LA ALIANZA PARA EL PROGRESO APORTES PARA UNA TEORÍA CRÍTICA DE LA COOPERACIÓN
2. Construyendo la hegemonía
2.2. Anticomunismo, elemento constitutivo del panamericanismo
Más allá de la orientación anticomunista, cualquier parecido entre el Plan Marshall y el Punto Cuarto (Sweezy, 1949; Historicus, 1953; Paterson, 1972- 73) fue pura coincidencia. Durante la Conferencia Interamericana para el
Mantenimiento de la Paz y la Seguridad del Continente (Petrópolis, 1947), el General Marshall se encargó personalmente de dejar claro que la prioridad de EEUU era la reconstrucción de Europa para contener el comunismo (ese mismo año se había creado la CIA), mientras que AL podría beneficiarse indirectamente de la recuperación de Europa a través de la reactivación del comercio exterior (Urquidi, 1962; Sepúlveda, 1967). En ese contexto, la receta de EEUU para AL fue literalmente Consenso de Washington: estabilización monetaria (poner la casa en orden), liberalización del comercio exterior, y clima favorable para la inversión privada (Historicus, 1953; Green, 1971; Dunne, 2013). La respuesta latinoamericana vino de la mano del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES), que se había creado en la Conferencia Interamericana sobre Problemas de la Guerra y de la Paz celebrada a iniciativa de México en 1945 y, por tanto, arrastraba la reivindicación regional de la industrialización.
Para la IX Conferencia Internacional Americana (Bogotá, 1948), en la que se aprobó la Carta de Bogotá fundante de la OEA, el CIES –que se constituyó en uno de los tres órganos asesores de la OEA– formuló el Proyecto de Convenio básico de Cooperación Económica Interamericana. Este documento ligaba “industrialización” y “desarrollo económico”, con un capítulo específico sobre “cooperación para la industrialización” que recordaba el espíritu del Plan Marshall19; pero el Convenio se firmó
con tantas reservas que resultó totalmente inefectivo (Sáez, 1966). De la IX Conferencia Internacional Americana salió la aprobación de la Resolución XXXII que condenaba el comunismo como incompatible con la “libertad americana” (Suárez y García Lorenzo, 2008: 90-91), y, así, los latinoamericanos aceptaron su OTAN sin Plan Marshall. Se obtuvieron las migajas del “programa de desarrollo” del Punto Cuarto como sustituto del “viejo imperialismo” un año después.
A diferencia del Plan Marshall, basado en la noción de la ayuda como donación (financiación a fondo perdido) para la recuperación, el Punto Cuarto se centró en la ayuda como crédito (financiación reembolsable) destinado a apoyar la inversión privada norteamericana. Así es como empezó “la ortopedia deformante de los empréstitos” y el “drenaje de riquezas que las inversiones extranjeras provocan” que los EEUU llamaron
19 El texto del articulado está reproducido en la sección de documentos de la revista El Trimestre Económico, 14(56-4), 1948, 667-677.
“ayuda” (Galeano, 2004: 20-21). Para activarla utilizaron a los bancos: al US Exim Bank (cuyos estatutos habían sido reformados por ley en 1945), al Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo (como primera agencia del Banco Mundial, operativa desde 1946) y, ya con el presidente Eisenhower, a la Commodity Credit Corporation (para implementar la Ley Pública 480: Agricultural Trade Development and Assistance Act 1954), a la Corporación Financiera Internacional (como segunda agencia del Banco Mundial de 1956), y al Fondo de Préstamos al Desarrollo (1957) (IDAB, 1951 Cleveland, 1959; Dibacco 1967; Francis, 1972; Hastedt, 2004; Dunne, 2013). El propio Eisenhower había fijado claramente la posición de EEUU en su Mensaje especial al Congreso sobre política económica exterior de 1954. Un “programa mínimo” integrado por cuatro puntos: “Ayuda, que deseamos recortar; Inversión, que deseamos alentar; Convertibilidad, que deseamos facilitar; y Comercio, que deseamos expandir” (Eisenhower, 1954; Melady, 1956).
En la X Conferencia Internacional Americana (Caracas, 1954), EEUU se centró en condenar al nuevo gobierno democrático y reformista de Guatemala, presidido por Jacobo Arbenz20, que fue depuesto poco
después por un golpe bajo el patrocinio de la CIA so pretexto de simpatías comunistas, sepultando así la doctrina de Buena Vecindad. Esto contribuyó a la radicalización de un personaje con el que luego se verían las caras los diplomáticos norteamericanos (Ernesto “Che” Guevara) e inscribió el anticomunismo en la definición de panamericanismo hasta hoy (Hastedt, 2004; Suárez y García Lorenzo, 2008; Dunne, 2013; Dent y Wilson, 2014). Las demandas latinoamericanas de financiación pública para el desarrollo en condiciones favorables, recogidas en la vieja reivindicación del Banco Interamericano y reiteradas en un documento de la CEPAL de mano de su Secretario Ejecutivo, Raúl Prebisch (1954) para la Conferencia Económica Interamericana (Petrópolis, 1954) en la cual se solicitaba la creación de un Fondo Especial (Fondo Interamericano de Desarrollo Industrial, Agrícola y Minero), que financiara programas públicos (planes de desarrollo), quedaron aparcadas frente al Consenso de Washington y sus recetas (anti)desarrollistas de lucha contra la inflación, a favor del libre comercio y la mejora del clima para la inversión privada (Urquidi, 1962; Taffet, 2007).
20 Véase el texto de la denominada Declaración de Solidaridad de Caracas como enésima reinterpretación de la Doctrina Monroe, en http://avalon.law.yale.edu/20th_century/intam10.asp.
Este desinterés hacia AL, que recibió entre 1953 y 1958 sólo el 7% de la ayuda de EEUU, menos que algunos países como India, Corea del Sur o España (Horowitz, 1964; Taffet, 2007), dio un giro radical en 1958 a raíz de las protestas populares suscitadas durante la gira regional del vicepresidente Nixon por ocho repúblicas latinoamericanas, a fin de reforzar su futura postulación como candidato a la Casa Blanca. Nixon fue recibido con creciente hostilidad: en Caracas una multitud lo apedreó y estuvo a punto de ser evacuado por los marines en la Operación Pobre Richard21. Las protestas fueron acompañadas por quejas de los mandatarios
latinoamericanos por la falta de apoyo de EEUU a los programas de desarrollo en la región (Taffet, 2007; Flynn, 2014). En ese contexto, el presidente de Brasil, Juscelino Kubitschek, propuso con gran habilidad en carta abierta a Eisenhower un programa de asociación económica para la próxima década (la Operación Panamericana) a ser consultado con los homólogos regionales, que luego concretó en una memoria circulada a los presidentes de las otras repúblicas latinoamericanas, una vez que el presidente norteamericano acogió favorablemente la iniciativa (Murillo, 1958; Fernández-Shaw, 1960; Fernández-Shaw, 1962; Urquidi, 1962; Rostow, 1984; Taffet, 2007; Dunne, 2013).
La Operación Panamericana se basaría en tres pilares: ayuda pública de EEUU al desarrollo para incrementar la tasa de crecimiento del ingreso per cápita procurando que llegara a ser auto-sostenido, medidas para ordenar equitativamente el mercado de productos básicos, e integración regional siguiendo el modelo de la Comunidad Económica Europea (1957). El mismo año se convocó una reunión de Ministros de Exteriores de la OEA en la que se decidió crear una Comisión especial para estudiar la formulación de nuevas medidas de cooperación económica, denominada Comité de los 21. Este Comité se reunió dos veces en Washington (noviembre- diciembre 1958 y abril-mayo 1959) y, tras la Revolución Cubana (enero 1959) recomendó la puesta en marcha del viejo proyecto del BID para la integración regional, incluyendo un Fondo de Operaciones Especiales a modo de ventanilla blanda, que se anticipó a la Asociación de Desarrollo
21 La historiografía tiende a presentar este episodio como producto del tradicional antiamericanismo, cuando hay razones que lo explican perfectamente: las restricciones estadounidenses a las importaciones de petróleo venezolano (que hundieron los precios tras la bonanza de la demanda ocasionada por la crisis de Suez) para proteger a los productores de Texas; y el asilo político en Miami concedido por el Departamento de Estado al dictador Marcos Pérez Jiménez (Murillo, 1958: 85-86).
Internacional como tercera agencia del Banco Mundial (Fernández-Shaw, 1960; Fernández-Shaw, 1962; Garrido, 1961; Stoetzer, 1961; Urquidi, 1962; Sáez, 1966; Herrera, 1986; Taffet, 2007; Dunne, 2013; Dent y White, 2014).
El BID y su Fondo de Operaciones Especiales deberían proporcionar la mayor parte del capital público que se juzgaba necesario para aumentar el coeficiente de ahorro a fin de lograr el crecimiento auto-sostenido: Brasil calculó la cifra de 10.000$ millones en 20 años para toda la región, pero EEUU siguió siendo muy renuente a esas propuestas hasta que Fidel Castro se hizo con el poder en Cuba. Castro viajó a EEUU en abril de 1959 para solicitar financiación pública, pero las autoridades de Washington la condicionaron a un programa de estabilización (austeridad) del FMI, que Castro rechazó. En mayo, Castro habló ante el Comité de los 21 reunido en Buenos Aires, para dar su apoyo crítico a la Operación Panamericana si desde AL se solicitaba a EEUU un monto de 30.000$ millones de créditos públicos para un programa de desarrollo a 10 años, que debería abordar las reformas agraria y tributaria (como requisitos de oferta) y la ampliación del mercado “convirtiendo en un mercado común toda la América Latina” (como requisito de demanda) para la industrialización (Castro, 1959; véase también Fernández-Shaw, 1962; Urquidi, 1962; Horowitz, 1964; Mariñas, 1968; Dunne, 2013). El discurso de Castro no pudo ser más concreto y pragmático:
¿Por qué América Latina no puede aspirar a que Estados Unidos le brinde el respaldo y las facilidades que se les han brindado a otros lugares del mundo, si nosotros no planteamos que se nos donen capitales, si nosotros planteamos que se nos financien capitales, si nosotros planteamos la obtención de los capitales necesarios para nuestro desarrollo económico, con el propósito de devolverlos con sus intereses?… El comercio entre nuestros pueblos y Estados Unidos aumentará en la misma medida en que nuestros pueblos se desarrollen. Nosotros podremos elevar extraordinariamente nuestros niveles si explotamos nuestros recursos naturales, si creamos un mercado interno en cada nación y un mercado común entre todas nuestras naciones. Tendremos entonces todas las condiciones para un desarrollo que, en su día, puede llegar a ser el que actualmente tiene Estados Unidos (Castro, 1959).
Pero su propuesta no encontró eco en el gobierno norteamericano y Cuba aceleró el giro socialista de su revolución con la aprobación del
decreto de reforma agraria ese mismo mes, lo que hizo que Washington, a su vez, acelerara los trámites para la creación del BID y su Fondo, que empezaron a funcionar a inicios de 1960. Una vez que fracasó el intento autorizado por Eisenhower de asesinar a Castro, el presidente norteamericano realizó una gira de buena voluntad por la región. La Conferencia Especializada de la OEA reunida en Bogotá (1960) discutió la Operación Panamericana, y aprobó, sin el consenso de la delegación cubana, el Acta de Bogotá, que contenía ya un Programa Interamericano de Desarrollo Social, para el que EEUU proponía la creación del Social Progress Trust Fund, prometiendo una autorización de 500$ millones (que los gobiernos latinoamericanos bautizaron con el apodo gracias Fidel), y Eisenhower dejó de insistir entonces en el capital privado como instrumento preferente de la financiación del desarrollo (Garrido, 1961; Urquidi, 1962; Ramella, 1962; Fernández-Shaw, 1962; Horowitz, 1964; Taffet, 2007; Dunne, 2013; Flynn, 2014).
El Acta de Bogotá prefiguró los principales lineamientos de la ALPRO que Kennedy –poniéndole el nombre guerrero– integró en su programa de gobierno de la Nueva Frontera, por el que EEUU ya no solo recuperaría su condición de buen vecino sino que se convertiría en un buen socio (Fernández-Shaw, 1962: 157-160). La cobertura ideológica de ambas propuestas (Nueva Frontera y ALPRO) fue la teoría de la modernización de Walt W. Rostow (Las etapas del crecimiento económico: un manifiesto no comunista, 1960). Rostow había sido responsable del proyecto antecesor del CAD, la Asociación para el Crecimiento Económico, financiado por las Fundaciones Ford y Rockefeller (Millikan y Rostow, 1957) y se convirtió en uno de los asesores del brain trust del nuevo presidente demócrata (a él se debieron las nociones de Nueva Frontera y Década del Desarrollo). Su teoría de las etapas, incubada en el Center of International Studies del MIT (fundado por la CIA en 1952), contribuyó a la aceptación de la ALPRO en AL porque apostaba por la industrialización por medio de la sustitución de importaciones (ISI) para llegar al desarrollo, como sostenía Prebisch (1949), y desde antes los diplomáticos que defendieron la creación de la CEPAL (Santa Cruz, 1995) a partir de los diagnósticos de la Conferencia Interamericana sobre Problemas de la Guerra y de la Paz de 1945 (Urquidi, 1962).
La teoría de la modernización coincidía con el estructuralismo también en la necesidad de altos niveles de inversión para alcanzar la ISI como
mecanismo para la absorción del empleo excedente generado por la modernización de la agricultura durante el proceso de desarrollo (en el cual había que exportar más, no menos) y la elevación de la productividad vía progreso técnico22, así como en la importancia de la ayuda exterior
para cubrir la brecha de ahorro (el propio Rostow reclamaba elevar sustancialmente la cantidad de ayuda a los países en desarrollo) (Urquidi, 1962; Taffet, 2007; Díaz Fariñas, 2013; Flynn, 2014).
Kennedy, que siendo senador había votado contra el programa del Punto Cuarto y había pedido que la ayuda se circunscribiera al Plan Marshall y a Japón, varió de opinión a inicios de los 50 tras una gira por varios países asiáticos. A fines de esa década ya era un destacado cold warrior partidario de la ayuda (y de la llamada autoayuda en forma de reformas agrarias y tributarias) como fórmula de contención del comunismo. Tras la Revolución Cubana, el nuevo presidente no tuvo mayor problema para anunciar en enero de 1961 la ALPRO (Kennedy, 1961a)23, como parte de la “nueva asociación entre las mitades norte y sur del
mundo”, articulada a lo largo de la “década del desarrollo” por medio de la ayuda de una nueva agencia (USAID), que pondría un “énfasis especial en el desarrollo de préstamos repagables en dólares, más conducentes a las relaciones de tipo empresarial y respeto mutuo que a sostener subvenciones” (Kennedy, 1961b). Y, a continuación, una vez cortadas las relaciones diplomáticas con Cuba en diciembre 1960 en represalia por el acuerdo comercial de este país con la URSS (Mariñas, 1968: 132-133), fue aprobada la invasión de la Bahía de Cochinos (abril de 1961), siguiendo la tradición diplomática de la zanahoria y el garrote de Washington, en la enésima actualización de la Doctrina Monroe (Taffet, 2007: 4, 24-27; Dunne, 2016: 436).
22 “La industrialización de América Latina no es incompatible con el desarrollo eficaz de la producción primaria. Por el contrario, una de las condiciones esenciales… es disponer de los mejores equipos de maquinaria e instrumentos, y aprovechar prontamente el progreso de la técnica, en su regular renovación. La mecanización de la agricultura implica la misma exigencia. Necesitamos una importación considerable de bienes de capital, y también necesitamos exportar productos primarios para conseguirla” (Prebisch, 1949: 7; énfasis añadido).
23 “A nuestras repúblicas hermanas… ofrecemos una promesa especial –convertir nuestras buenas palabras en buenas acciones–, en una nueva Alianza para el Progreso, para ayudar a los hombres libres y a los gobiernos libres a eliminar las cadenas de la pobreza. Pero esta revolución pacífica de la esperanza no puede convertirse en la presa de las potencias hostiles. Que todos nuestros vecinos sepan que nos uniremos a ellos para oponernos a la agresión o a la subversión en cualquier parte de las Américas. Y que todos los demás poderes sepan que este Hemisferio tiene la intención de seguir siendo el dueño de su propia casa”.