Efectos de un programa de actividad física basado en los avances tecnológicos: los entornos virtuales motrices como promotores de salud
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(2) DEPARTAMENTO DE DIDÁCTICA GENERAL Y DIDÁCTICAS ESPECÍFICAS. FACULTAD DE EDUCACIÓN. EFECTOS DE UN PROGRAMA DE ACTIVIDAD FÍSICA BASADO EN LOS AVANCES TECNOLÓGICOS: LOS ENTORNOS VIRTUALES MOTRICES COMO PROMOTORES DE SALUD. María José Gomis Gomis. Tesis presentada para aspirar al grado de DOCTORA POR LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE Programa de Doctorado en Investigación Educativa. Dirigida por: José Antonio Pérez Turpin 1.
(3) 2.
(4) ÍNDICE. Índice de tablas………………………………………………………………………….5 Índice de figuras……………………………………………………………………...….7 Resumen………………………………………………………………………………....9 Abstract………………………………………………………………………………....11 1.Marco teórico………………………………………………………………………...13 1.1. Sedentarismo y sobrepeso………………………………………………….14 1.2. Actividad física…………………………………………………………….21 1.3 Nutrición……………………………………………………………………26 1.4. Factores psicológicos…………………………………………………...….29 1.5. Entornos virtuales motrices………………………………………………..32 2.Justificación y objetivos……………………………………………………………..35 2.1. Objetivo general…………………………………………………………....35 2.2. Objetivos específicos……………………………………………………....35 3. Metodología………………………………………………………………………….37 3.1. Muestra…………………………………………………………………....37 3.2. Diseño…………………………………………………………………..….38 3.3. Instrumentos………………………………………………………………..38 3.3.1. Medidas antropométricas………………………………………...39 3.3.2. Tiempo de uso de pantalla…………………………………….…40 3.3.3. Tipo de desplazamiento al colegio…………………………...…..41 3.3.4. Adherencia a la dieta mediterránea………………………………41. 3.
(5) 3.3.5. Imagen corporal………………………………………………….42 3.3.6. Material del programa de entrenamiento………………………...43 3.4. Procedimiento………………………………………………...……………44 3.5. Análisis estadístico………………………………………………………...46 4. Resultados…………………………………………………………………………....47 5. Discusión…………………………………………………………….………………73 5.1. Mejora de la salud y calidad de vida……………………………………….73 5.2. Valoración antropométrica………………………………………….……..75 5.3. Análisis del tiempo de uso de pantalla……………………………………..78 5.4. Efecto del tipo de desplazamiento al colegio……………………...……….80 5.5. Los factores psicológicos a través de la imagen corporal………….………82 5.6. Análisis nutricional………………………………………………………...84 5.7. Aplicación del programa de intervención………………………………….88 6. Conclusiones………………………………………………………………………....91 7.Limitaciones y propuestas de mejora………………………………………………..95 8.Líneas de futuro……………………………………………………………………...97 9.Implicaciones educativas…………………………………………………….………99 10. Referencias……………………………………………………………….…….....101 ANEXOS………………………………………………………………………...……119 ANEXO I. Cuestionario…………………………………………………….…119 ANEXO II. Siluetas de Stunkard, Sorensen y Schlusinger (1983)…………....121 ANEXO III. Consentimiento informado……………………………….……..123. 4.
(6) ÍNDICE DE TABLAS. Tabla 1. Estadísticos Pre-test………………………………………………………...…48 Tabla 2. Estadísticos Post-test………………………………………………………….48 Tabla 3. Comparación de medias según el grupo en Pre-test y Post-test……………....48 Tabla 4. Frecuencias Pre-test………………………………………………………..….51 Tabla 5. Frecuencias Post-test………………………………………………………….51 Tabla 6. Frecuencias según el género…………………………………………..………57 Tabla 7. Comparación de la media de las variables por género………………………..59 Tabla 8. Frecuencias Pre-test por género de la variable Tiempo de uso de pantalla.......64 Tabla 9. Frecuencias Post-test por género de la variable Tiempo de uso de pantalla….64 Tabla 10. Frecuencias Pre-test según el género de la variable Tipo de desplazamiento al colegio……………………………………………………………………….…………66 Tabla 11. Frecuencias Post-test según el género de la variable Tipo de desplazamiento al colegio………………………………………………………………………………….66. 5.
(7) 6.
(8) ÍNDICE DE FIGURAS. Figura 1. Representación de las medias del IMC…………………………...………….49 Figura 2. Representación de las medias del Perímetro de la cintura…………………...49 Figura 3. Representación de las medias de la Adherencia a la Dieta Mediterránea……50 Figura 4. Representación de las medias de la Imagen Corporal………………………..50 Figura 5. Porcentaje de desplazamiento activo al colegio……………………………...52 Figura 6. Porcentaje de desplazamiento pasivo al colegio……………………………..52 Figura 7. Distribución de frecuencias del IMC………………………………………...53 Figura 8. Distribución de frecuencias del Perímetro de la cintura……………………..54 Figura 9. Distribución de frecuencias de la Adherencia a la dieta mediterránea……....55 Figura 10. Distribución de frecuencias de la Imagen corporal……………………...….56 Figura 11. Distribución del género en la muestra de estudio…………………………..57 Figura 12. Distribución del género en el Grupo Control……………………………….58 Figura 13. Distribución del género en el Grupo Experimental………………………....58 Figura 14. Representación de las medias del IMC género femenino…………………..60 Figura 15. Representación de las medias del IMC género masculino…………….……60 Figura 16. Representación de medias del Perímetro de la cintura género femenino…...61 Figura 17. Representación de medias del perímetro de la cintura género masculino…..61 Figura 18. Representación de las medias de la Adherencia a la dieta mediterránea género femenino………………………………………………………………………………..62 Figura 19. Representación de las medias de la Adherencia a la dieta mediterránea género masculino……………………………………………………………………………….62 Figura 20. Representación de las medias de la Imagen corporal género femenino…….63 7.
(9) Figura 21. Representación de las medias de la Imagen corporal género masculino……..63 Figura 22. Porcentaje del Tiempo de uso de pantalla género femenino…………….….65 Figura 23. Porcentaje del Tiempo de uso de pantalla género masculino…………...….65 Figura 24. Porcentaje del tipo de desplazamiento al colegio género femenino………..67 Figura 25. Porcentaje del tipo de desplazamiento al colegio género masculino…….…67 Figura 26. Diagrama radial comparativo de variables para el Grupo Control………....68 Figura 27. Diagrama radial comparativo de variables para el Grupo Experimental…...68 Figura 28. Composición de la dieta según macronutrientes subgrupo IMC por debajo de la media………………………………………………………………………………....69 Figura 29. Composición de la dieta según macronutrientes……………………..……..70 Figura 30. Distribución de la ingesta de fibra según grupos de alimentos…………..…70 Figura 31. Índice de Alimentación Saludable en el grupo experimental según R24...……………………………………………………………………………………72. 8.
(10) RESUMEN La finalidad de este trabajo es analizar la mejora en la salud y calidad de vida de los niños/as y jóvenes detectados con sedentarismo y/o sobrepeso, mediante la aplicación de un programa de entrenamiento basado en los entornos virtuales motrices. En el estudio participaron un total de 359 niños y niñas de entre 3 y 12 años pertenecientes a cuatro centros escolares, de los que se seleccionaron 20 niños de entre 5 y 12 años, para formar dos grupos de 10 niños/as cada uno. El grupo experimental llevó a cabo el programa de entrenamiento, junto a pautas nutricionales, mientras que el grupo control no tuvo ninguna intervención. Las variables analizadas fueron el IMC y perímetro de la cintura, mediante mediciones antropométricas, el tiempo de uso de pantalla, el tipo de desplazamiento al colegio y el nivel de adherencia a la dieta mediterránea, medidos mediante cuestionario, y la imagen corporal, evaluado a través de las siluetas. Para complementar la investigación, se efectuaron valoraciones nutricionales iniciales y finales al grupo experimental. Se analizaron los estadísticos descriptivos para todas las variables, calculando para las variables cuantitativas la media, mediana y desviación típica; porcentajes y frecuencias para las variables cualitativas. Los resultados obtenidos pueden indicar que un programa de intervención motriz basado en los entornos virtuales motrices contribuye a promover la salud de los escolares con rasgos de sedentarismo y/o sobrepeso.. 9.
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(12) ABSTRACT The purpose of this study is to analyze the improvement in health and quality of life of children and young people detected with sedentary lifestyle and / or overweight, through the application of a training program based on exer-games. The study involved a total of 359 children between 3 and 12 years old from four schools, of which 20 children between 5 and 12 years old were selected, to form two groups of 10 children each. The experimental group carried out the training program, with nutritional guidelines, while the control group did not have any intervention. The analyzed variables were the BMI and waist circumference, with anthropometric measurements, screen time, commuting to school and the level of adherence to the Mediterranean diet, measured by a questionnaire, and the corporal image, evaluated with silhouettes. To complement the research, initial and final nutritional assessments were made to the experimental group. Descriptive statistics were analyzed for all variables, calculating the mean, median and standard deviation for quantitative variables; percentages and frequencies for qualitative variables. The results obtained may indicate that a motor intervention program based on exer-games contributes to promoting the health of schoolchildren with features of sedentary lifestyle and / or overweight.. 11.
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(14) 1. MARCO TEÓRICO Desde el principio de la humanidad, con la ganadería y la agricultura, más tarde también a partir de la Revolución Industrial, fue aumentando de forma determinante la población humana y las especies animales a su servicio, contribuyendo a la extinción de otras especies sin utilidad humana y a la creciente acumulación de residuos y desechos a nivel mundial (Bar-On et al., 2018). En este sentido, la contaminación provocada por la población humana en aumento está empeorando cada vez más el calentamiento global del planeta, con futuros efectos retroactivos en el aumento de la temperatura y ascenso del nivel del mar; son necesarias medidas de urgencia para cambiar los comportamientos, transformar los valores sociales, generalizar nuevos usos energéticos y tecnológicos, a través de acuerdos entre los gobiernos (Steffen et al., 2018). La acumulación de los residuos humanos está alcanzando tal magnitud que se ha formado la denominada isla de plástico en el océano Pacífico en creciente aumento, entre California y Hawai, ejemplo del incremento incontrolado de la contaminación plástica en los mares (Lebreton et al., 2018). El calentamiento global está provocando en los mares la muerte de los corales, afectando al 29% de los 3863 arrecifes de coral más importantes, lo que influye de forma notable en los ciclones y otras catástrofes naturales (Hughes et al., 2018), catástrofes que conllevan además enormes impactos económicos, de infraestructura, de servicios de medicina y de salud; con difícil cuantificación de las muertes provocadas (Kishore et al, 2018). Respecto al riesgo de mortalidad, así como de enfermedad cardiovascular y diabetes, la actividad física está relacionada con su reducción; la duración y frecuencia de la actividad física puede tener asimismo efecto en la mejora de la salud mental (Chekroud et al., 2018). Como apoyo a la actividad física, la elección de una dieta saludable es aconsejable; es en este sentido que Seidelmann et al. (2018) consideran la importancia de los hidratos de carbono en la dieta, dado que una menor ingesta de éstos tiene efectos en el organismo; si los hidratos de carbono se sustituyen por grasas y proteínas de origen animal, existe relación con una mayor mortalidad; si se sustituyen por proteinas y grasas vegetales, el riesgo de mortalidad es menor. Siguiendo en la misma línea de análisis, el alcohol está asociado con el riesgo de muerte y discapacidad; aunque en dosis moderadas se ha considerado que puede proteger de determinadas enfermedades, 13.
(15) en el estudio llevado a cabo por Griswold et al. (2018), con datos procedentes de 1990 a 2016 en 195 países, el alcohol está relacionado con el riesgo de muerte, discapacidad y cáncer, siendo aconsejable el nivel cero de consumo. En cuanto al tratamiento del cáncer, en la actualidad, Johnson et al. (2018) han llevado a cabo una investigación para comprobar el efecto de las terapias alternativas, concluyendo que dichas terapias tienen un mayor riesgo de cáncer, además aumentado al rechazar las terapias de tratamiento convencional. Asimismo, debemos considerar según Vosoughi et al. (2018) que las noticias falsas y las mentiras sobre ciencia, desastres naturales, terrorismo y finanzas se propagan más rápidamente que las noticias verdaderas, lo que puede llegar a influir en la salud de las personas y a nivel social, político y económico. A partir de esta revisión del presente de la situación de la humanidad, consideramos centrar nuestra atención en la importancia de la inactividad física de las sociedades desarrolladas actuales, que constituye un serio problema debido a sus repercusiones negativas (enfermedades cardiovasculares, obesidad, diabetes tipo II, etc.) sobre el bienestar y la salud pública (Sallis & Owen, 1999; Hernández et al., 2003). El sedentarismo preocupa especialmente en los sectores más jóvenes de la población, pues niños/as y adolescentes se encuentran en una etapa fundamental para la adquisición de hábitos de vida saludables y activos, del mismo modo que pueden ser los protagonistas de un cambio futuro hacia una sociedad más activa. Por este motivo, responsables y expertos de distintos países en materia de salud consideran un objetivo prioritario de salud pública la promoción de la actividad física en los jóvenes (Welk et al., 2006). La motivación de este estudio se basa en la preocupante situación del estado de sedentarismo y sobrepeso en los niños/as y jóvenes españoles, unido al enorme tiempo de utilización de ordenadores, teléfonos móviles y videojuegos, tal como alerta el informe sobre actividad física en niños y en jóvenes de España (2016) publicado por la Alianza Global sobre Actividad Saludable en niños. 1.1. Sedentarismo y sobrepeso Tres son las principales referencias internacionales que debemos considerar a la hora de abordar e identificar el problema del sedentarismo y el sobrepeso, en concreto en los niños/as y jóvenes (López-Sánchez et al., 2019). En primer lugar, la Organización. 14.
(16) Mundial de la Salud (OMS), la International Obesity TaskForce (IOTF) y además la Child Growth Foundation (CGF). El sedentarismo se puede definir como quellos comportamientos que conllevan un gasto energético menor o igual a 1.5 METS, siendo un MET la energía consumida en estado de reposo; los comportamientos sedentarios se caracterizan por permanecer mayoritariamente en posiciónd de sentado o acostado (The Sedentary Behaviour and Obesity Expert Working Group, 2010; Sedentary Behaviour Research Network, 2012; cit. in Solomon-Moore et al., 2017) Para la definición del sobrepeso y la obesidad, la OMS (World Health Organization, 2019) lo relaciona con una acumulación anormal o excesiva de grasa que trae aparejados problemas asociados a la salud. Se utiliza el índice de masa corporal (IMC) para su medición, apoyado en la población infantil para su mejor interpretación mediante el establecimiento de unos patrones de crecimiento a través de percentiles respecto a la edad y el género. Sánchez-López et al. (2017; cit. in Sánchez-López, 2017) consideran que el IMC es la medida más útil para medir el sobrepeso y la obesidad. En un estudio llevado a cabo por Niederer et al. (2012), comprobaron cómo los niños/as con sobrepeso tenían peores resultados en condición aeróbica, agilidad y equilibrio dinámico, relacionado con la medida de su IMC. El IMC infantil fue asimismo utilizado por Börnhorst et al. (2016) para relacionarlo con el riesgo metabólico, concluyendo que el IMC sobre todo hasta los 6 años está significativamente relacionado con el riesgo metabólico. Alonso et al. (2014) corroboraron usando el IMC la relación entre composición corporal, nivel de sobrepeso y obesidad, así como de actividad física y frecuencia de consumo de alimentos. Cattelino et al. (2015), por su parte, utilizaron el IMC para indicar cómo los niños con sobrepeso pueden subestimar su peso, importante para desarrollar las intervenciones para la mejora de la calidad de vida y salud; intervenciones que pueden llevarse a cabo desde el entorno escolar, promoviendo mejores hábitos en nutrición y actividad física como impulsar áreas de juego, promover actividades durante los descansos o impartir las asignaturas al aire libre e incluso fuera del centro escolar (Wijnhoven et al. 2014). El IMC se utiliza, por tanto, como indicador del nivel de sobrepeso y obesidad, también resulta aconsejable medir la distribución del tejido graso en la región abdominal. 15.
(17) al estar relacionado con el riesgo de enfermedad cardiovascular, la diabetes y algunos tipos de cáncer (Curilem-Gatica et al., 2016). En este sentido, la circunferencia o perímetro de la cintura se puede usar como indicador del sobrepeso y obesidad, en concreto como medidor del exceso de grasa abdominal (Bacopoulou et al., 2015; Curilem-Gatica et al., 2016; Dobashi et al., 2017). El estudio IDEFICS (2014) determinó valores de referencia y de corte para la circunferencia de la cintura (Nagy et al., 2014; cit. in Aristizabal et a., 2015). Según datos de la OMS (World Health Organization, 2019), los niños con obesidad o sobrepeso de entre 5 años o menos han aumentado a nivel mundial de 32 millones en 1990 a 41 en 2016, lo que podría provocar si sigue esta tendencia que en 2025 haya unos 70 millones de niños obesos o con sobrepeso en el planeta. El número de niños/as y jóvenes obesos en el mundo, de entre 5 y 19 años, en 2016 se estima en 124 millones, cifra que ha aumentado de forma alarmante respecto a 1975, con un número de niños/as obesos de 11 millones, según un estudio realizado por NCD Risk Factor Collaboration (2017) y publicado en la revista The Lancet; datos preocupantes que si no se toman medidas adecuadas puede conllevar a que en 2022 el nivel de obesidad infantil a nivel mundial supere a la gran problemática de peso moderado y grave. De acuerdo con este estudio, en las islas del Pacífico encontramos la mayor prevalencia mundial de obesidad en niños/as de 5 a 9 años, siendo el porcentaje más alto de un 36.1% en Narau. Respecto a los países europeos, Grecia e Italia se consideran los dos países con mayor nivel de obesidad, respecto al listado mundial, con un porcentaje cercano al 18% de obesidad infantil en ambos casos; España ocupa la posición 52, presentando una cifra de 14.9%. Por otra parte, Suecia, Estonia y Bélgica con un porcentaje que no supera el 9% son los países con menor índice de obesidad infantil europeo. Es por tanto que se considera que en los países de niveles altos de ingresos parece que se estanca la tendencia creciente del IMC, aumentando en determinadas partes de Asia, manteniéndose el sobrepeso y la obesidad infantil en un nivel alto en los países del sur de Europa ((LópezSánchez et al., 2019; Ahrens et al., 2014; Varela-Moreiras et al., 2013, Wijnhoven et al., 2014). La OMS promovió la iniciativa COSI (Childhood Obesity Surveillance Initiative) a través de la Oficina Regional para Europa, con la finalidad de unificar los criterios nacionales a nivel europeo a la hora de clasificar el sobrepeso y la obesidad. España se. 16.
(18) une a esta iniciativa mediante la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN), con el Estudio de Vigilancia del Crecimiento, Alimentación, Actividad Física, Desarrollo Infantil y Obesidad, conocido como el estudio Aladino (AECOSAN, 2016). La iniciativa COSI permite comparaciones entre los países miembros, midiendo peso y altura de los niños/as para poder llevar a cabo protocolos de intervención (Wijnhoven et al., 2014). Gracias al estudio Aladino 2015, siguiendo los criterios de la OMS, sabemos que la prevalencia de sobrepeso es del 23.2% (22.4% en iños y 23.9% en niñas) y la prevalencia de obesidad de 18.1% (20.4% en niños y 15.8% en niñas), en niños/as de 6 a 9 años de todas las Comunidades Autónomas y ciudades autonómicas españolas, edades en las que es posible intervenir para la prevención de la obesidad y el sobrepeso. En la Encuesta Nacional de Salud de España (ENSE, 2017) realizada por el Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social (MSCBS) en 2017, el sobrepeso infantil y juvenil ha alcanzado una cifra cercana al 17% en niños de entre 2 y 17 años, mientras que el nivel de obesidad se sitúa sobre el 9%; en concreto, entre los 2 y 4 años, el 10% de los niños/as presentan sobrepeso y casi el 17% obesidad. El sobrepeso y la obesidad han aumentado de forma alarmante desde 1990, por lo que es necesario la prevención desde la infancia (Onis et al., 2010). Los niños/as con sobrepeso u obesos suelen llegar a ser obesos en la edad adulta, por lo que conviene prevenir la obesidad y el sobrepeso en estas edades y evitar de este modo las enfermedades asociadas como la diabetes y las enfermedades cardiovasculares (World Health Organization, 2019; Dobashi.et al., 2017). La relación del sobrepeso y obesidad con las enfermedades cardiovasculares es estudiada por numerosos autores, como es el caso de Ortega et al. (2016) o Bellisimo & Akhavan (2015) que nos indican cómo el nivel de exceso de peso contribuye de forma directa y proporcional a la enfermedad cardiovascular, también se incluye como consecuencia la mortalidad prematura en adultos (De Ruiter et al., 2017; Fan et al., 2013; Eckel et al., 2016; Umer et al., 2017; Zapico et al., 2010), coincidiendo con Onis et al. (2010) y Abdullah et al (2011) que nos indican cómo a mayor número de años con obesidad se tiene mayor riesgo de mortalidad, y cómo existen factores de riesgo en adultos de desarrollar enfermedades cardiovasculares con su origen en la infancia, como es la presión arterial alta, el perfil de lípidos deficiente, tolerancia a la glucosa alterada o el síndrome metabólico, factores 17.
(19) todos ellos que se aumentan con exceso de peso infantil. De todas formas, no queda claro si la obesidad infantil influye de forma negativa en los factores de riesgo de enfermedad cardiovascular en adultos o si dicho riesgo viene determinado porque los niños/as obesos siguen siendo obesos en al edad adulta aumentando indirectamente dicho riesgo (Freedman et al., 2004; Nadeau et al., 2011; cit. in Umer et al, 2017). El exceso de peso en la infancia tiene consecuencias a lo largo de la vida; en la actualidad los factores ambientales tienen mayor influencia que los factores genéticos en el aumento del sobrepeso y la obesidad infantil en niños/as y jóvenes en España (Zapico et al., 2010). Incluso podemos hablar de porcentajes en los que el sobrepeso y la obesidad pueden contribuir a desarrollar parte de las enfermedades crónicas que venimos tratando; en concreto, se considera que a nivel europeo el sobrepeso y la obesidad está en relación con el 80% de los casos de obesidad tipo II en la edad adulta, el 35% de la cardiopatía isquémica y el 55% de hipertensión arterial (European Environment and Health Information System, 2007; cit. in Manonelles-Marqueta et al., 2008). El comportamiento sedentario, el tipo de alimentación con bajo consumo de frutas y verduras, un bajo nivel de actividad física son los principales factores asociados que conlleva el sobrepeso y la obesidad (Santaliestra-Pasías et al., 2015). Como causas fundamentales del sobrepeso y la obesidad, encontramos el cambio en la alimentación mundial hacia alimentos compuestos en su mayoría de grasas y azúcares, con gran aporte de calorías y con una mínima aportación de vitaminas, minerales y micronutrientes saludables; así como la escasa actividad física y el sedentarismo asociado a la recreación que caracteriza las sociedades actuales, junto al cambio en el tipo de transporte (SánchezLópez et al., 2017; cit. in Sánchez-López, 2017; World Health Organization, 2019; Aguilar-Cordero et al., 2014; Ferrari et al., 2012). Destacamos igualmente el creciente tiempo de uso de pantalla a través de la televisión, videojuegos, tablets… junto con la disminución de horas de sueño asociado a estos hábitos, acrecentado en las familias con bajos niveles de ingresos económicos y bajo nivel educativo (AECOSAN, 2016; VarelaMoreiras et al., 2013; Ahrens et al., 2014). The International Obesity TaskForce (IOTF, 2019), asocia además a la obesidad problemas musculoesqueléticos, problemas de piel e infertilidad, dificultades respiratorias, mayor riesgo de muerte prematura y determinados tipos de cáncer; además de hipertensión y colesterol. Asimismo, identifica la importancia de las consecuencias psicológicas en las personas obesas, como la baja autoestima,. 18.
(20) ansiedad y depresión. Destacamos en este sentido la influencia del sobrepeso y la obesidad sobre la imagen corporal y la socialización (Varela-Moreiras et al., 2013), se recalca también el costo que supone la obesidad para los sistemas nacionales de salud. En este sentido, en las sociedades avanzadas actuales, el estilo de vida influye en gran medida sobre el estado de salud, lo que puede condicionar cambios en la expresión genética, inflamación, estrés oxidativo y disfunción metabólica. El estilo de vida puede condicionar la enfermedad coronaria, los accidentes vasculares cerebrales, hipertensión, obesidad, diabetes, osteoporosis, entre otros (Mora-Ripoll, 2012; Varela-Moreiras et al., 2013). Por tanto, el sobrepeso y la obesidad infantil provocan problemas a corto y largo plazo (Kramer et al.,2013), a nivel físico, psicosocial y socioeconómico (Olds et al., 2011). El estilo de vida sedentario infantil, es decir, estar sentado o acostado como postura predominante, es preocupante sobre todo en el sur de Europa, donde los niños/as han dejado de jugar en las calles o de desplazarse a pie o en bicicleta al colegio, dada la potencial inseguridad que conlleva, junto a un incremento de las actividades que suponen un bajo nivel de energía con las consolas, videojuegos, Internet, etc. Por tanto, el comportamiento sedentario lo encontramos en el entorno escolar, en el transporte y en el tiempo libre. El sedentarismo está relacionado con una peor condición cardiorrespiratoria (Varela-Moreiras et al., 2013). El problema para la salud pública que supone el sobrepeso y la obesidad infantil en Europa está siendo considerada una epidemia (Van Stralen et al., 2012; Wang & Lobstein, 2006; cit. in De Ruiter et al., 2017; Manonelles-Marqueta et al., 2008), también a nivel mundial (Aristizabal et al., 2015; Ferrari et al., 2012) es importante dar prioridad a la prevención en las primeras edades de la vida del exceso de peso, evitando los problemas asociados a corto y largo plazo (De Ruiter et al., 2017; Dobashi et al., 2017). La prevención y tratamiento infantil del exceso de peso tiene una posición importante en evitar la morbilidad y mortalidad en los adultos, prevención que debe conllevar un cambio y mejora en el estilo de vida infantil (Martínez-Álvarez et al., 2013). En la sociedad actual, en la que los niños/as son denominados “nativos digitales”, han nacido inmersos en un mundo dominado por la pantalla, ya sea la pantalla del ordenador, móvil, tablet o televisión; es ese uso de la pantalla, medido a través del tiempo de uso de pantalla lo que cada vez mayor número de investigadores diagnostican como factor relacionado con el sobrepeso y la obesidad, causante de problemas de salud 19.
(21) asociados, cuanto mayores sean los niveles de tiempo de pantalla, tal como nos indican Stiglic & Viner (2019). Este estudio de reciente publicación evidencia además la relación entre el tiempo de uso de pantalla y una mayor ingesta de alimentos poco saludables y, por tanto, una peor calidad de vida; además de peor autoestima, peor salud psicosocial, síndrome metabólico y peor condición respiratoria. En este sentido, Klesges et al. (1993) ya confirmó que la tasa metabólica (gasto energético en reposo) se reduce con el tiempo de televisión, afectando por tanto al sobrepeso y obesidad; Domingues-Monatari et al. (2017) nos recuerdan que el tiempo de pantalla en la actualidad se ha ampliado a numerosos instrumentos digitales a los que cada vez acceden con mayor facilidad niños/as más pequeños, aunque la televisión siga siendo la pantalla predominante en la infancia (Domingues-Monatari et al., 2017; Reid-Chassiakos et al., 2016). La asociación entre obesidad y riesgo cardiovascular respecto al tiempo de uso de pantalla, se da desde la primera infancia (Bel-Serrat et al., cit. in Reid-Chassiakos et al., 2016), ya en la edad preescolar lleva a aumentos en el IMC con futuras repercusiones (Cox et al., cit. in ReidChassiakos et al., 2016). LeBlanc et al. (2012) realizó un estudio en niños preescolares entre 0 y 4 años, concluyendo de la misma manera una relación directa entre los comportamientos sedentarios delante del televisor y mayor adiposidad y baja salud psicosocial. En 1970, a los cuatro años empezaban los niños/as a ver la televisión; en la actualidad, los niños/as comienzan a usar los instrumentos digitales a los 4 meses de edad (Reid-Chassiakos et al., 2016). Dada la importancia del tiempo de uso de pantalla, es necesaria una acción política para limitar la exposición de los niños/as, por lo que ya existen organismos expertos que han realizado una serie de recomendaciones para limitar el tiempo de pantalla. La Academia Americana de Pediatría en 2016 indicó la importancia de limitar el tiempo de pantalla a una hora diaria en niños de 2 a 5 años, siendo necesario una limitación por parte de los padres y madres para niños a partir de los 6 años, también la Canadian Pediatric Society en 2017 prescribió medidas similares (Reid et al., 2016, cit. in Stiglic & Viner, 2019). Estar delante del televisor más de dos horas al día se asoció con una peor composición corporal, medida a través del IMC, y menor autoestima en el estudio realizado por Tremblay et al. (2011) con niños/as y jóvenes entre 5 y 17 años; sabiendo, por el contrario, que es necesario un uso moderado de los medios digitales como herramienta social, de aprendizaje y de conocimiento (Przybylski et al., 2017, cit. in Stiglic & Viner, 2019; Reid-Chassiakos et al., 2016). Las consecuencias de los medios. 20.
(22) digitales son multifactoriales y están en función del tipo de medio, el uso, la cantidad de uso y las características de cada niño/a; aún así, los padres y madres deben asumir su papel regulador en el uso de las herramientas tecnológicas por parte de sus hijos/as, para ayudarles a realizar también otro tipo de actividades (Reid-Chassiakos et al., 2016). La relación entre el comportamiento sedentario infantil y los indicadores de salud biomédica dependen del tipo de comportamiento sedentario (televisión, ordenador, juegos, etc.) y su tiempo de duración (Van Ekris et al., 2016; Carson et al., 2016). El tiempo de uso de pantalla también se asocia con unos patrones nutricionales inadecuados en niños y adolescentes, tanto en medios publicitarios como al usar tecnología carente de publicidad. El hecho de estar frente a una pantalla conlleva mayor distracción, interrupción de la regulación fisiológica de los alimentos y aumento de la ingesta de comida (Marsh et al., 2013). Tal como nos indican Straker et al. (2018), los profesionales de la medicina, pediatras, educadores y otros profesionales deben asesorar a las familias en el uso más apropiado de los dispositivos digitales. Sugieren cinco pautas para asesorar a las familias en el uso infantil de la tecnología: evidencia acerca de la importancia del uso tecnológico en el contexto, modelo paternal del uso de los medios digitales para los niños/as, discernir el tipo, contenido y tiempo adecuado en el uso de tecnología digital y, por último, que el uso de la tecnología digital en los niños/as esté separado de los momentos de ocio, es decir, que los niños/as usen esa tecnología cuando implique actividad física o promueva el aprendizaje y el conocimiento. Son los cambios en las preferencias hacia las actividades de ocio sedentarias lo que está provocando una disminución de la actividad física (VarelaMoreiras et al., 2013). 1.2. Actividad física Las conductas sedentarias en general y en la infancia en particular provocan un mayor riesgo cardiovascular, así como problemas fisiológicos y psicológicos; existe una relación directa entre aumento del comportamiento sedentario y aumento de los problemas de salud asociados. Dicho de otra manera, toda reducción de las conductas sedentarias trae consigo mejoras en los niveles de salud. Es necesario aumentar el nivel de actividad física y disminuir las actividades sedentarias (Tremblay et al., 2011), la actividad física contribuye a la disminución del sobrepeso y la obesidad (Aguilar-. 21.
(23) Cordero, 2014). La energía que se consume durante la actividad física es la que más influencia tiene en el gasto energético total, que está en función de la intensidad y duración de la actividad física o la composición corporal (Varela-Moreiras et al., 2013; World Health Organization,, 2019). Los programas escolares que promueven un estilo de vida saludable en niños/as y jóvenes pueden ayudar en la mejora de la salud infantil y juvenil (Wu et al., 2017). Estos programas deben estar centrados en la mejora de la capacidad cardiorrespiratoria, también la aptitud muscular, velocidad y agilidad, puesto que numerosos estudios en niños/as han demostrado que la capacidad respiratoria y la condición física muscular están relacionados con las enfermedades cardiovasculares, las mejoras a nivel muscular y de velocidad y agilidad influyen en la salud del esqueleto, la condición física muscular y la capacidad respiratoria mejoran la fatiga y calidad de vida en niños/as con cáncer o que lo han padecido y, además, la capacidad respiratoria influye positivamente en el estado de ánimo y la autoestima (Ortega et al., 2008). Truelove et al. (2018) analizaron el nivel de actividad física de niños entre 2 y 5 años al aire libre en el centro escolar, concluyendo que muchos niños en la actualidad participan sobre todo en actividades sedentarias. En la edad adulta, se puede traducir en un bajo nivel de actividad física al mantenerse la mayor parte del tiempo sentados en el trabajo o en el tiempo de ocio (Aadahl et al., 2013). Según González-Gross (2013), es necesario una colaboración conjunta entre científicos del ámbito de la actividad física y el deporte, profesores de educación física y otros profesionales para frenar la epidemia de la obesidad infantil de forma satisfactoria, considerando cómo el nivel de actividad física y sedentarismo varía a lo largo de la vida (Ortega et al., 2013). Los programas de prevención y tratamiento del sobrepeso y obesidad deben empezar en la edad preescolar (Hardy et al., 2012) y deben ir acompañados de adaptaciones de infraestructura en el hogar, la escuela y el vecindario para promover la actividad física (Millstein et al., 2011), adaptados a cada entorno escolar y no generales (Iannotti et al., 2009), insistiendo en la conveniencia de realizar un seguimiento a largo plazo sobre la eficacia de dichos programas (Silva et al., 2014). En las escuelas, se hace necesario el apoyo de profesionales de salud pública, psicólogos y especialistas para que los programas de lucha contra el sobrepeso sean efectivos y se sostengan a largo plazo (Howard-Drake & Halliday, 2015; cit. in Cuervo et al., 2018). Asimismo, estudios como el llevado a cabo por Standage et al. (2012) indican que la. 22.
(24) promoción de la autonomía en el ejercicio por parte de los profesores de educación física hacia sus alumnos puede conllevar la motivación autónoma hacia el ejercicio. Igualmente importante es la insistencia por parte de los especialistas hacia los niños/as y familias en que los programas de actividad física no sólo disminuyen el exceso de peso sino que también provocan otros numerosos beneficios para la salud (Swift et al., 2014). Numerosos científicos y estudios han demostrado la importancia de la actividad física para la prevención de la obesidad y el sobrepeso, en sus diversas formas que van desde la práctica de deportes, hasta la actividad física espontánea o los denominados desplazamientos activos; pues, con independencia de la predisposición genética de cada persona, la actividad física reduce el porcentaje de grasa corporal y el riesgo de diabetes, enfermedades cardiovasculares o determinados tipos de cáncer. Un estilo de vida físicamente activo produce beneficios para la salud al disminuir el riesgo de enfermedades cardiovasculares, prevención de la presión arterial alta, mejor perfil de lípidos en sangre al reducir los triglicéridos y aumentar el colesterol HDL, previene la diabetes tipo 2, menor probabilidad de ciertos tipos de cáncer, prevención y tratamiento del sobrepeso y la obesidad, mantenimiento de la fuerza y resistencia muscular, etc. (Varela-Moreiras et al., 2013), así como los beneficios sobre el síndrome metabólico (World Health Organization,, 2019) y la mejora de la función cognitiva en niños/as (Donnelly et al., 2016). El sedentarismo tiene un efecto directo sobre el aumento de peso (Prentice-Dunn, 2012), que está creciendo en los denominados países desarrollados (Hallal et al, 2012). Cuanto mejor es la aptitud cardiorrespiratoria y la composición corporal en la infancia, mejor es la condición cardiovascular a lo largo de la vida (Ruiz et al, 2009); a mayor nivel de actividad física, mayor beneficio para la salud, aunque sólo la práctica moderada de actividad física ya conlleva beneficios en los niños/as como la disminución del exceso de peso (Janssen & Leblanc, 2010; González-Gross, 2013; García et al., 2014). El desplazamiento activo al colegio se considera una forma importante de actividad física para los niños/as (Lubans et al. 2011; Chillón et al., 2014), investigaciones como la llevada a cabo por Faulkner et al. (2009) demuestran que los niños/as que se trasladan al colegio andando, en bicicleta o en monopatín suelen ser más activos físicamente en general que los niños/as con un desplazamiento pasivo al colegio. Los niños/as que se desplazan de forma activa al colegio suelen tener un IMC más bajo y si perdura este comportamiento durante dos años es posible un cambio en el IMC o en el. 23.
(25) sobrepeso (Rosenberg et al., 2006). Por tanto, se debe promover el desplazamiento activo al colegio como medida para incrementar el nivel de actividad física infantil, asociado también a un aumento de la condición cardiovascular (Larouche et al., 2014) y cardiorrespiratoria (Lubans et al., 2011). El desplazamiento activo al centro escolar, sobre todo en bicicleta, ha sido estudiado por Østergaard et al. (2013), demostrando una mejor resistencia muscular en la espalda que previene el dolor de espalda, una mejor fuerza muscular dinámica relacionada con una mayor densidad mineral ósea, mejor capacidad cardiorrespiratoria y mejor composición corporal; por lo que el desplazamiento activo puede prevenir el exceso de peso. Villa-González et al. (2015), en un estudio con niños/as españoles, constataron cómo el desplazamiento activo al colegio está relacionado con niveles de capacidad muscular mayores en la parte inferior del cuerpo y mejor velocidad. Sandercock & Ogunleye (2012) evaluaron a niños/as con un tiempo de uso de pantalla elevado que se desplazaban de forma pasiva al colegio, constatando que ambas condiciones conllevan una mala capacidad cardiorrespiratoria. En las últimas décadas, han disminuido los desplazamientos activos al colegio en variedad de países (Black et al., 2001; Buliung et al., 2009; McDonald, 2007; Van Der Ploeg et al., 2008; cit. in Chillon et al., 2014). Según Villa-González et al. (2015), los programas para promover los desplazamientos activos al colegio deben enfocarse hacia los niños/as y hacia sus progenitores, además es necesario considerar el transporte activo hacia otros lugares del contexto del niño/a (Lubans et al., 2011). Es importante también conocer las distancias hasta las cuales los niños/as se desplazan activamente al colegio, para poder desarrollar los programas de promoción (Chillón et al., 2014; Lubans et al., 2011; Wen et al., 2008), así como considerar la asociación directa entre el tipo de transporte que los progenitores usan para trasladarse al trabajo y el tipo de desplazamiento de los niños/as al colegio, la actitud de los padres hacia el desplazamiento activo y la cantidad de automóviles en la familia (Wen et al., 2008). Según Andersen et al. (2006), la práctica de actividad física en niños/as es determinante para mantener la salud, en concreto para la lucha contra la enfermedad cardiovascular. En niños/as de entre 6 y 9 años se recomienda una actividad física de moderada a vigorosa entre 60 y 85 minutos al día, de los que al menos 20 minutos deben ser de actividad vigorosa. Manonelles-Marqueta et al. (2008) también indica la 24.
(26) importancia de que niños/as y jóvenes realicen al menos 60 minutos de actividad física de moderada a vigorosa prácticamente todos los días, acumulados a lo largo del día; incluso destaca los efectos saludables que puede conllevar un actividad física diaria de 30 minutos, de baja a moderada intensidad. Janssen et al. (2010) recomiendan en niños/as y jóvenes de 5 a 17 años un promedio de al menos 60 minutos al día e incluso varias horas al día de actividad física por lo menos moderada, pues los beneficios para la salud se empiezan a conseguir mediante un promedio de 30 minutos al día. Cuando sea posible, se deben introducir las actividades más vigorosas, incluido el fortalecimiento de músculos y huesos por lo menos tres días a la semana; la mayor parte de la actividad física debe estar compuesta por actividades aeróbicas. En un estudio con niños/as españoles llevado a cabo por Laguna et al. (2013), se le presta especial importancia a la actividad física vigorosa como prevención de la obesidad en niños/as de 8 a 10 años, cantidad que debe ser especificada en las recomendaciones de salud pública. Davis et al. (2012) aplicaron un programa de entrenamiento aeróbico durante 13 semanas de 20 a 40 minutos al día, sin intervención en la dieta, en niños/as sedentarios con sobrepeso u obesos, un 28% de los cuales tenía prediabetes. Los resultados mostraron mejoras en la adiposidad general y visceral, en la disminución del peso, así como en la resistencia a la insulina. Nemet et al. (2011) llevaron a cabo una intervención de actividad física y nutrición durante un año escolar en niños/as preescolares, tras la cual disminuyó el número de niños/as con sobrepeso y su estado físico, mejorando también las preferencias de nutrición y actividad física. Aguilar-Cordero et al. (2014), en su objetivo de analizar los principales estudios sobre actividad física para reducir el sobrepeso y la obesidad, constatan que el mejor programa de actividad física es el que combina actividades aeróbicas y anaeróbicas, con mejores resultados sobre la reducción del sobrepeso y obesidad si va acompañado de pautas nutricionales; un programa sólo basado en la dieta también tiene efectos menores que la suma de dieta y actividad física. Además, más efectividad en la reducción del peso si las familias se involucran en los programas. Solís et al. (2015) al evaluar un programa de intervención basado en la nutrición y la actividad física, constató pequeñas mejoras en el IMC y la calidad de la dieta. Zapico et al. (2010) también coincide en afirmar la necesidad de medidas conjuntas sobre dieta y actividad física para contrarrestar el aumento del sobrepeso.. 25.
(27) Para niños/as con sobrepeso y obesidad, tras una revisión sistemática, en la bibliografía se coincide en afirmar que se obtienen resultados positivos a partir de las dos semanas, considerando como mínimo 180 minutos a la semana de actividad física, con 3 sesiones de 60 minutos cada una con una intensidad moderada de actividad. Los ejercicios de fuerza pueden conllevar mejoras en la sensibilidad a la insulina, el perfil lipídico, el IMC, la masa libre de grasa y disminuir el colesterol LDL, disminuir el perímetro de la cintura, bajar la presión arterial y aumentar la fuerza muscular; los ejercicios aeróbicos además mejoran la composición corporal al disminuir el peso y la masa grasa y, los ejercicios anaeróbicos mejoran la potencia y aumentan la masa muscular (AguilarCordero, 2014). No existe acuerdo sobre la cantidad idónea de actividad física a la semana para reducir el exceso de peso, sí encontramos recomendaciones de los organismos más importantes. Los Centers for Disease Control and Prevention y el American College of Sport Medicine coinciden en la importancia de un mínimo de 30 minutos a intensidad moderada durante la mayoría de los días de la semana (unos 150 minutos a la semana), un mínimo de 60 minutos al día de ejercicio la mayoría de los días de la semana recomienda el Institute of Medicine (Jakicic et al.; 2003, Pate et al., 1995; Institute of Medicine, 2012; cit. in Aguilar-Cordero, 2014) Sánchez-López et al. (2017; cit. in Sánchez-López) han estudiado los efectos de un programa de intervención en niños/as con sobrepeso y obesidad de 8 a 12 años basado en el juego (juegos populares, deportes alternativos y actividades deportiva variadas), junto a recomendaciones nutricionales para los niños/as y los progenitores; en comparación con niños/as que sólo recibieron las pautas nutricionales. Tras los nueve meses de intervención, con cuatro sesiones a la semana de 90 minutos cada una, con dos sesiones nutricionales al mes, los niños/as que participaron en los juegos y que siguieron las recomendaciones de la dieta, redujeron su IMC y su grasa corporal; mientras que el resto aumentó su peso. 1.3. Nutrición La actividad física y la dieta constituyen factores de riesgo relevantes para evitar la muerte prematura, en relación con el mayor consumo de alimentos de alta densidad energética (grasa y azúcares añadidos), con grasa saturada, grasa hidrogenada, menor. 26.
(28) consumo de carbohidratos complejos y fibra y menor consumo de frutas y verduras; además del aumento en el tamaño de las porciones en niños/as y jóvenes, acompañado de un bajo nivel de actividad física (Martínez-Álvarez, 2013). La diferencia que existe entre la ingesta de energía y el gasto energético es uno de los principales motores del sobrepeso infantil en la actualidad (Branca et al., 2014; cit. in Wijnhoven et al., 2014; Bellissimo, 2015), esta diferencia se encuentra relacionada con numerosos factores del contexto de cada niño/a, entre ellos es el centro escolar el que más herramientas puede usar para promover un estilo de vida saludable en los niños/as, al realizar programas de educación nutricional o disponer de dietas equilibradas en los comedores escolares (Branca et al., 2014; Williams et al., 2014; Kirk et al. 2010; Gorman et al., 2007; Kumanyita et al., 2002; cit. in Wijnhoven et al., 2014). Wijnhoven et al. (2014), tras su estudio entre los países de la Unión Europea, evidencian que son necesarios programas nutricionales escolares además adaptados a cada entorno escolar, no sirven tanto los programas generales aplicados de igual forma en cada comunidad educativa, coincidiendo con las conclusiones de Albashtawy et al. (2015) tras su estudio sobre el consumo de desayuno en niños/as y con Asfour et al. (2015) que también indicaron la importancia de que los programas nutricionales incluyan la seguridad alimentaria entre sus contenidos; Dykstra et al (2016) también estudiaron el consumo de desayuno en niños/as en relación al grado de seguridad alimentaria. Dichos programas nutricionales deben enfocarse a niños/as, a las familias y a los cuidadores, además de la posibilidad de utilizar herramientas tecnológicas en este sentido (Mitchell et al., 2013). Asimismo, debemos tener presente la influencia en el estilo de vida por parte de los compañeros/as y amigos/as (Salvy et al., 2012) y el distinto patrón alimentario (horario de comidas, formas de almacenar y preparar los alimentos, etc.) según el nivel de escolaridad y educativo de las familias (Flores et al., 1973; cit. in Salvador et al., 2010). Entre la población española se observa en la actualidad un consumo elevado de carnes grasas y azúcares simples, un consumo minoritario de granos, verduras, hortalizas y legumbres (Varela-Moreiras et al., 2013). El crecimiento de los niños/as, la masa muscular y la función cognitiva se ve aumentada con un mayor consumo de alimentos de origen animal, se hace necesario una ingesta mayor de frutas y verduras (Allen et al., 2012).. 27.
(29) Desde los años 60 hasta la actualidad, se ha producido un cambio en los patrones de alimentación de la población española, así como de los países mediterráneos, pues se están alejando de la denominada dieta mediterránea, al contrario de los países del norte de Europa que cada vez en mayor medida adoptan un estilo de vida acorde con el denominada estilo de vida mediterráneo (Varela-Moreiras et al. 2013). Incluso se observan diferencias geográficas dentro del territorio español, con mejores resultados en las comunidades del noroeste y centrales (Serra-Majem et al., 2004; cit. in Zapico et al., 2010). El estilo de vida mediterráneo se considera el mejor patrón para la prevención y el tratamiento del sedentarismo, sobrepeso y obesidad (Varela-Moreiras el al., 2013; Zapico et al. 2010); considerándolo en sus tres pilares: dieta, actividad física y socialización; a través de su cultura gastronómica priorizando los alimentos frescos y de temporada, el aspecto social de las comidas, la actividad física regular y el descanso. Todo ello conforma un estilo de vida que previene además las enfermedades crónicas (enfermedades cardiovasculares, diabetes o síndrome metabólico), la depresión o algunos tipos de cáncer; asociado a una mejor calidad de vida y longevidad; unido a que la dieta mediterránea permite ahorrar costes sanitarios y medioambientales a nivel estatal. Por tanto, deben implantarse programas de salud pública que promuevan la adherencia al estilo de vida mediterráneo (Varela-Moreiras et al., 2013), sin olvidar que la dieta mediterránea fue considerada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por al UNESCO (2010) como nos recuerda Bach-Faig et al., (2011). Los países con un patrón alimentario según la dieta mediterránea sufren menores niveles de mortalidad (Serra-Majem et al., 2003; cit. in Zapico et al. (2010) y, además, el aumento de las personas con sobrepeso provoca mayores gastos sanitarios (Zapico et al., 2010). El índice de calidad de dieta mediterránea o índice KIDMED es utilizado en investigaciones para corroborar el patrón nutricional mediterráneo en niños/as y jóvenes, utilizado por Serra-Majem et al. (2004) para indicar que dicho patrón está sufriendo cambios en los últimos años. Solís et al. (2015) en su evaluación de un programa de intervención basado en la nutrición y la actividad física, utilizando como variables el IMC y el perímetro de la cintura, también consideraron los hábitos en la dieta medido a través del índice KIDMED y la actividad física. Zapico et al. (2010) también utilizaron el índice. 28.
(30) KIDMED, el IMC y perímetro de la cintura, entre otros parámetros, para relacionar la adecuación a la dieta mediterránea con la composición corporal de los jóvenes. Actualmente, se establecen dos dimensiones en la conducta alimentaria, la fisiológica y la biológica, por un lado, y la educativa, social y psicológica, por otro lado; importante esta última en la actual sociedad de la abundancia para tratar la obesidad y el sobrepeso infantil (López-Espinoza, 2007; cit. in Salvador et al., 2010). Desde la dimensión psicológica, el sobrepeso y la obesidad infantil está relacionado con una alimentación inadecuada y una variación en la imagen corporal, siendo además la motivación un factor determinante en el cambio de la alimentación y el estilo de vida (Amigo et al., 2005; Ballester y Guirado, 2003; Espina et al., 2001; Sepúlveda et al., 2001; cit. in Salvador, 2010). En este sentido, Salvador et al. (2010) estudiaron la relación entre el peso de los jóvenes con la satisfacción o insatisfacción con su imagen corporal y la autoestima. 1.4. Factores psicológicos El sobrepeso y la obesidad infantil pueden ocasionar cambios conductuales como la disminución de la autoestima, además de los problemas en el organismo como las enfermedades cardiovasculares y los trastornos locomotores (Martínez-Álvarez, 2013). Los niños/as con sobrepeso suelen subestimar su peso, teniendo una percepción corporal distorsionada (Cattelino et al., 2015). La imagen corporal está constituida por el constructo biológico, el psicológico y el social (Schwartz & Brownell, 2004; cit. in Sánchez-Miguel, 2018). El ocio destinado a actividades físicas y deportivas se relaciona positivamente con la satisfacción con la imagen corporal, en mayor medida que el ocio cultural; el ocio electrónico conlleva los peores resultados en satisfacción vital (Fraguela et al., 2016), siendo la imagen corporal la visión que cada persona tiene sobre su cuerpo y las partes del mismo, siendo determinante en el estado de salud de la infancia y la adolescencia (Sánchez-Castillo, 2019). La imagen corporal se considera el factor que más influye en la autoestima, una autoestima que en los niños/as y jóvenes se hace vulnerable debido a los cambios corporales y la necesidad de sentirse aceptados/as (Moreno et al., 2008; cit. in SánchezCastillo, 2019); la imagen corporal tiene una relación directa con la percepción del estado de salud (Urrutia et al., 2010; cit. in Sánchez-Castillo, 2019), además se ha estudiado. 29.
(31) cómo la autopercepción de sobrepeso u obesidad puede determinar un cambio en los estilos de vida al aumentar la motivación (Maximova et al., 2008). La imagen corporal se encuentra muy determinada por el peso (Schwartz & Brownell, 2004; cit. in SánchezMiguel, 2018). La práctica de actividad física y deportiva en jóvenes se relaciona de forma positiva con el autoconcepto físico y autoconcepto general, potenciado con una mayor frecuencia de práctica, mayor duración de las sesiones y años de práctica, así como con la mayor satisfacción y gusto por la actividad, pudiendo provocar un menor autoconcepto físico si se deja de practicar actividad física (Contreras et al., 2010). La relación entre práctica y autoconcepto físico es bidireccional (Balaguer y García-Merita, 1994; Goñi et al., 2004; cit. in Contreras et al., 2010). La apariencia física influye y condiciona la formación del autoconcepto de los jóvenes, incluso la baja percepción del aspecto físico puede conducir a la motivación para la práctica de actividad física (Harter, 1990; Pastor et al., 2002; cit. in Contreras et al. 2010). El autoconcepto físico, influido de forma positiva por la actividad física (Crocker et al., 2000; cit. in Moreno et al., 2007) y modelado por los contextos sociales de cada niño/a, contribuye positivamente a mantener la intención de ser físicamente activo, lo que puede ser potenciando por los profesores de Educación Física a la hora de mejorar la percepción de las capacidades físicas básicas, la imagen corporal y la autoestima (Moreno et al., 2007). Diversos autores comparten la relación entre autoconcepto y la práctica de la actividad física (Goñi et al., 2010; Murgui et al., 2012; cit. in Ortega et al., 2016; Moreno et al., 2008); la familia ejerce un peso muy importante en la formación del autoconcepto en los primeros años de la niñez y juventud (Moreno, 2010; cit. in Ortega et al., 2016). Slutszky et al. (2009) nos indica como la cantidad de tiempo dedicado a los deportes de equipo, no tanto a los deportes individuales, conlleva un mayor autoconcepto físico y mayor autoestima. Importante el autoconcepto dentro del bienestar de los niños/as y jóvenes (Molero et al., 2013; cit. in López-Sánchez, 2019), así como la relación con su conducta, puesto que una percepción positiva sobre ellos/as mismos influye en la forma de percibir la realidad (Bufford, 1986; cit. in SánchezCastillo, 2019) Autoconcepto y autoestima se han utilizado frecuentemente como sinónimos, pero el término autoconcepto se refiere al conjunto de etiquetas que cada persona tiene de sí misma según características físicas, emocionales o de comportamiento; la autoestima no. 30.
(32) es descriptiva sino cualitativa al estar relacionado con la percepción de una persona y su autoevaluación. A partir de la década de los años sesenta, el autoconcepto se considera de forma multidimensional, abarcando la dimensión familiar, social, emocional, física y académica (Shavelson et al., 1976; cit. in Guillen & Gómez, 2010), englobando el autoconcepto global todas sus dimensiones, tal como nos indicaron Marsh & Roche (1996; cit. in Guillen & Gómez, 2010). El autoconcepto y la autoestima en la niñez y adolescencia es de suma importancia, puesto que a partir de estas etapas se mantiene prácticamente estable (Harter, 1999; Slutzky & Simpkins, 2009; cit. in Guillen & Gómez, 2010). Diversos autores coinciden en afirmar que existen consecuencias positivas del ejercicio físico-deportivo a nivel físico, fisiológico y psicológico (Alfermann & Stoll, 2000; Fox, 2000b; cit. in Moreno, 2008), con efectos en el autoconcepto físico y la autoestima, relacionado positivamente con la duración (Leith, 1994; cit. in Moreno, 2008) y la frecuencia de la práctica de actividad física (Bruya, 1977; McGowan et al., 1974; cit. in Moreno 2008). En la actualidad se pueden usar variedad de instrumentos para la medición de la imagen corporal (Cuervo et al., 2018). Diversos estudios se centran en estudiar y relacionar la imagen corporal en niños/as y jóvenes con su nivel de sobrepeso y obesidad, utilizando las siluetas de imagen corporal en relación con el IMC, considerando las siluetas una forma adecuada para medir el nivel de exceso de peso (Pedro et al., 2016; Coelho et al., 2013; cit. in Sánchez-Castillo, 2019). En este sentido, Salaberria et al. (2007) consideran que las escalas de siluetas constituyen la mejor manera de medición global de la imagen corporal (Cuervo et al., 2018). En concreto, las siluetas de Stunkard, Sorensen y Schlusinger (1983) fueron utilizadas por Sánchez-Castillo et al. (2019) con este fin, así como por López-Sánchez et al. (2017) que insisten en la importancia de llevar a cabo programas de actividad física que mejoren tanto la imagen corporal como los niveles excesivos de peso, en consonancia con los instrumentos y las conclusiones del estudio realizado por Sánchez-Miguel et al. (2018). Scagliusi et al. (2006) utilizaron las siluetas de Stunkard, Sorensen y Schlusinger (1983) adaptados a su objeto de estudio, siluetas validadas y con confiabilidad (Carraça et al., 2012; cit. in Sánchez-Miguel, 2018). Desde los cinco años se puede tener una insatisfacción y una percepción incorrecta de la imagen corporal (Jiménez-Flores et al., 2017; cit. in Cuervo et al., 2018). Los programas de intervención contra el sobrepeso y la obesidad en niños/as y jóvenes, así como la. 31.
(33) mejora de la imagen corporal pueden venir de la mano del uso de videojuegos activos en el aula (Chacón et al., 2016; cit. in Cuervo et al., 2018). 1.5. Entornos virtuales motrices Una de las razones para la realización de este estudio es la necesidad de buscar alternativas que permitan hacer accesibles las estrategias eficaces para fomentar la participación voluntaria en actividades físicas regulares (Baranowski et al., 2008). La elección de la actividad está muy relacionada con el nivel de disfrute que aporta (Mellecker & McManus, 2008; Epstein et al., 2007), de hecho, la razón que con mayor frecuencia justifica la participación en actividades físicas por parte de los niños/as es el alcance de su carácter “divertido” (Borra et al., 1995). Del mismo modo, esta motivación es la que conduce su interés hacia actividades sedentarias, como los videojuegos. Un niño de entre 8 y 10 años dedica aproximadamente 65 minutos diarios a jugar con videojuegos (Roberts & Barnard, 2005). Como resulta evidente, este tipo de actividades, son muy valoradas por los niños/as y, generalmente, se ofrece gran resistencia ante cualquier intento de restricción (Faith et al., 2001). En una sociedad inmersa en las tecnologías y con elevados índices de sedentarismo, los videojuegos activos o juegos virtuales motrices representan un nuevo fenómeno social que puede comportar beneficios para la salud pública. Trabajos de revisión recientes sobre el papel que pueden desempeñar los videojuegos en la promoción de conductas saludables (Baranowski et al., 2008) o las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías para hacer frente a la obesidad infantil (Hillier, 2008), ya hacen referencia al potencial de los videojuegos activos como herramienta de promoción de la actividad física. Sin embargo, en tanto que los videojuegos activos implican la práctica de actividades físicas de distinto tipo e intensidad, sin que medie la supervisión de profesionales cualificados, también pueden comportar riesgos para la salud, como son algunos tipos de lesiones derivados de la práctica desmedida en estos juegos (Boehm & Pugh, 2009; Bonis, 2007; Nett et al., 2008). Es evidente que los juegos virtuales motrices suponen una nueva forma de entender la relación entre los videojuegos y la salud de la población joven. Considerando que la realidad virtual puede considerarse una herramienta de apoyo para la educación en la escuela (Inoue et al., 2005), los videojuegos activos superan la principal crítica que se. 32.
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