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5. Discusión

5.6. Análisis nutricional

Como resultado de los valores medios en la adherencia a la dieta mediterránea, recogidos a partir de la adaptación del original test KIDMED, tras la fase de intervención tanto el grupo control como el grupo experimental presentan una mejora, aunque el ascenso ha sido mayor en el grupo experimental. Por género, los valores medios en las

niñas aumenta en el grupo control, con valores bajos en relación al grupo experimental que se mantiene igual tras la fase de intervención con valores muy altos cercanos a 10. En cuanto a los niños, desciende en el grupo control tras la fase de intervención y aumenta en el grupo experimental. Resultados que no concuerdan directamente con los datos del IMC de nuestra muestra de forma directa y unidireccional, pero sí presenta mejores resultados en el grupo experimental tras el programa que en el grupo control. En este sentido, Alonso et al. (2014) en su investigación midió cada mes el IMC de los sujetos de su muestra y el test KIDMED, concluyendo que no existe correlación entre los datos del test y el IMC. Zapico et al. (2010), por su parte, en su estudio con 406 niños y 408 niñas, midió la adherencia a la dieta mediterránea mediante el test KIDMED, junto con mediciones antropométricas, entre éstas, el perímetro de la cintura y el IMC, como en nuestra investigación, concluyendo que los resultados nutricionales a nivel nacional han empeorado desde hace una década, siendo muy importante la detección precoz del sobrepeso. El cuestionario KIDMED administrado consta de 16 ítems, los ítems negativos respecto a la dieta mediterránea se valoran con -1 y con +1 los ítems relacionados positivamente con los hábitos nutricionales mediterráneos; el valor obtenido se puede diferenciar en tres tramos: dieta mediterránea óptima (con un valor igual o mayor a 8), dieta a mejorar (si se encuentra entre 4 y 7) o dieta muy poco saludable (menor de 3). En nuestra investigación, el test KIDMED se adaptó a 10 ítems con imágenes para la etapa infantil y primeros cursos de primaria, valorándose cada ítem con el valor 1, si concuerda con los hábitos nutricionales de la dieta mediterránea, o valor 0, si no es saludable.

Serra-Majem (2004) utilizó el test KIDMED en su muestra de 3850 niños/as y jóvenes de 2 a 24 años para estudiar el comportamiento alimentario, considerando aspectos que pueden influir en la dieta de las familias, como el nivel de ingresos. En nuestro estudio, no hemos tenido en cuenta la medición de factores que pueden determinar los resultados del test KIDMED del contexto de cada niño/a.

Por lo que se refiere al programa nutricional llevado a cabo solamente por el grupo experimental, compuesto por mediciones de la composición corporal mediante biompedancia portátil y antropometría infantil (mediciones del resto de perímetros corporales, pliegues cutáneos y diámetros óseos de brazos y piernas); realizándose las pruebas al inicio y al final del estudio. Además, con tal de estudiar los hábitos en la

R24, en post-test. Serra-Majem (2004) en su estudio utilizó el test KIDMED y el R24, además de un cuestionario para obtener datos socioeconómicos, demográficos y de estilo de vida; aspectos estos últimos no evaluados en la presente investigación.

En el post-test, el 100% de los niños/as del grupo experimental reducen entre un 1% y un 4% el porcentaje de grasa total, en el 30% desciende ligeramente la masa muscular (0.5-1%). Por tanto, a partir de estos resultados, parece ser que la combinación del entrenamiento y las pautas alimenticias pueden modificar en tres semanas la composición corporal de los niños/as.

El subgrupo con un IMC por debajo de la media presenta un consumo bajo de hidratos de carbono, que debe establecerse entre un 55% y un 60% (Gidding et al., 2005; Stang & Story, 2005; cit. in Manonelles-Marqueta, 2008) y su consumo energético coincide con el estudio ANIBES para la población española (Ruiz et al., 2016). En el subgrupo con un IMC por encima de la media, los resultados de la ingesta de hidratos de carbono y de grasas se sitúan muy por encima de las recomendaciones que en cuanto a las grasas deben permanecer entre el 30% y el 35% de la energía total de la dieta (Gidding et al., 2005; Stang & Story, 2005; cit. in Manonelles-Marqueta, 2008), las proteinas se encuentran al límite de las recomendaciones que deben rondar entre el 12% y el 15% (Gong & Heard, 1994; cit. in Manonelles-Marqueta, 2008).

Las grasas trans deben suponer un máximo el 2% de los ácidos grasos, grasas presentes en aperitivos salados, alimentos procesados y bollería industrial; grasas cada vez más presentes que resultan más económicas de usar en la industria alimentaria (Manonelles-Marqueta, 2018).

El consumo medio de fibra es similar al estudio ANIBES (Ruiz et al., 2016), muy inferior a las recomendaciones de 14 g de fibra/1000 kcal (Kathleen-Mahan et al., 2012). En los niños y niñas del grupo experimental también se constata a partir de los resultados que consumen en exceso alimentos procesados, pero deberían aumentar el consumo de otros nutrientes que les permitiera aumenta su ingesta de fibra, como los cereales integrales, legumbres, frutas, verduras y frutos secos. El consumo de azúcar en el grupo experimental es muy alto, muy por encima de los valores en la población española del estudio ANIBES (Ruiz et al., 2017) y de las cantidades recomendadas por la OMS de 25 g azúcar libre/día (World Health Organization,, 2019). La inadecuada relación de

macronutrientes en los niños y niñas del grupo experimental puede estar relacionada con los niveles de exceso de peso que presenta el grupo.

En el presente estudio, se ha constatado que el consumo de colesterol y de sodio superan los máximos permitidos, de 300 mg y 200 mg al día respectivamente según la OMS (World Health Organization,, 2019).

En el post-test, se ha observado que la distribución de los macronutrientes no ha variado, tampoco el consumo de fibra, dado que los hábitos alimentarios no son fáciles de cambiar cuando se basan en alimentos ricos en grasa, azúcares y poco aporte de fibra; acorde con Manonelles-Marqueta et al. (2008), los patrones alimentarios son el resultado de la cultura, tradición y geografía. Por otro lado, nos recuerda Varela-Moreira et al. (2013) que en la actualidad existen limitaciones familiares y laborales que no permiten dedicar el tiempo adecuado a la compra, preparación y consumo de los alimentos que favorece la ingesta de productos más económicos y preparados; importante en este sentido las medidas por parte de las administraciones para mejorar esta situación (NCD Risk Factor Collaboration (2017); Varela-Moreira et al., 2013). La disminución de la ingesta calórica en el grupo experimental podría deberse a un descenso ligero en el consumo de alimentos procesados.

Por tanto, con el análisis de los resultados nutricionales, a partir del programa de entrenamiento combinado con las pautas de alimentación saludable, podemos constatar una disminución del IMC con la reducción de la masa grasa, descendiendo también el consumo de alimentos procesados con elevado nivel de colesterol, sal y grasas saturadas; lo que conlleva mejoras en la salud de los niños/as.

Tal como nos indica Manonelles-Marqueta et al. (2008), debemos considerar la falta de información por parte de padres y madres sobre las bases de una dieta saludable, así como para no contribuir al exceso de peso de sus hijos/as, ni premiarlos con determinados alimentos como golosinas, ni permitir que se expongan a las pantallas tecnológicas durante mucho tiempo pues además de la inactividad lleva aparejado el consumo de alimentos calóricos (patatas fritas, palomitas, chucherías, etc.), ni consumir con frecuencia platos precocinados, ni con excesivo nivel de grasa (macronutriente que mejor el sabor de los alimentos); razones por las cuales en el presente estudio se consideró

necesario incluir un programa nutricional basado en consejos sobre alimentación saludable.

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