1.2 Cine y psicología
1.2.6 Mirar y ser mirado: voyerismo Vs exhibicionismo
La diferencia entre el cine y otras artes está fundamentada en una reduplicación de más - suplementaria y específica-, que proporciona el deseo cuando reduce a la carencia. El espectáculo que ofrece el cine es rico y variado. La pantalla ofrece muchas situaciones para expropiar al espectador y alejarlo de su poder de captación. El mecanismo de la pulsión percibiente es idéntico o más sustancioso que el objeto de deseo, esto explica que las escenas eróticas en cine tengan gran impacto, ya que se basan en el voyerismo directo, no sublimado. Además, la afinidad del significante cinematográfico y de lo imaginario, se sigue manteniendo si se compara la película con otras artes como el teatro, en las cuales la información audiovisual es tan rica como en la pantalla.
Lo que define el régimen escópico propiamente cinematográfico no es la distancia que se mantiene (necesaria para todo voyerismo) sino la ausencia del objeto visto. En este aspecto, el cine es diferente al teatro y al ejercicio voyerista con finalidad propiamente erótica (striptease). En consecuencia, en aquellos casos en los cuales el voyerismo va unido al exhibicionismo -allí en donde las dos caras, la activa y la pasiva de la pulsión no poseen una excesiva disociación-, está presente el objeto visto a manera de cómplice. Puede suceder también que el objeto visto no acepte esta condición, salvo que sea bajo presión por factores externos (económicos o de humillación como sucede con algunos prisioneros). Aparece entonces otro elemento: el sadismo. El voyerismo que no sea sádico en exceso se apoya en una especie de ficción, más o menos justificada dentro del orden de lo real como en el teatro o en el striptease. Una ficción que estipula que el objeto esté de acuerdo, y, por lo tanto, sea exhibicionista: se exige lo que está en la ficción para restablecer el poder y el deseo, y posee garantías suficientes concedidas por la presencia física del objeto: si está aquí es porque quiere (…).
Pese a la distancia instaurada por la mirada (cuadro en vivo), la mirada misma lo impulsa hacia lo imaginario, incluso en su presencia real. Esta presencia que persiste y es con consentimiento, ofrece una correlación real o mítica (siempre real como mito), y acaba restableciendo la ilusión de la plenitud de la relación objetal de un estado de deseo distinto al imaginario, al menos por un momento en el espacio escópico. En este último aspecto el significante del cine sufre un emplazamiento para instalarse la nueva figura de la carencia, la ausencia física del objeto visto. En el teatro, actores y espectadores están presentes a la misma hora y en el mismo sitio; su presencia es recíproca: aunque son totalmente opuestos, no existe el uno sin el otro. Pero en el cine, el actor está presente cuando el espectador no lo está (rodaje), y el espectador está cuando el actor no (proyección). Esta situación frustra el encuentro entre el voyerista y el exhibicionista. El voyerismo en el cine tiene que prescindir a la fuerza de toda prueba de consentimiento (muy clara por parte del objeto). En el teatro, el voyeur ve a su voyerista y le agradece. En el cine, el voyeur está solo en la sala, o junto a otros voyeurs para ver algo llamado película. A su vez, la película ha huido, se deja ver pero sin darse, ha abandonado la sala antes de dejar su huella, lo que se ve. De ahí surge la exigencia de que el actor nunca mire al público, es decir, a la cámara; idea afianzada por la escuela del cine clásico.
El voyerismo cinematográfico no autorizado se muestra desde el principio con más fuerza que en el teatro, pero la institución cinematográfica contribuye con esta afinidad: la afinidad que envuelve al voyeur, el tragaluz de la pantalla con su inevitable similitud al efecto del agujero de la cerradura. Esta afinidad alcanza mayores profundidades, en primera instancia desde la soledad del espectador de cine, que se asemeja más al lector de un libro. Por otra parte depende también de la ignorancia que el espectáculo fílmico (objeto visto) presenta al espectador, dado que en el cine, la participación del espectador no es abiertamente activa como sí lo es en el teatro.
Otro aspecto estrechamente ligado a los dos anteriores es la segregación de los espacios de lo real y lo imaginado, característica propia del cine y no del teatro. El espacio de la película figurado por la pantalla es totalmente heterogéneo, real y perceptivo. Para el espectador, la película se desarrolla en un lugar ajeno, cercano, y a la vez, inaccesible. Allí, él es ignorado y queda como simple mirón, al que no se le permite participación alguna (triángulo edípico). El cine se basa en la legalización y la generalización del ejercicio prohibido, y en esta medida el cine se parece al sueño. Representa además una especie de recinto cerrado, reservado, que escapa a la vida social. Sin embargo, por mucho que este lo prescriba o lo admita, ir a cine es un acto lícito, un acto en el que se puede emplear el tiempo aunque se entienda como un agujero en la textura social un poco menos aprobado que otras actividades en las que se puede ocupar ratos libres, como leer un libro.