Capítulo I: MARCO TEÓRICO
3. LAS GENERACIONES LITERARIAS EN CHILE
3.1. Antecedentes literarios: 1842 a 1900
Como ya se ha mencionado en apartados anteriores, fue el Conquistador el que trajo las letras al Nuevo Continente y, más adelante, su regente fue la Colonia. En este contexto Ferrero señala que la vida literaria chilena nace con una "epopeya cantada por el invasor." Agrega además que, aunque "La Araucana de Alonso de Ercilla" no es una obra completamente nacional, el autor, sin lugar a dudas "reflejó en ella la fuerza épica de este pueblo indómito y amante de la libertad," mucho tiempo antes de su emancipación sembrando en las mentes y los sentimientos de los lectores una fuerza sobrenatural brillantemente extraída por Ercilla de sus actores nativos; pequeñas pistas que permanecerían en los perfiles humanos de los hombres del futuro, elevando a la máxima expresión del enemigo, las acciones y la resistencia a ultranza de los araucanos. Convirtiendo aquella lejana y brumosa región andina en un referente heroico de conquista y resistencia. (1960: 4).88
Una vez emancipada la nación, la influencia francesa comienza a ganarle terreno al arraigado espíritu colonial español dentro de la sociedad de la época. Así, todos los acontecimientos suscitados en el país galo llegan al país y son recibidos con una gran fuerza y un entusiasmo inusitado. Las renovadas corrientes filosóficas, los descubrimientos científicos, las primicias tecnológicas, entre otras, son parte de constantes discusiones en las tertulias y reuniones. Lo mismo sucede, aunque en menor grado, con lo que proviene desde Inglaterra y Alemania. Un trasplante cultural que transforma profundamente la intelectualidad del país, creando una suerte de pequeño caos que solo se logra restablecer a partir de las iniciativas
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literarias llevadas a cabo por Lastarria y sus seguidores, cuyos antecedentes se remontan a varias décadas anteriores cuando el español don José Joaquín de Mora, primero, -fundador, director y maestro del Liceo de Santiago (1828)- y, Andrés Bello después, (1830), quienes en una apretada agenda, se dieron a la tarea de iniciar un importante trabajo formativo en el país bajo los influjos Iluministas.
A este respecto, el historiador Diego Barros Arana, en un ensayo titulado Movimiento
político de 1842, compilado por la revista Atenea89, reseña lo siguiente: "La absoluta tranquilidad que siguió a la elección presidencial de 1841, vino a favorecer este movimiento de los espíritus." (1942: 271). Más adelante, Barros Arana continúa señalando que la llegada de "numerosos emigrados que las discordias civiles de los otros estados hispanoamericanos arrojaban a nuestro país," conformado por figuras diversas del entorno intelectual y político de sus respectivas naciones, unos más instruidos que otros, quienes, en el afán de integrarse, se sumaron a la pequeña esfera intelectual nacional que comenzaba a gestarse por aquel entonces en el país, trajo consigo ciertas dosis de renovación.
Uno de esos personajes a los que hace alusión don Diego, fue el historiador Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), nacido en la provincia de San Juan en Argentina, que según sus palabras: "con una preparación literaria irregular e incompleta se hizo escritor en Chile y alcanzó más tarde una alta y justa nombradía." Continúa el mismo autor señalando a un joven abogado ligado a Sarmiento, nacido en la ciudad de Buenos Aires. Se trataba de Vicente Fidel López (1815-1903), hijo de un importante poeta de la revolución argentina, mucho más instruido, más hábil y de fácil conversación. Ambos, con la colaboración de otros compatriotas, en febrero de 1842, publicaron en la ciudad de Valparaíso seis números del periódico La Revista
de Valparaíso, cuyo principal temario estaba dirigido a la literatura. (Barros: Ibíd. 272).
Posteriormente el colombiano Juan García del Río (1794-1856) pone en marcha el 1º de abril de ese mismo año y en la misma ciudad, una revista semanal El Museo de ambas Américas, una publicación de temas misceláneos que solo duró un año, que no tuvo mayor trascendencia y que desapareció sin ejercer "influencia en el movimiento literario que nacía en Chile." (Ibíd. Barros: 273). Finalmente concluye Barros Arana, puntualizando lo siguiente:
89 Véase: Revista Atenea. Año XIX. Tomo LXVIII. Nro. 203, mayo de 1942. Revista mensual de ciencias, letras y
artes, de la Universidad de Concepción, Chile. Número especial por el Centenario de la fundación de la Sociedad Literaria de 1842. Concepción. Imprenta Nascimento.
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La aparición de los primeros síntomas de un movimiento literario casi al mismo tiempo que aparecían esos periódicos exóticos, es una simple coincidencia de dos hechos que tenían una causa común, el estado favorable de la opinión para excitar los ánimos hacia un orden de ideas más elevado. (Ibíd. 274).
Si bien son muy ciertos todos los aspectos acotados por Barros Arana, sin duda la iniciativa de aquellos extranjeros, quienes contaban con una vasta experiencia cultural, académica y literaria, debió tener una fuerte repercusión en los intelectuales chilenos de la época, pues sirvió para dar fuerza y nutrir el ímpetu que los llevaría a la organización de una Sociedad Literaria que, aunque su duración fue corta, pues no llegó a los dos años, constituyó una acción importante, una organización seria y un elemento significativo, que el país necesitaba para su posterior desarrollo intelectual y artístico. Pues por aquellos años la ciudad de Santiago, capital del país, no había desplazado del todo su aspecto colonial y la nación en todo orden de cosas, no llegaba a mostrar un verdadero progreso. La capital no contaba con un periódico y el único que existía era el diario El Mercurio (1827), en Valparaíso. Por lo tanto, fue precisamente a partir del año 1842, cuando comenzaron a fundarse periódicos y revistas. Hasta ese año el tema intelectual estaba reducido a una estricta élite. A este respecto Francisco Santana, en otro de los ensayos recogido por la revista Atenea a raíz de la conmemoración del primer Centenario de la nación, señala: "El verdadero progreso comienza desde 1842. […]. El desarrollo político se engrandece, la enseñanza se amplía. Los poetas, estadistas e historiadores, inician sus tareas en 1842." (1942: 291). Muchos son los especialistas que sostienen que a partir de esta fecha la intelectualidad chilena se abocó a continuar la solicitud hecha por Lastarria en su Discurso inaugural que, entre otros aspectos, removió los espíritus de los que lo escucharon y, posteriormente, de los que lo leyeron. Dejando un hondo sentido nacionalista que muy pronto dio su fruto en muchos personajes de la época.
A este respecto Bernardo Subercaseaux afirma, en su estudio sobre José Victorino Lastarria –discípulo y seguidor de Mora-, que éste desempeñó un papel fundamental en la vida intelectual del Chile decimonónico, pues el "Discurso de la Sesión Inaugural" que se llevó a cabo el 3 de mayo de 1842, entre otras cosas, institucionalizó la literatura chilena90, convirtiéndose aquel momento en el inicio del desarrollo literario del país, nutrido por notables
90 Véase: Revista Cultura Nro., 62, La importancia del Discurso de Lastarria. Un tema que ha sido ampliamente
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figuras del devenir intelectual de ese entonces, permitiendo reconocer en ellos el futuro promisorio del arte en general, y de la literatura, en particular.
No obstante el mismo autor en otro de sus trabajos señala que "desde la Independencia hasta la década del 80," del silgo XIX, el panorama cultural "estuvo fuertemente signado por una constelación ilustrada, de élite," una cultura selectiva reservada a los aristócratas, los políticos, los poderosos y el clero como estricto ente censor, cuya real liberación vino a notarse a partir de 1883, fecha en la que la Guerra del Pacífico llegó a su fin y Chile experimentó una significativa evolución en el campo de la cultura, incluyendo todas las ramas de la estética. (Subercaseaux, 2007: 257-58). En este singular proceso de cambios dentro del campo intelectual, denota la profesionalización del escritor y la urgencia de una manifestación narrativa y poética de un grupo significativo de creadores.
Por lo tanto, la sociedad chilena de la segunda mitad del siglo XIX -como se ha explicado en otros apartados- sorpresivamente se encontró inmersa en un entorno de profunda transformación. Todo el país se reorganizaba y modernizaba y, con ello, la literatura. El nacimiento de nuevos periódicos y el acceso a una información mucho más fresca, llenó tertulias, ateneos, cenáculos y salones de té. "La objetividad y racionalidad de la Ilustración fue desplazada," e inmediatamente le siguió el influjo de "la idealización y búsqueda de lo extraño y sobrenatural del Romanticismo." No obstante, las etapas de los movimientos europeos se acortan, se tropiezan y entremezclan en un entorno presionado por la intelectualidad local, que aboga por una literatura netamente nacional, mientras las revistas literarias y los suplementos encartados en los periódicos, impactan con sus contenidos de autores realistas y naturalista como Flaubert, Balzac, Tolstoi, Zola, entre otros. En ese contexto el surgimiento de "una sociedad burguesa triunfante y de una fe científica positivista" es lo que "abre los ojos" del narrador, que dirige su mirada "hacia una sociedad que desea reflejar y mostrar en su funcionamiento, con sus debilidades y posibilidades." Aunque teóricamente el escritor, inspirado en esta tendencia, es "un positivista y un científico" de su narración, un ente "que crea como un acto de empirismo." (1998: 144). Sin embargo, sin proponérselo, muchos de esos eventos narrativos y poéticos elaborados por los escritores seguían apegados a las viejas influencias alejando cualquier atisbo de verdadera renovación y originalidad, no obstante, "al llegar la década del cuarenta, el horizonte intelectual y literario se abre." Así, se da inicio a esa pequeña pero significativa manifestación creativa, ese "entusiasmo literario en obras específicas que intentan dar los impulsos iniciales sobre la base de las dos preocupaciones
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concretas sugeridas y requeridas: costumbre e historia nacional." (Ibíd. 189).91 Esto no quiere
decir, que precisamente fue en esta etapa que la literatura chilena establece un perfil definitivo, sino simplemente que los relieves que comienza a adquirir la línea creadora nacional, por esa época se ve más encaminada hacia estilos mucho más concretos.
No en vano Menéndez y Pelayo concluye sorprendido que, cuando se encomienda a la tarea de revisar la poesía hispanoamericana, sorprendentemente descubre que en el siglo XIX los chilenos contaban con una poesía singularmente escuálida y, reseña además lo siguiente: "los chilenos lo confiesan sin ambages y, por lo mismo que luego han adelantado tanto y (…), no tienen reparo en añadir que esta pobreza se extendía a todas las manifestaciones del espíritu." A medida que avanza en su estudio Menéndez señala que los chilenos se prepararon al abrigo de Bello en historiadores y juristas, pero no en poetas. Pues estaba claro que él -refiriéndose a Bello- había sido llevado a Chile desde Inglaterra para educar y sembrar las bases para que en un futuro no muy lejano el panorama educativo mejorara, como así ocurrió "en menos de diez años." (1911: 286).
En este contexto Alegría refuerza lo que ya se ha sostenido, que "a mediados del siglo XIX" en Chile predominaba "una tradición clásica con fuertes residuos románticos." Del mismo modo las "tendencias filosóficas de inspiración positivista en la obra poética de Guillermo Matta" (1829-1899), del "sentimentalismo cristiano o estoico," predominante en la obra poética de José Antonio Soffia (1843-1886) y de Guillermo Blest Gana (1829-1904), era el resultado "de la imitación de modelos españoles y del afán de traducir las expresiones poéticas más ilustres del romanticismo europeo en general." (1967: 17). Por todo esto, Alegría insiste en que los acontecimientos que eclosionaron a mediados del siglo XIX, -aunque desde algunas otras perspectivas no se perciba así- fueron acontecimientos trascendentales en el panorama chileno pues marcarían las pautas literarias y poéticas futuras.
A tenor de lo anteriormente expuesto, una de las características que mejor representa toda esta evolución narrativa y poética que se desarrolla durante todo el siglo XIX, y que posteriormente cruzará al siguiente siglo, tiene que ver con el lenguaje, la temática y la incorporación de una literatura regional. Esas nuevas producciones serán el producto de la imaginación, con una estética renovada como parte de un concepto de la modernidad. Sin
91 Véase: Trabajo de investigación del Instituto Iberoamericano, Universidad de Gotemburgo, Suecia.
Desarrollada por Foresti, C. Löfquist, E. Foresti, A. acerca de La narrativa chilena desde la Independencia hasta
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embargo, la creación literaria, a partir de ese momento y bajo el influjo del realismo, el naturalismo y posteriormente el Modernismo, como corriente literaria predominante, se embarcó en un lento y complicado proceso.
A este respecto Gonzalo Catalán en su ensayo Antecedentes sobre la transformación
del campo literario en Chile entre 1890 y 1920, sostiene que otro relevante hecho de este
período fue la "automatización de la literatura y su correlato, el fenómeno de la delegación con que el sistema cultural dominante recompone sus vínculos hegemónicos con el campo literario." De igual forma el mismo autor señala, que uno de los signos más reveladores de la nueva configuración literaria que emerge en Chile a principios del siglo pasado es la aparición de un nuevo estilo de crítica, representada en la figura de Emilio Vaïsse (1860-1935). "En efecto, es un hecho por todos reconocido que la crítica literaria, como función sistemática inherente al campo de las letras, se construye en el país" a principios del siglo XX, en torno a este personaje que firmaba sus artículos críticos, que publicaba en la prensa diaria, con el seudónimo de Omer Emeth (1985: 149)92.
En este punto, además de la renovación en todos los ámbitos de la estética y la intelectualidad en general y de la poética y la literatura en particular, el nacimiento de una escuela crítica nacional y de altura, verdaderamente imparcial y constructiva, iniciada por Vaïsse -cuyo seudónimo Omer Emeth, significaba "el que dice la verdad" en hebreo-, fue el elemento que faltaba para iniciar el nuevo siglo con un aporte novedoso y de suma importancia para el crecimiento y la nutrición del campo intelectual. Aspecto fundamental que sirvió para establecer las bases de un futuro promisorio en el arte y la literatura del país.