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Antioquia, un consenso como unidad cultural

4.4 Cultura: identidad, comida, costumbres, música, cultura metro, estereotipos, religión

4.4.8 Antioquia, un consenso como unidad cultural

En la región antioqueña la religión ha sido por excelencia el fenómeno modelador del comportamiento individual y social. Atraviesa cada proceso relacionado con la cultura: la economía, la política, las costumbres, las creencias, etc. A su vez, estas dimensiones evidencian los valores aprendidos en la familia y trasmitidos de generación en generación. Una de las principales características de la identidad antioqueña tiene que ver con la capacidad de participación común. Hombres y mujeres se identifican con su comunidad en un profundo sentido de pertenencia, aceptan cada de uno de los valores que los representa, y procuran defenderlos y cumplirlos a cabalidad. Aquellos que no muestren empeño en esta tarea son mirados con recelo, en particular quienes llegan de otros lugares, que deben asumir los parámetros culturales de la región casi como un imperativo, y no es extraño que terminen asumiendo las costumbres antioqueñas más fácilmente a que los antioqueños asuman las de otros lugares (Gutiérrez de Pineda, 2000)

Quizá el rasgo más evidente de la identidad se manifiesta en forma extensa en el lenguaje. Para James Parsons84, “el habla antioqueña es de un marcado sabor local, con giros

idiomáticos y provincialismos de origen múltiple, profundamente funcionales en reflejar su pensamiento y que usa desparpajadamente con orgullo como acendrado denominador de identidad cultural” (Parsons, 1961, pág. 28). El poeta antioqueño Gregorio Gutiérrez González afirma ‘(…) y yo solo para Antioquia escribo, y no escribo español sino antioqueño’. La locuacidad y la extroversión son características sine qua non de los antioqueños, tanto que en la actualidad se continúan identificando con el ‘don de la palabra’. A menudo la exageración en el lenguaje se relaciona con estereotipos como el del ‘paisa culebrero’, forma caricaturesca para representar al antioqueño.

Según las verbalizaciones de los participantes, la dieta del antioqueño es otro rasgo fundamental de su identidad cultural. El plato típico antioqueño es una muestra de los cultivos característicos de la región, y su consumo generalizado abarca todos los niveles y estratos socioeconómicos.

La conciencia colectiva y la identidad de grupo permiten al antioqueño cumplir con las normas y valores sociales y asegura la integración y reconocimiento vital dentro de la comunidad. Tales valores son alimentados desde la familia y retroalimentados en la comunidad. Las experiencias gratificantes individuales y sociales propias de la psicología de los antiqueños, hacen que todo el mecanismo actúe con eficacia en la región, y que se constituya en una amalgama solidaria cuando de sacar proyectos comunes se trata. Los objetivos y metas de la comunidad se encaminan hacia el mismo lado y la personalidad fuerte de cada uno de sus miembros ofrece seguridad al colectivo. La integración individual en la comunidad permite reforzar los valores colectivos, con la conciencia de conocer cuál es el derrotero que se debe seguir.

Esta conciencia y este sentimiento refuerzan cada vez más la integración de su sociedad y la afianza en sus propios valores, conciencia y sentimiento colectivo que a su vez a conducido a que cada antioqueño en el sentido amplio de este concepto, ofrezca ante el país la idea de conformar una “raza”, según lo expresa en sus propias palabras, queriendo significar con ello no la unidad étnica que el vocablo implica, sino una unidad cultural de recia integración (Parsons, 1961, págs. 21-22).

Esta forma de presentarse al exterior como un colectivo indivisible es mirada con recelo desde otras regiones. Tal actitud es percibida con agresividad y la respuesta tiene la forma de una reacción circular: mientras más rechazo perciban, más afianzan sus valores y los revierten en pro de la comunidad antioqueña. Sin embargo, la imagen de unidad comunitaria cerrada ha tendido a suavizase, en parte por la afinidad con la migración y el asentamiento en otras regiones del país y el exterior. Se debe tener en cuenta que en los sitios de llegada los antioqueños despliegan redes importantes de apoyo a sus coterráneos, mecanismo que contribuye al mantenimiento de las costumbres. Tanto la familia como la cultura operan para ajustar y afianzar los valores que, a su vez, facilitan el reconocimiento de la identidad

individual y social. Según Gutiérrez de Pineda, algunos valores y cualidades permite que los antioqueños ‘se identifiquen con maestría’. Uno de ellos es el sentido práctico en la acción, es decir que logran adaptarse fácilmente al ambiente y lo acomodan a sus expectativas. Este aspecto se observa por ejemplo en la creación de empresas (que alcanzan el éxito pese a los riesgos del mercado) o la visión de negocios sin miedo al fracaso. La experiencia les permite reinventarse y transformarse con cada reto. Otro aspecto de su personalidad es la capacidad de improvisación: el antioqueño busca siempre una solución para cada problema. Tal actitud es muy clara tanto individual como grupalmente, saben que nada es estático y pareciera que se mueven al azar y combinan iniciativa y experiencia. En las improvisaciones se juega con los ‘golpes de suerte’ o ‘los reveses’, lo que se une a su espíritu aventurero. Los valores culturales y sociales de los antioqueños giran en torno al concepto de familia y de religión, las cuales atraviesan todos los procesos sociales del departamento, buscando satisfacer las expectativas que estas dos instituciones, tiene de la comunidad. Se da gran importancia a la participación activa individual: cada quien puede hacer alarde de los valores con que fue formado. Quizá esta condición explica por qué para los antioqueños es tan importante atender muy bien a las personas que llegan de fuera, y mostrarse como buenos anfitriones.

Una larga tradición de hospitalidad entrevista ya por los viajeros del siglo XVIII, la ha erigido como un rito social de amplias derivaciones reciprocas. Una constante corriente de comunicación en cada hogar con los grupos de afuera, de manera que un ajetreo de interrelaciones diarias y dominicales alterna con una rutina en el transcurso de la vida familiar. Recibir y pagar visitas, “cumplir con la gente” (…) constituye un rito vital para la mujer de este complejo, casi un rito dentro del cual un amplio repertorio de obligaciones mutuas, (…) la fuerza de manera constante a permanecer en contacto con la comunidad (Gutiérrez de Pineda, 2000, pág. 412).

En los años cincuenta se acostumbraba hacer alarde de la hospitalidad y los ‘comportamientos adecuados’ con las visitas, eventos que facilitaban el intercambio con otras familias y comunidades, y ampliaban el círculo social. El rol de la mujer era muy importante en este ambiente, ya que, como ama de casa, se encargaba de mostrar a la familia desde dentro y hacia afuera, en un gesto que se entendía como la validación del núcleo por cada persona que llegaba a casa; de ahí el esmero por satisfacer las demandas de los visitantes. Los antiqueños se siguen identificándose con la afinidad por atender y hacer sentir al extranjero como en su propia casa, como muestra de sus valores familiares sociales.

Imagen 6. New Horizons. Carlos Uribe, 2013

5 CAPITULO. ANTIOQUIA: UNA PELÍCULA NO RESUELTA