva, la ayuda es por un lado vital para mantener viva y saludable a la población, y por otro, permite controlar las capacidades locales de satisfacción autónoma de necesidades.
Desde nuestro punto de vista, la reciprocidad entre los conocimientos de la ciencia nutricional y la ciencia antropológica no se asienta necesariamente en el logro de objetivos sociopolíticos. Por el contrario, la vinculación interdisciplinaria parece
mantenerse fundada en la prestación de conocimiento para beneficio de la acumulación antes que la aplicación.
La superación de los enfoques aplicados clásicos es todavía un desafío. La intensiva disputa entre constructivistas – posmodernistas v/s defensores de la ciencia, ha plasmado notablemente el ámbito antropológico de la intervención alimentaria. Por un lado, están quienes cuestionan los modelos de intervención gestados en la distancia cultural y conducidos por fines globales, y por otro, quienes plantean y replantean, desde los aparatos transnacionales, las condiciones en las cuales estas intervenciones deben llevarse a cabo. Desde nuestro punto de vista, correspondería ahora buscar puntos de encuentro en este debate que aparece muchas veces ultra polarizado y ultra polarizante, respecto de las posibilidades y el rol que a disciplinas como la antropología le compete en este tipo de procesos. Explícita o implícitamente la dimensión política plasma todas las orientaciones del conocimiento científico. Es precisamente un examen del desarrollo histórico de dicho conocimiento el que nos provoca la preocupación por el poder del conocimiento científico social, por la magnitud de sus alcances en la realidad cotidiana de sujetos expuestos a-críticamente a sus imperativos. Nuestra propuesta al respecto sostiene que a través de la explicitación de intenciones y de fórmulas – expresas en programas y proyectos – se abren las posibilidades de proximidad entre los tipos de conocimiento; a saber, el conocimiento local político institucional y el conocimiento local de la gente que recibe las intervenciones. Para llegar a ello se requiere de una teoría que permita articular los fenómenos reconociendo la dimensión del poder que acciones tan cotidianas como comer llevan consigo.
El abordaje etnográfico descubre un entramado alimentario determinado por relaciones de tipo causal, en el cual sin embargo, un ejercicio predictivo parece ultra arriesgado. Ni el modelo nomológico deductivo, ni el monismo metodológico descrito por González (1987, 2000, 2002), parecen alternativas posibles para transitar cómodamente por las dimensiones aplicadas del fenómeno. Esta investigación se propone superar los estudios clásicos de la antropología de la alimentación proponiendo a la complementariedad epistemológica y metodológica como una senda apropiada para el análisis etnográfico de los problemas alimentarios contemporáneos. En otras palabras, la unilateralidad del
conocimiento antropológico generado por y para la antropología queda genuinamente descartada, lo mismo que la vinculación inocente entre el conocimiento etnográfico y la planificación social. Nuestra apuesta es por un enfoque que conciba al conocimiento etnográfico como polisemántico, cuyos soportes teóricos reconozcan la multiplicidad de formas que podría adoptar y capaz de encontrar aplicabilidades acordes con presupuestos éticos y sociopolíticos explícitos.
Siguiendo a Aurora González (2000-2002), la gran dificultad sigue estando en articular – combinar metodológicamente – la crítica empírica con la crítica de conceptos (2002:398). La primera, afincada en una aproximación crítica desde la ciencia hacia la sociedad, y la segunda, asentada en la autocrítica de la ciencia y en su proyección horizontal hacia los demás conocimientos. No se trata simplemente de ejecutar una investigación con sentido crítico por usar teorías de uno u otro tipo. Consideramos que probablemente ambas tengan sentido para explicar e interpretar la transformación de los sistemas alimentarios dado que: estos no pueden entenderse si no es en virtud de las condiciones empíricas que afectan al hecho alimentario, y tampoco pueden interpretarse cabalmente sino es reconociendo la responsabilidad del conocimiento científico en el trasfondo de modificaciones e intervenciones institucionales. La experiencia de la antropología norteamericana, encabezada por Margaret Mead sería un ejemplo de esta última condición, la cual, sesenta años más tarde no puede ser reproducida. En la actualidad, resulta cada vez más evidente el rol que la ciencia – convencional y participativa – está jugando en la transformación social. Es desafío de esta investigación desentrañar su acción en contextos interétnicos, preguntándonos si acaso puede haber ciencia para la ‘no-integración’, y de qué modo el conocimiento etnográfico puede contribuir al esclarecimiento y el replanteamiento de los motores del cambio.
La antropología interactiva que aquí queremos reforzar, propone un concepto de antropología articulador de tres dimensiones que inciden en su construcción teórica y en su ejercicio profesional: el contexto en que se desenvuelve, el individuo antropólogo y la vinculación con la sociedad. La primera dimensión atañe directamente al desarrollo teórico de la disciplina, y llama a la cautela respecto a continuar aplicando teorías concebidas y formuladas en contextos lejanos temporal y espacialmente de aquellos en
los que trabajamos. La segunda dimensión es una preocupación evidentemente propia de antropólogos de fines del siglo XX, formados en una perspectiva que ha insistido en que desarrollemos la capacidad de ver nuestro propio desdoblamiento etnográfico y de buscar alianzas entre nuestra identidad cultural y nuestra identidad profesional (Rosaldo, 1999, DiGiacomo, 20038). Hoy en día nos planteamos la posibilidad de
ejercitar la construcción teórica articulando ambos momentos: el de construcción teórica y el de la experiencia etnográfica individual, apostando porque este tipo de ejercicio pueda ser sustancial para el crecimiento de la disciplina. Finalmente, la tercera dimensión es la respuesta a la invitación que diversos enfoques teóricos han hecho a advertir lo que sucede en el mundo que nos rodea, e incorporar sus tensiones en nuestras finalidades científicas y en nuestros replanteamientos metodológicos.
En esta misma dirección, se acepta la hipótesis de que “si pensamos las etnografías como predicados de estructura, podemos distinguir entre dos prácticas antropológicas que frecuentemente se confunden – y que a quienes sabemos desde donde trabajamos no nos agrada que así sea – la puesta a prueba de la fecundidad de una teoría propuesta para una cultura... y la proyección a crítica de paradigmas, teóricos o folk – de la cultura de los antropólogos” (González, 2002:399, la frase entre guiones es propia9). En el año 2001 dejé planteadas mis inquietudes en torno a la diversidad de prácticas antropológicas, y a la necesidad formativa de esclarecer los enfoques que conviven al interior de la disciplina. Coincido en validar el uso consciente y consistente de las teorías como factor diferenciador entre las distintas prácticas antropológicas. Finalmente, considero que las etnografías pueden ser predicados de estructura toda vez que les acompañe un corpus teórico adecuado, capaz de explicar la realidad y hacerla comprensible no sólo para el antropólogo sino para los propios sujetos que la componen dicha realidad. De este modo, la etnografía se mantiene adherida a su contexto original y no se desprende para pasar a constituir conocimiento científico “inaccesible y desconocido” por sus protagonistas. Y no me refiero únicamente al valorado aporte metodológico del retorno del conocimiento a los actores, sino a la finalidad última de su existencia: la etnografía en la realidad.
Ni monismo epistemológico ni monismo metodológico, diríamos, siguiendo a la autora citada. Ni desconociendo la existencia del conocimiento científico ni sobre valorando sus aportes en la construcción de la realidad. El conocimiento antropológico, en tanto conocimiento científico respecto de la realidad sociocultural, en este caso alimentaria, constituye un aporte contrastable para un fin específico: el de la planificación acertada.
Quisiéramos llegar a situar a la antropología en un estilo de actividad científica abiertamente centrada en la identificación y prevención de problemas con impacto social, al mismo tiempo que desenvuelve su aparato predictivo aprovechando los potenciales del contexto. El actual enfoque protagonizado por la ciencia aplicada que