EPISTEMOLOGÍAS, TEORÍAS, MÉTODOS Y CONTEXTOS.
ANTROPOLOGÍA, ALIMENTACIÓN Y PROBLEMAS ALIMENTARIOS
2.1.7 La antropología de la alimentación en el campo del desarrollo
Las relaciones políticas y los desarrollos científicos han incorporado, tras la segunda guerra mundial, al lenguaje del desarrollo en sus propios lenguajes. La antropología, y en particular la antropología de la alimentación, no ha sido indiferente a este nuevo rumbo.
La complicidad entre el conocimiento científico occidental y el modelo de desarrollo – subdesarrollo ha tenido consecuencias vitales, tanto en el plano cultural como en el plano biológico. En lo cultural, coincidimos con el análisis antropológico del modelo de desarrollo que reconoce su estatus ontológico y su condición de principio organizador de la vida social occidental en la denominada ‘era del desarrollo’ (Escobar, 1996:9). El desarrollo como modelo cultural ha implicado su intromisión en todas las esferas de la vida social, y su instauración como referente básico de la “telaraña” occidental. Si bien ha adoptado diferentes calificativos dependiendo del momento de la historia y del lugar, el sustantivo ‘desarrollo’ ha permanecido en su condición de premisa básica de pensamiento y acción. Las tendencias críticas, asentadas en una perspectiva epistemológica post positivista y post estructuralista, han asumido como misión desentrañar sus bases y fundamentos con el objetivo de proponer su desestabilización.
Con el desarrollo de esta investigación hemos podido comprender que la antropología de la alimentación es en sí misma una especie de fusión entre la antropología aplicada y la antropología para / del desarrollo (sin desconocer la propiedad que le compete a la antropología médica). Su existencia se debe principalmente a la aparición de postulados teóricos respecto a su lugar antropológico en las culturas humanas, sin los cuales estaría aun reducida a la condición de ‘tema’. Tales postulados teóricos – y metodológicos – pueden hoy ser organizados en función de sus propuestas en torno al desarrollo humano. Pensamos que la participación de la antropología de la alimentación en iniciativas de
desarrollo ha sido poco especializada. Tanto en los ámbitos de salud, como educación o desarrollo productivo, ha sido posible observar prácticas antropológicas de diversa naturaleza. Para describir estas prácticas hemos optado por validar categorías epistemológicas y teóricas previamente descritas por Arturo Escobar (1996) y por Teresa Durán (2002). De este modo podremos analizar el (los) rol (es) de la antropología de la alimentación en el campo del desarrollo a partir de los enfoques de antropología para el desarrollo, antropología del desarrollo y antropología interactiva.
Los dos primeros enfoques han sido tratados a partir de la interrelación existente entre el rol asignado a los antropólogos y los fines con los cuales éstos han comprometido a la disciplina. ¿Cuál(es) ha(n) sido los fines de la antropología de la alimentación en el campo del desarrollo? y ¿Qué enfoques teóricos han participado de estos ejercicios?, son algunas de las preguntas que orientan esta descripción. En relación a la antropología interactiva, la tarea de identificar sus propiedades en el ámbito de la alimentación es aun un desafío, de hecho, esta tesis doctoral constituye un primer intento en esta dirección. Nuestros planteamientos en este sentido pueden entonces tener carácter de hipótesis teóricas, y a partir de ellas examinar las posibilidades de un nuevo programa de investigación.
La antropología para el desarrollo ha sido definida a partir de su adscripción ideológica al orden social y económico dominante. Se han criticado entonces sus fundamentos y prácticas, por considerarlas comprometidas con el mismo marco de referencia que crea al subdesarrollo como ‘contexto de problemas’ que resolver. La pobreza y el hambre han sido sus principales ámbitos de acción, por eso es que consideramos indispensable incluirla en este análisis. El sentido complementario entre ambas condiciones / categorías, han motivado que A. Escobar plantee que el fundamento del problema de la pobreza es la fábula de los tres mundos y el desarrollo, y que en la dispersión del poder encontraremos sentido a las fábulas del hambre y alimento (1996). En el marco de estos problemas, el conocimiento antropológico se postula como especializado en los temas relativos al subdesarrollo, que eran también temas emergentes tras la destrucción provocada por las guerras mundiales. La presión sobre las grandes potencias tuvo entonces un impacto directo en aquellos contextos que habían permanecido al margen
del conflicto mundial, particularmente África y Latinoamérica. Se implantó un ideal de vida cuya expresión real podría brindarse mediante el uso exacerbado de tecnologías y la racionalización de todos los procesos locales. Pensar en términos del desarrollo trajo entonces consigo el consecuente abandono de los objetivos propios, y en el caso de la ciencia, el compromiso con nuevos objetivos al involucrarse en una constelación semántica compartida por ambos (Esteva, 1996:5).
Un aspecto fundamental para la antropología del desarrollo es contar con el compromiso de los antropólogos interesados en realizar propuestas constructivas para mejorar el diseño, la ejecución y el seguimiento de los proyectos que forman parte de la dinámica modernizadora (Monreal y Gimeno, 1999:11). Este puede ser considerado uno de los puntos de mayor enfrentamiento entre este tipo de antropología y la antropología del desarrollo, que le critica precisamente el que someta al conocimiento antropológico al uso y disponibilidad de las estructuras de poder. La concepción que este tipo de antropología va a promover de los problemas alimentarios contemporáneos será fácilmente deducible de la condición histórica del subdesarrollo. El Informe sobre la Situación Social Mundial publicado en 1952 constituyó el principal estímulo para el desarrollo institucional y profesional en el tratamiento de la pobreza. Los problemas alimentarios formaron parte de este nuevo aparato conceptual y técnico que mantuvo a la antropología en su rol convencional de traductor e intermediario, entre los que programan políticas y aquellos que gozan de su implementación. Los nuevos campos de trabajo fueron ahora las instituciones para el desarrollo de las zonas subdesarrolladas, principalmente los de carácter transnacional, pues no es sino hasta la década de los ochenta que los gobiernos latinoamericanos, comienzan a incorporar a profesionales antropólogos en la implementación de planes de desarrollo. Tanto en la primera etapa como en la segunda, la antropología tiene un rol programático mínimo, reduciendo su participación al aporte de conocimiento respecto a las estructuras locales y a la identificación de escenas en las cuales va siendo más factible cumplir los objetivos.
Uno de los fundamentos epistemológicos de este tipo de ‘antropología de la alimentación para el desarrollo’ fue la concepción disgregada de los ámbitos sociales y económicos de la vida social. Sólo la incorporación de las teorías del cambio social
permitieron, ya en la década de los sesenta, integrar ambas dimensiones a través de la réplica favorable de conceptos tales como ‘calidad de vida’ e ‘integración’, y el nuevo supuesto de que ‘el desarrollo es crecimiento más cambio social’ (Esteva, 1996:14).
La contradicción más evidente de este tipo de antropología sería la de responder de modo acrítico a la resolución de problemas suscitados por el mismo modelo ideológico que le sostiene. La tautología que puede llegar a representar su existencia, se demuestra a través de la necesidad que supuestamente tiene el mundo contemporáneo, de contar con una antropología comprometida y dispuesta a asumir una participación concreta en el aparato institucional del desarrollo. En otras palabras, estamos entendiendo que es el propio modelo de desarrollo el que acuna la posibilidad de que, tanto la antropología para el desarrollo como otras disciplinas, surjan, crezcan y se fundamenten en el nuevo contexto social que él mismo va creando. A saber, el contexto del subdesarrollo.
Los estudios norteamericanos sobre hábitos alimentarios y modos de comer, habían sido conducidos por la inquietud de contribuir en la construcción de indicadores de estatus, solidaridad y cambio social y económico. Seguramente que la relación entre estos estudios y la implantación de Estados Unidos como potencia económica e ideológica, fue de carácter político. Es durante esta misma etapa que surge el modelo oficial de ‘ayuda alimentaria’ que será comentado más adelante, hito que habría contado con el aporte teórico y metodológico de la antropología aplicada de la época.
La gestación y el desarrollo de un movimiento teórico y político crítico del modelo de desarrollo implementado, tienen como base a las deficiencias programáticas y a la constatación creciente de que esta implementación estará siempre acompañada de la creación de desigualdades. La opción de la antropología para al desarrollo en esta disyuntiva estuvo orientada por la epistemología realista que vio en este modelo un referente único, y por tanto se dispuso – y se mantiene dispuesta –a participar de sus implementaciones. Esta disposición pretende no eximir al conocimiento antropológico de procesos que finalmente le guardan un lugar gracias a las teorías que han logrado integrar a las variables sociales y culturales en la programación del desarrollo. De este modo, la antropología para el desarrollo vive un proceso de transformación desde el
paradigma del crecimiento – que desintegra a lo social de lo económico – al paradigma de la integración – que articula a ambos aspectos tanto a nivel conceptual como técnico.
Los ejercicios interdisciplinarios estimulados por este nuevo paradigma (que a su vez tuvo como motor a las grandes crisis económicas y alimentarias: la caída de las tasas de crecimiento en Medio Oriente y en América Latina, y la sub alimentación y malnutrición crónica en África) tuvieron dos impactos directos en los desarrollos de la antropología especializada. El primero es el surgimiento y apogeo de la antropología para el desarrollo en contextos no tradicionales, particularmente en América Latina, y el segundo, es la aparición de la antropología nutricional como sub disciplina que refrenda los principios de la antropología para el desarrollo y que se compromete con la nutrición en el análisis y el tratamiento de los problemas alimentarios.
Como hemos mencionado anteriormente, aun cuando la antropología nutricional surge como especialidad de la antropología médica, es su vinculación con la nutrición y su uso indiscriminado de los indicadores nutricionales lo que nos permite igualmente concebirla como una subdisciplina comprometida con el modelo de desarrollo. Este compromiso aparece dado en el mismo sentido que la antropología para el desarrollo: la aceptación a crítica de un marco de referencia dominante tanto en el sentido ideológico o cosmovisional como técnico y político.
La forma en que esta antropología para el desarrollo concibe a su objeto de estudio no reconoce en la gente la capacidad para generar y proponer sus propios significados del desarrollo. Si bien aceptan que la población tiene ciertos derechos y deberes en la nueva trama modernizante, no abre la posibilidad a que esto derechos y deberes sean emanados desde otra lógica que no sea la del desarrollo. Frente a la gente, su afán es básicamente incorporativo. La participación social es, desde esta perspectiva, una herramienta política antes que un derecho, y un aspecto que merece atención metodológica pero no necesariamente orientada desde la etnografía. En este aspecto, la antropología para el desarrollo se ha caracterizado por reafirmar marcos metodológicos y de intervención social orientados por las filosofías políticas de la equidad social, el desarrollo de las potencialidades humanas y la generación de oportunidades, todas ellas
constitutivas de un modelo único, unívoco y unidireccional. La etnografía se incorpora de este modo a la empresa de un enfoque unificado para el análisis y la planeación del desarrollo, participando del debate principalmente en el ámbito metodológico.
Sus temas de trabajo fueron precisamente los problemas que, a partir de la segunda mitad de la década de los setenta, comenzaron a emanar desde la sociedad. La naturaleza de estos problemas sociales, ecológicos y políticos fue pocas veces traducida a problemas antropológicos. Los enfoques críticos procedentes de la teoría de la dependencia y de la descolonización mantuvieron de modo simultáneo otro tipo de análisis de los problemas que aquejaban a la creada porción de mundo ‘subdesarrollada’. Entre ambos enfoques pueden identificarse importantes polaridades, particularmente en cuanto a la relación que van estableciendo y manteniendo con la teoría antropológica. La antropología para el desarrollo no parece tan arraigada al corpus teórico de la disciplina como lo hacen aquellas vertientes que se mantienen expectantes del modelo de desarrollo dominante. De hecho, la gran crítica que ha recibido la antropología para al desarrollo se ha dirigido permanentemente a su obsesión por ‘querer aportar’ a un marco de pensamiento y acción que no puede generar soluciones favorables para todos. Su respuesta ha estado determinada por la pasividad con que se explica la implementación del modelo de desarrollo, sin cuestionar ni su existencia ni sus estrategias sino por el contrario, participando ‘reparativamente’ de las mismas.
Si bien la ‘ayuda alimentaria’ era un proceso que venía implementándose desde la década de los cincuenta a través de campañas y programas alimentarios tendientes a resolver desequilibrios nutricionales y homogeneizar ‘hábitos alimentarios’, fue a mitad de los años setenta cuando se institucionaliza el gran modelo de intervención alimentaria dirigido a resolver el problema de la época: el hambre. El marco ideológico que fomenta este nuevo esquema proviene del Enfoque de Necesidades Básicas que reconoce la necesidad de ocuparse de los problemas antes que esperar a que el propio modelo los resuelva. La antropología para el desarrollo se valió de este impulso para integrar programas en donde le correspondió cumplir misiones poco convencionales para la disciplina hasta ese momento. “Hasta los años ochenta la mayor parte de la labor
de los antropólogos se había vinculado al diagnóstico, como si se tratara de antropólogos forenses, de la causa de la muerte de los proyectos” (Robertson, 1984, en Monreal y Gimeno, 1999:12-13). En tanto, la reivindicación de roles más activos se fundamentó en sus destrezas para la formulación y asesoramiento de políticas estatales. La principal crítica que hasta hoy se mantiene a la antropología para el desarrollo consiste en su incapacidad para haber generado, en este contexto, una teoría de la intervención, y que no haya conducido su quehacer de manera independiente a la retórica tecnocrática oficial. El ámbito alimentario fue particularmente sensible a esta incapacidad, y refleja en alto compromiso de la antropología en la construcción de un diseño político que desmereció al conocimiento local, y que sobre confió en sí misma al asumir su misión reparadora.
Las vertientes críticas desembocan a través del post estructuralismo en una nueva propuesta: la antropología del desarrollo. Desde esta perspectiva, los problemas alimentarios serían símbolo del poder de sociedades que promueven un orden social, político y económico homogéneo sobre otras subsumidas en contextos (des) conocidos (Escobar, 1996:200). La universalización de la escasez, no sería desde esta perspectiva, otra cosa que el resultado de haber homologado la alimentación humana a la producción y el consumo. Solamente una renovación conceptual de la alimentación podría permitir una operacionalización de los problemas alimentarios en un sentido relacional.
Quisiéramos recoger la principal crítica que la antropología para el desarrollo hace a este enfoque, para ilustrar de este modo nuestra propia posición en el debate. Considera que la apuesta de la antropología del desarrollo por la emergencia de modelos de desarrollo alternativo no está sustentada en un análisis empírico de los problemas sociales sino más bien en un discurso ideologizado de la transformación social (Escobar, 1996). Observamos que la respuesta a esta crítica consta de dos partes. En primer lugar, la búsqueda de modelos alternativos de desarrollo no obedece a un desconocimiento de los problemas materiales ocasionados por el modelo dominante sino al contrario, este sería precisamente el germen que crea la necesidad de desarrollar un nuevo enfoque. En este sentido, no es que se niegue a trabajar en la resolución de problemas sino que rechaza la opción de hacerlo desde la propia institucionalidad que
los crea. Nos parece que este tipo de disyuntiva es particularmente atingente a la antropología aplicada contemporánea, y que concierne a los campos de quehacer y práctica de la disciplina además de la cuestión puramente ética. El rechazo a los espacios de trabajo ocupados por uno y otro enfoque está, desde nuestro punto de vista, asentado en la existencia de concepciones políticas de la antropología aparentemente contradictorias entre sí. En nuestra experiencia, este rechazo constituye un gran obstáculo de tipo metodológico pues, el problema no es si un enfoque entiende o no a los problemas reales como unidad de análisis, sino los objetivos que se auto impone respecto de su rol en la resolución de dichos problemas. En este sentido, podemos entender que la antropología para el desarrollo sigue confiando en sí misma, y la antropología del desarrollo reconoce una necesidad de réplica y de complementariedad explícita con otros sectores para cumplir sus fines.
En segundo lugar, parece necesario insistir en que los diferentes vínculos entre la antropología y el desarrollo no obedecen únicamente a los trasfondos teóricos. Más aun, el rol de los antropólogos en los ámbitos de alimentación y desarrollo permiten demostrar que son sus propias valoraciones respecto a qué criterios construyen y transforman los modelos alimentarios las que finalmente orientan la puesta en escena de una u otra antropología. La pugna universalismo – relativismo juega un importante papel en este debate; mientras la antropología para el desarrollo se inserta en un modelo que no cuestiona y respecto del cual asume un rol contributivo, la antropología del desarrollo interpreta a este mismo modelo como una experiencia históricamente singular, como una forma cultural concreta.
Paradojalmente, es la antropología del desarrollo la que retoma el llamamiento a la abstracción, y a la ‘desfamiliarización’ de un discurso, que se ha convertido en el marco interpretativo fundamental para interpretar al mundo contemporáneo. Sin temor de hacer un análisis prejuiciado, recogemos al respecto la preocupación por incorporar en este proceso al juicio científico en torno a los verdaderos fundamentos del subdesarrollo.
La antropología interactiva (Durán, 2002), propone a este respecto, repensar a la antropología en virtud de la relación que establece con la sociedad. Si nos preguntamos ¿qué rol ha jugado la antropología en el campo de la alimentación?, validamos la importancia de esta propuesta ya que efectivamente la antropología vive intensas relaciones con sus objetos de estudio y temas de trabajo. La antropología interactiva funde en sus fases, las preocupaciones de la antropología para el desarrollo con las de la antropología del desarrollo, demostrando que puede existir cierto tipo de complementariedad entre ellas a pesar de su trasfondo epistemológico diferente.
Si bien la propuesta de la antropología interactiva está pensada para fundamentar el quehacer de la disciplina en diversas áreas de trabajo, consideramos que el ámbito del desarrollo – y los desempeños en el campo de la alimentación – es particularmente idóneo para explicarnos la lógica de esta fusión. Este enfoque considera como necesario insistir en las relaciones complementarias que pueden darse entre los enfoques nomotéticos e ideográficos. De este modo, nos proporciona la posibilidad de articular de modo no confrontacional a los distintos supuestos y teorías sociológicas y antropológicas, explicitando eso sí, sus fundamentos y finalidades. La confianza en que esta relación pueda ser complementaria y no excluyente nos indica que la antropología interactiva reconoce la importancia y le asigna una misión a cada uno de los modelos