SEGUNDA PARTE
ANTES-DESPUÉS
Al escribir, como al hablar, no seguimos una línea recta que pasa por todos los puntos. La trazamos a través de los mojones más representativos de lo que queremos decir. Cuesta desarmar las frases que creamos para ex- presarnos, porque nos exige modificar ese recorrido. “La invisibilidad del
autor también es una postura.”
John Updike
“Cuando ya nada se interpusiera entre nosotros, cuando su voz fuera mi voz y no distinguiera entre lo cierto y lo incierto, lo ficticio de lo real, tal vez alcanzara esa realidad literaria que, más que ver, nos permite entrever como un relámpago la verdad de un ser humano sin disipar por completo su misterio.”
Esos puntos que tenemos a mano para pivotear el dis- curso son los aspectos con los que conformamos el clisé. Si al terminar un texto nos sentimos igual que antes de co- menzarlo, hemos usado modelos que ya teníamos arma- dos. Para pasar del nivel, de la mera emoción que nos pro- voca encontrarnos con esos puntos a la movilización –y contagiar ese estado al lector–, la línea necesita rastrear en las zonas que median entre esos puntos. Sólo las palabras que hay en esas inmediaciones renuevan las ideas.
Siempre hay una verdad real detrás de lo que este- mos escribiendo; también una brecha entre lo que deci- mos y lo que callamos. Los primeros puntos de acceso son válidos como puertas de entrada a esas brechas: antes de escribir teníamos sólo esa percepción. Decirnos eso que callábamos amplía nuestro registro y, de hecho, nos transforma, nos hace otros distintos de quienes éramos antes de sentarnos a escribir.
Cuando esto ocurre en el autor, algo similar ocurre en el lector: también él es otro después de leernos.
REALIMENTACIÓN
De una u otra manera las ideas se expresan, los tex- tos salen de nuestras manos y lo que nos queda no son los escritos sino la tarea: el acto de escribir. De tiempo en tiempo podemos releer algunas páginas propias y sentir- nos satisfechos, o alegrarnos por ver nuestros trabajos pu- blicados y leídos por un número de lectores que jamás hubiéramos sospechado. Pero los textos, por más que en ellos dejemos nuestras vísceras, siempre son un despren- dimiento, un resultado; los sobrevive el estado en que nos dejan.
Mientras no expresamos una idea, ésta no se des- arrolla. Una vez que lo hacemos, la nueva configuración mental puede cerrar una situación que estaba inconclusa y darnos la posibilidad de experimentar ideas nuevas.
Cuando la persona que escribe se da cuenta de que le gusta más el cómo escribe (el proceso de hacerlo) que lo que (qué) escribe, una buena dosis de motivación ya está a su lado; a partir de ahí, lo que necesita es conser- var el encuadre y persistir.
“Por algo lo escribiste.”
Solchi Lifac
“Todo conflicto presupone límites y la lucha contra los límites es la fuente genuina de los procesos creativos.”
Hay temas más y menos estimulantes. Por qué y para qué los elegimos es responsabilidad individual. Pero los temas, como las páginas y los días, pasan. Lo que perma- nece es la mesa de trabajo, la actitud con que encaramos la actividad, el espacio-tiempo (externo e interno) que le dedicamos, formas de expresarnos que reaparecen y transformamos. Con el tiempo, la habilidad se convierte en oficio, la tarea en goce.
¿Cómo se mantiene viva la pasión? ¿Cuáles son las motivaciones reales que nos hacen permanecer fieles a este tipo de expresión? Tampoco para esto hay una pre- ceptiva uniforme. Lo único: la conciencia del proceso desarrollada por cada uno.
Cada uno tiene su propio sistema operativo para es- cribir. La manera más eficaz de reactivarlo es reconocer ese sistema, legitimarlo, respetarlo. Ese canal, esa concien-
cia de escritura, no se obstruye si le seguimos confiando
tareas. Por el contrario, éstas la mantienen abierta. Es común, al terminar un trabajo, querer empezar otro inmediatamente y no poder hacerlo, con la conse- cuente frustración. Tendemos a olvidar que, entre este texto final y el nuevo que no sale, media una diferencia: el tiempo que dedicamos al proceso de crearlo, desde su gestación hasta su última redacción.
El peso del texto anterior siempre es una carga para el siguiente: “tengo que” hacerlo tan bueno o mejor, “tengo que”
hacerlo pronto, “tengo que” no repetirme –estructural, temática ni conceptualmente–. Estos y otros “tengo que” no manifies-
tos ponen interferencias en las ondas cerebrales.
Postergar el momento de volver a escribir también tiende a provocar una confusión: nos hace creer que en todo momento disponible “tendríamos que” estar escri- biendo en vez de dar vueltas. Esto hace olvidar que el tiempo vacío también sirve para desarmar y rearmar cli- sés. Si admitimos que en esos momentos nuestra mente sintoniza, selecciona, procesa, decanta, aguarda nuevas ideas y perspectivas, podemos vivirlos de otra manera, sin reprocharnos la inactividad. Aunque no llenemos pá- ginas, estamos escribiendo.
“Tienes que aprender a esperar como es debido.
– ¿Y eso cómo se aprende? – Desprendiéndote de ti mismo, dejándote atrás tan decididamente a ti mismo y a todo lo tuyo, que de ti no quede otra cosa que el estado de tensión, sin intención alguna. –¿Es decir que intencionalmente he de perder la intención? – Ningún alumno me ha hecho esa pregunta. No sé qué contestarte. –¿Cuándo empezamos
con los nuevos ejercicios? –¡Espera a que llegue el
momento!”
Diálogo entre Kenzo Awa y Eugen Herrigel.
En ningún lado está escrito qué ni cómo tenemos que escribir. Cuanto más aceptamos la dinámica del pro- ceso individual, cuanto más escuchamos lo que surge del contacto con esa zona de nosotros mismos que nos indi- ca lo conveniente, más cerca estamos del reinicio.
La realimentación no surge de lo que escribimos, sino de la parte de nosotros que ponemos en juego al escribir.