4.1 Familias: acogedores, compromiso, conservadores, valores
4.1.5 La familia antioqueña y sus transformaciones
La familia antioqueña es diversa, aunque logra mantener algunos aspectos en común, que han servido como base para profundos estudios sobre la familia colombiana. En la obra Familia y Cultura en Colombia, la antropóloga Virginia Gutiérrez de Pineda hace un exhaustivo estudio etnográfico sobre las familias colombianas en los años cincuenta y sesenta. Metodológicamente, subdivide al país en cuatro regiones en función de la especificidad y los rasgos característicos de los núcleos familiares. Para la investigadora, las familias antioqueñas responden a un modelo caracterizado por la mezcla racial con una influencia cultural cerrada. Es decir que los antioqueños preferían conformar familias entre sí, cerrándose a la posibilidad de casarse con personas de otras regiones. Esta condición permitió que las costumbres y las tradiciones familiares se mantuvieran y prevalecieran por varias generaciones (Gutiérrez de Pineda, 1978). Varias de las películas escenifican justamente esta tendencia: En 16 Memorias se observa que para los antioqueños de la época era muy importante reconocer el apellido de la familia con que se establecían relaciones comerciales. Lo mismo sucedía con las parejas que se conformaban con miras a contraer matrimonio. Si la familia es la institución sobre la cual se sostiene la sociedad, es comprensible que los valores culturales se hayan mantenido con el mecanismo de limitar establecer vínculos matrimoniales únicamente con parientes cercanos.
Durante muchos años, los roles de hombres y mujeres en la familia tradicional se mantuvieron claramente definidos. En el primero se observa la figura del proveedor, vinculado directamente con las actividades laborales, mientras que el lugar de la mujer se ubica en la casa, a cargo del cuidado y bienestar de los hijos y el hogar. En una economía en la cual las fuentes de trabajo estaban ligadas al sector primario de la producción (agricultura y minería) desarrolladas habitualmente en forma itinerante, la ausencia de la figura masculina era muy frecuente. En estas condiciones, la mujer antioqueña asume las tareas de administración, pero también de búsqueda de los recursos para el mantenimiento del hogar, en ausencia del hombre. Existen referencias de comunidades en las cuales las mujeres se unían para ‘salir adelante’, a través del trabajo en casa. De esta manera se apoyaba la labor del hombre, pero con el tiempo se originó una forma de matriarcado que terminó por imponerse: ellas organizaban y administraban actividades relacionadas con lo económico, lo social y lo cultural, tanto en el hogar como en la comunidad.
En los años setenta se observan transformaciones importantes en las familias. El empoderamiento de las mujeres les permite salir de sus casas y asistir a las universidades. El mejoramiento del nivel educativo de la mujer amplía el panorama y los referentes sobre su situación social. Al mismo tiempo el número de separaciones y divorcios aumenta. Se puede
inferir que las mujeres advierten que pueden romper los lazos de dependencia económica de un hombre que a menudo no está presente, o que su presencia representa maltrato.
Las familias colombianas, están sometidas a la presión que ejerce un profundo, radical y rápido cambio, que se viene operando en nuestra sociedad y nuestra cultura. Bajo tales circunstancias se impone permanentemente adaptación institucional de lo que fue a lo que es, de lo que es a lo que será, y aún a lo que se desea ser. No es raro pues, que en este proceso de acomodación, acelerado y forzado, la institución familiar de hoy, variada y heterogénea en su origen, presente los contrastes y matices de funcionalismo y disfunción que esta obra pone de presente y aclara. (Gutiérrez de Pineda, Familia y Cultura en Colombia, 1978, pág. 14)
Una de las conclusiones más importantes del estudio, se constituía en un llamado de atención de Gutiérrez de Pineda para la formulación de políticas y acciones urgentes previendo el rápido cambio que se observaba en las familias tradicionales: la madre salía a trabajar y los hijos generalmente quedaban solos. Esta nueva composición familiar, en opinión de la autora, era la puerta de entrada para la incorporación de jóvenes y niños en las pandillas, la delincuencia organizada y el sicariato. Fue ella una de las primeras expertas en identificar, caracterizar y solicitar acciones gubernamentales para evitar este fenómeno social.
Aun en la actualidad en las familias antioqueñas el modelo es patriarcal, pero en la medida en que se desciende en la escala social se convierte en matriarcal. Generalmente es la madre quien cumple los diferentes roles sociales en ausencia del padre: la crianza de los hijos, el sostenimiento económico a través del trabajo, la transmisión de valores, el ejercicio de la autoridad y el mantenimiento de los límites sociales. Son muchos roles, que, asumidos a la vez y sin la presencia de la figura paterna, pueden ocasionar descuidos que facilitan que los valores sucumban ante la necesidad.
En épocas recientes la familia rural extensa da paso a la familia nuclear urbana. El fenómeno se inscribe en los procesos de emigración de campesinos de las diferentes subregiones del departamento a la ciudad, en la búsqueda de mejores oportunidades de trabajo. Las familias citadinas son más proclives al individualismo. Ante la ausencia de la familia extensa, las redes de solidaridad se restringen y los núcleos familiares, ya más pequeños en número, deben responder por ellos mismos. En los antioqueños, este fenómeno tiene unas características diferentes. Generalmente se trasladaban con toda la familia nuclear y extensa, y se ubicaban en zonas urbanas contiguas: a menudo, una misma familia ocupaba manzanas completas (Gutiérrez de Pineda, 1975). Esto explicaría el por qué siguen siendo solidarios con las personas de la comunidad, independientemente de la existencia de algún vínculo familiar.
Actualmente, las familias antioqueñas responden a una nueva realidad. El país se transformó rápidamente, el nivel de educación aumentó, pero la situación política, social y económica dio paso a que se asumieran nuevos valores. El comportamiento y los roles de hombres y mujeres dentro de la familia han cambiado: actualmente hay por lo menos quince nuevas formas de organización familiar, desde hogar con jefe materno hasta el matrimonio homosexual.
Definitivamente la familia es una institución social que se transforma permanente, y depende de los cambios sociales y culturales. A las nuevas generaciones les corresponde adaptarse a los cambios y asumir familias más funcionales, independientemente de la forma como se constituyan. Si se desea la consolidación de una sociedad más sana y adaptada emocionalmente, es importante revisar cuales de los valores sociales y culturales se quieren preservar y cuales definitivamente se deben resignificar.