El caso de Eagle River aún está calificado como insoluble. El Ministerio del Aire cree que Joe Simonton, que, como hemos di cho, vivía solo, se puso súbitamente a soñar despierto e insertó su sueño en su medio ambiente natural, del que se hallaba per fectamente consciente. Tengo entendido que varios psicólogos de Dayton (Ohio), sede a la sazón del Proyecto Bluebook, se dan por muy satisfechos con esta explicación, que también aceptan los más serios de entre los ufólogos aficionados. Por desgracia, la ufología, * como la psicología, se ha convertido en una disciplina tan especializada, que sus respectivos expertos no tienen tiempo para formarse una cultura general. Se hallan tan atareados racio nalizando los sueños ajenos, que han llegado a perder la facultad de soñar y el gusto por los cuentos de hadas. Si los leyesen, tal vez mirarían con una mayor atención a Joe Simonton y sus tor tas. Así se enterarían de la existencia del Pueblo y los alimentos del País de las Hadas.
Un norteamericano llamado Wentz, autor de una tesis sobre las tradiciones célticas en Bretaña, dedicó, en 1909, mucho tiem po a recopilar consejos populares sobre seres sobrenaturales, sus costumbres, sus contactos con los hombres, y sus alimentos.1 En
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su obra recoge la historia de Pat Feeny, un irlandés del que sólo sabemos que «llevaba una vida muy desahogada antes de la época mala», frase que sin duda se refiere al hambre de 1846-1847. Un día se presentó en su casa una mujercita, que le pidió un poco de harina de avena.
Paddy tenía tan poca, que sintió vergüenza de ofrecérsela, por lo que prefirió darle algunas patatas, pero como ella quería harina de avena terminó por darle toda la que poseía. Ella le dijo que la pusiese otra vez en el cazo, que ya volvería a por ella. El así lo hizo, y a la mañana siguiente el cazo se hallaba colmado de harina. La mujer pertenecía al Pueblo.
Es una lástima que Paddy no guardase esta valiosa muestra para ofrecerla al Departamento de Sanidad, Educación y Bienes tar Público (Laboratorio de Alimentación y Medicina) de los Es tados Unidos. Tal vez este organismo hubiera podido explicar el milagro de la multiplicación de la harina de avena, junto con otras peculiares propiedades de los alimentos de las hadas, pues en Irlanda es bien sabido que al que se lo llevan las hadas debe abstenerse de probar los alimentos que éstas le ofrezcan en su pa lacio. Si tal hiciere, jamás regresará y se convertirá en un miem bro más del Pueblo.
Resulta interesante el hecho de que el análisis realizado para el Ministerio del Aire no señale la presencia de sal en las tortas que fueron ofrecidas a Simonton. Un irlandés muy conocedor de las costumbres del Pueblo dijo a Wentz que «ellos nunca prue ban nada que tenga sal, sino que únicamente comen carne fresca y beben agua pura». Agua pura es lo que los «extraterrestres» pidieron a Simonton.
La cuestión del alimento es uno de los puntos más frecuente mente tratados en el legendario céltico tradicional, al lado de los relatos muy bien documentados de niños raptados por los elfos y de los animales terrestres que ellos cazan y se llevan. Pero an tes de que estudiemos este abundante material, conviene que de mos algunos datos más sobre la misteriosa gentecilla que los ir landeses llaman el Pueblo, y los escoceses, el Buen Pueblo o la Buena Gente (Sleagh Maith):
El Pueblo es una raza apuesta y numerosa que vive en el mar y las montañas, y sus miembros son muy buenos vecinos. Los malos no pertenecen al Pueblo; son los ángeles caídos y viven en los bosques y el mar.
dice uno de los informantes de Wentz. Patrick Water describe así a un «hado»;
Un grupo de muchachos que se hallaban en la campiña vio un dia a un hado tocado con un gorro rojo. Salvo por su esta tura, era como un hombre corriente. Pero no pasaba de un metro. Los muchachos lo rodearon, pero él se puso a farfullar de tal manera que lo dejaron. Entonces él desapareció, alejándo se en dirección al viejo fuerte.
Después de 1850, pocos lugares había, en Francia o Inglaterra, donde aún se pudiesen ver hadas. Todos los autores de cuentos y los almanaques populares se muestran de acuerdo en que esta gentecilla se hacía cada vez más tímida a medida que la civiliza ción avanzaba. Sin embargo, Wentz indica algunos lugares que se han preservado. Entre ellos están el valle del Yosemite en Ca lifornia y la comarca de Ben Bulben y Rosas Point en el condado irlandés de Sligo. Se sabe que los videntes de Dublin han efec tuado muchos viajes a Ben Bulben, que es una famosa montaña perforada por curiosas grutas. Al mismo pie de esta montaña, «mientras los espesos bancos de niebla blanca cubren Ben Bulben y las cumbres vecinas», según contaron a Wentz, ocurrió el inci dente que relatamos seguidamente:
Cuando yo era joven solía ir a pescar truchas o a cazar a esas montanas. Y en un día frío y seco de enero, en que pasea ba al pie de Ben Bulben con mi escopeta y un amigo, vimos ambos a uno del Pueblo por primera vez... Este vestía de azul y se tocaba con un sombrero adornado por lo que parecían ser cintas. Cuando se acercó a nosotros, me dijo con voz dulce y argentina:
Cuanto menos vengáis a esta montaña, mejor, amigo, aquí hay una damisela que quiere robaros.
A continuación nos dijo que no disparásemos nuestras armas, porque al Pueblo le molesta el ruido. Nos pareció que era una especie de soldado del Pueblo que estaba de guardia. Cuando nos alejamos de la montaña, lo nicimos sin mirar atrás, como él nos "había ordenado.
Wentz pidió entonces una descripción del Pueblo, y su infor mante le dijo lo siguiente:
Esta gentecilla es magnífica, la mejor que yo conozco. Son muy superiores a nosotros, y por esto se llaman a sí mismos el Pueblo. No son una clase trabajadora, sino una clase militar y aristocrática, altos y de noble apariencia. Constituyen una espe cie distinta intermedia entre la nuestra y la de los espíritus, según me han confiado. Sus poderes son tremendos... «Podría mos eliminar a la mitad de la especie humana, pero no queremos
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hacerlo —dicen—. porque esperamos la salvación.» Y yo conocí a un hombre, hace tres o cuatro años, al que ellos dejaron paralizado. Tienen una vista tan penetrante, que creo que es capaz de atravesar la tierra. Su voz es argentina, y hablan rá pidamente pero con dulzura.
El Pueblo vive en el interior de las montañas en hermosos castillos, y posee numerosas ramificaciones en otros países, especialmente en Irlanda. Algunos de ellos viven cerca de Dublin, en los montes Wicklow. A semejanza de los ejércitos, tienen sus cuarteles y van del uno al otro. Mi guía e informante me confió en una ocasión que él mandaba un regimiento.
Viajan mucho y pueden aparecer en París, Marsella, Ñapóles, Génova, Turin o Dublin como personas corrientes, y hasta en grupos. Sienten especial predilección por España, el sur de Fran
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la Europa meridional.El Pueblo demuestra un gran interés por los asuntos de los hombres, y siempre se ponen de parte de la justicia y el dere cho. A veces pelean entre ellos. Raptan a personas jóvenes e inteligentes que les interesan. Se apoderan de ellos en cuerpo y alma, y metamorfosean aquél en uno de los suyos.
Una vez, les pregunté si se hallaban sujetos a la muerte y me contestaron negativamente, diciendo que se mantenían siempre jóvenes. Cuando alguna de las personas raptadas por ellos prueba su comida, ya no puede regresar. Nunca comen nada sa lado, únicamente carne fresca y agua pura para beber. Se casan y tienen hijos. Y cualquiera de ellos puede contraer matrimonio con una mujer mortal buena y pura.
Pueden aparecerse bajo distintas formas. Una vez, se me apareció uno que apenas tenía un metro de altura y era de com plexión robusta, pero me dijo: «Soy mayor de lo que tú ahora me ves. Podemos rejuvenecer a los viejos, empequeñecer a los grandes y engrandecer a los pequeños.»
Ahora que ya hemos refrescado la memoria del lector acerca del Pueblo, quizás éste nos perdonará por llevar un poco más lejos aún el paralelo iniciado entre el folklore de las hadas y la ufología. El incidente de Eagle River volverá a darnos motivo para nuevas reflexiones.
Las tortas entregadas a Joe Simonton estaban compuestas, en tre otras cosas, de cascarilla de trigo negro. Y éste se halla ínti mamente asociado con las leyendas bretonas. Precisamente la ar- moricana es una de las regiones célticas más conservadoras. En esta región de Francia aún es bastante común la creencia en hadas
(feas), si bien al principio de siglo Wentz y Paul Sébillot2 tuvie ron gran dificultad en encontrar bretones que asegurasen haber visto fées. Una de las peculiaridades que ofrece el folklore bre tón es presentar asociadas a las fées o korrigans con una raza de seres llamados fions. En nuestro capítulo sobre la comunidad
secreta prestaremos más atención a los fíons; aquí únicamente quiero llamar la atención del lector hacia una leyenda particu larmente bella acerca de los fíons y las tortas mágicas de trigo negro.
Parece ser que érase una vez una vaca negra perteneciente a unos pequeños fíons que habitaban en una gruta, que asoló el campo de trigo negro de una pobre mujer. Al comprobar el daño, la mujer prorrumpió en amargas lamentaciones. Entonces los fíons hicieron un pacto con ella: ellos se ocuparían de que nunca le faltasen tortas de trigo negro, a condición de que guardase si lencio. Efectivamente, la mujer y su familia descubrieron con asombro que su provisión de tortas era inagotable. Mas, por des gracia, un día la mujer dio parte de una torta a un hombre, reve lándole el secreto de su origen mágico, y la familia tuvo que vol ver a hacerse tortas de trigo negro según los métodos ordinarios. ¿Es necesario que recuerde al lector que la Biblia también ofrece unos cuantos ejemplos de alimentos mágicos, igualmente inagotables? Asimismo, encontramos estrechos paralelos en histo rias narradas por personas reales. Como botón de muestra va el siguiente relato, recogido por Hartland:
Un hombre que vivía en Ystradfynlais, en el Brecknockshire, salió un día en busca de sus vacas y ovejas, que pacían en la montaña, y no regresó. Transcurridas tres semanas, cuando ya se había abandonado la búsqueda y su mujer lo daba por muer to, volvió a su casa. Su mujer le pregunto dónde había estado durante las últimas tres semanas. «¿Tres semanas? ¿A tres horas llamas tres semanas?», repuso él. Cuando ella le instó a que le explicase dónde había estado, le dijo que había estado tocando la flauta (que siempre se llevaba consigo a la montaña) en un lugar llamado Llorfa, cercano al estanque de Van, cuando de pronto se vio rodeado por unos hombrecillos que se fueron acercando a él, hasta encerrarlo en un pequeño círculo. Entonces se pusieron a cantar y bailar, y esto le emocionó tanto que estuvo a punto de desvanecerse. Después le ofrecieron unos pas telillos, de los que él comió, y aseguró que nunca había gozado tanto en su vida.3
Wentz recoge también algunos relatos acerca de la comida de las hadas. Recopiló estas narraciones durante sus viajes por las regiones célticas, a principios del siglo actual. John Mac Neil, de Barra, un viejo que no hablaba inglés, contó a Michael Buchanan, quien tradujo del gaélico para Wentz, un precioso cuento sobre una joven que fue arrebatada por las hadas.
Las hadas, dijo, se llevaron a esta joven a su morada y le ordenaron que cociese tortas de avena. Pero fuese cual fuese la
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cantidad de comida que ella sacaba de la alacena, en el estante quedaba siempre la misma cantidad. Y ella no podía dejar de co cer, hasta que el viejo marido del hada se apiado de ella y le dijo:
Estoy seguro de que estás harta de vivir aquí y anhelas de jamos. Te airé cómo debes hacer para que tu deseo se cumpla. Recoge todas las migajas de las tortas que caigan al suelo des pués de cocerlas, guárdalas en la alacena y eso obligará a mi mujer a despedirte.
Naturalmente, la joven hizo lo que el viejo le había indicado y consiguió escapar. John Mac Neil, que tenía entre setenta y ochen
ta años, no fijó la fecha de este relato, pero como aseguró que la propia joven le contó su aventura, hay que suponer que ésta tuvo lugar en la segunda mitad del siglo xlx.
Las personas de mentalidad científica miran con indignación tales historias. Cuando se preguntó a un grupo de estudiosos del fenómeno OVNI qué opinaban acerca del incidente de Eagle Ri ver, sus componentes declararon que no se proponían analizar las tortas, ni hacer nuevas averiguaciones, pues tenían cosas mucho más importantes que investigar. Dos semanas después de la ob servación, Joe Simonton dijo a un periodista de la United Press International que «si aquello volviese a ocurrir, no se lo contaría a nadie». A decir verdad, si los platillos volantes fuesen aparatos procedentes de una civilización cósmica supercientífica, cabría es perar que estuviesen abarrotados de instrumentos electrónicos, superradares y enormes computadores espía. ¡Pero visitantes de forma humana, que respiran nuestro aire y transportan consigo cocinillas volantes, esto ya es demasiado, Mr. Simonton!
Existe la idea de que los visitantes procedentes de las estre llas no tienen que ser humanos, ni siquiera humanoides. ¿Cómo osarían presentarse aquí sin haber recibido una cortés invitación enviada por nuestros potentes radiotelescopios? Durante siglos, nos dedicaríamos únicamente a trocar una información de carác ter altamente científico a través de primorosos circuitos y me diante códigos complicadísimos. Y aun en el caso de que viniesen a la Tierra, lo más seguro es que aterrizasen en Washington, D.C., donde serían recibidos por el presidente de los Estados Unidos y los «ufólogos científicos». Se intercambiarían regalos. Nosotros les ofreceríamos libros sobre exobiología, y ellos nos darían foto grafías de nuestro sistema solar tomadas desde sus observatorios espaciales. ¿Pero tortas de pan moreno perforadas y con sabor a cartón? ¡Vamos, Mr. Simonton, no sea usted tan paleto!
Y, con todo, no hay duda de que Joe Simonton está completa mente convencido de que vio al platillo volante, la parrilla que
no despedía llamas y a los tres hombres. Él les dio agua pura y ellos le ofrecieron tres tortas. Si reflexionamos sobre este senci llísimo suceso, del mismo modo como los folkloristas lo han he cho con las historias que antes hemos citado, no podemos sos layar una posibilidad: la de que el encuentro de Eagle River ocu rrió así efectivamente, y que tuviese el significado de una cere monia sencilla, pero solemne.
Esta última teoría fue muy bien expresada por Hartland, cuan do, refiriéndose al intercambio de alimento con las hadas, dijo lo siguiente:
En casi toda la Tierra se considera que el rito de la hospita lidad comporta ciertas obligaciones a quien los recibe, uniéndo lo con lazos especiales al que lo otorga. E incluso en los lugares donde no se conoce la noción de hospitalidad el hecho de par ticipar en una comida común se ha considerado a menudo como símbolo de una unión altamente sagrada, si es que no consti tuía ya esta unión.
En los banquetes de bodas y otros ágapes tradicionales, pre sididos por la gastronomía, este significado aún perdura con bas tante claridad, incluso teniendo en cuenta que el valor simbólico de estos acontencimientos se haya perdido para la mayoría de nuestros contemporáneos. Hartland incluso llega a apuntar que la costumbre de enterrar a los muertos con ofrendas de comida acaso pudiera tener alguna relación con la creencia, muy difun dida, de que hay que disponer de provisiones de boca terrestres para cuando se llegue al país de las hadas, o renunciar para siem pre a la vida mortal. Y la verdad es que tanto en las antiguas como en las modernas tradiciones, la morada de donde proceden nuestro visitantes sobrenaturales se confunde a veces con el reino de los muertos. Este es, sin embargo, un punto discutible, porque lo mismo puede decirse de los «visitantes» procedentes del cielo. Los teólogos, que discuten sobre la naturaleza de los ángeles, lo saben muy bien. Pero al menos la idea de alimento nos propor ciona otra conexión. Vale la pena leer un pasaje de la Biblia a la luz de las observaciones que hace Hartland sobre el rito de la hospitalidad:
Haré traer un poco de agua para lavar vuestros pies y des cansaréis debajo ael árbol, y traeré un bocado de pan y os con fortaréis; después seguiréis, pues no en vano habéis llegado hasta vuestro siervo. Ellos contestaron: «Haz como has dicho.»
Y tomando leche cuajada y leche recién ordeñada y el terne
ro ya dispuesto, se lo puso todo delante, y él se quedó junto a ellos, debajo del árbol, mientras comían.4
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Y según el Génesis 19:3, Lot se llevó a su casa a los dos án
geles que encontró a las puertas de Sodoma, «donde les preparó de comer, y coció panes ácidos y comieron». Así es que, a fin de cuentas, el relato de Joe Simonton pudiera ser una ilustración moderna de la recomendación bíblica: «No olvidéis acoger a los extranjeros, pues a veces algunos han recibido a ángeles sin sa berlo.»