Las sectas
Al r e d e d o r del año 480 a.c., cuando murió el Buda, parece que existían varias comunidades monásticas budistas en el nordeste de la India. La pérdida de la presencia física del Buda y de su guía se sin tieron como un duro golpe. No nombró a ningún sucesor. En las palabras de las Escrituras, sólo que daba la doctrina del Buda (Dharma) para guiar a su comunidad. Esta doctrina, claro está, no exis tía en forma escrita. D urante cuatro siglos las Es crituras no fueron escritas, y sólo existían en la memoria de los monjes. Al igual que los brahm a nes, los budistas tenían una fuerte aversión a es cribir el conocimiento religioso. En la antigüedad se encuentra tal actitud en una región tan occiden tal como la Galia, donde, según Julio César (la guerra de las Galias, VI, 14), los druidas “no creían adecuado asentar esas afirmaciones [sobre la filo sofía] por escrito. Creo que han adoptado esta prác tica por dos razones —no quieren que la regla [dis ciplina] se convierta en propiedad común, ni quie ren que aquellos que aprenden la regla dependan de la escritura y descuiden asi el cultivo de la me moria; y, de hecho, si ocurre por lo general que la ayuda de la escritura tiende a relajar la diligencia del estudiante y la acción de la memoria”. Inciden- talmente, a esta aversión a los registros escritos se debe el que nuestro conocimiento de la primitiva
historia del budismo sea tan fragmentario y tan insatisfactorio.
Sin embargo, es obvio que en el transcurso de esos siglos, cuando los textos sagrados fueron man tenidos en vida por medio de la recitación o del canto en comunidad, tenía que desarrollarse una gran variedad de tradiciones en diferentes locali dades, particularm ente al extenderse la religión. Es creencia común que inmediatamente después de la muerte del Buda, un consejo de 500 Arhats re pitió las Escrituras como Ananda las recordaba. Pero incluso en esa época otro monje decía que las palabras del Señor como él las recordaba eran muy diferentes, y se le permitió ir en paz.
De las escuelas y sectas que se desarrollaron como resultado de discrepancias en cuanto a la tradición de las Escrituras, a su interpretación filosófica y a las costumbres locales (véanse pp. 104-6), debe mos considerar en prim er lugar aquellas sectas que podemos agrupar con el nombre de Antigua Escue la de Sabiduría.
Sariputra
Con frecuencia se ha observado que no es el pro pio fundador, sino uno de sus seguidoi'es el que da forma a la política de los movimientos religio sos y monásticos en la primera generación de su existencia. La forma específica de la organización de la orden franciscana debe más a Elias de Corto- na que al propio San Francisco, la de la orden je suíta debe más a Laínez que a San Ignacio de Lo- yola. Como San Pablo es a Jesús, como Abu Bekr
a M ahorna, como Jenócrates a Platón, como Stalin a Lenin, así Sariputra es a Buda.
Es fácil ver por qué un seguidor relativamente inferior pudo ejercer una influencia más decisiva que el propio fundador. El fundador, claro está, sería la fuente viva de la inspiración vivificadora que inicia el movimiento, pero buena parte de sus enseñanzas y de su visión estarían más allá del al cance de la gente más ordinaria. Con menos genio, el sucesor produce una especie de edición portátil del evangelio, que va más de acuerdo con las ne cesidades del hom bre medio y con su capacidad de comprensión. La observación de Robin incluye to dos los casos a los que se hace referencia antes cuan do dice a propósito de Jenócrates, el sucesor de Platón, que “encerró el pensamiento vivo de Pla tón en el marco rígido de una doctrina libresca, mecanizada, en respuesta a las necesidades diarias de la enseñanza”. Es cierto que Sariputra murió seis meses antes que Buda, y por lo tanto no pudo encargarse de la organización después de su muer te. La influencia ejercida por Sariputra se debió a la forma que dio a la enseñanza, y que determinó no sólo la preparación de los monjes durante un largo tiempo, sino que también decidió cuáles eran los aspectos de la doctrina de Buda que debían subrayarse, y cuáles debían ser relegados a un se gundo plano.
En realidad, la versión de Sariputra y su com prensión de la doctrina de Buda dominaron la co m unidad budista durante 15 a 20 generaciones. La dominó en el sentido de que una sección de la comunidad adoptó su interpretación, y de que otra
sección formó sus opiniones en oposición conscien te y directa a ella.
Sariputra, “el hijo de Sari”, nació en Magadha de una familia de brahmanes. Adoptó a temprana edad la vida religiosa bajo Sañjaya, un escéptico convencido. A los pocos días de ingresar en la or den budista alcanzó la iluminación plena, y desde entonces hasta su muerte empleó su tiempo en señando e instruyendo a los monjes más jóvenes. El suyo era un intelecto predominantemente analí tico. Le gustaba ordenar el conocimiento de tal manera que pudiera ser fácilmente aprendido y re cordado, estudiado y enseñado, y hay cierta sobrie dad y sequedad en su persona.
Para los Theravadinos y Sarasvativadinos, Sari p u tra apareció como una especie de segundo fun dador de la religión: en la misma forma en que Buda es el rey del Dharma, Sariputra es su maris cal de campo. Sobrepasó a todos los demás discí pulos en “sabiduría” y conocimientos. “Si exceptua mos al Salvador del mundo, nadie posee ni siquiera una decimosexta parte de la Sabiduría de Saripu tra”. Debemos recordar que la palabra “Sabiduría” se toma aquí en un sentido bastante especial, como una especie de contemplación metódica basada en las reglas del Abhidhamma (véanse pp. 143 y ss.).
Sin embargo, había otras comentes en la orden. Muchos monjes pueden haber sentido que el Abhi dhamma no les satisfacía completamente. En su memoria, otros discípulos destacaban como más im portantes que Sariputra —por ejemplo Mahamoga- llana, quien sobresalía en poder psíquico, o Anan da, el asistente personal de Buda durante 20 años— el más querido de los grandes discípulos, pero, para
los abhidammistas ortodoxos, un constante objeto de comentarios adversos y una especie de chivo ex piatorio para todas las desgracias que le tocaron a la iglesia. Entre los opositores de la interpreta ción de Sariputra, los Sautrantikas eran el grupo más influyente.
Unos 400 años después de la m uerte del Buda, la literatura del Mahayana (véase capítulo V) em pezó a desarrollarse. El nombre de Sariputra si guió representando u n programa. En obras como los Sutras Prajñap'3'ramitá', el Loto de la Buena Ley, y el Sutra de Avatamsaka, Sariputra aparece cons tantemente como el representante de una especie inferior de sabiduría, quien todavía tiene mucho que aprender, y como una persona de intelecto lento y no agudo, que era incapaz de entender la verdadera enseñanza del Buda —de tal manera que para él el Buda enseñó una forma inferior de su doctrina, conocida como Hinayana.
Antes de exponer los principales lincamientos de la escuela que se deriva de Sariputra, debo de cir unas cuantas palabras para explicar el término Antigua Escuela de Sabiduría, con el cual me re fiero a ella en todo este libro. Se llama escuela de Sabiduría porque la “Sabiduría” se considera en las Escrituras de la escuela de Sariputra como la más elevada de las cinco virtudes cardinales, que son Fe, Vigor, Cuidado, Concentración y Sabidu ría. Entre éstas, sólo el desarrollo de la Sabiduría puede asegurar la salvación final. La escuela de Sariputra se llam a Antigua, para distinguirla de la Nueva escuela de sabiduría, que se desarrolló como reacción frente a ésta después del año 100 a.c. (véa se capítulo V ).