Esta sección está dedicada a diversos tipos de estructuras que la mentalidad popular considera de origen sobrenatural. «Anillos» de hadas * y «nidos» de platillos entran evidentemente en esta ca tegoría. Aunque estos fenómenos son considerados como casos «marginales» por los especialistas en OVNIS, creo que los nidos merecen algo más que una atención superficial, y deberíamos con siderarlos a la luz de creencias tradicionales muy concretas acerca del significado de los «círculos mágicos» que durante siglos los agricultores han encontrado en sus campos. La literatura sobre esta cuestión es, por supuesto, abundante, por lo que únicamente seleccionaremos unos cuantos casos como ejemplo y antecedente de una más detallada discusión del tema en capítulos posteriores.
Al anochecer del jueves 28 de julio de 1966, Monsieur Lacoste y su esposa se hallaban paseando por las afueras de Montsoreau, en el Departamento francés de Maine-et-Loire. Súbitamente, vie ron una esfera roja que cruzaba el cielo como un meteoro. Sin embargo, su comportamiento no era el propio de un meteorito, pues pareció tocar el suelo para elevarse de nuevo —sin perder su color rojo brillante— y permanecer suspendida unos momentos a una altura media, antes de perderse de vista. Se indagó si en aquella zona se efectuaban pruebas militares: el resultado fue negativo.
Al día siguiente, un campesino de Montsoreau llamado Alain Rouillet declaró que una zona de nueve metros cuadrados de su campo de trigo había sido aplastada y recubierta con una sustan cia amarillenta y oleosa. Las investigaciones que se efectuaron proporcionaron detalles adicionales sobre la identidad de los tes tigos y dieron fuerza a la suposición de que allí había aterrizado un objeto fuera de lo corriente. Lacoste ejerce la profesión de fotógrafo en Saumur, mas, por desgracia, no llevaba una cámara consigo en el momento del incidente. Afirmó que la luz que des
* E n E s p a ñ a s e l e s l l a m a c o r r o s d e b r u j a s , y s o n c a u s a d o s p o r l o s m l c e l o s d e u n o s h o n g o s . N. d e l T.
prendía la esfera era tan intensa, que iluminó toda la campiña. Dijo que la esfera se cernió inmóvil durante unos segundos, para maniobrar después y acercarse al suelo. El testigo estaba seguro de que se trataba de un aparato militar teledirigido, y se acercó a pie hasta una distancia de cuatrocientos metros del objeto, que se alejó y se perdió de vista detrás de un bosque. La duración total de la observación fue de cuatro minutos.
Medio año antes, una oleada de observaciones similares saltó
a las primeras páginas de los diarios australianos, ¡m á s n i d o s d e
p l a t i l l o s v o l a n t e s!, se leía en grandes titulares en la primera plana del Sydney Sun Herald del 23 de enero de 1966. Habían sido descubiertos tres nidos en Queensland; eran unos claros cir culares formados por cañas muertas, rodeadas de cañas verdes. Centenares de curiosos se dedicaban a buscar más nidos después de que estas primeras noticias fueron publicadas.
Pocos días antes, el 19 de enero, a las nueve de la mañana, un cultivador de plátanos de veintisiete años llamado George Pedley conducía un tractor en las cercanías de un pantano llamado Hor seshoe Lagoon cuando de pronto oyó un fuerte silbido. «Parecía aire escapando de un neumático», dijo. Acto seguido, veinticinco metros más allá de donde estaba, vio elevarse una máquina del pantano. Era gris azulada, de unos siete metros y medio de diá metro y cerca de tres metros de altura. Estaba animada de un movimiento rotatorio y se elevó a una altitud de unos veinte me tros antes de alejarse. «El incidente no duró más que unos se gundos; el aparato se alejó a velocidad terrorífica», manifestó Pedley. Dirigiéndose al lugar de donde se había elevado el disco, descubrió el primero de los nidos, con las cañas aplastadas en dirección de las agujas del reloj.
El Sydney Sun Herald envió a un reportero, Ben Davie, para que investigase la observación, y se descubrió que docenas de per sonas de aquel territorio habían visto extraños aparatos en forma de platillo parecidos al que observó Pedley, y la mayoría de ellos
antes del 19 de enero. Davie localizó un total de cinco nidos y
publicó la siguiente descripción:
Vi claros en los cañaverales, en los lugares donde «ellos» habían despegado; eran como todo el mundo los ha descrito. Dentro de un círculo de aproximadamente diez metros de diá metro^ las cañas habían sido rotas y aplastadas formando un remolino en el sentido de las agujas del reloj. Uno de estos nidos es una plataforma flotante compuesta por raíces con terrrones de fango y hierbas, arrancadas, al parecer, por una fuerza tre menda, del fondo fangoso, cubierto por metro y medio de agua.
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El segundo y tercer nidos fueron encontrados por Tom Wa rren, un cultivador de caña de azúcar de Euramo, y Mr. Penning, un maestro de escuela de Tully, respectivamente. Se encontraban a unos veinticinco metros del primero, pero ocultos por la tupida maleza. En el tercer nido, que parecía muy reciente, las cañas estaban aplastadas en sentido inverso a las agujas del reloj. Todas las cañas estaban muertas, pero no habían sido chamuscadas ni quemadas. Una extensión herbosa, que formaba un cuadrado de poco más de un metro de lado y se encontraba a menos de un metro del primer disco, había sido recortada al nivel del agua, lo cual añadía al asunto un nuevo toque de misterio. Los círculos variaban en diámetro de 2,50 metros a cerca de 10 metros. En todos ellos, salvo en los más pequeños, las cañas aparecían aplas tadas en el sentido de las agujas del reloj.
Ni que decir tiene que la Policía recogió muestras para ana lizar, acudieron científicos con contadores Geiger y las Reales Fuerzas Aéreas australianas enviaron a oficiales de sus Servicios de Información. Algunos de los rumores que circularon echaban la culpa de lo sucedido a los soviéticos, diciendo que éstos se ser vían de los grandes espacios abiertos de Australia para ensayar aparatos revolucionarios, que llevaban uno o dos siglos de ade lanto a los de los americanos. Nadie explicó, sin embargo, por qué los rusos no podían realizar sus pruebas secretas en las inmensi dades de Siberia, prefiriendo efectuarlas ante los atónitos ojos de los granjeros australianos. Ni tampoco fue revelado por qué los pilotos del arma supersecreta comunista no pudieron resistir a la tentación de efectuar una pasada sobre el tractor del joven cul tivador de plátanos.
Afortunadamente, se disponía de varias explicaciones natura les para la observación o los nidos, si bien únicamente una hipó tesis era aplicable a ambos. Esta hipótesis fue formulada por un lector del Sydney Sun Herald, el cual la publicó con fecha 30 de enero. En su carta al periódico, este lector afirmaba que el «páni co espacial» de Queensland había sido causado por «un ave asus tadiza de gran talla y de plumaje azul con marcas rojas en la cabeza». Podía ser una variedad de grulla Brolga australiana o una garza azul, pero el lector en cuestión no conocía su nombre científico. Dijo que muchas veces, mientras paseaba descalzo por esta región pantanosa, había visto bailar a estas aves, pero se alejaron volando a gran velocidad al oír que él se aproximaba. «Parecían una vaporosa nube azul y, desde luego, su vuelo produ cía un agudo chirrido.» Desgraciadamente para esta bonita e ima ginativa teoría, no obtuvo el refrendo del Museo Australiano. H. J. Disney, ornitólogo adscrito a este Museo, opinaba que las Brolgas no podían hacer depresiones circulares de contornos si
métricos. Se mostró también escéptico ante la «teoría de la focha de cabeza calva» expuesta por un residente de Gooloogong llama do Ken Adams. «Nunca oí decir que la focha tuviese tal costum bre», comentó Disney.
Donald Hanlon, uno de los especialistas mejor informados en este terreno, me señaló que los habitantes de la región habían formulado otra teoría para explicar los nidos: éstos eran los «cam pos de juego de cocodrilos en celo». Comparto plenamente el es cepticismo de Hanlon acerca de esta última «explicación», porque no sería en absoluto válida para los nidos idénticos encontrados en Ohio, que comentaremos a continuación, ni al trigal aplastado de Montsoreau. Un habitante de Queensland, Alex Bordujenko, es pecialista en cocodrilos, afirmó que las cañas crecían demasiado espesas en Horseshoe Lagoon para que los cocodrilos pudiesen moverse entre ellas.
Y esto nos lleva a la siguiente y paradójica situación: algunas
personas afirman que unas grullas danzantes han inclinado unas cañas que crecen tan espesas que los cocodrilos no pueden avan zar entre ellas. ¿Qué fue lo que causó estos aplastamientos circu lares? Nadie lo sabe.
Mientras aquel miércoles por la noche volvía de camino a su casa, George Pedley decidió no hablar a nadie de la «astronave» que había visto en el pantano. No distinguió ventanillas ni ante nas en el objeto gris azulado, ni señales de vida dentro o fuera del mismo. Por si fuese poco, se había reído siempre de las histo rias de platillos volantes. Pero cuando se encontró con Albert Pen- nisi, el propietario de Horseshoe Lagoon, no pudo por menos de contarle lo que había visto. Se quedó de una pieza cuando Pennisi le creyó sin titubeos, y le dijo que había estado soñando durante una semana que un platillo volante se posaría en sus propieda des. Este último detalle coloca a los nidos de Queensland dentro de la mejor tradición de la fe en las hadas.
Epoca: seis meses antes de los sucesos de Queensland. Lugar: Delroy, Ohio, en los Estados Unidos. El 28 de junio de 1965, un granjero llamado John Stavano oyó una serie de explosiones. Dos días después, descubrió una curiosa formación en sus tierras. Cuando fueron analizadas, las muestras de suelo y trigo no mos traron señales de causa explosiva5. Las plantas de trigo parecían haber sido aspiradas, como las cañas desarraigadas de Queens land, o la hierba, igualmente desarraigada, a raíz de un aterrizaje francés ocurrido en 1954 en Poncey6.
El incidente de Ohio fue minuciosamente investigado por A. Candusso y Larry Moyers, del Flying Saucer Investigating Com m ittee7, que fueron acompañados por Gary Davis. Examinaron la extraña formación circular en las tierras de Stavano, situadas en
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un punto elevado. En el centro del círculo había una depresión, asimismo circular, de unos 70 cm de diámetro. Hundieron en ella una barra, pero se encontró únicamente tierra suelta hasta una profundidad de 23 centímetros. Gran parte del trigo había sido extraído con sus raíces, y sobre el lugar aparecían terrones de varios centímetros de largo. El trigo estaba tendido como los ra dios de una rueda; no había efecto indicador de rotación como en los nidos de Tully.
Si de Australia y Ohio pasamos a Inglaterra, nos encontramos con otro incidente:
El 16 de julio de 1963 se recordará por mucho tiempo en los anales de la Ufología británica. Algo pareció haber aterrizado en el campo del agricultor Roy Blanchard, situado en la granja Manor, en la localidad de Charlton en el Wiltshire. Quien des cubrió las huellas en el suelo fue un bracero llamado Reg Ale xander. Se hallaba en la confluencia de un campo de patatas y una plantación de cebada. Las huellas consistían en una depre sión en forma de platillo o cráter de 2.50 m de diámetro y unos 10 cm de profundidad. En el centro de esta depresión se encontró un agujero de casi un metro que en unos informes tiene unos 12 cm ae diámetro y en otros 30 centímetros. Partiendo radialmente del orificio central había cuatro surcos de 120 m de largo por 30 cm de ancho. El objeto debió de aterrizar —si efectivamente aterrizó— sin ser visto por nadie, pero Mr. Leo nard Joliffe, lechero de la granja, afirmó haber oído una maña na, aproximadamente a las seis, «una detonación».8
El 23 de julio, el Daily Express de Londres informó que casi dos semanas antes, el 10 de julio, el inspector de policía An thony Penny vio un objeto de color anaranjado que cruzó el cielo como una exhalación para desvanecerse cerca del campo de la granja Manor. A la vista de esta limitada información, parecería prudente suponer que el cráter de Charlton fue causado por un meteorito. Cuando efectivamente se recuperó un pequeño frag mento metálico en el fondo del orificio central del cráter, el as trónomo inglés Patrick Moore declaró ante los micrófonos de la BBC que el cráter había sido causado por un «meteorito del ta maño de un camarón», que al chocar contra el suelo a elevada velocidad produjo los mismos efectos de un potente explosivo. Esto puso punto final al misterio por lo que al público ilustrado se refería. Pero la verdad del asunto, que llegó a ser conocida únicamente por los pocos científicos que siguieron ahondando en el caso, y por los ingenieros militares encargados de la investiga ción, era totalmente distinta.
comunicó el suceso al Ejército. Casi todas las investigaciones en el terreno estuvieron dirigidas por el capitán John Rodgers, jefe de la unidad de artificieros del Ejército encargados de desarmar bombas. En su informe preliminar indicaba que no se encon traron huellas de quemadura o de colisión, ni señales de explo sión. Y mientras el capitán Rodgers declaraba que tanto él como sus superiores estaban desconcertados, Roy Blanchard hizo nue vas revelaciones:
No ha quedado traza de las patatas y la cebada que crecían en el lugar donde ahora está el -cráter. No hay m tallos, ni raíces, m hojas. ¿Tan enorme fue ese objeto, que pulverizó piedras y rocas? Sin embargo, hay que suponer que descendió con suavidad. No oímos ningún choque, y sea cual sea la ener gía que emplee, ésta no produce calor m ruido.’
Posteriormente, el 19 de julio, se comunicó a la Prensa que el capitán Rodgers había obtenido permiso para hundir una pér tiga en el hoyo. Los datos que así se obtuvieron eran de lo más insólito. Indicaban la presencia a gran profundidad de un objeto metálico bastante voluminoso. Y se declaró, además, que «los de tectores se volvían locos», sin duda porque el fragmento metálico en cuestión era altamente magnético.
Así las cosas, vale la pena señalar que la investigación con tinuaba efectuándose abiertamente, y esto principalmente sin duda porque era el Ejército y no el Ministerio del Aire quien se ocupaba de ello. Y el oficial encargado de relaciones públicas del Mando Sur del Ejército dijo a Girvan, en Salisbury, que el ob jeto en cuestión fue extraído del orificio. Remitido a un experto
del Museo Británico, éste inmediatamente lo identificó como un trozo de pirita común, «que hubiera podido encontrarse enterrado en todo el sur de Inglaterra». El experto en cuestión agregó que llevaba ya bastante tiempo enterrado en el suelo, lo que eliminaba la idea de una broma. Y el doctor F. Claringbull, Conservador de la Sección de Mineralogía del mismo Museo, destruyó la explica ción meteorítica y, según el Yorkshire Post del 27 de julio, de claró: «Hay más en este caso de lo que parece a primera vista.» No obstante, quien tenía la última palabra era el Mando del Sur, pero se limitó a hacer este prudente comentario: «La causa del fenómeno es aún inexplicable, pero no es tarea del Ejército de sentrañar tales misterios.»,
Si intentamos resumir lo que hemos podido averiguar gracias a estos incidentes —los nidos de Tully, el círculo de Ohio y el cráter de Charlton—, podemos afirmar lo siguiente: (1) el rumor público relaciona las observaciones de platillos volantes con el descubrimiento de depresiones circulares en el suelo; (2) cuando
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en el lugar existe vegetación, ésta muestra los efectos de una fuerza aplastante que produce una configuración estacionaria («ra dios de una rueda»), o una configuración giratoria (en el sentido de las agujas del reloj o en el sentido opuesto); (3) parte de la vegetación suele haber sido eliminada, a veces con raíces, hojas, etcétera, inclusive; (4) a menudo se observan los efectos de una fuerza poderosísima ejercida en sentido vertical, como demues tran la tierra y las plantas esparcidas por los alrededores del lugar; (5) en un solo caso se comprobó la presencia de una fuerte actividad magnética, pues en este caso un fragmento de pirita se hallaba enterrado cerca del centro de la depresión; y (6) con fre cuencia existe en el centro un profundo agujero, de algunos cen tímetros de diámetro*.
¿Es necesario que recuerde al lector aquella célebre costum bre de las hadas, consistente en dejar a su paso extraños anillos en campos y praderas?
Un domingo del mes de agosto, mientras paseaba por las mon tañas de Howth, Wentz encontró algunas personas de la localidad, con las que habló de estas antiguas leyendas. Después de tomar el té con su interlocutor y la hija de éste, ambos le llevaron a un campo contiguo para mostrarle un «anillo de las hadas», y, mien tras él permanecía de pie dentro del círculo, ellos le dijeron:
Sí, las hadas existen, y aquí se las ha visto bailar con fre cuencia. La hierba nunca crece a gran altura en los bordes del anillo, pues sólo la más fina y corta crece en este lugar. En el centro, hay un círculo de setas de las hadas, en las que éstas toman asiento (i). Son muy menuditas, y les deleita bailar y cantar. Llevan librea verde, y a veces chaquetas y gorros rojos. El 12 de noviembre de 1968, la Prensa argentina informó que cerca de Necochea, 500 kilómetros al sur de Buenos Aires, un aviador civil había observado un extraño dibujo en el suelo, y él y varios militares lo investigaron. Se dirigieron a pie al lugar en cuestión, donde los moradores de la región afirmaban que había aterrizado un platillo volante, y descubrieron un círculo de seis metros de diámetro, con la tierra calcinada en su interior. Dentro de este círculo crecían ocho gigantescas setas blancas, una de las cuales casi medía un metro de diámetro. En la provincia de Santa Fe se descubrieron otras setas extraordinarias en circunstancias similares.
Otro folklorista, recolector de leyendas escandinavas, observa
* E s t a s c a r a c t e r í s t i c a s s o n c a s i c o n s t a n t e s e n n u m e r o s o s c a s o s m u n d i a l e s , a d e m á s d e l o s d e s c r i t o s : M a r l i e n s , e n F r a n c i a ; V a l e n s o l e , i d. ; M o r ó n d e l a F r o n t e r a y M a t a d e p e r a , e n E s p a ñ a ( c a s o s n ú m s . 93- 9 8 y 8 2 d e l C a t á l o g o d e B a l l e s t e r - V a l l e e , p u b l i c a d o e n a p é n d i c e al f i n a l ) . N. del T.
que en ellas los elfos se representan como seres de cabeza enor me, piernas diminutas y brazos desmesurados:
Se les atribuye la creación de los círculos verde brillante, llamados elf-dans, que a veces se ven en los prados. Incluso hoy en día, cuando un campesino danés descubre uno de estos círcu los al amanecer, dice que allí han ido los elfos a bailar durante la noche.10
Resulta curioso observar que, en los albores del Racionalis mo, se intentó explicar los corros de hadas, o de brujas, como fenómenos eléctricos, producidos a consecuencia de efectos at mosféricos. P. Marranzino", por ejemplo, cita un pareado de Erasmus Darwin, abuelo del naturalista inglés, que aquél escri bió en 1789:
De oscuros nubarrones salta veloz el rayo, hendiendo el fuer