Si se vuelve la mirada sobre la vida social de El Socorro, el anticlericalismo profesado por liberales y la emergencia de un nuevo grupo de trabajadores que se organizaba en El Socorro de la primera mitad del siglo XX, permiten reconstruir el fondo de la contradicción que se gestaba en Santander. En principio, el antagonismo político bajo el que se ha explicado el anticlericalismo, se expresaba claramente contra personas concretas, curas y párrocos ―politiqueros‖ (El Fiscal, 1917, 12 de diciembre) y en contra de la ―falsa educación‖ conservadora (El Fiscal, 1917, 26 de abril). Las polémicas entre la prensa liberal y la conservadora nunca faltaron en la prensa diaria. En 1917 el director de El Fiscal acusa a la Hojita popular por incumplir las leyes de la prensa al no poner el nombre del director sino ―el cura de la catedral‖ (1917, marzo 29). Por su parte, la Hojita Popular de El Socorro, La Hojita Parroquial o El Firmamento de Bucaramanga, acusaron constantemente a la prensa liberal de ateos y prohibieron su lectura. Con tono irónico El Fiscal publicó la siguiente nota en 1917 desafiando los dictámenes religiosos sobre la prohibición de la prensa liberal: ―Suplicamos a nuestros colegas, los periódicos, malos prohibidos con excomunión mayor, prohibidos bajo pecado grave y de lectura peligrosa nos correspondan al canje para hacer propaganda de ellos, antes de que a esta tierra de los comuneros se le entre el fanatismo predicado en la conferencia episcopal.‖ (1917, 15 de marzo).
Estas confrontaciones se limitaban a avivar odios entre las adhesiones políticas que nacían como antagonismos entre personas concretas o periódicos concretos. Sin embargo, el cuestionamiento del orden tradicional legitimado por la religión que se nutrió durante estos años trasciende el plano de la simple rivalidad política. En algunos fragmentos de la
prensa, es notable cómo las críticas exceden la referencia concreta para dirigirse en contra del estatismo de la tradición religiosa y la jerarquía eclesiástica, que, según un artículo de El Fiscal, mantiene la sumisión de sus fieles y ―corta[n]el vuelo al pensamiento‖30 (1917, 4 de abril).
Aunque la diatriba vuelve finalmente sobre los curas, la resistencia a creer en el catolicismo es una afirmación que desafía la autoridad de la religión. En este tono, en un artículo del periódico liberal (El Fiscal) firmado por A. Conde Henao se lee:
Todas las religiones que se dicen verdaderas, y fuera de las cuales no hay salvación, han salido a detener o entorpecer el paso; y sus pontífices y sus superiores jerárquicos, ayudados por sus más ardorosos e inconscientes creyentes que con su oscuro y estrecho criterio quisieran que en cada hogar hubiera un inquisidor, en cada pueblo un verdugo, y en cada nación un soberano absoluto, sometidos a las decisiones de los superiores eclesiásticos para exterminar, torturar y atormentar eternamente a los enemigos de dios y de su santa religión
[…] (1917,15 de Febrero)
Al desafiar la autoridad de la religión, se cuestionó la rigidez de las jerarquías eclesiásticas, la sumisión del creyente a la palabra divina, y sobre todo su carácter desactualizado, que, como se afirma en el mismo artículo, es opuesto ―a la ciencia de la libertad y el progreso humanos‖. Con todo, las fuertes críticas a la religión no implico que tal anticlericalismo promoviera un ateísmo, de hecho la tendencia más general era que los liberales eran tan creyentes como los conservadores. Incluso, los liberales negaban los ataques enunciados por la prensa conservadora cuando ella los tildaba de ―enemigos de Dios‖ o de ―ateos‖31.
30 En 1917 se publica un poema, firmado por F. Álvarez Henao, que luego de criticar a los curas a los que llama ―negros fantasmas pervertidos, cubiertos con la mugre y el harapo‖, afirma el lugar de la religión pero
le niega su valor como creencia:
―hermosa fue la religión de Cristo,
y superó a la religión pagana; pero a creer en ella me resisto. De vitanda venganza estoy sediento, porque estos curas con sus almas vanas
quieren cortar el vuelo al pensamiento‖
Álvarez Henao (El Fiscal, 1917, 4 de Abril)
31 Varios artículos de El Fiscal (de la década del 10 hasta los años 30) y de El Liberal (de los años 30),
Sin embargo, la religión tal y como era profesada había perdido credibilidad, y una de las razones de ello fue el descrédito de la imagen pasiva de los fieles católicos. En El Fiscal se afirmó que la religión ofrecía un compendio de deberes pero nunca de derechos, pues mantenía al pueblo en la ignorancia de los ―derechos del hombre por ser este conocimiento un pecado tan nefando como abominable, y que solo se perdona teniendo al pueblo entre rodillas para merecer y recibir la santa bendición‖ (1917, 15 de feb). En otra ocasión se publican en el mismo diario liberal los siguientes versos:
Tomar la cruz para seguir a Cristo
No es llevar el crucifijo sobre el pecho […]
Y no es tampoco, como lo hemos visto, Al prójimo negarle su derecho,
Vivir en los santuarios en acecho,
Y en todo tiempo hacia el engaño listo (ElFiscal, 1917, Marzo 22)
Estas citas anticlericales indican que la creencia cristiana no era un problema, lo que aparecía como conflictivo era la forma práctica de la vida defendida por la religión católica, lo que quiere decir que el anticlericalismo no era una negación de Dios sino la negación del modo de vida austero y pasivo del catolicismo, que para los anticlericales debía ser reemplazado por la acción individual que se sostiene en la afirmación de los derechos del hombre. De esta manera, la negación del mundo y su estado de quietud, sustentado en la teodicea de redención cristiana, dejó de corresponder con las necesidades de la vida concreta de las personas. Por lo menos esto es cierto para cierto grupo social de El Socorro, para quienes el sufrimiento de la vida mundana, del hambre, el frío y la pobreza ya no tenía el consuelo de ser el camino a la vida eterna, sino que eran un ―obstáculo para la civilización y el progreso‖ (El Fiscal, 1917, 12 de abril). Con el objeto de preguntarse por el futuro de Colombia, en un artículo publicado en El Fiscal se sintetiza esta versión del anticlericalismo afirmando lo siguiente:
La moral se marchita cuando no muere en el corazón del que tiene el estómago vacío […] la virtud es un mito para aquel que languidece por la inacción y siente el mordisco del frío en sus carnes desnudas; el presidio es morada regia para el que en escueta choza vive de un
publicación n°. 116 de El fiscal (marzo de 1917), pues sus páginas se dedicaron al debate sobre el tema de la religión y la política, concluyendo en la defensa del catolicismo liberal ausente de fanatismos.
jornal de hambre; la honra y la fama nada valen para el paria, para el proscripto que lucha a brazo abierto contra la inclemencia de los suelos y contra la tiranía de los hombres; la civilización y progreso nada significan para el que lleva el alma oscura y el cuerpo envuelto en harapos, la vida misma nada vale para el desheredado, y por eso, por las pendientes del suicidio, va descendiendo lenta, segura, pausadamente la enorme legión de vencidos. […]
Así esta Colombia! despoblada, porque con pordioseros y comunidades religiosas no se levanta un pueblo; humillada, desmembrada y ultrajada por el extranjero, porque el valor de sus hijos murió en las sacristías, en los conventos y en las escuelas, lugares donde el colombiano pierde la vergüenza y encallece las rodillas practicando la triste y lamentable actitud de los esclavos. […] somos un pueblo ignorante y supersticioso que creyéndonos larvas caídas del cielo, nos asimos al tronco del fanatismo religioso, donde inmóviles y estáticos pasamos la vida soñando en que somos crisálidas que mañana romperán su saco para metamorfosearse en ángeles; para creerlo, nos importa poco el desconocimiento absoluto que tengamos sobre esas mariposas empíreas. Somos un pueblo demasiado católico, y eso nos basta para tener todas las miserias y todos los vicios; (1917, 12 de abril)
La importancia de la acción emergió cuando la vida concreta en el mundo terrenal adquiría un sentido en la vida de las personas. La aparición en la primera mitad del siglo de grupos sociales en El Socorro como la corriente feminista y las organizaciones obreras que buscaban transformar sus propias condiciones de vida revelan el peso que adquirió la acción en la vida práctica. Entre otras cosas,esto posibilitó que la imagen del futuro, antes limitada a la utopía de salvación en la vida eterna, adoptara una forma material en el mundo guiada por la utopía del progreso material de su sociedad, idea que en principio parecía ser la fuente del bienestar y la felicidad.
Visto desde este ángulo, el anticlericalismo más allá de ser una estrategia política para atacar al partido conservador, era un síntoma de la pérdida de vigencia del orden social legitimado por la religión, cuya palabra sagrada quedó ensamblada a un mero formalismo, perdiendo todo contacto con la vida concreta. La incongruencia entre el orden religioso y la vida práctica experimentada en El Socorro, lejos de ser una particularidad de esta ciudad, es una característica que se va elaborando a lo largo del siglo XX en las sociedades modernas. Por ello, no es forzado relacionar la crisis de El Socorro con el diagnóstico sobre la
situación europea que describe Karl Mannheim en 1944 (Diagnóstico de nuestro tiempo). El aire de familia que se intuye, tiene su lugar en un periodo en el que se reconoce un mundo cuyas regiones están en constante contacto cultural y económico, reforzando la interdependencia de las sociedades que en estas regiones se constituían.
Volviendo sobre el libro de Mannheim, este sociólogo húngaro afirma que en los espacios en los que la religión se escindió del mundo concreto, ésta perdió su sentido como fuente integradora de la sociedad, pues tal separación convirtió la religión en algo meramente litúrgico que no concernía a la vida práctica de las personas (1946, 139). Además, siendo la religión en su sentido sociológico una ética económica, ésta provee un sistema de reglamentación de la vida que configura el marco de referencia y la motivación de las acciones de los sujetos; por tanto, orienta la vida práctica de los individuos (Weber, 1998).
Tal diagnóstico propone sobre la mesa una sociedad en transformación, en donde madura la tensión entre el Volk y el orden tradicional y lo moderno con sus nuevas formas emergente que empiezan a operar en la vida social. A la luz de este marco analítica, se podría concluir que en cuanto a la esfera de lo religioso, el desvanecimiento de la correspondencia entre ley y vida material provocó la pérdida de vigencia del modo de vida católico en El Socorro, convirtiendo la autoridad religiosa en un modelo arcaico que se sumó a las viejas casonas, ruinas de la organización de la vieja hacienda.
Tal transformación se produjo lentamente, por esto, a pesar de haber sido expresada esta tensión en la vida misma de los habitantes de El Socorro, las prohibiciones y censuras provocadas por la moral católica no dejaron de operar en el escenario social de El Socorro. Inclusive, los ejemplos citados por España Arenas y Palencia Silva evidencian que la censura logró desarrollar mecanismos legales modernos dado el avance de ciertas transformaciones en el nivel de las relaciones sociales. Si en 1923 Juan Cristóbal Martínez recibió personalmente una llamada del párroco, quien le anunció que había sido excomulgado debido a la publicación de su libro El último pecado, para 1953 Guillermo Reyes es citado a juicio por la publicación de La ciudad tiene dos caminos, pues atentaba contra lo que ahora se denominaba ―la moral pública‖, por lo que también fue excomulgado en San Gil.
Estos hechos confirman nuevamente las contradicciones que envolvieron la vida social de El Socorro de estas décadas, lo cual hace posible que la prohibición moral del catolicismo permaneciera vigente, mientras que el modo de vida de la ética católica se presentara en contradicción con las necesidades de la vida práctica. El mismo epígrafe con que se inició este apartado es bastante ilustrativo de tal conflicto: la explicación teleológica de la vida permanece en la imaginación de ese niño que le pregunta a su tía por el infierno, y, sin embargo, no comprende por qué alguien merece tal destino cuando le afirma ―No comprendía bien aquello. Lo que más me mortificaba era pensar que aquellas pobres gentes desnudas, entre las llamas retorcidas y rojas de la estampa, padecieran insufribles dolores‖ (17).
Este personaje del cuento ―Infancia‖ es apenas un niño cuando se obsesiona con la idea de Dios y los castigos infligidos después de la muerte. La idea de la salvación con el perdón de los pecados, no lo tranquiliza, todo lo contrario le produce miedo y una sensación de duda que lo lleva a afirmar la inexistencia de Dios y la inutilidad de los rezos. ―–¿No duermes?, [le preguntan al personaje], –No rezamos esta noche –Le respondí. –¿quieres que recemos? –volvió a preguntar. Nos arrodillamos juntos en el lecho y rezamos. Pero Dios ya no estaba allí.‖ (1990b, 24).
Igualmente con la figura de Eugenio Morantes, un pianista que ocupa una habitación en esa vieja casona de Bogotá convertida en inquilinato que aún conserva en las salas y salones, en los ganchos de hierro donde colgaban lámparas lujosas y ―en las habitaciones superiores las ruinas del antiguo esplendor […] [que se resisten] como pueden a las necesidades y gustos de los nuevos habitantes‖ (1990b, 77), se percibe la vivencia de esta tensión, que además de componer el espacio de su vivienda configura los conflictos que tienen efectos en la manera de sentirse en sí mismo.
Cruzó las piernas –lo que hacía muy raramente– porque hay que decir que Eugenio Morantes había sido educado en un ambiente conservador y religioso, en donde estaba prohibido terminantemente cruzar las piernas, fumar cigarrillo y otras cosas que suelen proporcionar insignificantes, pequeñísimos, inadvertidos placeres. Muchas veces había pensado el señor Morantes al ver cómo alguien cruzaba una pierna sobre la otra con
desenvoltura y casi con elegancia: ―ese hombre está seguro de sí mismo. Tiene confianza en la vida‖ (90)
El conflicto que se identifica en Morantes entre la norma conservadora y religiosa y los placeres materiales llega afectar la tranquilidad y la seguridad del individuo como lo sugiere el pasaje citado. Así como Morantes, Silvina32, una mujer adulta que sólo conocía la sensualidad del paisaje del campo, luego de comprender el placer sexual al encontrar una pareja entre los matorrales, reconoció en el placer la vida que además la condujo a descubrir las marcas del tiempo en su cuerpo.
Para estos personajes la autoridad religiosa se presentaba como aterradora, incomprensible, inútil o engañosa, puesto que como individuos experimentan el declive de una forma tradicional de ver pero también de vivir en el mundo terrenal. Con ello experimentar el placer cotidiano como el de cruzar la pierna, fumarse un cigarrillo, la satisfacción sexual, o la acción sobre el mundo con el fin de transformarlo renuevan el conflicto entre tradición y transformación. De esta forma, al igual que los personajes de Vargas, cierto grupo social de El Socorro, que escribió en contra de la jerarquía eclesiástica, dejó de ver en el mundo terrenal un mundo teñido por la impureza; todo lo contrario, la mundanidad para ellos se sacralizó en la medida en que llenó de sentido la existencia de estos individuos que buscaron actuar sobre el mundo con una utopía terrenal trazada por el desarrollo de su sociedad.
Ya conociendo las contradicciones de El Socorro durante este periodo, es de esperar que esta línea de transformación no haya sido un proceso homogéneo. Lo cierto es que en la reconstrucción analítica de la experiencia social en El Socorro es posible ver que en el seno de esta ciudad emergieron una serie de tensiones y transformaciones asociadas a la forma en la que las personas comprendían el mundo que las rodea. Como la forma de comprender es inseparable de la forma de vivir, la acción despojada de la lógica religiosa, situó sus consecuencias en el ámbito de la vida concreta, la cual era regulada por la ley y no por la justicia divina.
III. Crítica y planificación